Un lugar para quedarnos Capítulo 15
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Capítulo 15

Celos

Sofía no era celosa.

O no lo había sido, históricamente. Era una de esas personas que encontraban el celo más agotador que útil porque requería energía constante, distorsionaba la información disponible y generalmente decía más sobre quien lo sentía que sobre la situación que lo provocaba.

Sofía había pasado años en trabajos donde la proximidad física con otras personas era una condición laboral, donde compartía espacios pequeños y situaciones intensas con desconocidos y aprendía rápido que la confianza era más eficiente que la vigilancia.

Además, con Clara, nunca había necesitado ser celosa.

Con Clara había habido otras cosas. Miedo, frustración, esa tristeza específica de querer más de alguien de lo que esa persona sabía darse, pero no celos. Porque Clara era Clara, la persona menos dada al coqueteo casual que Sofía había conocido en su vida.

Eso era lo que Sofía recordaba.

Lo que no había calculado era que tres años podían cambiar algunas cosas.

Fue un jueves.

Sofía había quedado para comer con una fotógrafa amiga, Nadia, en un restaurante del centro que quedaba a tres calles del estudio de arquitectura donde Clara trabajaba.

No había ninguna razón para que sus caminos se cruzaran.

Sofía tenía el restaurante en una dirección y el estudio de Clara estaba en la contraria, y la probabilidad de encontrarse era estadísticamente irrelevante.

Pero Sofía llegó diez minutos antes y Nadia llegó quince minutos tarde, así que Sofía esperó en la barra con un agua y el teléfono y esa costumbre de mirar la calle que tenía cuando estaba en sitios con ventana grande.

Y en la calle, por la acera de enfrente, vio a Clara.

Clara no la vio.

Caminaba con alguien, una mujer, más o menos de su edad, con el pelo corto y un abrigo burdeos que desde la distancia resultaba visualmente nítido. Clara tenía la cabeza levemente inclinada, el paso más lento de lo habitual. La mujer del abrigo burdeos dijo algo y Clara se rio.

Sofía conocía esa risa.

Era la risa de la foto de Lisboa. La risa sin filtro, la que llegaba antes de que Clara pudiera decidir si mostrarla o no.

Siguieron caminando. En algún momento la mujer del abrigo burdeos puso la mano en el brazo de Clara y Clara no se apartó.

Desaparecieron doblando la esquina.

Sofía miró su vaso de agua.

El agua estaba fría.

Nadia llegó y se sentaron. Pidieron algo y la conversación fue la conversación de dos fotógrafas que llevan años conociéndose. Trabajo, proyectos, el estado del fotoperiodismo, una beca que Nadia estaba considerando, un festival en Rotterdam para el que Sofía había recibido una invitación.

—¿Vas a ir? —preguntó Nadia.

—No lo sé todavía.

—Es en mayo. Tienes tiempo.

—Sí.

Nadia la miró.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Sofía.

—Estoy pensando en algo.

—¿En qué?

Sofía bebió agua.

—En nada concreto —dijo.

Nadia no lo creyó, pero tampoco empujó, que era una de las razones por las que Sofía la apreciaba.

Siguieron hablando de otras cosas.

El restaurante era ruidoso, de ese ruido de mediodía que hace que las conversaciones sean más fáciles porque el volumen general da cierta cobertura, cierta sensación de que lo que uno dice desaparece en el ruido antes de que pueda ser demasiado real.

En algún momento Nadia preguntó:

—¿Cómo va lo de Clara?

Sofía la miró.

—¿Qué sabes tú de Clara?

—Lo que me contaste hace años. Y lo que no me cuentas ahora que claramente está pasando algo.

Nadia pinchó una aceituna.

—No tienes que decirme nada. Pero si quieres...

—Es complicado.

—Las cosas contigo siempre son complicadas.

—Gracias.

—No era un cumplido.

Sofía miró el plato.

—Vivimos juntas —dijo finalmente —. Es una situación... específica. Por la sobrina de Clara, hay un proceso legal. Me pidió que la ayudara.

—¿Y la estás ayudando?

—Sí.

—¿Solo eso?

Una pausa.

—No lo sé todavía.

Nadia asintió.

—¿Y esta mañana qué ha pasado? —preguntó.

—¿Por qué dices esta mañana?

—Porque llevas toda la comida mirando la puerta.

