Un lugar para quedarnos Capítulo 17
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Capítulo 17

La mentira se complica

Rodrigo Camps tenía una forma de empezar las conversaciones difíciles.

Clara la había aprendido en el tiempo que llevaba trabajando con él.

Siempre ofrecía café, siempre preguntaba cómo estaba Emma, siempre reorganizaba los papeles sobre la mesa con ese gesto que no era nerviosismo sino preparación.

Era el ritual de alguien que ha dado malas noticias suficientes veces para saber que los ritos pequeños ayudan a que aterricen mejor.

Rodrigo Camps ofreció café, preguntó por Emma, reorganizó los papeles.

Clara cogió el café, aunque no tenía ganas.

—Cuénteme —dijo.

—La familia García ha contratado a un despacho con más recursos de los que esperaba —dijo el abogado—. Han hecho un trabajo de investigación bastante exhaustivo sobre su situación.

—¿Qué tipo de investigación?

Rodrigo abrió la carpeta.

—Han localizado a personas de su entorno anterior. Compañeros de trabajo, vecinos. Y han encontrado algunas inconsistencias en la narrativa que hemos construido.

—¿Qué inconsistencias? —preguntó Clara.

—La principal es que no existe ningún registro previo de convivencia entre usted y Sofía antes de la muerte de su hermana. Además, varias personas de su entorno laboral han declarado no tener conocimiento de la relación hasta hace pocas semanas.

Clara no dijo nada.

—El argumento de la familia García —continuó el abogado —es que la relación con Sofía Marín es una construcción reciente y conveniente.

Que fue establecida específicamente en respuesta al proceso de custodia.

No lo pueden probar. Pero pueden plantearlo como duda razonable.

Y en un proceso de custodia, la duda razonable sobre la estabilidad del hogar es exactamente lo que el juez va a examinar.

—¿Cuánto daño hace eso? —preguntó Clara.

—Depende de cómo lo gestionemos. Si lo dejamos sin respuesta, bastante. Si lo respondemos bien, es manejable. Pero necesitamos algo más sólido que la convivencia de unas semanas.

—¿Qué entiende usted por más sólido?

El abogado la miró por encima de las gafas.

—Hay algo que fortalecería el caso de manera significativa —dijo—. Y soy consciente de que no es fácil.

Clara esperó.

Rodrigo Camps reorganizó los papeles una vez más.

—El matrimonio —dijo.

Sofía estaba en el piso cuando Clara volvió del despacho.

Era las siete de la tarde de un miércoles, con la ciudad ya completamente oscura a esa hora y las luces de Navidad en la calle que Emma miraba desde la ventana.

Habían acordado que ese año no pondrían árbol, era el primer diciembre sin Laura y ninguna de las dos había dicho explícitamente que un árbol de Navidad parecía demasiado, pero ninguna lo había propuesto tampoco, aunque Emma había puesto en la ventana de su habitación una cadena de luces pequeñas que Sofía había encontrado en una caja del mercado y que parpadeaban con una irregularidad que Emma había declarado perfecta porque los patrones perfectos eran aburridos.

Emma estaba en su habitación con las luces.

Sofía estaba en el salón.

Clara entró, dejó el abrigo, fue directamente al salón y se sentó.

Sofía la miró.

—¿Qué ha pasado?

Clara le contó.

La investigación de la familia García, las inconsistencias, el argumento de la relación construida “ad hoc”, y finalmente, al final, la sugerencia del abogado.

Sofía escuchó sin interrumpir.

Cuando Clara terminó, el salón estuvo en silencio durante varios segundos.

—Casarnos —dijo Sofía.

No como pregunta sino como comprobación, repitiendo la palabra para ver cómo sonaba en el aire.

—Eso ha dicho.

—¿Lo considera necesario?

—Dice que no es necesario legalmente. Pero que fortalece el caso de forma significativa. Que transmite al juez una permanencia que la convivencia sola no transmite. Que dificulta el argumento de la familia García sobre la artificialidad de la situación.

Sofía se levantó.

Fue a la ventana. Miró la calle con las luces de Navidad.

Clara la observó de espaldas. L a línea de los hombros, las manos en los bolsillos, esa postura que tenía cuando procesaba algo que necesitaba espacio para ser procesado.

—¿Cuánto tiempo tenemos para decidirlo? —dijo Sofía sin girarse.

—Rodrigo quiere una respuesta antes de fin de año. La audiencia preliminar es en febrero.

—Febrero. —Sofía se giró—. Es poco tiempo.

—Unas semanas, sí.

Sofía volvió al sofá. Se sentó. Miró a Clara.

—¿Tú qué quieres hacer? —preguntó.

—No lo sé todavía.

—¿Qué parte no sabes?

Clara pensó la respuesta antes de darla.

—Sé que quiero conservar la custodia de Emma. Eso lo sé sin duda. —Una pausa —. Lo que no sé es si tengo derecho a pedirte esto además de todo lo que ya te he pedido.

—¿Eso es lo único que no sabes?

Clara la miró.

—No —dijo finalmente.

—¿Qué más?

—Que si hacemos esto... —Clara buscó las palabras—. Un matrimonio tiene un peso diferente. Para mí tiene un peso diferente. Y no quiero entrar en algo con ese peso si no sé qué está pasando entre nosotras.

—¿Y qué está pasando entre nosotras?

—Sabes qué está pasando.

—Sí —dijo Sofía —. Pero quiero escucharte decirlo tú.

Clara la miró.

—Que no es solo estratégico —dijo Clara—. Que no lo ha sido desde hace semanas. Que lo que siento por ti no es nuevo, es lo que siempre.

Sofía no respondió de inmediato.

