Un lugar para quedarnos Capítulo 12
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Capítulo 12

Viejos hábitos

El primero llegó un martes.

Clara estaba leyendo en el sofá y Sofía pasó por detrás con el café de las diez de la noche, y al pasar le puso la mano un momento en el hombro.

Solo un momento. El tiempo que se tarda en cruzar detrás de alguien.

Ni siquiera lo registró como gesto. Lo registró el cuerpo de Clara, que respondió antes de que el pensamiento llegara. Relajación de los músculos del hombro, un milímetro de hundimiento hacia esa presión, automático e involuntario como la rodilla que sube cuando el médico golpea el tendón.

Sofía ya había pasado.

Clara siguió mirando el libro durante treinta segundos antes de aceptar que no estaba leyendo.

El segundo llegó el jueves.

Emma tenía deberes de matemáticas que le generaban una hostilidad silenciosa pero visible, de esas que se manifiestan en el lápiz apretado demasiado fuerte y los borrones innecesarios y el resoplido cada tres minutos.

Sofía estaba trabajando en la mesa con el ordenador. Clara revisaba planos al otro lado.

En un momento Emma dejó el lápiz.

—No lo entiendo —dijo.

—¿Qué parte? —dijo Sofía, sin levantar los ojos del ordenador.

—Las fracciones. No entiendo por qué hay que encontrar el común denominador si al final da el mismo resultado de otra forma.

—Dame el cuaderno.

Emma se lo pasó. Sofía lo miró. Luego miró a Clara por encima del cuaderno, con esa mirada específica de esto es tuyo más que mío, y Clara dejó los planos y se levantó y se sentó junto a Emma, y entre las dos le explicaron las fracciones durante veinte minutos con ese sistema que desarrollaron en tiempo real.

Clara poniendo la lógica estructural y Sofía poniendo los ejemplos absurdos que hacían que la lógica aterrizara.

—Imagina que tienes tres cuartos de okapi —dijo Sofía.

—Los okapis no se dividen en cuartos.

—Es una fracción hipotética.

—Es una fracción perturbadora —dijo Emma.

Clara, involuntariamente, se rió.

Sofía la miró desde el otro lado de Emma con esa expresión de victoria menor que ponía cuando conseguía que Clara riera en los momentos menos esperados.

Clara reconoció la expresión. La había visto cientos de veces.

Emma, entre las dos, resolvió las fracciones sin más protestas.

Cuando terminó y se fue a su habitación, Sofía y Clara se quedaron solas en la mesa con los materiales de trabajo de ambas mezclados de una forma que no habían planeado, los planos de Clara junto al ordenador de Sofía, el cuaderno de Emma en el medio.

—Gracias —dijo Clara.

—Por las fracciones hipotéticas de okapi, de nada.

—Por eso también.

Sofía la miró.

—¿Por qué más?

Clara miró la mesa.

—Por estar —dijo.

Y luego, antes de que Sofía pudiera decirle que no le diera las gracias:

—Ya sé que no quieres que te lo agradezca. Pero hay cosas que necesito decir, aunque no las quieras escuchar.

Sofía no respondió de inmediato.

—De acuerdo —dijo finalmente.

—¿De acuerdo qué?

—De acuerdo escucho.

El tercero fue más difícil.

Era sábado. Habían ido al mercado y en el mercado había un puesto de fotos antiguas donde una mujer vendía copias de fotografías de Madrid de los años cincuenta y sesenta, retratos de calle, escenas cotidianas, esa clase de imagen donde el tiempo se vuelve visible de una forma que las fotos nuevas no consiguen.

Sofía se había detenido.

Clara la había observado desde un paso atrás mientras Sofía miraba las fotos con esa atención que le cambiaba la cara. Más concentrada, los ojos moviéndose por la imagen.

Emma había tirado de la manga de Clara.

—¿Por qué se para así? —había susurrado.

—Porque está mirando de verdad —había dicho Clara en voz baja.

—¿Cuál es la diferencia?

—Que cuando miras de verdad el resto desaparece un momento.

Emma había considerado eso. Luego había mirado a Sofía, luego a Clara, luego de nuevo a Sofía.

—Tú la miras así a ella —había dicho Emma.

Clara había abierto la boca.

La había cerrado.

