Capítulo 16
Lo que nunca dijeron
Llegó el dieciséis de diciembre.
No era una fecha especial en ningún calendario externo. Pero era martes, y los martes Sofía llevaba a Emma al colegio, y ese martes Emma había llegado a la puerta del colegio, había visto a Irene desde lejos y se había girado hacia Sofía:
—¿Luego vienes tú a recogerme?
—Luego viene la tía Clara —dijo Sofía.
Emma procesó esto con una milésima de decepción que Sofía captó y que Emma, siendo Emma, no escondió del todo.
—¿Y tú?
—Yo tengo una cosa por la tarde. Pero ceno contigo.
Emma consideró la negociación.
—De acuerdo —dijo finalmente—. ¿Vosotras vais a seguir juntas?
Sofía la miró.
—¿A qué viene eso?
—A nada. Es que Irene me preguntó si tenía dos mamás y no supe qué decirle.
El aire de la mañana. El frío. Los niños entrando por la puerta del colegio alrededor de ellas.
—¿Qué le dijiste? —preguntó Sofía con cuidado.
—Le dije que tenía una tía y a Sofía. Pero luego pensé que quizás no era la respuesta correcta.
—Es una respuesta muy correcta —dijo Sofía.
—¿Y la otra pregunta? ¿La de si vais a seguir juntas?
Sofía la miró.
Nueve años.
—Eso es algo que tenemos que decidir la tía Clara y yo —dijo Sofía.
—¿Todavía no lo habéis decidido?
—Todavía no.
Emma asintió.
—Irene dice que cuando sus padres tardaron mucho en decidir una cosa importante fue porque les daba miedo decidirla —dijo —. Pero que al final la decidieron y todo fue mejor.
—¿Qué cosa era?
—Tener un perro.
Sofía se quedó mirando a Emma entrar por la puerta del colegio con Irene, las dos cabezas juntas ya en conversación, y pensó que Emma llevaba semanas dándoles información que ninguna de las dos había pedido pero que ambas necesitaban, y que eso era un tipo de generosidad que no venía en los libros de crianza.
Volvió andando al piso.
Y en el camino pensó en que llevaba semanas guardando cosas.
Cosas que sabía pero que no había dicho, que había organizado en ese espacio interior donde Sofía ponía lo que todavía no estaba listo para ser dicho.
El problema era que ese espacio empezaba a estar lleno y lo que pasa cuando algo está lleno es que empieza a desbordarse por los bordes.
Clara estaría en el estudio hasta las seis.
Sofía tenía el día.
Lo usó para trabajar, para llamar a Daniela, para dar un paseo por el Retiro con la cámara pequeña que le dejaba pensar mientras hacía algo con las manos.
Fotografió el lago. Fotografió sus propios pies sobre las hojas mojadas, que era el tipo de foto que nunca publicaría pero que a veces necesitaba hacer para entender qué estaba mirando.
A las dos llamó a la psicóloga.
El nombre lo tenía desde hacía semanas, desde que Daniela le había mandado el contacto con ese mensaje suyo que era directamente una instrucción, aunque nunca lo dijera así.
Había esperado demasiado.
Lo sabía. Lo había sabido desde Esmirna y lo había seguido sabiendo mientras lo posponía con la lógica de quien siempre puede encontrar un motivo para no hacer la cosa difícil hoy.
La psicóloga tenía hueco el jueves.
Sofía lo apuntó en el teléfono con esa sensación específica de quien ha hecho algo pequeño que en realidad no es pequeño.
Por la noche, Sofía estaba en la mesa del salón con el ordenador.
Sofía miraba la pantalla sin mirarla realmente.
Clara lo notó.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí.
Sofía cerró el ordenador.
—¿Podemos hablar cuando Emma esté dormida?
—Claro.
—No es urgente. Es solo... hay cosas que quiero decir.
Clara la miró.
—¿Cosas malas?
—No sé si hay cosas malas o buenas en esto —dijo Sofía.
Emma se durmió a las nueve y media.
Habían cenado juntas las tres, con la conversación habitual de las cenas.
Emma contando que Irene tenía ya el perro prometido y que se llamaba Canelo, que era un nombre para un perro que Emma encontraba cuestionable pero que respetaba, y Sofía diciendo que Canelo era en realidad un nombre con tradición y Clara diciendo que era el nombre de un boxeador, lo cual derivó en una explicación de Emma sobre los deportes de contacto que ninguna de las dos había pedido pero que fue sorprendentemente fundamentada.
