Un lugar para quedarnos Capítulo 19
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Capítulo 19

Lo que habría sido

El veintinueve de diciembre llovía.

Emma estaba en casa de los abuelos esa tarde.

La madre de Clara se la había llevado por la mañana con el pretexto de enseñarle a hacer roscón de reyes, que era una tradición familiar que en realidad nunca había funcionado del todo bien porque siempre quedaban o crudos o demasiado duros, pero que seguían intentando.

El piso estaba en silencio.

Clara y Sofía llevaban así desde las doce. Cada una en su espacio, con el ruido de la lluvia de fondo, sin la estructura de los horarios de Emma que organizaba los días de una forma que ambas habían llegado a depender más de lo que reconocerían fácilmente.

A las tres Sofía apareció en la puerta del salón donde Clara estaba con los planos de un proyecto nuevo que había empezado a revisar sin demasiada convicción.

—Tengo una pregunta —dijo Sofía.

—Dime.

—¿Dónde guardas las cosas que no sabes dónde poner?

Clara levantó la vista de los planos.

—¿A qué te refieres?

—Las cosas de antes. Las cosas de cuando estábamos juntas. ¿Las guardaste en algún sitio o las tiraste?

Clara la miró un momento.

—En el armario del pasillo —dijo—. Caja de arriba, la que no tiene etiqueta.

Sofía asintió.

—¿Puedo mirarla?

—Es tuya también.

La caja no era grande.

Era de cartón, de las de mudanza, con las solapas cerradas, pero sin precinto, como si quien la había guardado hubiera querido que fuera fácil de abrir o hubiera querido que pareciera provisional.

Sofía la bajó del armario y la llevó al salón. La dejó en el suelo entre las dos. Clara había dejado los planos en la mesa.

Las dos miraron la caja durante un momento.

—¿La abro? —preguntó Sofía.

—Sí.

Sofía abrió las solapas.

Dentro había cosas que son siempre las mismas en este tipo de cajas.

Los objetos que no tienen categoría propia, que no son suficientemente importantes para tenerles un sitio, pero suficientemente importantes para no tirarlos.

Una entrada de cine de 2018. Una postal de Sofía desde Estambul, la primera vez, cuando todavía se mandaban postales porque era el año en que mandarse postales todavía tenía sentido.

Dos fotos en papel. Una de las dos en una boda de un amigo común y otra en la que solo salía Sofía, de espaldas, mirando una ventana, que Sofía no recordaba que Clara tuviera.

—¿Cuándo hiciste esta? —preguntó Sofía, sosteniendo la foto.

—No la hice yo. —Clara la miró—. La hizo Laura. En tu cumpleaños. ¿Te acuerdas de esa cena?

—Me acuerdo.

—Laura andaba con su cámara todo el rato. Me la mandó después. No sé por qué la guardé.

Sofía miró su propia espalda en la foto, la ventana que estaba mirando que daba al patio del restaurante donde habían cenado ese año, la luz de la tarde entrando por el cristal.

—Tengo buen pelo en esta foto —dijo.

—Siempre tienes buen pelo.

Sofía la miró.

Clara miró la caja.

Siguieron sacando cosas.

Un mapa de Lisboa doblado y marcado con un bolígrafo, tres círculos en distintos puntos de la ciudad.

Una cuerda de escalada de unos veinte centímetros que Sofía reconoció como el trozo que habían cortado en la ferretería cuando habían intentado colgar una estantería y habían comprado demasiada cuerda y el sobrante había viajado en el bolsillo de algún abrigo hasta la caja.

Una tarjeta de un restaurante de Oporto con el nombre del vino que habían pedido escrito al dorso con la letra de Sofía.

—El Douro —dijo Sofía leyendo la tarjeta.

—Estaba muy bueno.

—Estaba muy bueno y costaba lo que dos cenas normales y lo pedimos igualmente.

—Lo pediste tú.

—Y tú lo bebiste.

Clara sonrió.

Y Sofía pensó que ese era el tipo de memoria que se guarda sin saber que se guarda. No los momentos grandes sino los pequeños, los específicos, los que no tienen importancia excepto la importancia de haber estado.

—¿Te acuerdas del piso de Lavapiés? —dijo Sofía.

—¿Cuál?

—El que vimos en 2019. El de la azotea.

Clara lo pensó.

—El del propietario que quería garantías de seis meses por adelantado.