—Ve a mirar las fotos —había dicho finalmente.

Emma había ido a mirar las fotos con la satisfacción silenciosa de quien ha dicho algo verdadero y lo sabe.

Clara se había quedado un momento parada en el mercado con el ruido alrededor y el frío en los pómulos, pensando en que Emma tenía nueve años y ya veía cosas que los adultos pasaban semanas tratando de no ver.

Los hábitos volvieron de la forma en que vuelven las cosas que nunca se fueron del todo. No de golpe sino en capas, uno encima del otro, hasta que un día uno mira alrededor y reconoce el territorio.

Sofía volvió a dejar el teléfono boca abajo cuando leía, que era un hábito que Clara había encontrado tanto exasperante como cordial porque significaba que cuando Sofía leía de verdad no había nada que pudiera interrumpirlo, ni el teléfono ni el mundo exterior, y Clara había pasado cinco años aprendiendo que ese era el mayor cumplido que Sofía podía hacerle a un texto.

Clara volvió a comprar el pan específico que a Sofía le gustaba.

No lo había planeado. Estaba en la panadería y la mano había cogido esa barra sin que hubiera una decisión consciente de por medio, y solo en la caja había registrado lo que había hecho y había tenido que decidir entre devolverla o llevársela. Se la llevó.

Sofía la vio en la encimera esa tarde y no dijo nada, pero la miró un momento con esa expresión que Clara reconocía y que no tenía nombre exacto pero que podría describirse como un lo he notado y no voy a hacer teatro con ello, pero lo he notado.

Emma notaba cosas.

Emma siempre notaba cosas, pero en estas semanas había agudizado esa atención de una forma que Clara atribuía al duelo y que quizás era eso pero también era algo más.

Una tarde preguntó, sin ningún preámbulo aparente, mientras cenaban:

—¿Vosotras os enfadáis?

—¿Cuándo? —dijo Sofía.

—En general. Las parejas se enfadan. Mis amigos del colegio dicen que sus padres se enfadan.

—A veces —dijo Clara con cuidado.

—¿Y cómo lo arregláis?

—Hablando —dijo Sofía.

Emma pinchó una judía verde.

—¿Y si no queréis hablar?

—Entonces esperamos a querer —dijo Clara.

Emma consideró esto durante el tiempo que tardó en comerse la judía.

—Me parece bien —dijo finalmente.

Clara y Sofía no se miraron. Era de las cosas que habían aprendido, no intercambiar miradas sobre la cabeza de Emma cuando Emma decía algo que merecía ser interceptado, porque Emma lo veía y lo acumulaba y en algún momento lo sacaba con la precisión de un cirujano.

Pero después de la cena, cuando Emma estaba en el baño, Sofía dijo en voz baja:

—Es muy lista.

—Demasiado —dijo Clara.

—No existe demasiado listo.

—Con nueve años y en estas circunstancias, sí.

Sofía miró la puerta del baño.

—¿Sabes qué es lo que más me impresiona de ella?

—Dime.

—Que pregunta las cosas que los adultos no preguntamos porque nos da miedo la respuesta. Ella pregunta igual.

Clara pensó en eso.

—Laura era así —dijo—. Nunca se guardaba las preguntas.

Sofía la miró.

—Lo recuerdo —dijo en voz baja.

Y en esas dos palabras había algo. El reconocimiento de que Laura había existido también para Sofía, que no era solo la hermana de Clara sino alguien que Sofía había conocido y a quien había tenido afecto, y que el duelo no era solo de Clara.

—Lo siento —dijo Clara. Sin elaborar. Porque no hacía falta.

—Yo también —dijo Sofía.

El cuarto hábito llegó una noche sin dramaturgia ninguna.

Clara estaba en el baño lavándose los dientes. La segunda vez, que era la señal que Sofía había identificado como indicador de preocupación y Sofía pasó por el pasillo y se paró en la puerta entornada.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Clara la miró en el espejo.

—La audiencia preliminar —dijo, con la boca todavía con pasta de dientes—. Rodrigo Camps llamó esta tarde. La familia García ha presentado documentación adicional.

Sofía se apoyó en el marco de la puerta.

—¿Qué documentación?

Clara escupió. Se enjuagó.

