Un lugar para quedarnos Capítulo 20
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Capítulo 20

La firma

El registro civil de Chamberí tenía las paredes color crema y sillas de color azul en la sala de espera.

Clara lo notó nada más entrar porque era arquitecta y notaba las paredes antes que cualquier otra cosa.

El color crema que no era exactamente crema sino el resultado de años de pintura blanca envejecida.

Las sillas eran el modelo estándar de administración pública, el mismo que había en los hospitales y en las oficinas de la seguridad social.

Era el dieciséis de enero.

Habían llegado con diez minutos de antelación. Se sentaron en las sillas azules.

El trámite había tardado más de lo que Rodrigo Camps había calculado inicialmente, por razones burocráticas que el abogado había descrito como habituales pero que Clara había experimentado como una forma de tortura administrativa.

Documentos que necesitaban otros documentos, una firma que requería otra firma, una ventanilla que mandaba a otra ventanilla.

Emma no estaba hoy.

Habían decidido eso juntas, sin mucha discusión. Emma no vendría al registro civil. No porque quisieran ocultarle nada sino porque Emma tenía nueve años y el registro civil no era el lugar correcto.

Emma estaba en el colegio.

Los abuelos habían vuelto a Salamanca después de Reyes.

Rodrigo Camps llegaría en un momento como testigo legal junto con Nadia, la fotógrafa amiga de Sofía, que había aceptado sin hacer demasiadas preguntas y con una discreción que Sofía había agradecido en silencio.

Ahora eran solo ellas dos en las sillas azules de la sala de espera.

Sofía miraba los folletos informativos en el expositor de la pared de enfrente.

Matrimonio civil: documentación necesaria.

Registro de parejas de hecho.

Cambio de nombre tras el matrimonio.

Los había leído ya dos veces sin retener nada.

—¿Estás bien? —preguntó Clara.

—Sí. —Sofía dejó de mirar los folletos—. ¿Tú?

—Sí.

Un silencio.

—Es muy feo este sitio —dijo Sofía.

—Lo sé.

—¿No podíamos haber encontrado un registro civil con mejores sillas?

—Todas las sillas de registro civil son así.

—Alguna excepción tiene que haber.

—Sofía.

—¿Qué?

—Estás nerviosa.

Sofía la miró.

—Claro que estoy nerviosa —dijo—. ¿Tú no?

—Yo también.

—Bien. —Sofía volvió a mirar los folletos—. Al menos somos consistentes.

Llegó Nadia a las diez y dos minutos. Besó a Sofía, saludó a Clara la calidez, y se sentó a su lado sin hacer comentarios sobre las sillas.

Rodrigo Camps llegó a las diez y cinco con la carpeta y la expresión profesional de siempre y, lo cual Clara no esperaba, con una pequeña sonrisa que el abogado se permitió brevemente al verlas sentadas en las sillas azules.

—Las llaman en unos minutos.

Se sentó.

Abrió la carpeta.

La cerró.

Era la primera vez que Clara lo veía con la carpeta cerrada.

Las llamaron a las diez y dieciséis.

La sala donde se realizaba la firma era más pequeña que la sala de espera y tenía una mesa grande de madera oscura que era la única concesión al formalismo del acto, todo lo demás seguía siendo función pública sin adorno.

La planta artificial en un rincón, el cuadro con el escudo en la pared, la funcionaria de unos cuarenta años con el pelo recogido y una expresión que era neutra de forma profesional.

—Señorita Beltrán y señorita Marín —dijo la funcionaria.

—Sí —dijo Clara.

—Siéntense, por favor.

Se sentaron enfrente de la mesa. Rodrigo y Nadia en las sillas laterales. La funcionaria les explicó el procedimiento con esa cadencia de quien lo ha explicado miles de veces y ha encontrado el ritmo correcto para que no suene a recitado, aunque lo sea.

Clara escuchó palabras.

