Un lugar para quedarnos Capítulo 22
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Capítulo 22

La explosión

Emma se durmió a las nueve y veinte.

Clara lo supo porque fue a darle las buenas noches a las nueve y cuarto y Emma estaba leyendo con los ojos ya a medio cerrar. Clara se quedó un momento en el pasillo esperando a que se quede dormida. Luego fue al salón.

Sofía estaba esperando.

No en el sofá, no en el sillón. De pie junto a la ventana, mirando la calle, con las manos en los bolsillos.

Se giró cuando Clara entró.

—¿Dormida? —dijo.

—Sí.

Sofía asintió.

Clara se sentó en el sofá.

—Siéntate —dijo.

Sofía fue al sillón.

—Tengo que decirte algo —dijo Sofía.

—Yo también —dijo Clara—. Pero tú primero.

Sofía la miró.

—He llamado a Marta hoy —dijo—. La psicóloga. Me ha dado hueco mañana.

—Bien.

—Y he pensado mucho desde esta tarde. Sobre Berlín. Sobre lo que significa que lleve tres días sin responder. Sobre lo que significa que cuando Emma se aferró a mi brazo anoche lo primero en que pensé cuando vi el email fuera ella.

Clara esperaba.

—No me voy a ir a Berlín —dijo Sofía.

El silencio que siguió duró varios segundos.

—¿Lo has decidido? —preguntó Clara.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Esta tarde. La oferta es buena. Profesionalmente es exactamente lo que habría querido hace dos años. Pero hay cosas que han cambiado.

—Sofía —dijo Clara—. No quiero que te quedes por mí.

—No me quedo por ti.

—¿Por Emma?

—No solo por Emma. Me quedo porque quiero quedarme. Porque este piso es donde quiero estar. —Una pausa—. Y porque tú estás aquí.

—Eso último es quedarte por mí.

—No —dijo Sofía—. Quedarse por alguien es sacrificar lo que uno quiere. Lo que yo quiero está aquí. Eso es diferente.

Clara la miró durante un tiempo.

—¿Estás segura? —preguntó.

—Más que de la mayoría de cosas que he decidido en los últimos años. La pregunta es si tú me crees.

—Te creo —dijo Clara.

—Bien.

Otro silencio.

—Yo también tengo que decirte algo —dijo Clara.

—Dime.

—Esta tarde, cuando vi el email, lo primero que pensé fue que tenía razón. Que siempre había sabido que ibas a irte y que lo que había entre nosotras era temporal y que yo me había permitido creerlo de otra forma porque me convenía creerlo.

—Eso no es verdad.

—Lo sé. Ahora lo sé. Pero lo pensé. Y lo que me asusta no es haberlo pensado. Lo que me asusta es lo rápido que fui ahí. Lo rápido que el miedo encontró la narrativa que le convenía.

Sofía la escuchó.

—¿Y?

—Y necesito que sepas que ese miedo va a seguir estando. No siempre. No todo el tiempo. Pero va a aparecer. Y cuando aparezca voy a intentar decírtelo en lugar de construir con él algo que destruya lo que tenemos.

—¿Puedes prometérmelo?

—No —dijo Clara—. No puedo prometerte que siempre lo haré bien. Puedo prometerte que lo voy a intentar.

Sofía la miró.

—Eso es suficiente —dijo.

—¿Lo es de verdad?

—De verdad.

Clara asintió.

Y entonces, porque llevaba todo el día con el peso de algo que no había dicho del todo, dijo:

—Me alegro de que te quedes.

Sofía no respondió de inmediato.

Luego dijo, en voz muy baja:

—Yo también.

Podrían haber terminado ahí.

Era el punto natural de cierre. Las dos cosas dichas. Podrían haber ido a sus habitaciones y dejado que el sábado trajera otra oportunidad.

Pero Sofía dijo:

—Hay algo más que quiero decirte.

—Dime —dijo Clara.

Sofía miró la ventana un momento. Luego miró a Clara.

—Cuando terminamos hace tres años —dijo— yo me fui.

Tú ya lo sabes. Me fui a Belgrado y a Lima y a no sé cuántos sitios y usé el trabajo para no pensar en lo que había pasado.

Lo que no te he contado es que en los dos años que siguieron hubo momentos en que estuve muy mal.

No mal de tristeza normal. Mal de verdad.

Sin poder dormir, sin poder quedarme quieta, con esa ansiedad que no tiene objeto concreto pero que está todo el tiempo.

Clara escuchó.

—No lo conté a nadie —continuó Sofía—. Porque yo soy la que gestiona bien las cosas difíciles. Esa es mi imagen. La que vuelve de los sitios duros y sigue. Y sostener esa imagen requería no admitir que había cosas que no estaba gestionando bien.

