Capítulo 18
La sugerencia
El veintitrés de diciembre nevó en Madrid.
No mucho, pero lo suficiente para que Emma se despertara a las siete y cuarto de la mañana y llegara al salón en pijama diciendo, con la urgencia de quien anuncia algo histórico:
—Está nevando.
Sofía estaba en el suelo del salón con el café. Clara estaba en la cocina.
—Ya lo sé —dijo Sofía.
—¿Lo has visto?
—Lo he visto.
Emma fue a la ventana. Se quedó ahí durante varios minutos, mirando los copos que caían sin prisa.
—Es como los planetas —dijo finalmente.
—¿En qué sentido? —dijo Sofía.
—En que cada uno va a su ritmo y nadie le dice adónde tiene que ir y aun así todo acaba en el suelo.
Sofía miró a Emma.
—Eso es o muy profundo o una descripción meteorológica muy precisa —dijo.
—Las dos cosas —dijo Emma, sin apartar los ojos de la nieve.
Clara, desde la cocina, lo escuchó todo.
Pensó en que era veintitrés de diciembre y que mañana era Nochebuena y que el año anterior por estas fechas Laura había llamado para preguntar qué plan había y habían terminado las tres en el piso de Laura viendo una película que Emma eligió y que resultó ser mejor de lo esperado.
Pensó en que este año era diferente en demasiadas formas para contarlas.
Y pensó, mientras servía el desayuno de Emma, que diferente no era lo mismo que peor.
Todavía no sabía si era mejor.
Pero no era lo mismo que peor.
La reunión con Rodrigo Camps era a las once.
No era la primera vez que Sofía iba al despacho del abogado, pero era la primera vez desde que la sugerencia del matrimonio estaba sobre la mesa.
Emma se quedó en casa de los abuelos maternos, que habían llegado el día anterior desde Salamanca para las fiestas y que estaban instalados en el sofá cama del salón.
La madre de Clara había inspeccionado el piso con esa mirada suya que no juzgaba directamente pero que catalogaba, y había dicho que tenía buena luz.
El padre de Clara había estrechado la mano de Sofía y había dicho que el equipo de fútbol de Madrid iba muy mal esta temporada, que era su forma de decir que todo lo demás estaba bien.
Sofía había respondido que en efecto iba muy mal, que era una respuesta sin contenido real pero que era la correcta.
El despacho de Rodrigo Camps olía a papel y calefacción excesiva, igual que siempre. El abogado tenía café preparado, como siempre. Clara y Sofía se sentaron.
Rodrigo abrió la carpeta.
—Antes de entrar en el tema principal quiero actualizarles sobre los movimientos de la familia García —dijo—.
Han presentado esta semana una declaración complementaria del padre biológico.
Marcos García alega que su ausencia en los últimos años fue involuntaria y que está en disposición de asumir un papel activo en la vida de Emma.
—¿Involuntaria cómo? —preguntó Sofía.
—Razones económicas y laborales, dice él. Es un argumento débil dado el historial documentado, pero la familia García tiene abogados con recursos y saben construir narrativas. No podemos descartarlo.
—¿Qué posibilidades tiene ese argumento? —preguntó Clara.
—Bajas. Pero no nulas. —Rodrigo dejó la carpeta—.
Lo que más me preocupa no es el argumento del padre biológico en sí.
Es que están usando ese argumento para reforzar el cuestionamiento de su hogar.
El mensaje que construyen es: si él puede ofrecer un entorno familiar tradicional y usted no puede demostrar un entorno familiar estable, el juez tiene razones para considerar las dos opciones.
—El entorno familiar tradicional de Marcos García es un padre que no ha visto a su hija en años —dijo Sofía.
—Lo sé. Y lo argumentaremos. Pero los argumentos cuestan tiempo y cuestan desgaste emocional. Y una demostración clara de estabilidad los cortaría de raíz.
Silencio.
Rodrigo reorganizó los papeles.
—Llegamos al tema que les planteé la semana pasada. El matrimonio.
Las dos mujeres no se miraron.
—Quiero ser muy claro sobre lo que implica y lo que no implica —dijo el abogado—.
No es un requisito legal. El juez no puede exigírselo ni su ausencia invalida el caso.
Pero en la práctica, en un proceso donde la otra parte cuestiona la solidez y la permanencia del hogar, el matrimonio legal envía una señal que la convivencia sola no puede enviar.
Es una declaración de intención ante el registro civil, ante el estado, ante el proceso judicial.
Y en un caso donde hay una niña que ha perdido a su madre y dos familias compitiendo por demostrar que pueden ofrecerle estabilidad, esa señal importa.
—¿Cuánto importa en términos prácticos? —preguntó Clara.
—En mi experiencia —dijo Rodrigo—, en casos de custodia disputada donde hay dudas sobre la estabilidad del hogar principal, el matrimonio legal inclina la balanza. No garantiza nada. Nada garantiza nada en un proceso judicial. Pero inclina.
