Un lugar para quedarnos Capítulo 13
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Capítulo 13

La primera noche difícil

La caldera se rompió un miércoles.

Lo hizo sin previo aviso, a las once de la noche, con una temperatura exterior de tres grados y una niña de nueve años que necesitaba ducharse antes del colegio por la mañana.

Clara lo descubrió porque el radiador de su habitación dejó de hacer ruido. El ruido del calefactor era una de esas cosas que uno aprende a ignorar y cuya ausencia resulta, paradójicamente, más ruidosa que el sonido mismo.

Se levantó.

Comprobó el termostato.

Fue al cuarto de instalaciones, donde la caldera tenía una pantalla pequeña con un código de error que no estaba en el manual que había dejado el casero y que tampoco aparecía en los primeros resultados de búsqueda que hizo en el teléfono a las once y cuarto de la noche.

Llamó a urgencias del seguro del hogar. Le dijeron que el técnico podría venir antes de las ocho de la mañana del día siguiente.

Volvió al pasillo.

La puerta del dormitorio de Sofía estaba entornada. Dentro, la luz apagada.

Clara fue a la cocina, calculó en silencio y tomó inventario.

Había una estufa eléctrica de emergencia que el casero había dejado en el trastero, encontrada durante la mudanza y guardada sin pensar demasiado en ella.

La buscó. La encontró. Era pequeña y calentaba un radio de quizás dos metros con eficiencia cuestionable.

Insuficiente para dos habitaciones.

Suficiente para una.

—Sofía.

Un golpe suave en la puerta entornada.

—¿Qué pasa?

—La caldera. Se ha roto.

Pausa.

—¿Cuánto frío hace?

—Fuera, tres grados. Dentro, bajando.

Otro silencio.

—¿El técnico?

—Mañana antes de las ocho.

—Entra —dijo Sofía.

Clara empujó la puerta.

Sofía estaba sentada en el borde de la cama con el pelo revuelto y una camiseta vieja y esa expresión de quien está procesando información a una velocidad razonable para ser medianoche.

Miró a Clara.

Miró la estufa pequeña que Clara llevaba en la mano.

—¿Emma está bien? —dijo.

—Dormida. Su habitación todavía retiene algo de calor, tiene más ropa de cama. Pero en una hora va a notar el frío.

Sofía asintió.

—¿Y tú?

—Yo estoy bien. La estufa puede ir a la habitación de Emma. El problema es...

—Que entonces nosotras no tenemos calefacción.

—Exactamente.

Sofía miró el espacio de su habitación. Miró la cama. Miró a Clara.

—De acuerdo —dijo.

—Sofía.

—Clara. Son las once de la noche, hace tres grados fuera y hay una niña de nueve años que necesita estar caliente. No hay nada que organizar aquí.

Sofía se levantó, cogió la almohada de su lado y la puso en el centro de la cama con un gesto que era tan práctico y tan falto de drama que Clara tardó un momento en procesar lo que estaba viendo

—Hay lugar. Y no somos dos desconocidas.

—No, pero...

—Clara. Para.

Clara paró.

Fue a instalar la estufa en la habitación de Emma, que se había inquietado levemente con el ruido pero no se había despertado del todo. La arropó mejor, comprobó que estaba bien, cerró la puerta con cuidado.

Volvió al dormitorio de Sofía.

Se quedó parada en la puerta un momento.

Sofía ya estaba tumbada en su lado, de cara a la pared, con la luz de la mesilla todavía encendida.

Clara caminó.

Se metió en la cama.

Sofía no dijo nada.

Clara apagó la luz de la mesilla.

El silencio era demasiado quieto para ser cómodo, demasiado tenso para ser neutro. Clara lo escuchó durante lo que le parecieron varios minutos y que probablemente fueron cuarenta y cinco segundos.

El frío fuera de la cama. El calor dentro. La distancia de unos centímetros entre ella y Sofía.

No iba a dormir.

Lo supo con la certeza de quien se conoce bien.

—¿Estás despierta? —dijo en voz muy baja, por si acaso.

—Sí —dijo Sofía.

—Llevas rato despierta.

—Sí.

—¿Antes de que llamara?

—Sí.

Clara miró el techo. El techo del dormitorio de Sofía era igual que el suyo, misma altura, mismo color blanco en la oscuridad que no era blanco sino gris suave.

—¿Las fotos? —dijo Clara.

Una pausa.

—No exactamente. —Sofía cambió de posición levemente, no girándose, solo ajustando—. A veces son solo... ruidos. El calefactor, un coche en la calle.

—¿Pasa mucho?

—Desde Esmirna, sí. Antes podía dormir en cualquier sitio. Ahora hay noches que no. No siempre puedo predecir cuáles.

—¿Y esta noche era una de esas antes de que llamara?

—Estaba en el borde.

—Lo siento.

—No tienes que...

—Lo sé. Lo siento igualmente.

Sofía no respondió. Clara escuchó su respiración, que era regular pero no la respiración del sueño, ese ritmo más profundo y más lento.

—¿Qué pasó en Esmirna? —preguntó Clara.

—Fui a documentar una comunidad de refugiados —dijo Sofía finalmente—.

Era un encargo que conocía bien por el tipo.

Llevaba seis semanas, había ganado confianza, las fotos eran buenas.

Había una familia en particular. Una mujer y sus dos hijos.

Le había pedido permiso para seguirla durante unos días, esa clase de trabajo en profundidad que da las mejores imágenes pero que requiere estar muy cerca.

Pausa.

Clara esperó.

—El quinto día hubo un incidente. No voy a entrar en los detalles todavía.