—Sofía.

—Deja que termine.

—De acuerdo.

—Esmirna no fue la primera vez que algo me sobrepasó —dijo Sofía—.

Fue la primera vez que no pude esconderlo suficiente.

Que el cuerpo dijo basta de una forma que no se podía ignorar.

Y lo que quiero que entiendas es que parte de lo que me sobrepasó en esos dos años fui yo misma.

Mi propia incapacidad de procesar que la única persona con quien había querido quedarme me había dicho que no era suficiente razón para quedarse.

El silencio en el salón.

—No te dije que no eras suficiente —dijo Clara en voz baja.

—Lo sé que no lo dijiste. Pero lo que dijiste fue que no podías darme lo que yo necesitaba. Y lo que yo necesitaba era que te quedaras. Así que el mensaje que recibí, aunque no fuera el que pretendías mandar, fue ese.

Clara cerró los ojos.

—Lo siento —dijo.

—Ya lo sé.

—No es suficiente decirlo.

—No. Pero forma parte de lo necesario.

Abrió los ojos.

—¿Qué necesitas de mí? —preguntó—. Ahora. No en abstracto. Ahora.

Sofía la miró.

—Que no lo hagas otra vez —dijo—. Que si el miedo llega y construye una historia que dice que es mejor irse que quedarse, me lo digas. No me lo hagas descubrir cuando ya no haya nada que hacer.

—Sí —dijo Clara.

—¿Puedes?

—Voy a intentarlo con todo lo que tengo.

Sofía asintió.

Luego hizo algo que Clara no esperaba. Se levantó del sillón, cruzó el espacio entre los dos muebles y se sentó en el sofá.

Clara la miró.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Más que antes de decirlo —dijo Sofía—. Las cosas pesan menos cuando no las llevas sola.

—Sí —dijo Clara.

Se quedaron en silencio durante un rato.

En algún momento Sofía apoyó la cabeza en el respaldo del sofá y cerró los ojos.

Clara la miró de perfil.

La línea de su nariz. El pelo suelto. La curva de la boca en esa expresión de las personas cuando se relajan de verdad, cuando el cuerpo deja de sostener algo que llevaba sosteniendo.

—Sofía —dijo en voz muy baja.

—Mmm.

—Sobre Berlín. Si en algún momento en el futuro hay una oferta similar o hay un proyecto que requiera que te vayas un tiempo...

Sofía abrió los ojos.

—Podemos hablarlo —dijo Clara—. No tiene que ser para siempre o para nunca. Puede tener otras formas.

Sofía la miró.

—¿Estás diciendo que si quiero ir a Berlín podemos buscar la forma?

—Estoy diciendo que no quiero que te quedes sacrificando cosas que son importantes para ti. Quiero que te quedes porque quieres estar aquí. Y si querer estar aquí y hacer el trabajo que quieres hacer requiere encontrar una forma que no es la forma estándar, la buscamos.

Sofía la miró durante un tiempo.

—Eres diferente —dijo finalmente.

—¿A qué?

—A quien eras hace tres años.

—Sí —dijo Clara—. Un poco.

—Más que un poco.

—No exageres.

El borde de una sonrisa en la cara de Sofía.

—No exagero —dijo.

Y eso fue todo.

No fue un beso. No fue una declaración. Fue dos personas sentadas en el mismo sofá en la noche del viernes, después de una conversación difícil y necesaria.

Fue Sofía cerrando los ojos de nuevo.

Fue Clara no moviéndose.

Fue el silencio que quedaba cuando ya no había nada urgente que decir, pero tampoco ninguna razón para irse.

Fue quedarse.

Las dos.

Sin que ninguna tuviera que decirlo.

A la una de la mañana, cuando Clara se levantó para ir a su habitación, Sofía dijo sin abrir los ojos:

—Mañana llamo a Lennart y le digo que no.

—De acuerdo —dijo Clara.

—Y el lunes le digo a Daniela que quiero un proyecto en Madrid. Algo largo. Algo que tenga raíces.

—Bien.

—Clara.

—¿Qué?

—Gracias por no irte esta tarde cuando te fuiste.

Clara entendió la distinción. Irse físicamente a buscar a Emma no era lo mismo que irse de la forma en que las dos sabían que irse significaba.

—De nada —dijo.

Fue a su habitación.

Se metió en la cama.

Miró el techo.

Pensó en todo lo que Sofía había dicho esta noche.

Pensó en que el miedo no desaparecía solo.

Pensó en que era trabajo. Que iba a ser trabajo.

Pensó también en que Sofía, que sabía exactamente cuánto trabajo era y cuánto iba a costar, había dicho igualmente que se quedaba.

Eso valía lo que valía.

Y valía mucho.