—Ese. —Sofía sacó otra cosa de la caja—. Estuvimos mirándolo media tarde y tú hiciste una lista de todos sus defectos estructurales y al final le dijiste al propietario que la fontanería del baño iba a dar problemas antes de dos años.

—Le iba a dar problemas.

—Lo sé. Pero la cara que puso.

—Se lo merecía. El precio estaba inflado un treinta por ciento.

—Sí.

Sofía sostuvo lo que había sacado era un papel doblado, con la letra de Clara, que era una lista de pros y contras de tres pisos distintos.

—Aquí está. El informe técnico de pisos del verano de 2019.

Clara lo miró.

—Lo hice en el metro de vuelta.

—Lo sé. Lo hiciste en el metro y yo miraba por encima de tu hombro y pensaba que eras la persona más rara y más fascinante que había conocido.

Clara la miró.

—¿Eso pensabas?

—Eso pensaba.

Un silencio suave.

La lluvia en la ventana.

El salón con la luz de las tres de la tarde de un día de diciembre.

—¿Por qué nunca encontramos un piso? —dijo Clara.

—Porque siempre había algo que no cuadraba. —Sofía dejó la lista en la caja —. El de Lavapiés era caro y el de Malasaña lo teníamos ya pero era muy pequeño y Almagro tenía el problema de fontanería y el de Chamberí...

—El de Chamberí lo encontramos en septiembre —dijo Clara—. Dos meses antes de que yo dijera que no podíamos seguir.

El silencio que siguió era de un tipo diferente.

—Lo sé —dijo Sofía.

—Nunca te lo dije.

—¿Que habías visto el piso?

—Que había ido a verlo. Fui a verlo sola un martes por la tarde. Tenía tres dormitorios y la luz buena en el salón y pensé...

Se detuvo.

—¿Qué pensaste? —dijo Sofía en voz baja.

—Pensé que era el piso —dijo Clara—. Que ahí podíamos quedarnos. Que ahí cabíamos las dos y cabía también lo que queríamos ser. —Una pausa larga—. Y luego volví a casa y esa noche no dormí bien y a la semana siguiente estaba de vuelta en el miedo y a los dos meses te dije que no podíamos seguir.

Sofía la miraba sin decir nada.

—Nunca me contaste que fuiste a ver el piso —dijo finalmente.

—No.

—¿Por qué?

—Porque si te lo contaba era real. —Clara lo dijo con esa honestidad que costaba y que seguía costando—. Y si era real tenía que hacer algo con ello.

—¿Dónde estaba? —preguntó Sofía.

Clara la miró.

—¿El piso?

—Sí.

—En esta misma calle. —Clara no apartó los ojos de los de Sofía—. No fue consciente. No me di cuenta hasta que firmamos el contrato aquí y volví a ver la calle y reconocí algo.

—Y cuando lo reconociste…

—No lo dije. —Clara miró sus manos—. Debería haberlo dicho.

Sofía tardó en responder.

—Lo estás diciendo ahora —dijo finalmente.

—Sí.

—Eso también cuenta.

Siguieron sacando cosas de la caja sin prisa.

Había un cuaderno pequeño de Sofía, de esos que usaba para notas rápidas en los encargos, que tenía en la primera página un boceto a bolígrafo.

Una planta de piso, muy básica, con las habitaciones marcadas.

No tenía nombre de calle ni escala. Era el tipo de boceto que se hace cuando uno está pensando en algo concreto y necesita verlo en papel, aunque sea esquemáticamente.

Clara lo miró.

—¿Cuándo hiciste esto?

Sofía lo miró.

—2019 —dijo—. En algún momento del verano.

—¿Es un piso específico?

—No. Es el piso que tenía en la cabeza. El piso abstracto. Tiene tres habitaciones.

Clara contó las habitaciones del boceto.

Tres.

—¿Para qué la tercera? —dijo, aunque lo sabía.

—Para lo que fuera —dijo Sofía—. Estudio. Cuarto de invitados. —Una pausa más larga—. O para un niño, si llegaba el momento. No lo había decidido. Solo había dejado espacio.

Clara miró el boceto.

Pensó en Emma dormida con el pingüino. En los planetas girando. En la habitación con la luz sur que habían elegido para ella en este piso de Chamberí porque era la mejor.

—Sofía —dijo.

—¿Qué?

—La tercera habitación la tiene Emma.

Sofía miró el boceto.

Luego miró a Clara.

Y no dijo nada porque no había nada que añadir a eso.

