Capítulo 11
Apariencias
Llevaban doce días viviendo juntas cuando Clara entendió que el problema no era actuar bien.
El problema era que no estaban actuando.
O lo estaban haciendo de una forma tan integrada con lo real que la línea entre las dos cosas se había vuelto difícil de encontrar desde dentro.
Habían construido una rutina sin planearla. Clara llevaba a Emma al colegio los lunes, miércoles y viernes; Sofía los martes y jueves.
El café lo hacía quien se levantara primero, que generalmente era Sofía. La compra la hacían el sábado juntas porque habían intentado hacerla por separado y habían acabado con dos botes de tomate y sin papel de aluminio.
Estas cosas no las habían acordado.
Habían pasado.
Lo cual era exactamente el tipo de cosa que Clara no sabía muy bien cómo catalogar.
La segunda visita de Beatriz Fuentes estaba programada para el jueves a las cinco de la tarde..
El miércoles por la noche, mientras Emma dormía, Clara y Sofía se sentaron en la mesa de la cocina con dos tazas de té.
—Nos puede preguntar sobre la relación —dijo Clara—. Cuándo decidimos retomar, cómo fue…
—Lo hemos hablado. Tenemos la versión.
—Sí, pero hay que tenerla consistente. Los detalles.
Sofía bebió té.
—¿Qué detalles te preocupan?
—Por ejemplo… ¿cuándo fue la primera vez que Sofía vino a ver a Emma al nuevo piso?
—El mismo fin de semana que nos mudamos. Emma me enseñó todos los animales de su libro y me explicó por qué el okapi es técnicamente más interesante que la jirafa a pesar de ser menos famoso.
—Eso es verdad.
—Ya lo sé. Por eso es fácil de recordar.
Clara asintió. Hizo una marca mental. Luego:
—¿Cuándo se enteraron tus padres de que vivíamos juntas?
—Los llamé la semana pasada. —lo dijo como un dato—. Les dije que estaba en Madrid, que estaba viviendo con... —Una pausa pequeña—. Con vosotras. Mi madre preguntó si era definitivo. Le dije que sí.
Clara la miró.
—¿Cómo lo tomaron?
—Mi madre se alegró. —giró la taza entre las manos—. Siempre le caíste bien. No sé si lo sabías.
—No lo sabía.
—Pues sí. Decía que eras la primera persona que conoció que se tomaba en serio lo que yo hacía sin romantizarlo.
Clara procesó eso.
—¿Y tu padre?
—Mi padre preguntó si el piso tenía buena calefacción. Su forma de decir que le parecía bien.
Siguieron repasando. Las preguntas sobre el colegio, las respuestas sobre Emma, la cronología de la convivencia.
Sofía lo recordaba todo con esa memoria fotográfica que aplicaba a los reportajes, no solo los hechos sino los detalles, la textura de las cosas, lo que hacía que una historia sonara verdadera.
En un momento Clara dijo:
—Si te pregunta sobre nosotras. Sobre cómo somos juntas.
—¿Qué pasa si pregunta?
—¿Qué dices?
Sofía la miró al otro lado de la mesa. La luz de la cocina era suave a esa hora, esa luz amarilla de las noches de invierno que hacía los espacios más pequeños y más cercanos de lo que son.
—Digo la verdad —dijo Sofía.
—¿Cuál es la verdad?
—Que nos conocemos bien. Que hemos pasado cosas juntas. Que tenemos historia.
—Eso es vago.
—Es vago porque la verdad es compleja. Si me pregunta cómo somos juntas le digo que a veces somos complicadas pero que siempre funcionamos. Eso es verdad y es suficiente.
Clara miró la taza.
—¿Siempre funcionamos?
—Aquí estamos.
Era un argumento poco discutible. Clara asintió.
Siguieron hablando hasta pasadas las once.
Cuando recogieron las tazas y apagaron las luces y se dijeron buenas noches en el pasillo, Clara se quedó un momento mirando la puerta cerrada del dormitorio de Sofía y pensó que esa conversación había sido la más honesta que habían tenido sobre ellas mismas en años, incluidos los años en que eran pareja.
Beatriz Fuentes llegó el jueves a las cinco menos cinco.
Emma todavía no había llegado del colegio. Sofía la recogía los jueves y llegaban a las cinco y cuarto. Clara recibió sola a la trabajadora social en el salón y le ofreció café, que esta vez Beatriz Fuentes aceptó.
Mientras Clara preparaba el café en la cocina, Beatriz Fuentes se movió por el salón con esa discreción observadora que era ya un patrón reconocible.
Beatriz Fuentes pasó por las habitaciones. Se detuvo un momento frente a las dos puertas de los dormitorios principales, una junto a la otra.
—¿Cada una tiene su espacio? —preguntó, sin acusación, solo observación.