Después de cenar Clara leyó con Emma, que era el ritual de los martes y los jueves, veinte minutos con el libro que estuvieran leyendo, esa voz de Clara leyendo en voz alta que Emma decía que le gustaba porque leía sin cambiar las voces de los personajes, que era aparentemente lo correcto según Emma, que tenía criterios literarios muy específicos para su edad.
Cuando Emma se durmió y Clara apagó la luz de la habitación y cerró la puerta con ese cuidado de los que han aprendido que el último centímetro de la puerta es el más importante, Sofía estaba en la cocina con el té.
Dos tazas.
Clara se sentó.
—Quiero hablar de la ruptura —dijo Sofía.
Sin preámbulo.
Clara asintió.
—De acuerdo.
—No para reprocharme nada. Sino porque llevo semanas con cosas que no he dicho y que necesito decir para poder seguir hacia delante. Sea lo que sea lo que hay hacia delante.
—Te escucho.
Sofía miró la taza.
—Cuando me dijiste que no podíamos seguir —dijo —me diste argumentos.
Me dijiste que no podías darme lo que yo necesitaba, que tenías miedo al compromiso, que no querías repetir el modelo de tus padres.
—Una pausa—. Y yo te escuché y te dejé irte porque no tenía forma de contradecir ninguna de esas cosas. Eran verdad.
—Lo eran —dijo Clara.
—Pero había algo que no dijiste.
—¿Qué?
Sofía levantó los ojos de la taza.
—No me dejaste porque no me amabas —dijo—. Me dejaste porque te aterraba necesitarme.
Clara no dijo nada.
—Y hay una diferencia enorme entre esas dos cosas —continuó Sofía—.
Si me hubieras dejado de querer yo podría haberlo gestionado.
Es doloroso, pero es comprensible, la gente deja de querer, pasa, forma parte de lo que son las relaciones.
Pero no fue eso. Fuiste de la única persona que conozco que puede mirar un edificio en ruinas y ver exactamente lo que puede ser.
Y luego miraste lo nuestro y decidiste que era más seguro no construir.
Clara tenía las manos planas sobre la mesa.
—Tienes razón —dijo.
—Lo sé.
—No es una disculpa suficiente.
—No te estoy pidiendo una disculpa. —Sofía bajó un poco la voz—.
Te estoy diciendo que lo que hiciste tuvo un coste.
Para las dos, sí, pero también específicamente para mí.
Porque yo sí quería quedarme. Yo sí quería esa vida.
Y tú tomaste la decisión por las dos sin preguntarme si yo estaba dispuesta a correr el riesgo.
Clara la escuchó.
—Tienes razón —dijo de nuevo.
—Para de decir que tengo razón.
—Es que la tienes.
—Clara. —La voz de Sofía con un borde que no era ira sino algo más complicado, más parecido a la frustración—.
No me estés dando la razón como si fuera un informe técnico.
Esto me dolió. Me dolió de verdad y durante mucho tiempo y no quiero que lo gestiones como si fuera un punto a confirmar en una lista.
Algo se movió en la cara de Clara.
—Lo sé —dijo.
Y esta vez no sonó a confirmación de un dato. Sonó a otra cosa.
—¿Lo sabes? —preguntó Sofía.
—Me pasé un año pensando en lo que te había hecho.
—¿Y qué hiciste con eso?
—Trabajar más.
El sonido que hizo Sofía entonces no era una risa, pero tampoco era otra cosa. Era ese sonido de cuando algo duele y es absurdo al mismo tiempo.
—Por supuesto —dijo.
—Era lo que sabía hacer.
—Lo sé. Yo me fui a Belgrado. Luego a Lima. Luego a no sé cuántos sitios. También era lo que yo sabía hacer.
—Los dos mecanismos tienen el mismo problema —dijo Clara.
—¿Cuál?
—Que funcionan hasta que no funcionan.
Sofía asintió.
Un silencio.
El calefactor.
El ruido lejano de la calle.
La taza de té que ya debía estar fría.
—Hay algo más —dijo Sofía.
—Dime.
—No volví solo por el piso. Volví porque después de Esmirna me di cuenta de que llevaba tres años moviéndome para no pensar en una cosa concreta. Y que seguir moviéndome no estaba funcionando.