—Testimonios de vecinos del edificio donde vivía antes. Diciendo que me veían salir a horas irregulares, que el piso estaba solo mucho tiempo, que no parecía un ambiente estable para una niña.

—¿Vecinos tuyos del piso anterior?

—Sí.

—¿Cuándo era eso?

—Antes de que Emma llegara. Y antes de que tú llegaras —Clara dejó el vaso en el borde del lavabo—. Técnicamente es verdad lo que dicen. El piso estaba solo mucho tiempo porque yo trabajaba mucho. Pero no refleja la situación actual. Rodrigo dice que podemos argumentarlo.

—¿Pero?

—Pero me molesta. Me molesta que la observación no sea correcta y que aun así se use de esa forma.

Sofía la miraba en el marco de la puerta.

—¿Qué quieres de mí ahora mismo? —dijo—. ¿Que te diga que están equivocados o que te diga que es manejable?

Clara pensó.

—Lo segundo —dijo.

—Es manejable. Rodrigo lo resolverá. Tú sabes que lo resolverá. Lo que pasa es que son las once de la noche y estás cansada y los problemas a las once de la noche pesan el doble que a las once de la mañana.

Clara la miró en el espejo.

—¿Cuándo aprendiste eso?

—Lo aprendí de ti. Tú me lo dijiste una vez, hace años, cuando yo llegaba de un encargo y todo me parecía un desastre a medianoche y al día siguiente era manejable.

Clara no recordaba haberlo dicho.

Pero era el tipo de cosa que ella diría.

—Ve a dormir —dijo Sofía—. Mañana hablas con Rodrigo. Esto tiene solución.

—¿Y si no la tiene?

—Clara.

—Lo sé. Lo sé.

Clara cogió la toalla.

Sofía se apartó del marco para dejarla pasar. Y al pasar, en ese espacio estrecho del pasillo, sus brazos se rozaron un momento. Nada calculado. Geometría de pasillo.

Pero ninguna de las dos se apartó antes de lo necesario.

El quinto hábito fue el más difícil de catalogar porque no era exactamente un hábito sino una ausencia.

El espacio que empezaba a haber alrededor de ciertas conversaciones, esa área donde ambas sabían que había algo que decir y ambas sabían que todavía no era el momento exacto pero que el momento se acercaba.

Una noche, tarde, Sofía estaba en el salón con las fotos de Esmirna.

Clara lo supo porque la luz del salón seguía encendida pasada la medianoche y porque cuando fue a beber agua vio la pantalla del ordenador con las imágenes. Fotos de gente, de espacios, de la luz de Turquía que Clara no habría sabido describir pero que reconoció como diferente.

Se paró en la puerta.

Sofía tenía el ordenador en las rodillas y miraba una foto sin moverse. No era la mirada de trabajo, la de quien selecciona y descarta y decide. Era la otra, la de quien mira algo que le pesa y no puede dejar de mirar.

—Sofía —dijo Clara en voz baja.

Sofía levantó la vista.

No dijo nada.

Clara cruzó el salón y se sentó a su lado en el sofá. No miró la pantalla sino a Sofía, que seguía con el ordenador abierto pero que había cerrado los ojos un momento.

—¿Quieres contarme? —preguntó Clara.

Un silencio largo.

—Todavía no —dijo Sofía.

—De acuerdo.

—Pero...

—Sofía.

—Quédate un momento —dijo Sofía—. Solo un momento.

Clara se quedó.

Se quedó sentada en el sofá con Sofía a su lado y el ordenador entre ellas y el silencio del piso de noche, y no dijo nada ni preguntó nada ni ofreció soluciones porque Sofía no había pedido ninguna de esas cosas.

Solo había pedido que se quedara.

Y Clara se quedó hasta que Sofía cerró el ordenador y dijo:

—Voy a dormir.

—Bien.

—Clara.

—¿Qué?

—Gracias.

Sofía se fue al dormitorio.

Clara se quedó sola en el salón un momento, con la luz encendida y el ordenador cerrado sobre la mesa.

Luego apagó la luz.

Y en la oscuridad del pasillo, tuvo un pensamiento.

No sé en qué momento dejé de estar fingiendo.

Y lo más desconcertante no era el pensamiento en sí.

Era que no le daba miedo tenerlo.