Un lugar para quedarnos Capítulo 14
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Capítulo 14

Lo que Emma ve

Emma tenía un sistema.

Clara lo descubrió por accidente un sábado, cuando entró al cuarto de Emma a buscar un libro que había dejado allí y encontró, pegado en la parte interior de la puerta del armario con celo transparente, un papel cuadriculado doblado en cuatro.

Lo miró sin abrirlo.

Luego lo abrió.

Era una lista. Con la letra de Emma, grande y ligeramente inclinada hacia la derecha, con los puntos numerados y algunos subrayados en rojo que probablemente significaban algo en el sistema interno de clasificación de Emma aunque no estuviera explicado en ninguna parte.

La lista decía:

Cosas que han cambiado (buenas): 1. Los planetas 2. Sofía hace sopa los miércoles 3. La tía Clara no trabaja los sábados por la tarde (casi nunca) 4. Hay pan bueno 5. Ya sé por qué Plutón no cuenta

Cosas que han cambiado (difíciles): 1. Mamá no está 2. El piso huele diferente 3. A veces me despierto y tardo en saber dónde estoy

Cosas que siguen igual (importantes): 1. El pingüino 2. Irene sigue siendo mi mejor amiga 3. Los okapis siguen existiendo 4. La tía Clara me abraza igual

Clara dobló el papel con exactamente los mismos dobleces.

Lo volvió a poner en el sitio.

Cerró la puerta del armario.

Fue al baño y se quedó apoyada en el lavabo con el grifo abierto aunque no estuviera usando el agua, mirando el desagüe, durante el tiempo que tardó en poder respirar con normalidad.

No le contó a Sofía lo de la lista. No de inmediato.

Lo llevó sola durante dos días, que era su forma habitual de procesar las cosas que eran demasiado grandes para gestionarlas directamente.

El lunes por la noche, cuando Emma estaba dormida, Sofía estaba en el salón con el ordenador y Clara se sentó en el sofá a su lado, no enfrente sino al lado, y dijo:

—Emma tiene una lista en la parte de dentro del armario.

Sofía cerró el ordenador a medias.

—¿Una lista de qué?

—De cosas que han cambiado. Buenas, difíciles y cosas que siguen igual. Número uno de las difíciles es que Laura ya no está. Número uno de las buenas son los planetas.

Silencio.

—¿Los has leído todos? —dijo Sofía.

—Sí.

—¿Debería preocuparnos algo?

—No. Es una niña procesando una pérdida con las herramientas que tiene. Es sano. Es inteligente, incluso. Pero hay algo que me ha...

—¿Qué?

—En las cosas que siguen igual. Pone que la abrazo igual. Que la abrazo como antes.

Sofía la miró.

—¿Y?

—Y que eso sea lo que necesita que siga igual. Que no sea la casa, ni el colegio, ni los amigos. Que sea eso.

Sofía no dijo nada durante un momento.

—¿Qué quieres hacer con eso? —dijo finalmente.

—No lo sé. Quiero que sepa que puede contar con eso. Con que siga igual. No solo el abrazo, toda la... continuidad. Yo.

—Ya lo sabe.

—Necesito que lo sepa de una forma que no sea solo intuición. Que sea algo que pueda ver.

—Clara —Sofía lo dijo despacio—. Lo está viendo. Todos los días. Ese es el punto.

Clara asintió.

Luego añadió, más en voz baja:

—También me preocupa que se esté ilusionando.

—¿Con qué?

—Con nosotras. Con que esto sea permanente de la forma en que ella está empezando a creer que es.

El silencio que siguió tenía bordes.

—¿Y no lo es? —preguntó Sofía.

—Lo mío con Emma sí. Lo nuestro... —Clara buscó las palabras—. Lo nuestro tiene una fecha. Tiene un proceso legal que cuando termine...

—Clara.

—Deja que lo diga.

—Ya sé lo que vas a decir.

—Entonces déjame decirlo de todas formas.

Sofía esperó.

—Cuando el proceso termine, tú tienes tu vida. Y yo no quiero que Emma construya algo sobre una base que puede cambiar. Porque si cambia y ella lo ha contado como permanente...

—Le va a doler —terminó Sofía.

—Sí.

Silencio.

Sofía abrió el ordenador.

Lo cerró de nuevo.

—¿Sabes qué es lo que me preguntas en realidad? —dijo.

—Dime.

—Me preguntas si cuando esto termine voy a irme.

Clara no respondió.

—Y yo no te puedo responder eso ahora mismo —dijo Sofía—. No porque no quiera. Sino porque la honestidad me obliga a decirte que no lo sé. Que hay cosas que no he resuelto todavía y que hasta que no las resuelva no puedo prometerte nada sobre el después.

—Lo entiendo.

—¿De verdad?

—De verdad. Y no te lo estoy pidiendo como promesa. Te lo estoy diciendo como... como información que necesitaba poner sobre la mesa.