Clara esperó.
—No te estoy diciendo que volví por ti —dijo Sofía—. Volví porque necesitaba parar. Pero sí te estoy diciendo que la cosa concreta en la que no quería pensar eras tú.
Clara sintió el peso de esas palabras de una forma que no era solo emocional sino física, ese peso que se instala en el pecho cuando algo que uno ha sabido en abstracto durante mucho tiempo se vuelve concreto de repente.
—Sofía —dijo.
—No tienes que decir nada todavía.
—Quiero decir algo.
—De acuerdo.
Clara miró sus manos sobre la mesa. Luego miró a Sofía.
—Cuando me preguntaste en la cafetería de Argüelles por qué te pedía esto a ti —dijo —, yo te dije que eras la única persona con quien alguna vez imaginé una familia.
Y era verdad. Pero no era todo. —Respiró—.
La verdad completa es que cuando Laura murió y me quedé sola en ese hospital con Emma durmiendo en la silla, lo primero que pensé no fue en el proceso legal ni en los abuelos García ni en el abogado. Lo primero que pensé fue en ti.
Sofía no dijo nada.
—Llevas tres años diciéndote que me dejaste ir —dijo Sofía finalmente
—Sí.
—Y yo llevo tres años diciéndome que me fui.
—Sí.
—Pero ninguna de las dos terminó realmente de irse.
No era una pregunta. Clara no lo trató como una.
—No —dijo.
Sofía cerró los ojos un momento.
—Estoy muy enfadada contigo —dijo, con los ojos todavía cerrados.
—Lo sé.
—Y todavía te quiero. —Los abrió—. Y estoy enfadada también por eso, porque sería más fácil si no fuera así.
—Sí —dijo Clara.
—Así que no sé qué hacemos con esto.
—Yo tampoco.
—Pero no podemos seguir fingiendo que no está aquí.
—No —dijo Clara—. No podemos.
Sofía miró la taza fría.
—Necesito tiempo para estar enfadada —dijo—. No contigo exactamente. Con la situación. Con los tres años. Con el hecho de que estemos aquí de esta forma que hace que todo sea más complicado.
—De acuerdo.
—¿No vas a decirme que lo entiendes?
—Sofía. Te estoy dando el tiempo. No necesitas que te diga que lo entiendo para que sea real.
Sofía la miró.
Y en esa mirada había muchas cosas.
El enfado que había dicho que tenía y que era real, y debajo de ese enfado algo que llevaba tres años esperando a que alguien dijera exactamente eso, que no necesitaba validación para que fuera real, que podía estar enfadada sin que nadie le diera permiso.
—Eso ha sido lo más adulto que te he escuchado decir en mucho tiempo —dijo Sofía.
—Voy aprendiendo.
—Ya lo veo.
Un silencio diferente. Más suave.
—¿Seguimos? —preguntó Sofía.
—¿Qué parte?
—Todo. El proceso. Vivir aquí. Emma. Esto.
—Sí —dijo Clara, sin dudar—. ¿Te parece bien?
Sofía miró la taza. Miró a Clara.
—Sí —dijo.
Y no era una declaración. No era una promesa. Era solo la confirmación de que las dos seguían aquí, en esta cocina, con el té frío y el calefactor haciendo su ruido y Emma dormida al fondo del pasillo, y que eso era suficiente para esta noche.
Sofía recogió las tazas.
Las llevó al fregadero.
Las lavó.
Clara la observó desde la silla.
—Sofía —dijo.
—¿Qué? —Sofía no se giró, seguía con las tazas.
—Gracias por decirlo.
Sofía dejó las tazas en el escurridor.
Se quedó un momento apoyada en el fregadero de espaldas a Clara.
—Tres años —dijo, en voz muy baja, casi para ella misma.
—Tres años —confirmó Clara, igual de baja.
Sofía se giró.
—Buenas noches —dijo.
—Buenas noches.
Sofía fue a su habitación.
Clara se quedó en la cocina un momento más, mirando las tazas en el escurridor, pensando en tres años y en puertas que no se cierran.
Luego apagó la luz de la cocina.
Y en la oscuridad del pasillo, entre las dos puertas cerradas, algo había cambiado de posición.
No resuelto.
Pero nombrado.
Y nombrar, había aprendido Clara tarde, pero con convicción, era siempre el primer paso de