Sofía dejó el tenedor.

—La he visto en la calle con alguien. Una mujer. Se reían.

Nadia la miró.

—Ah —dijo.

—No digas ah.

—Es que es un ah bastante elocuente.

—Nadia.

—¿La conoces?

—No.

—¿No sabes quién es?

—No.

—¿Le has preguntado a Clara?

—No.

—¿Vas a preguntarle?

Sofía miró el techo del restaurante.

—No —dijo—. Porque no tengo ningún derecho a preguntarle.

—¿Por qué no?

—Porque no somos... —Se detuvo. Empezó de nuevo—. No somos pareja de verdad. Técnicamente.

Nadia la miró durante un momento.

—Sofía —dijo finalmente —. Llevas semanas describiendo una vida doméstica con una mujer y una niña y me acabas de decir que sentiste algo al verla reír con alguien en la calle. No me hables de tecnicidades.

—Es que hay tecnicidades reales.

—Las hay siempre. —Nadia cogió el vino—. La pregunta no es si tienes derecho técnico. La pregunta es qué sientes.

Sofía no respondió.

Por la tarde recogió a Emma del colegio.

Emma salió con Irene, su mejor amiga, y las dos estuvieron hablando durante diez minutos en la puerta del colegio. Sofía esperó con las manos en los bolsillos y el frío en la cara, mirando el flujo de niños y padres con esa atención automática que no podía apagar.

Cuando Emma se despidió de Irene y llegó hasta donde estaba Sofía, la miró.

—¿Qué te pasa? —preguntó.

—Nada.

—Estás con cara de pensar.

—Siempre tengo cara de pensar.

—No. Tienes cara de pensar en algo específico. —Emma se ajustó la mochila —. ¿Es por el trabajo?

—No.

—¿Por el juicio?

—No.

Emma caminó en silencio durante medio bloque. Luego:

—¿Es por la tía Clara?

Sofía la miró.

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque cuando la gente está preocupada por alguien pone esa cara. Mi profe Marta la pone cuando algún niño llega raro al colegio. Tú lo pones ahora.

—Eres demasiado observadora.

—El buen ojo no se aprende —dijo Emma.

Sofía se rió.

—Muy bien —dijo—. Puede que sí sea un poco por la tía Clara.

—¿Habéis discutido?

—No.

—¿Entonces?

—A veces uno piensa en las personas sin que haya pasado nada concreto —dijo Sofía.

Emma procesó esto.

—Como cuando yo pienso en mamá —dijo.

El golpe suave de esa comparación. Sofía no lo anticipó.

—Un poco, sí —dijo.

—¿Te da pena?

—No exactamente pena. —Sofía buscó las palabras —. Me da... una cosa. Como cuando quieres que alguien esté bien y no sabes si está bien o no.

—¿Y por qué no le preguntas?

—Porque a veces las preguntas importantes hay que prepararlas antes de hacerlas.

Emma pensó.

—Mi mamá decía que las preguntas importantes hay que hacerlas antes de que sea demasiado tarde —dijo—. Pero supongo que las dos tienen algo de razón.

Sofía miró a Emma caminando a su lado con la mochila grande y el pelo revuelto del viento y esa sabiduría suya que llegaba de un sitio que no debería tener a los nueve años pero que tenía, y pensó que Laura había criado a una persona extraordinaria.

—Tu mamá tenía mucha razón —dijo Sofía.

Emma asintió.

—Lo sé —dijo—. ¿Hacemos la merienda con algo caliente? Hace frío.

—Chocolate —dijo Sofía.

—Chocolate —confirmó Emma.

Clara llegó a las siete.

Sofía estaba en el salón con el ordenador y Emma en su habitación terminando los deberes, y cuando Clara entró con el abrigo todavía puesto y el pelo húmedo de la llovizna que había empezado a las seis, Sofía levantó la vista y sintió exactamente lo mismo que había sentido mirando la calle desde la barra del restaurante, esa cosa sin nombre que se instalaba en el pecho y hacía que la respiración tuviera que ajustarse un milímetro.

—Hola —dijo Clara, quitándose el abrigo.

—Hola. ¿Cómo ha ido el día?

—Bien.

Clara fue a la cocina, Sofía la escuchó abrir el frigorífico, cerrar el frigorífico.

—Rodrigo ha llamado esta tarde. Hay novedades del caso.