—De momento sí —dijo Clara—. Ha sido un año muy difícil, con el duelo de Emma y el reajuste de todas. Hemos preferido que cada una tenga su habitación mientras nos adaptamos. No es algo definitivo.
Beatriz Fuentes anotó algo, asintiendo, sin que su expresión revelara si la respuesta le parecía relevante o no.
—Es comprensible —dijo simplemente, y siguió el recorrido.
Clara la escuchaba desde la cocina, los pasos suaves, una pausa que probablemente era frente a la estantería, otra frente a las fotos.
Se detuvo.
Las fotos.
Sofía había colgado fotos.
No muchas. Tres, en la pared del salón, enmarcadas en marcos de madera clara que habían comprado juntas en el mercado del sábado porque Emma había dicho que los marcos grises eran aburridos.
Una foto de Emma en el parque, con la cabeza echada hacia atrás y los brazos abiertos.
Una foto del patio de la fábrica rehabilitada de la exposición de arquitectura donde se habían conocido y una foto de las tres juntas que Sofía había hecho con el temporizador el domingo anterior, en la cocina, con Emma con una zanahoria en la mano porque había insistido en ayudar con la cena y la zanahoria era lo único que podía cortar con supervisión.
Clara no había sabido que iba a colgarlas. Sofía las había puesto un martes mientras Clara estaba en el estudio, y cuando Clara volvió por la tarde estaban ahí.
Entró al salón con el café.
Beatriz Fuentes estaba mirando la foto de la fábrica.
—¿Dónde es esto? —dijo.
—Una exposición de arquitectura. Hace años.
—¿Fue importante?
Clara dejó el café en la mesa.
—Fue donde nos conocimos —dijo.
Y era verdad.
Beatriz Fuentes asintió y se sentó.
A las cinco y doce llegó Sofía con Emma.
Emma apareció en la puerta del salón, vio a Beatriz Fuentes.
—Hola —dijo.
—Hola, Emma. Qué guapa.
Emma consideró el cumplido con reserva. No era de los que aceptaba sin pensarlo.
—Gracias —dijo finalmente, con cortesía educada. Luego miró a Clara—. ¿Puedo ir a mi habitación?
—Sí, cariño. La señora Fuentes irá a saludarte en un momento.
Emma fue a su habitación. Sofía entró al salón con los abrigos de ambas en el brazo, que colgó en el perchero del recibidor visible desde la puerta, y luego se asomó.
—Buenas tardes —dijo a Beatriz Fuentes.
—Buenas tardes, Sofía. Siéntese, por favor.
Sofía se sentó junto a Clara. No pegada, sino con la distancia natural de dos personas que comparten sofá con regularidad y han encontrado el espacio que les corresponde.
Un detalle pequeño. El tipo de detalle que la trabajadora social anotaría o no, pero que si lo anotaba era porque era real y no porque alguien lo hubiera calculado.
Beatriz Fuentes hizo sus preguntas.
Sobre la rutina escolar respondió Clara, con los datos concretos.
Sobre el estado emocional de Emma en las últimas semanas respondió Sofía, que mencionó que Emma había tenido una noche difícil el martes, que se había despertado llorando y que se había quedado dormida después de un rato, pero que la mañana siguiente había ido al colegio sin problemas.
La trabajadora social anotó sobre los apoyos externos, los abuelos maternos en contacto frecuente, la tutora Marta Siles con seguimiento activo.
Luego Beatriz Fuentes hizo una pregunta que no estaba en el repertorio habitual:
—¿Cómo gestionáis los desacuerdos?
Silencio breve.
—¿Entre nosotras? —preguntó Sofía.
—En general. Las parejas con hijos a cargo, o en proceso de serlo, tienden a tener fricciones en la gestión cotidiana. Cómo las resuelven es información relevante.
Clara y Sofía se miraron. No de forma elaborada, no como una actuación de pareja consultándose, simplemente la mirada natural de dos personas evaluando quién responde.
—Con honestidad, generalmente —dijo Clara—. No siempre de inmediato. A veces hay que esperar a que Emma esté dormida para hablar de cosas que no queremos que escuche en proceso.
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo —dijo Sofía—el martes cuando Emma tuvo la noche difícil. Clara y yo no estábamos de acuerdo sobre si dejarla quedarse con nosotras o volver con ella a la suya. Al final la dejamos quedarse un rato y luego la acompañamos de vuelta. Lo resolvimos en el momento.
Beatriz Fuentes miró a Clara.
—¿Eso es lo que pasó?
—Sí —dijo Clara.
Que era verdad. Había habido ese momento de duda en el pasillo a las tres de la mañana, Emma llorando y las dos mirándose sobre su cabeza sin saber exactamente qué era lo correcto.
Lo que Clara no había dicho, y que también era verdad, era que Sofía había sido la que se había sentado en el borde de la cama de Emma y le había hablado en voz muy baja durante quince minutos mientras Clara le traía agua y la habitación se iba serenando.