—¿Y el tiempo? —preguntó Sofía—. ¿Cuánto tarda el proceso del matrimonio?
—Si inician el expediente esta semana, con la documentación en orden, pueden tener fecha para el registro civil en tres o cuatro semanas. —El abogado las miró a las dos—. Antes de la audiencia de febrero.
Tres o cuatro semanas.
Sofía miró la mesa.
Clara miró la carpeta.
—¿Hay algo más que deba saber sobre las implicaciones legales? —preguntó Clara finalmente.
—Sí. —Rodrigo abrió otra página—. El matrimonio legal tiene consecuencias que van más allá del proceso de custodia.
Derechos sucesorios, régimen económico si no se especifica lo contrario, responsabilidad legal compartida sobre la menor si se formaliza la tutela conjunta.
Son cosas que deben considerar con cuidado.
—¿Se puede establecer capitulaciones? —preguntó Sofía.
El abogado la miró con algo que podría ser apreciación profesional.
—Sí. Antes de la firma pueden establecer capitulaciones matrimoniales que regulen el régimen económico. Lo recomiendo en cualquier caso, no solo en este.
Sofía asintió.
—Déjenos pensarlo —dijo.
—Por supuesto. Pero si queréis que el matrimonio sea una opción real antes de la audiencia de febrero necesito saberlo antes del tres de enero. Eso les da tiempo para iniciar el expediente con margen.
—El tres de enero —repitió Clara.
—Sí.
Clara miró a Sofía.
Sofía la miró a ella.
Rodrigo Camps, que llevaba suficientes años en esto para saber cuándo dos personas estaban teniendo una conversación completa sin palabras, recogió sus papeles con discreción.
—Tenéis hasta el tres de enero —dijo—. Si Tenéis preguntas antes, llámenme cuando quieran.
Salieron a la calle con la nieve que ya había dejado de caer pero que seguía en las aceras.
Caminaron en silencio durante media manzana.
—¿Quieres tomar algo? —preguntó Sofía finalmente.
—Sí.
Encontraron un bar a dos calles, de los de siempre, con servilletas de papel y la barra de madera oscura y el televisor en el fútbol con el volumen bajo. Se sentaron en una mesa del fondo. Pidieron dos cafés. Los cafés llegaron.
Ninguna habló durante un momento.
Sofía miraba la taza.
Clara miraba la ventana donde la nieve en la acera se iba deshaciendo con el paso de la gente.
—Quiero preguntarte algo —dijo Sofía.
—Dime.
—Si no existiera Emma. Si no existiera el proceso legal. Si todo lo que había fuera lo que hay entre nosotras ahora mismo. ¿Le dirías que sí al matrimonio?
Clara la miró.
La pregunta tenía una precisión quirúrgica que cortaba todo el contexto, toda la justificación estratégica, todo lo que hacía que la respuesta fuera más fácil de dar porque podía atribuirse a factores externos. Dejaba solo la pregunta real.
—No lo sé —dijo Clara.
Sofía asintió como si eso fuera exactamente lo que esperaba escuchar.
—¿Por qué no lo sabes?
—Porque hace tres semanas no habría podido responderla. Y ahora podría estar más cerca de poder responderla, pero todavía no estoy segura. Lo que sí sé es que la respuesta es diferente a lo que habría sido hace tres años.
—¿En qué dirección?
—En la dirección de que ya no me aterra tanto la pregunta en sí.
Sofía bebió café.
—¿Y si yo te pregunto lo mismo? —preguntó Clara.
—¿Si yo le diría que sí al matrimonio sin el proceso de por medio?
—Sí.
Sofía dejó la taza.
Miró la ventana. Un hombre con un niño pequeño que caminaba mirando el suelo.
—Hace tres años sí —dijo Sofía—. Sin dudar.
Ahora... ahora es más complicado porque ahora sé cosas que no sabía entonces.
Sé lo que cuesta cuando se rompe. Sé lo que significa volver a estar cerca de algo que ya perdiste una vez.
Y sé que si lo hago y se vuelve a romper no sé si tengo la capacidad de recomponerme otra vez de la misma forma.
—Lo entiendo.
—¿De verdad?
—De verdad. Y no te voy a decir que no se va a romper porque no lo sé. Nadie lo sabe. Lo que sí puedo decirte es que la razón por la que se rompió entonces ya no existe.
Sofía la miró.
Algo cruzó su cara que no era exactamente alivio pero que empezaba ahí.
—Eso es mucho —dijo.
—Para mí también.
Un silencio.
El bar con su ruido de mediodía alrededor. El fútbol en el televisor. Dos personas mayores en la barra hablando de algo.
—¿Sabes lo que más me cuesta? —preguntó Sofía.
—Dime.