—Ya está sobre la mesa.

—Sí.

Otro silencio. Más suave este. Con más espacio.

—¿Qué hacemos con Emma? —dijo Sofía finalmente.

—Seguimos. —Clara lo dijo sin dudar—. Seguimos siendo honestas con ella en lo que podemos. Y si hay que tener una conversación más adelante la tenemos entonces. No antes de que sea necesaria.

—De acuerdo.

—¿Estás bien con eso?

Sofía la miró.

—No completamente —dijo—. Pero sí suficiente.

Emma, que no sabía que habían encontrado su lista y que no sabía que habían tenido esa conversación, siguió siendo Emma.

Esa semana le preguntó a Sofía si podía enseñarle a usar la cámara.

—¿Para qué? —preguntó Sofía.

—Para hacer fotos.

—Eso ya lo imaginaba. ¿Para qué quieres hacer fotos?

Emma lo pensó.

—Para acordarme de las cosas —dijo—. Mi profe dice que la memoria es selectiva y que no recordamos todo lo que creemos recordar. Las fotos no son selectivas.

Sofía la miró.

—Las fotos también son selectivas —dijo—. Quien hace la foto elige qué está dentro del encuadre y qué no. Eso es una decisión. Y las decisiones son siempre subjetivas.

Emma procesó esto.

—Pero al menos es una decisión que puedes mirar después —dijo.

—Sí. Eso es verdad.

—Entonces me enseñas.

El sábado siguiente, Sofía le enseñó a Emma los fundamentos básicos de la cámara más pequeña. Cómo sostenerla, cómo encuadrar, qué significa el diafragma explicado con una analogía sobre el ojo que se adapta a la oscuridad.

Emma escuchó con esa concentración total suya y luego pasó una hora fotografiando el piso.

Clara lo observó desde la mesa donde intentaba trabajar, sin conseguirlo del todo.

Emma fotografiaba con la seriedad de un profesional junior. No disparaba sin mirar, sino que se tomaba un momento antes de cada foto, con la cámara levantada y la cabeza levemente inclinada, como probando el ángulo.

Fotografió los planetas en la habitación.

Fotografió la ventana de la cocina con la luz de la tarde.

Fotografió el pingüino en el borde de la cama.

Luego fue al salón donde Clara estaba en la mesa y la fotografió sin avisar.

Clara levantó la vista.

—¿Me estás haciendo una foto?

—Ya está hecha —dijo Emma. Bajó la cámara y miró la pantalla trasera—. Saliste bien.

—¿Qué significa salir bien?

—Que pareces tú. A veces en las fotos la gente parece otra persona porque está posando. Tú no estabas posando.

Clara miró la foto en la pantalla pequeña. Estaba de perfil, mirando los planos, con la concentración que ponía cuando algo no cuadraba. No era una foto particularmente favorecedora en el sentido convencional. Pero era, efectivamente, ella.

—Tienes buen ojo —dijo Clara.

—Sofía dice lo mismo. —Emma volvió a levantarse con la cámara—. Dice que el buen ojo no se aprende, que o lo tienes o no.

—¿Y tú qué crees?

Emma consideró la pregunta con seriedad.

—Creo que lo tienes más si has mirado mucho —dijo—. Y yo he mirado mucho desde que mamá... —Se detuvo un momento, ese momento de pausa que aparecía a veces cuando el nombre llegaba sin que ella lo hubiera planeado del todo—. Desde hace un tiempo.

Clara dejó el lápiz.

—Ven aquí —dijo.

Emma fue. Se sentó en el brazo del sillón donde Clara estaba, que era su posición habitual. Ni dentro del abrazo ni completamente fuera, en ese borde que le permitía estar cerca sin estar dentro, que era también una forma de procesar.

—¿Estás bien? —preguntó Clara.

—Sí. —Emma miró la cámara en sus manos—. A veces se me olvida un momento y luego me acuerdo y es como....

—Lo sé —dijo Clara.

—¿A ti también?

—A mí también.

Emma asintió.

—¿Crees que siempre va a ser así?

Clara pensó la respuesta con el cuidado que merecía.

—Creo que con el tiempo cambia —dijo—. No desaparece. Pero cambia de forma. Se vuelve... menos pesado de llevar. Lo mismo, pero más ligero.

Emma miró la cámara.

—Como una mochila que empieza muy llena —dijo—. Y vas sacando cosas.

—Exacto.

—Pero nunca se vacía del todo.

—No. Nunca del todo.

Emma asintió de nuevo.

—Está bien —dijo—. No quiero que se vacíe del todo.

Clara le puso la mano en el pelo un momento. Emma lo dejó estar.

Esa noche, después de que Emma se durmiera, Sofía estaba en la cocina con el té de las once y Clara entró y se sentó frente a ella y le explicó la analogía de la mochila. Luego dijo:

—Emma me ha dicho que no quiere que la mochila se vacíe del todo.