—¿Y el miedo? —preguntó.

—El miedo sigue. Pero es más pequeño que lo otro.

Un silencio.

—Para mí también —dijo Sofía en voz baja.

Y eso era mucho. Era mucho viniendo de Sofía, que no decía las cosas hasta que eran verdad del todo.

—Aun así —dijo Sofía—. Casarnos. Eso es otra cosa. Eso es lo que yo quería hace tres años y tú no pudiste dármelo. Y ahora me lo pides cuando es la solución a un problema legal.

—Lo sé.

—¿Sabes lo que eso significa para mí?

—Sí —dijo Clara.

Y lo sabía. Lo sabía con esa parte de ella que había leído la carta de Laura y había pensado en Sofía en la cocina diciendo que quería esa vida, que quería esa vida con ella, y que había recibido un no

—Y por eso te lo pregunto de verdad. No te estoy diciendo que hay que hacerlo. Te estoy diciendo que el abogado lo ha planteado y que tiene que estar sobre la mesa entre nosotras antes de que yo le dé una respuesta.

Sofía miró las manos en su regazo.

—Dame unos días —dijo.

—Los que necesites.

—¿Y mientras?

—Mientras seguimos —dijo Clara—. Igual que hasta ahora.

Sofía asintió.

Desde la habitación de Emma llegó su voz llamando, preguntando si alguien podía ayudarla con algo que no especificó pero que requería presencia física inmediata según el tono.

Sofía se levantó.

—Voy yo —dijo.

Clara la escuchó ir por el pasillo. Escuchó la puerta de Emma abrirse, la voz de Emma explicando algo sobre las luces, la voz de Sofía respondiendo con esa paciencia que ponía en los problemas de Emma.

Se quedó sola en el salón.

Pensó en lo que había dicho el abogado.

Pensó en Sofía hace tres años en la cocina del piso de Malasaña, diciendo quiero que nos casemos con esa voz sin defensas que usaba cuando algo le importaba demasiado.

Pensó en lo que había respondido ella.

Pensó en la distancia entre ese entonces y este ahora, que no era solo tiempo sino todo lo que se construye o se destruye dentro del tiempo.

Y pensó, con una claridad que no esperaba que, si en algún momento iba a ser capaz de elegir a alguien completamente, sin calcular el coste de la dependencia ni medir la distancia de seguridad, esa persona era Sofía.

Lo había sabido en la fábrica de tejidos.

Lo había sabido en Lisboa.

Lo había sabido en el hospital cuando Sofía había cruzado la sala de urgencias y sus miradas se habían encontrado.

Lo había sabido siempre.

El problema había sido siempre el mismo.

No lo que sabía sino lo que hacía con lo que sabía.

Unos días después, la familia García apretó en otra dirección.

El veintidós de diciembre, Rodrigo llamó con nueva información. Habían conseguido el testimonio de una vecina del edificio anterior de Clara que declaraba haber visto a una mujer entrar y salir del piso de Clara con frecuencia en los meses previos a la muerte de Laura.

La descripción no coincidía con Sofía.

—¿Saben quién era? —dijo Clara al teléfono.

—Una compañera de trabajo, por lo que podemos determinar. Lena Arroyo.

Lena.

Clara cerró los ojos un momento.

—¿Qué argumento construyen con eso?

—Que la relación con Sofía no era la relación principal en su vida en los meses anteriores. Que hay inconsistencias en la cronología que presentamos.

—Lena es amiga mía. Compañera de trabajo. Casada y con una hija.

Clara colgó.

Fue a la cocina donde Sofía estaba preparando la cena.

Le contó.

Sofía escuchó con el cuchillo parado sobre la tabla.

—¿Cuándo terminan de investigar? —preguntó.

—No lo sé. Rodrigo dice que tienen recursos. Que esto puede seguir.

Sofía reanudó el corte.

—¿Qué quieres hacer? — preguntó.

—Quiero que Emma no tenga que vivir con esto meses más. Quiero que la situación tenga una resolución.

—¿Y para eso necesitas que yo te dé una respuesta sobre casarnos?

No era una acusación.

—No —dijo Clara—. Necesito que me des una respuesta porque la decisión es tuya también. Lo de Emma y el proceso son razones, sí. Pero no son la única razón por la que la propuesta está sobre la mesa.

Sofía dejó el cuchillo.

Se giró.

—Lo sé —dijo Sofía.

—¿Y?

—Y necesito un día más.

—De acuerdo.

—¿Estás bien con eso?

Clara miró a Sofía. La miró de verdad, sin el filtro de la gestión ni la eficiencia ni la lista de cosas pendientes.

La miró como se miraba a las personas cuando uno finalmente ha dejado de tener miedo de lo que puede ver.

—Estoy bien con eso —dijo.

Y lo estaba.

Emma esa noche dijo, mientras cenaban, sin ningún preámbulo:

—El año que viene quiero aprender a hacer fotos de verdad. No solo en el piso. Fuera también.

—¿Fuera dónde? —dijo Sofía.

—En el parque. Y en el mercado. Y en el colegio si me dejan. —Emma pinchó algo en el plato—. Quiero hacer fotos de cosas que existen ahora para acordarme después.

—Para acordarte de qué —dijo Clara.

Emma miró alrededor de la mesa. Las miró a las dos, a Clara y a Sofía.

—De esto —dijo.

El silencio que siguió duró lo que duran los silencios que llegan cuando algo verdadero ocupa el espacio.

Clara miró a Sofía.

Sofía miró a Clara.

Y en esa mirada, cruzada sobre la cabeza de Emma que ya había vuelto a su plato, había una conversación entera que no necesitaba palabras todavía.

Pero que las tendría.

Pronto.