A las cinco y media la lluvia había amainado hasta ser algo más parecido a llovizna y la caja estaba medio vaciada sobre el suelo del salón.

—¿Qué hacemos con esto? —preguntó Sofía.

—No lo sé. ¿Qué quieres hacer?

Sofía miró las cosas extendidas. La postal, las fotos, el mapa de Lisboa, la tarjeta del restaurante de Oporto, el cuaderno con el boceto, la lista de pros y contras de los pisos del verano de 2019.

—Guardarlo —dijo—. Pero diferente.

—¿Diferente cómo?

—No en una caja que no tiene etiqueta. —Sofía empezó a recoger las cosas—. En algún sitio donde forme parte de lo que hay. No archivado.

Recogieron juntas. La postal de Estambul. La entrada de cine. El trozo de cuerda de escalada que no significaba nada excepto que había estado en el bolsillo de un abrigo en un momento específico y había llegado hasta aquí.

Cuando terminaron la caja estaba de nuevo cerrada, pero Sofía la puso no en el armario del pasillo sino en la estantería del salón, en el hueco entre los libros técnicos de Clara y la colección de guías de viaje que Sofía había ido dejando en la estantería desde que llegó.

Clara la miró en la estantería.

—Ahí se ve —dijo.

—Esa es la idea.

A las seis y cuarto Sofía dijo:

—Tengo algo que preguntarte.

—Dime.

—El piso de Chamberí que fuiste a ver. ¿Lo imaginaste con las dos?

Clara tardó un momento.

—Sí —dijo.

Sofía la miró durante un tiempo.

—Voy a llamar a Rodrigo mañana —dijo finalmente.

Clara no dijo nada.

—Para decirle que sí —dijo Sofía.

El salón en silencio.

La llovizna en la ventana.

La caja en la estantería entre los libros.

—¿Estás segura? —preguntó Clara.

—No completamente —dijo Sofía—. Pero lo suficiente. ¿Tú?

—Lo suficiente —confirmó Clara.

—Lo suficiente es suficiente para empezar —dijo Sofía.

—Sí.

Y luego, porque llevaba horas con esa pregunta y porque la lluvia había amainado y la tarde llegaba a ese punto donde la luz y la oscuridad se negocian y porque la caja estaba en la estantería donde se podía ver, Sofía dijo:

—¿Sabes lo que habría sido diferente si lo hubiéramos intentado entonces?

Clara pensó.

—Mucho —dijo—. Y nada.

—¿Cómo nada?

—Que habríamos llegado aquí de todas formas. Con menos daño intermedio, sí. Pero aquí. Porque somos quienes somos. Y quienes somos siempre iba a traernos a algo parecido a esto.

Sofía la miró.

—¿Eso es lo que crees?

—Eso es lo que creo.

Sofía miró la caja en la estantería.

—Entonces el daño intermedio —dijo—. ¿Para qué sirvió?

Clara tardó en responder.

—Para que ahora sepa que el miedo no es razón suficiente —dijo—. Sola no lo habría aprendido.

Un silencio.

—A mí me sirvió para saber que quedarme en un sitio no significa perderme —dijo Sofía en voz baja—. Que la raíz no impide el movimiento. Eso tampoco lo habría aprendido sola.

Clara la miró.

Y en ese mirarse, había algo que era más que lo que podía nombrarse de una sola vez pero que no necesitaba ser nombrado todo de una vez.

Bastaba con que estuviera.

Con que las dos supieran que estaba.

—¿Tienes hambre? —preguntó Sofía finalmente.

—Sí.

—Yo cocino.

—Sofía.

—¿Qué?

—Gracias.

Sofía la miró un momento.

—¿Por qué?

—Por volver —dijo Clara—. Por quedarte. Por la caja y por los planetas y por las fracciones hipotéticas de okapi y por todo lo que no he sabido pedirte, pero me has dado igualmente.

Sofía la miró.

—No me des las gracias —dijo.

—Ya lo sé.

Sofía fue a la cocina.

Clara la escuchó moverse, el ruido del frigorífico, la sartén, el extractor que tardaba siempre un momento en arrancar del todo.

Miró la estantería donde estaba la caja entre los libros.

Miró la llovizna en la ventana.

Pensó en lo que habría sido y en lo que era.

Pensó que lo que era, con todo su peso y su historia y sus tres años de distancia y su mentira estratégica que ya no era del todo mentira, era suficiente.

Más que suficiente.

Era exactamente lo que era.

Y eso, por primera vez, le parecía bien.