Pero estuve cerca de algo que no debería haber estado tan cerca, y reaccioné tarde porque estaba mirando por el objetivo y el objetivo cambia la percepción de la distancia.

Y la mujer y sus hijos estaban bien, al final.

Yo también estaba bien, físicamente. Pero hubo un rato en que no era seguro que ninguno de los tres lo estuviéramos.

—Dios mío —dijo Clara en voz baja.

—Me llevaron al hospital de todas formas. Por precaución. —Una pausa—. Y en el hospital cogí el teléfono y abrí los contactos y llegué a la C.

Clara no dijo nada durante un momento.

—¿A qué C? —preguntó, aunque lo sabía.

—A la tuya. Eran las dos de la mañana y había tenido miedo de verdad y la primera persona a quien quise llamar eras tú. Y luego recordé que no éramos nada y dejé el teléfono.

El techo blanco en la oscuridad. Las sombras cayendo de otra forma.

—Ojalá hubieras llamado —dijo Clara.

—Hacía años que no hablábamos.

—Lo sé. Ojalá igualmente.

Estuvieron calladas un rato.

Clara pensó en Sofía en un hospital de Esmirna a las dos de la mañana abriendo los contactos hasta la C. Pensó en cuántas veces en tres años había pasado algo difícil y el primer pensamiento había sido Sofía y el segundo había sido el recordatorio de que ese número ya no funcionaba de esa forma.

—Puedo entender que no quieras contarme los detalles —dijo Clara—. Pero quiero que sepas que si en algún momento los quieres contar, estoy aquí.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Clara. Llevas semanas siendo el tipo de persona a quien se le cuentan las cosas. Sí, lo sé.

—No siempre he sido esa persona.

—No. Pero estás siendo esa persona ahora.

Clara procesó eso.

—Es más fácil ser esa persona cuando me importa lo que pasa —dijo.

—¿Y antes no te importaba?

—Antes me importaba pero tenía miedo de que si lo dejaba importarme del todo no sabría parar.

Sofía no dijo nada durante un momento.

—¿Y ahora? —dijo.

—Ahora... —Clara buscó las palabras—. Ahora creo que no saber parar no es necesariamente el problema que pensaba que era.

El silencio que siguió fue diferente a los anteriores.

—Eso es mucho —dijo Sofía en voz baja.

—Sí.

—Para ti es mucho.

—Para mí es mucho —confirmó Clara.

En algún momento entre la una y las dos, el cansancio fue más grande que la tensión.

Clara lo notó porque la respiración de Sofía cambió, se hizo más profunda, más lenta, ese ritmo que sí era el del sueño. Y lo notó también en ella misma.

Antes de quedarse dormida tuvo conciencia de una cosa. En algún momento Sofía había cambiado de posición y la distancia se había reducido. No a nada. Pero a algo menor. Y ninguna de las dos había movido nada de forma deliberada.

Clara no calculó el significado de eso.

Solo lo notó.

Y se durmió.

A las seis y cuarenta, cuando sonó el despertador en el teléfono de Clara, lo primero que registró fue calor.

El segundo registro fue más específico, el calor tenía una fuente.

Sofía estaba dormida de cara a la pared, pero en algún momento de la noche sus espaldas habían llegado a estar en contacto, ese contacto mínimo e involuntario de los cuerpos que buscan temperatura en el frío sin pedirle permiso a nadie.

Clara se quedó quieta un momento.

El despertador seguía sonando en el teléfono.

Sofía se movió levemente.

—El técnico —dijo Sofía, con voz de sueño, sin abrir los ojos.

—Sí —dijo Clara.

Se incorporó. Cogió el teléfono. Apagó el despertador.

Sofía se giró entonces, con los ojos todavía medio cerrados, con el pelo completamente fuera de control, y miró a Clara.

—¿Has dormido? —dijo.

—Algo. ¿Tú?

—Más de lo habitual. Hace tiempo que no dormía tan seguido.

Clara la miró.

Había algo en esa frase.

—Bien —dijo simplemente.

Se levantó. Fue a despertar a Emma.

El técnico llegó a las siete y cuarenta y cinco. Era un hombre de unos cincuenta años con una eficiencia callada que Clara agradeció sinceramente. Diagnosticó el problema en diez minutos. La reparación llevó cuarenta.

A las ocho y media la caldera funcionaba.

Emma, que había desayunado con Sofía mientras el técnico trabajaba, preguntó en algún momento de la mañana:

—¿Habéis dormido en la misma cama?

Clara, que estaba sirviendo el zumo, no miró a Sofía.

—Hacía frío —dijo.

Emma asintió como si eso explicara completamente la situación.

—¿Y habéis dormido bien? —dijo.

—Sí —dijo Sofía, desde la encimera.

—Bien. —Emma cogió su vaso de zumo—. Las personas duermen mejor cuando no están solas. Lo leí en el libro de los mamíferos. Los elefantes duermen en grupo por eso.

—Los elefantes tienen lógica —dijo Sofía.

—Toda —dijo Emma, y se fue al baño a lavarse los dientes con la mochila ya al hombro.

Clara y Sofía se quedaron solas en la cocina.

—Los elefantes tienen lógica —repitió Clara en voz baja.

—Toda —dijo Sofía.

Y ninguna de las dos dijo nada más porque Emma gritó desde el baño que no encontraba el cepillo y eso requirió atención inmediata, y el día siguió, como siguen siempre los días, con sus urgencias pequeñas y concretas que no esperan a que los adultos terminen de entender qué está pasando entre ellos.

Pero esa noche, cuando Clara se metió en su propia cama en su propio dormitorio con la caldera funcionando y el calor de vuelta en los radiadores, lo que faltaba no era el calor de los radiadores.