—Que si hacemos esto y luego resulta que funciona, que de verdad funciona, nunca voy a saber con certeza si fue porque queríamos o porque las circunstancias nos pusieron aquí. Siempre va a estar esa duda.
Clara pensó en eso.
—Yo llevo pensando en eso también —dijo—. Y llegué a algo que no sé si te sirve.
—¿Qué?
—Que las circunstancias siempre ponen a las personas en algún sitio.
Nadie elige el momento en que las cosas importantes pasan.
—Clara miró sus manos—. Sofía, nos conocimos en una fiesta donde ninguna de las dos quería estar.
Nos enamoramos viviendo en el mismo piso porque ninguna encontraba otro.
Las circunstancias siempre están. La pregunta es qué hacemos dentro de ellas.
Sofía la miró durante un tiempo.
—Eso es lo más arquitectónico que te he escuchado decir sobre una relación —dijo finalmente.
—Es que es lo mismo —dijo Clara—. Siempre trabajas con la estructura que tienes. No con la que querías tener.
Sofía miró la ventana.
—Dame hasta mañana —dijo Sofía.
—Tienes hasta el tres de enero.
—Dame hasta mañana —repitió Sofía—. Tengo algo que hacer primero.
Clara asintió.
No preguntó qué.
Lo que tenía que hacer Sofía era ir a la primera cita con la psicóloga.
Había sido el jueves. Rodrigo Camps no lo sabía, Emma no lo sabía, Clara no lo sabía todavía.
La psicóloga se llamaba Marta Soler y tenía un despacho en Almagro con una planta en la ventana que a Sofía le había parecido bien como primera señal porque alguien que mantiene viva una planta en invierno tiene algo de paciencia en el carácter.
Sofía había hablado durante cincuenta minutos.
No de todo. No todavía. Pero sí de Esmirna, de los meses antes de Esmirna, de esa acumulación de años cubriendo cosas que eran demasiado grandes para procesarlas en el tiempo que había entre un encargo y el siguiente.
Marta Soler había escuchado con esa atención que no interrumpía y al final había dicho:
—¿Y lo de Madrid? ¿Volver aquí?
—Eso también —había dicho Sofía—. Pero eso es más complicado.
—Las cosas complicadas son para la próxima sesión —había dicho Marta Soler.
La próxima sesión era el siete de enero.
Sofía no le había contado esto a Clara porque era suyo primero. Necesitaba que fuera suyo primero. Pero esa noche de vuelta en el piso, Sofía fue a la cocina donde Clara estaba preparando algo y dijo:
—Fui a ver a una psicóloga.
Clara dejó lo que tenía en las manos.
Se giró.
—¿Sí?
—Primera cita. Tengo otra el siete.
Clara la miró.
No dijo bien hecho, que habría sonado condescendiente. No dijo me alegro, que habría sonado a alivio sobre algo que no era su problema. No dijo nada que pusiera la carga de la respuesta en Sofía.
—¿Cómo fue? —preguntó.
—Bien. Difícil y bien. Me ayudó a entender algo.
—¿Qué?
—Que llevo años tomando decisiones desde el miedo sin llamarlo por su nombre. No tan diferente a ti, en realidad.
Clara la miró.
—No tan diferente —confirmó en voz baja.
Sofía asintió.
—Sobre lo del matrimonio —dijo.
—No tienes que decidir hoy.
—Ya lo sé. Pero quiero decirte algo.
—Dime.
Sofía la miró, con la luz de las siete de la tarde de Nochebuena entrando por la ventana y con el olor de lo que Clara estaba cocinando.
—Que si lo hacemos —dijo Sofía— lo hago porque quiero.
No por el proceso y no por Emma, aunque Emma importa y el proceso importa.
Lo hago porque quiero intentarlo de verdad.
Porque creo que podemos. Y porque llevas semanas siendo la persona que siempre creí que podías ser y eso no es algo que pueda ignorar.
Clara no dijo nada durante un momento.
—¿Eso es un sí? —preguntó finalmente.
—Es casi un sí —dijo Sofía—. Dame hasta mañana para que sea del todo.
—De acuerdo.
—¿Estás bien con eso?
Clara la miró.
—Estoy bien con eso —dijo.
Y esa noche celebraron la Nochebuena los cuatro. Clara, Sofía, Emma, y los abuelos que habían vuelto del paseo por la nieve con las mejillas coloradas y Emma con los zapatos mojados.
En la mesa grande de la cocina, con la cena que Clara había cocinado y el vino que los abuelos habían traído y Emma explicando a los abuelos el sistema de los planetas con un nivel de detalle que requería atención sostenida.
Y en algún momento de la noche, cuando los abuelos estaban hablando entre ellos y Emma estaba distraída con el postre, Sofía encontró el pie de Clara bajo la mesa.
No lo movió.
Clara tampoco.
Y eso, sin palabras, sin dramaturgia, fue la respuesta que ninguna de las dos había dado todavía en voz alta pero que ambas ya sabían.