Capítulo 21
El secreto de Sofía
El email llegó un miércoles.
Sofía lo vio en el teléfono a las siete de la mañana, antes de levantarse.
Era de Lennart Hofer, director del Instituto de Fotografía Documental de Berlín, con quien Sofía había trabajado de forma intermitente durante los últimos cuatro años en colaboraciones puntuales que habían sido buenas para las dos partes.
El asunto decía:
Propuesta residencia artística / Oferta de colaboración permanente.
Sofía lo leyó una vez.
Luego lo cerró.
Se levantó, fue a la cocina, hizo el café.
La oferta era concreta.
Una residencia de un año renovable en el Instituto de Berlín, con estudio propio, acceso al archivo fotográfico más completo de Europa central para trabajo documental, un salario que era el doble de lo que Sofía ganaba de forma irregular con encargos y publicaciones, y la posibilidad de desarrollar un proyecto largo que llevaba años en el fondo de su cabeza pero que los encargos cortos nunca le habían dejado espacio para construir.
Lennart quería respuesta antes del primero de marzo.
Sofía no lo dijo esa mañana.
Tampoco esa tarde.
Lo llevó durante tres días con esa forma que tenía de cargar las cosas difíciles. Guardándolas en ese espacio interior donde el peso se distribuye de forma que uno puede seguir funcionando sin que se note demasiado desde fuera.
Era un hábito profesional convertido en personal.
En los encargos difíciles había aprendido que hay información que uno procesa primero solo, antes de compartirla.
Berlín.
Un año. Renovable.
El proyecto largo que siempre había querido hacer.
Sofía lo llevó durante tres días preguntándose qué significaba. No en términos prácticos sino en términos de lo que decía sobre dónde estaba ella.
Si la oferta llegaba hace seis meses la habría respondido que sí en unas horas.
Ahora llevaba tres días sin responder.
El jueves por la noche Emma tuvo pesadillas.
Desde la muerte de Laura había tenido varias, más frecuentes al principio y ahora más espaciadas, pero todavía presentes. El procedimiento ya era conocido, alguien escuchaba el ruido, iba al cuarto de Emma, se sentaba en el borde de la cama hasta que Emma volvía a dormirse.
Esa noche fue Sofía quien escuchó primero.
Fue al cuarto de Emma, se sentó en el borde de la cama, habló en voz muy baja durante el tiempo necesario. Emma se aferró a su brazo.
—Estoy aquí —dijo Sofía—. Ya está. Estoy aquí.
Emma tardó en soltarse.
Cuando finalmente se quedó dormida de nuevo, Sofía se quedó un momento más en el borde de la cama, mirando los planetas girando despacio en la oscuridad. Saturno. Júpiter.
Pensó en Berlín.
Pensó en Emma aferrada a su brazo.
Pensó en que esas dos cosas no eran compatibles de la forma en que habían sido compatibles todas las cosas en su vida antes. El trabajo y el movimiento y la independencia, todo junto, sin contradicción.
Ahora había contradicción.
Y la contradicción tenía el nombre de una niña de nueve años que se aferraba a su brazo en las noches difíciles.
Clara lo encontró el viernes.
No fue deliberado. Fue de esa forma en que las cosas se descubren en la convivencia.
El teléfono de Sofía estaba en la mesa de la cocina, desbloqueado, con el correo abierto, mientras Sofía estaba en el baño.
Clara fue a buscar su propio teléfono, que estaba al lado, y al coger el suyo vio la pantalla del de Sofía.
No lo leyó.
Pero vio el asunto.
Propuesta residencia artística / Oferta de colaboración permanente.
Y el remitente: Instituto de Fotografía Documental, Berlín.
Cogió su teléfono.
Se fue al salón.
Se sentó.
Lo que sintió no fue exactamente lo que esperaría haber sentido, que era dolor inmediato o traición o ira.
Sofía tenía una oferta en Berlín.
Sofía no se lo había dicho.
Esas dos cosas juntas significaban algo, aunque todavía no sabía exactamente qué.
Podía significar que Sofía todavía no había decidido qué hacer con la oferta y por eso no lo había dicho. Eso era posible. Era la interpretación más generosa y quizás la más probable.
Pero también podía significar que Sofía sabía lo que iba a hacer con la oferta y no lo había dicho porque no sabía cómo decirlo.
Y esa interpretación era la que el cuerpo de Clara registraba.
Nunca pensó quedarse.
La frase llegó sin convocarse, con esa crueldad de los pensamientos que uno ha tenido antes y que vuelven en el peor momento posible.
Todo era temporal para ella.
Clara miró el salón. La estantería con la caja entre los libros. Las plantas que seguían vivas. La foto de las tres en la cocina, con Emma con la zanahoria.
Pensó en Sofía firmando en el registro civil.
Pensó en las manos sobre la mesa del bar.
Pensó en todo eso y pensó también en el email que Sofía llevaba no sabía cuántos días sin mencionar.
Se levantó.
Fue a la cocina.
Puso agua a hervir sin saber para qué.
Sofía salió del baño, recogió el teléfono de la mesa, fue al salón. Miró a Clara de espaldas en la cocina.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —dijo Clara.
Sofía la conocía.
—¿Qué ha pasado?
—Nada.
—Clara.
—He visto tu teléfono —dijo Clara, sin girarse todavía—. No lo leí. Pero vi el asunto.
El silencio que siguió duró varios segundos.
—Ah —dijo Sofía.
—¿Cuándo llegó?