Las escuchó con esa parte de su cerebro que procesa el lenguaje legal y las archivó en el compartimento correcto mientras otra parte, más profunda, hacía otra cosa.

Registraba el espacio, la luz, el olor a papel y a ese ambientador institucional que no huele a nada concreto, y al lado, a treinta centímetros, a Sofía.

Sofía que miraba a la funcionaria con atención.

Sofía con el pelo suelto hoy, que era una de las diferencias del día.

Generalmente lo llevaba recogido o en esa media coleta que ponía cuando no había decidido qué hacer con él, pero hoy estaba suelto, oscuro y un poco ondulado, y Clara lo había notado cuando Sofía había salido del baño esa mañana y no había dicho nada, pero lo había notado.

Sofía con el jersey azul marino que Clara reconocía porque era el que Sofía ponía cuando quería estar cómoda pero no demasiado informal.

Sofía que esta mañana había hecho el café y había puesto la taza de Clara en el sitio de siempre sin que nadie se lo dijera.

—¿Tenéis alguna pregunta antes de proceder? —preguntó la funcionaria.

—No —dijo Clara.

—No —dijo Sofía.

La funcionaria abrió el libro de registro.

El momento en que la pluma llegó al papel fue más silencioso de lo que Clara habría esperado.

No había música, no había flores, no había nada que marcara la diferencia entre ese segundo y el anterior excepto el sonido suave del bolígrafo sobre el papel y la firma de Clara tomando su forma habitual, esa firma que había puesto en miles de documentos profesionales y que aquí, en este papel específico, significaba algo diferente a todo lo que había significado antes.

Clara firmó.

Pasó el bolígrafo.

Sofía lo cogió.

Y en el momento en que Sofía iba a firmar, se detuvo.

No mucho. Un segundo. Quizás dos.

Suficiente para que Clara lo notara.

Suficiente para que la funcionaria, que llevaba suficiente tiempo haciendo esto, mirara hacia otro lado con esa discreción entrenada.

Sofía no miró el papel. Miró a Clara.

—¿Alguna vez llegaste a imaginarlo de verdad? —dijo en voz muy baja, solo para Clara.

El registro civil.

Las sillas azules.

La planta artificial.

La funcionaria mirando hacia otro lado.

Clara la miró.

No lo pensó. No lo organizó. No buscó la respuesta correcta ni la más segura ni la que causara menos daño posible.

—Sí —dijo—. Siempre.

Sofía la miró durante un momento.

Luego bajó la vista al papel.

Y firmó.

Salieron del registro civil a las once menos cuarto.

La mañana de enero era fría y clara, de esas mañanas de invierno donde el sol existe, pero no calienta y el cielo es de un azul que parece recién lavado.

La calle de Chamberí con su tráfico habitual, la frutería con las cajas en la acera, el bar de la esquina con las sillas todavía adentro.

Rodrigo Camps les dio la enhorabuena. Dijo que se pondría en contacto antes de la audiencia de febrero. Se fue.

Nadia abrazó a Sofía y luego miró a Clara y dijo:

—Cuídala.

Y antes de que Clara pudiera responder miró a Sofía y añadió:

—Y tú cuídala a ella también.

Y se fue también.

Se quedaron solas en la acera.

Con los papeles en el bolso de Clara y el sol de enero que no calentaba.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Sofía.

—¿Tienes hambre?

—Sí.

—Yo también.

Caminaron.

No hablaron durante media manzana. Era el silencio de las cosas que han sucedido y que todavía no han terminado de aterrizar, ese intervalo entre el momento y su significado.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Clara finalmente.

Sofía pensó la respuesta antes de darla.

—Rara —dijo—. Pero no de mala manera. ¿Tú?

—Igual.

Encontraron un bar. El mismo bar de siempre. Se sentaron. Pidieron.

—¿Puedo preguntarte algo? —preguntó Sofía cuando el café llegó.

—Sí.