—¿Puedo hablar un momento con Emma a solas? —dijo Beatriz Fuentes.
—Por supuesto —dijo Clara.
Esperaron en la cocina.
No habían planeado ir a la cocina. Habían salido del salón y habían llegado a la cocina.
Clara llenó un vaso de agua.
Sofía se apoyó en la encimera.
—¿Crees que va bien? —preguntó Clara.
—Sí. —Sofía miró la puerta de la cocina, hacia donde estaba el salón—. Emma lo está haciendo bien. No está forzando nada.
—Emma nunca fuerza nada. Es su mayor talento y su mayor problema.
—El tuyo también.
Clara miró a Sofía.
Sofía la miró de vuelta sin retractarse.
—No era una crítica —dijo.
—Lo sé.
Desde el salón llegaban las voces de Emma y Beatriz Fuentes, amortiguadas, indescifrables.
—Gracias por lo del martes —dijo Clara—. Con Emma por la noche.
—No tienes que darme las gracias.
—Siempre me dices eso.
—Porque siempre me las das.
Sofía cruzó los brazos.
—No es necesario agradecerme las cosas que hago porque quiero hacerlas, Clara —añadió.
—¿Y cuáles son esas?
Sofía la miró.
—Estar aquí —dijo—. Recoger a Emma. Hacer sopa. Quedarme despierta cuando hay noches difíciles.
—Eso es mucho —dijo Clara.
—Sí. Y lo hago porque quiero. No porque te lo deba ni porque sea parte del acuerdo.
Clara sintió el peso de lo que Sofía acababa de decir, el peso real de ello, que era diferente al peso de los argumentos prácticos y los acuerdos y las condiciones.
—Sofía —dijo.
—¿Qué?
—Lo de la tercera condición.
Sofía esperó.
—Creo que hay cosas que empiezan a sentirse de una forma —dijo Clara, eligiendo las palabras con cuidado—. No sé todavía exactamente qué forma. Pero quería que lo supieras.
Sofía la miró durante un momento.
—Ya lo sé —dijo finalmente.
—¿Lo sabes?
—Clara —bajó un poco la voz—. Sé cuándo te preocupa algo porque te lavas los dientes dos veces seguidas sin darte cuenta. Sé que prefieres la ventana entreabierta, aunque haga frío. Sé que cuando Emma te abraza te quedas un segundo más de lo que planeas porque no sabes cómo terminar el abrazo.
Clara no dijo nada.
—No se me ha olvidado nada —dijo Sofía—. Pero lo hablaremos cuando no haya una trabajadora social en nuestro salón hablando con nuestra sobrina.
Nuestra sobrina.
Lo había dicho sin pensar. O lo había dicho pensándolo. Sofía no lo corrigió.
Clara tampoco.
Beatriz Fuentes salió del salón cinco minutos después.
Volvieron al salón. Emma estaba sentada en el sofá con el libro de animales abierto, aparentemente tranquila.
—¿Todo bien, cariño? —preguntó Sofía.
—Sí. Le he contado lo de Plutón —dijo Emma, sin levantar la vista del libro.
Beatriz Fuentes recogió su cuaderno.
—Tenéis una niña maravillosa —dijo, y lo dijo mirando a las dos, a Clara y a Sofía, con esa mirada que no distinguía entre cuál era la tía y cuál era la pareja, sino que veía simplemente un hogar.
—Lo sabemos —dijo Sofía.
Clara asintió.
La trabajadora social se fue.
Emma, sin levantar los ojos del libro:
—¿Ha ido bien?
—Sí —dijo Clara.
Sofía se sentó en el otro extremo del sofá.
Clara se quedó de pie un momento entre las dos, mirando la escena. Sofía y Emma en el sofá con el libro de animales, la luz de la tarde entrando por la ventana grande, los planetas invisibles desde aquí, pero girando en la habitación del fondo.
Luego fue a la cocina a preparar la cena.
Y mientras pelaba las patatas escuchó, desde el salón, la voz de Sofía explicando algo sobre los lagartos y la voz de Emma corrigiéndola sobre un detalle que Sofía había dicho mal a propósito para que Emma lo corrigiera.
Pensó en lo que Sofía había dicho en la cocina.
Pensó en que esa conversación iba a llegar antes de lo que cualquiera de las dos había calculado.
Pensó en que no sabía si estaba preparada.
Pensó también que había una diferencia entre estar preparada y estar dispuesta, y que quizás, por primera vez en mucho tiempo, lo segundo podía ser suficiente para empezar.
Siguió pelando las patatas.
Fuera, el cielo de diciembre cerraba pronto, con esa velocidad del invierno que acorta los días sin pedir permiso. Las farolas de la calle encendieron al mismo tiempo, todas a la vez, con ese clic colectivo que hacía que la ciudad cambiara de golpe.