—El miércoles.
—¿Ibas a contármelo?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Cuando supiera qué decirte.
Clara se giró finalmente.
—¿Y qué ibas a decirme? —preguntó Clara.
Sofía dejó el teléfono en la mesa.
—No lo sé todavía —dijo.
—¿No sabes lo que ibas a decirme o no sabes qué vas a hacer?
—Las dos cosas.
Clara asintió.
—¿Qué es la oferta?
Sofía se lo explicó. Lo hizo con brevedad, con los datos concretos. El instituto, la residencia, el proyecto, el plazo.
Clara escuchó.
—Un año —dijo cuando Sofía terminó.
—Sí.
—¿En Berlín?
—Sí.
—¿Cuándo lo tienes que decidir?
—Primero de marzo.
—¿Estabas pensando en irte? —preguntó Clara.
—No lo sé —dijo Sofía.
—Sofía.
—Clara, de verdad que no lo sé. Hace tres semanas la respuesta habría sido diferente a lo que sería ahora. Hace seis meses habría dicho que sí inmediatamente.
—¿Y ahora?
—Ahora llevo tres días sin responder.
—Eso no es una respuesta.
Clara miró el agua hirviendo.
—¿Sabes lo que me hace sentir no saberlo? —preguntó.
—Dime.
—Que todo esto puede ser temporal para ti. Que en tu cabeza tiene una fecha de fin, aunque no la hayas decidido todavía. Y yo firmé un papel hace una semana creyendo que no.
—No he decidido nada —dijo Sofía.
—Pero lo estás considerando.
—Sí. Lo estoy considerando porque sería deshonesto no considerarlo. Porque es una oportunidad real y porque sería una mentira decirte que no existe o que no me importa.
—No te estoy pidiendo que finjas que no existe.
—Entonces ¿qué me estás pidiendo?
Clara la miró.
Y ahí estaba. La pregunta real debajo de todo lo demás. Clara sabía cuál era y Sofía también la sabía.
—Te estoy pidiendo que sepas si esto te importa lo suficiente —dijo Clara finalmente—. Lo de aquí. Lo nuestro. Emma. Porque si no te importa lo suficiente necesito saberlo ahora. No después.
Sofía la miró.
—Ya sabes que me importa —dijo.
—Saber que te importa y que sea suficiente para quedarte son dos cosas distintas.
—Lo sé.
—¿Y?
Un silencio largo.
Sofía miró la mesa. Luego miró a Clara.
—Necesito que me des tiempo —dijo—. No mucho. Pero tiempo.
Clara cerró los ojos un momento.
Cuando los abrió había algo diferente en su expresión.
No resignación.
No ira.
Algo más parecido a la decisión de alguien que ha llegado a un límite.
—Tienes hasta el primero de marzo. Pero Sofía…
—¿Qué?
—Si la respuesta es Berlín, necesito que me lo digas a mí antes que a Lennart Hofer.
—Por supuesto.
—Y necesito que lo que sea que hay entre nosotras lo decidamos por lo que es. No por el proceso, no por Emma, no por lo que ya hemos firmado. Por lo que es.
—Sí —dijo Sofía.
—¿Me lo prometes?
Sofía la miró.
—Sí —dijo—. Te lo prometo.
Clara cogió el abrigo.
—Voy a recoger a Emma —dijo.
—Clara.
—Estoy bien.
Salió.
Sofía se quedó en la cocina con el teléfono en la mesa.
Miró el teléfono.
Abrió el email de Lennart Hofer.
Lo leyó entero esta vez.
Luego lo cerró.
Abrió los contactos.
Buscó la psicóloga.
Escribió.
Marta, ¿tienes hueco antes de la cita del siete? Es urgente.
Enviar.
Se quedó mirando el teléfono en la mesa de la cocina, pensando en Clara caminando hacia el colegio con las manos en los bolsillos y ese paso rápido que tenía cuando procesaba algo que todavía no sabía cómo llevar, y pensó en que había dicho la verdad, no sabía qué iba a hacer con la oferta de Berlín.
Pero sí sabía una cosa.
Que el peso que sentía en el pecho no era el peso de alguien que estaba considerando irse.
Era el peso de alguien que ya sabía que no podía.
Y que todavía no había encontrado la forma de decirlo sin que sonara a rendición, porque Sofía no hacía las cosas por rendición sino por elección, y necesitaba saber que esto era elección antes de decirlo en voz alta.
Clara volvió con Emma a las cinco y cuarto.
Emma entró al piso con esa energía de los viernes que era cualitativamente diferente a la de los otros días y fue directamente a la cocina a buscar algo de comer y encontró a Sofía en la encimera preparando la merienda.
—Hola —dijo Emma.
—Hola —dijo Sofía—. ¿Bien?
—Bien. Irene me ha enseñado una foto de Canelo. Ha crecido mucho.
—Los perros hacen eso.
—Sí.
Emma cogió lo que Sofía le había preparado.
—¿Estáis bien vosotras?
Sofía miró a Clara, que estaba en la puerta de la cocina con el abrigo todavía puesto.
Clara miró a Sofía.
—Sí —dijo Sofía.
—Sí —dijo Clara.
Emma las miró a las dos.
—Bien —dijo finalmente y se fue a su habitación.
Clara y Sofía se quedaron solas en la cocina.
—Esta noche hablamos —dijo Sofía en voz baja.
—Sí —dijo Clara.
Se quitó el abrigo y lo colgó en el gancho del recibidor donde siempre lo colgaba.