—La pregunta que te hice. En el registro. —Sofía miró la taza—. ¿Por qué no respondiste antes?

Clara entendió a qué se refería.

—¿Cuándo debería haber respondido?

—Hace tres años. Cuando te lo pedí. Si la respuesta siempre fue sí, ¿por qué tardaste tres años en decirlo?

Clara miró el café.

—Porque decirlo lo hacía real —dijo—. Y lo real se puede perder.

—Y lo que no dices también se pierde.

—Sí. —Clara levantó la vista—. También se pierde. Lo aprendí.

Sofía asintió.

—La respuesta —dijo Clara—. La de si lo imaginé de verdad. No era solo el matrimonio. Era todo. La vida entera. El piso y las mañanas y alguien al lado que entiende cómo pienso. Y a veces una niña haciendo preguntas sobre okapis a la hora de la cena.

Sofía la miró.

—Eso último lo imaginaste después —dijo.

—Sí. Después. Pero lo imaginé.

Un silencio.

—Yo también —dijo Sofía en voz baja.

Bebieron el café.

—Sofía —dijo Clara.

—¿Qué?

—Sé que esto empezó de una forma que no es la forma en que debería empezar algo así. Y sé que eso tiene un coste. Para ti especialmente.

—Clara.

—Deja que lo diga.

—De acuerdo.

—No quiero que lo que hay entre nosotras sea la suma de las circunstancias.

Quiero que sea una elección. Y sé que hoy hemos firmado un papel por muchas razones mezcladas y que eso no es exactamente una elección limpia.

Pero lo que siento por ti sí lo es. Eso sí es solo mío.

Sin proceso legal, sin Emma, sin nada más.

Sofía la miró durante un tiempo.

—¿Y qué sientes? —preguntó.

—Que eres la persona más honesta que conozco y la única con quien quiero intentar seguir. Y que me aterró siempre exactamente porque era real y lo real se podía perder.

—Y lo perdiste igual —dijo Sofía.

—Y lo perdí.

—Y aun así aquí estamos.

—Aquí estamos.

Sofía miró la taza vacía.

Luego miró a Clara.

—Yo también tengo algo que decirte —dijo.

—Dime.

—Cuando firmé no pensé en el proceso ni en la audiencia de febrero. Pensé en ti. Y pensé que eso era suficiente para seguir.

—¿Solo eso?

—No solo eso. También pensé que te quiero. Que probablemente nunca dejé de hacerlo. Y que es la segunda vez que reconozco eso en voz alta y espero que esta vez llegue a algún sitio diferente.

Clara extendió la mano sobre la mesa.

Solo la mano sobre la mesa, abierta, ofrecida.

Sofía la miró un momento.

Luego puso la suya encima.

Y se quedaron así, con las manos sobre la mesa.

Recogieron a Emma a las cinco.

La niña salió del colegio con Irene, se despidió con urgencia, llegó hasta donde estaban las dos esperando en la acera y se paró.

Las miró. A Clara. A Sofía. De nuevo a Clara.

—¿Ha pasado algo? —dijo.

—¿Por qué lo preguntas? —dijo Sofía.

—Porque estáis las dos aquí. Normalmente solo viene una.

—Hoy hemos venido las dos —dijo Clara.

Emma las siguió mirando.

—¿Es algo bueno o algo malo? —dijo.

—Bueno —dijo Clara.

Emma procesó esto.

—¿Me lo contáis luego?

—Luego —dijo Sofía.

Emma asintió.

Caminaron hacia casa las tres. Emma en el medio, con la mochila grande y el paso que siempre era un poco más rápido del necesario porque Emma tenía algún sitio al que llegar aunque no supiera exactamente cuál.

En algún punto de la caminata Emma tomó la mano de Clara y la mano de Sofía.

Sin decir nada.

Sin señalar el gesto.

Como si fuera simplemente lo que había que hacer.

Clara miró a Sofía por encima de la cabeza de Emma.

Sofía la miró a ella.