Sofía cerró el ordenador.

—¿Qué novedades?

Clara volvió al salón con un vaso de agua. Se sentó en el sillón enfrente. Tenía esa expresión de cuando procesaba algo que aún no había terminado de organizar.

—La familia García ha conseguido que el padre biológico presente una declaración formal de intención de custodia —dijo—. Marcos García. Que lleva cuatro años sin contacto regular con Emma.

—¿Puede hacer eso?

—Legalmente sí. La ausencia no extingue los derechos automáticamente, ya lo sé. Rodrigo dice que es una complicación pero no un desastre. Que tenemos argumentos. Pero que el proceso va a ser más largo de lo que pensábamos.

Sofía asintió.

—¿Cuánto más largo?

—No sabe todavía. Varios meses, probablemente.

Meses.

Sofía lo procesó. Varios meses más de esto. Varios meses más de la cocina y los desayunos y los planetas girando y las noches difíciles.

Varios meses más de intentar no decir todo lo que había que decir antes de saber si era seguro decirlo.

—¿Estás bien? —preguntó Sofía.

—Sí. Estoy... procesando.

—¿Quieres hablar de ello?

—Después. Cuando Emma esté dormida.

Sofía asintió. Luego, antes de poder decidir si era el momento correcto o no:

—¿Quién era la mujer del abrigo burdeos?

Clara la miró.

—¿Cómo?

—Esta mañana. En la calle, cerca de tu estudio. Las vi desde el restaurante donde comía.

Clara parpadeó.

—¿Me viste?

—Sí.

—Es Lena. Una compañera del estudio. Llevamos trabajando juntas tres años.

Clara la miró con esa atención que le ponía cuando trataba de leer algo.

—¿Por qué lo preguntas?

El momento en que uno puede hacer dos cosas.

Minimizar o no.

Sofía había pasado años minimizando. Era un hábito que el trabajo le había reforzado. No mostrar más de lo necesario, gestionar la información con economía, no dar más de lo que te piden.

Era útil en el campo.

Era, lo estaba aprendiendo, un problema en los sitios donde no era campo.

—Porque te vi reír —dijo Sofía—. De esa forma. Y reaccioné de una manera que no esperaba reaccionar.

Clara no dijo nada durante un momento.

—¿De qué forma? —preguntó finalmente.

—De la que tú sabes.

Silencio.

Clara dejó el vaso en la mesa. Miró a Sofía con esa expresión que tenía cuando algo la había llegado a un sitio que no esperaba pero que reconocía.

—Sofía —dijo.

—No tienes que decir nada.

—Quiero decirte algo.

—De acuerdo.

—Lena está casada. Tiene una hija de cuatro años. Y es mi amiga. —Clara lo dijo con cuidado, sin dureza—. Y lo que acabas de decirme...

—Ya lo sé —dijo Sofía—. Sé que no tengo ningún derecho. No te lo digo para reclamarte nada. Te lo digo porque dijiste que había que nombrar las cosas cuando empezaran a sentirse de una forma. Y esto se siente de una forma.

El silencio que siguió fue de los que tienen peso.

Clara cogió el vaso. Lo dejó. Miró a Sofía.

—Date tiempo —dijo en voz baja—. Para saber qué hacer con lo que acabas de decir.

Sofía reconoció sus propias palabras.

—Ya sé qué hacer —dijo.

—¿Qué?

—Decírtelo.

Sofía la miró sin apartar los ojos.

—Ya está hecho.

Clara asintió muy despacio.

Desde la habitación de Emma llegó el ruido de la silla arrastrándose, señal de que los deberes habían terminado. Luego la voz de Emma preguntando si podía ver algo en el ordenador grande.

—Ahora voy —dijo Clara hacia el pasillo.

Luego miró a Sofía.

—Esta conversación no ha terminado —dijo.

—No —dijo Sofía.

Clara se levantó. Fue hacia el pasillo. Se paró un momento en la puerta del salón y se giró.

—Sofía.

—¿Qué?

—Lena se rió primero. Yo respondí. Solo quería que lo supieras.

Sofía se quedó mirando la puerta vacía durante un momento después de que Clara desapareciera por el pasillo.

Luego abrió el ordenador.

Lo cerró.

Miró el techo.

No soy celosa, se dijo.

El techo no le respondió nada útil.