Sofía dejó la taza.

—¿Cuándo?

—Mientras la fotografiaba.

Sofía no dijo nada un momento.

—Es una forma muy honesta de querer a alguien —dijo finalmente.

—Sí. —Clara miró la mesa —. Me ha hecho pensar en algo.

—¿En qué?

—En que yo llevo años intentando vaciar la mochila. Cada vez que algo pesaba demasiado, lo sacaba. Lo archivaba. Lo ponía en un sitio donde no molestara. Y pensaba que eso era gestionarlo.

Sofía la escuchó.

—Pero no es lo mismo —continuó Clara—. Gestionar y vaciar. Emma lo ha entendido mejor que yo a los nueve años.

—Tú también lo estás entendiendo —dijo Sofía.

—Tarde.

—No existe tarde para esto.

Clara la miró.

—¿Tú has vaciado cosas? —dijo.

—Sí. —Sofía lo dijo sin dudar—. Muchas. Durante años. Me iba a sitios donde los problemas eran tan grandes que los míos desaparecían al lado. Era una forma de no tener que mirarlos.

—¿Y ahora?

—Ahora estoy aquí. —Una pausa—. Aquí no me puedo ir a ningún sitio. Los problemas tienen que estar.

—¿Es muy difícil?

Sofía consideró la pregunta honestamente.

—A veces —dijo—. Y a veces es lo contrario de difícil.

—¿Cuándo es lo contrario?

Sofía la miró al otro lado de la mesa.

—Cuando la persona con quien estoy también está intentando no vaciar —dijo.

El espacio entre ellas en la cocina era pequeño. Siempre lo era, era una cocina de piso de ciudad, pero a las once de la noche con el té caliente y la luz baja y esa conversación flotando en el aire el espacio parecía más pequeño todavía.

—Sofía —dijo Clara.

—¿Qué?

—Hay algo que quiero decirte y no sé si es el momento correcto.

—Di.

—No sé si hay un momento correcto para esto.

—Entonces da igual el momento.

Clara respiró.

—Creo que me estoy enamorando de ti otra vez —dijo—. O quizás nunca dejé de estarlo. No sé distinguir las dos cosas desde dentro.

El silencio que siguió fue del tipo que cambia algo.

No lo que hay entre dos personas, porque lo que había entre ellas llevaba cambiando semanas, sino algo en cómo estaba organizado.

Como cuando un edificio que tiene todas sus piezas en su sitio recibe la última viga y de repente la estructura tiene un nombre.

Sofía no respondió de inmediato.

Miró a Clara durante un tiempo que fue suficiente para que Clara pudiera arrepentirse de haberlo dicho.

—¿Y qué vas a hacer con eso? —dijo Sofía finalmente.

—No lo sé todavía.

—¿Tienes miedo?

—Sí.

—¿Más o menos que antes?

Clara pensó.

—Menos —dijo—. Definitivamente menos.

Sofía asintió muy despacio. Cogió la taza. Bebió el té, que ya debía estar frío. La dejó en la mesa.

—Dame tiempo —dijo.

—¿Para qué?

—Para saber qué hacer yo con lo que acabas de decir.

—Lo dijo sin crueldad, con esa honestidad directa que era la única forma que Sofía tenía de llevar las cosas que importaban—.

No es que no... —Se detuvo. Empezó de nuevo—.

Necesito tiempo. Para asegurarme de que lo que siento es lo que creo que siento y no solo la proximidad y la costumbre y el miedo a perder algo que ya perdí una vez.

—Lo entiendo.

—¿De verdad?

—De verdad. —Clara la miró—. Yo tardé tres años en decirlo. Puedes tomarte el tiempo que necesites.

El borde de algo parecido a una sonrisa cruzó la cara de Sofía.

—No tres años —dijo.

—No tres años —confirmó Clara.

Esa noche, en la habitación de Emma, los planetas giraban despacio sobre la cama vacía.

Emma dormía de lado, con el pingüino contra el pecho y la mano abierta sobre la almohada, con esa paz de los niños que han llorado lo necesario y han hablado lo necesario y han llegado al sueño por sus propios medios.

Sofía pasó por delante de la puerta entornada de camino a su habitación.

Se paró un momento.

Miró los planetas girando en la oscuridad, Saturno con sus anillos, Plutón pequeño en el extremo.

Pensó en lo que Clara había dicho en la cocina.

Pensó en lo que ella no había dicho todavía.

Siguió hacia su habitación.

Antes de cerrar la puerta se giró un momento hacia el pasillo oscuro, hacia las dos puertas cerradas, la de Emma, la de Clara.

El piso en silencio. Los radiadores con su ruido familiar. Olor a té y a la lavanda del ambientador que Emma había elegido en el mercado porque le había parecido que olía a campo aunque nunca hubiera estado en un campo de lavanda.

Sofía pensó esto.

Solo eso.

Esto.

Cerró la puerta.