Un lugar para quedarnos Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Hay un período de adaptación, evidentemente —añadió Clara—. Es un espacio nuevo para Emma, una dinámica nueva. Pero lo está llevando razonablemente bien.

—¿Y Emma? ¿Ha expresado cómo se siente en el nuevo piso?

—Ayer me preguntó si podíamos poner una planta en su habitación —dijo Sofía—. Le dije que sí, que el sábado vamos a buscar una. Eso me pareció buena señal, que está pensando en hacerlo suyo.

Beatriz Fuentes anotó algo.

—¿Puedo hablar con Emma un momento?

—Por supuesto —dijo Clara—. Está en su habitación.

Emma vino sin hacerse de rogar, que era indicativo de algo. Se sentó en el brazo del sofá, junto a Clara.

—Hola, Emma —dijo Beatriz Fuentes—. ¿Te acuerdas de mí?

—Sí. Vino antes al otro piso.

—Exacto. ¿Cómo estás en el piso nuevo?

Emma miró alrededor del salón como si lo estuviera evaluando en tiempo real.

—Los techos son más altos —dijo—. Eso me gusta. Y tengo los planetas en mi habitación.

—¿Los planetas?

—Un móvil. Con todos los planetas. Incluso Plutón, aunque sea pequeño.

—¿Quién te lo puso?

Emma miró a Sofía.

—Sofía —dijo—. Sofía sabe cosas de los planetas y de los animales y de muchos sitios. Ha estado en muchos sitios.

—¿Y te gusta que esté aquí?

Una pausa.

—Sí —dijo finalmente—. Porque la tía Clara está menos seria cuando está Sofía.

El silencio que siguió fue breve. Clara sintió el calor subiéndole al cuello sin poder hacer nada al respecto. Sofía, a su lado, miraba la pared con esa expresión de quien está guardando algo que podría ser una sonrisa.

Beatriz Fuentes anotó algo en el cuaderno.

La visita duró cuarenta minutos.

Cuando Beatriz Fuentes se fue, Emma volvió a su habitación, y Clara y Sofía se quedaron en el salón.

—La tía Clara está menos seria cuando está Sofía —dijo Sofía.

—No lo repitas.

—Solo lo he dicho una vez.

—Pues ya está.

Sofía se giró a mirarla.

—¿Es verdad? —dijo.

Clara la miró.

—Voy a ver la sopa —dijo.

Sofía soltó la risa que había estado conteniendo. El sonido llegó al pasillo donde Clara ya iba, y Clara lo escuchó, y no pudo evitar que algo en su pecho hiciera lo que hacía cuando escuchaba esa risa. Aflojarse un poco, como un nudo que lleva demasiado tiempo apretado.

Cenaron las tres en la mesa grande de la cocina.

La sopa estaba buena.

—Está buena. No sabe a hierba de rinoceronte, pero está buena —dijo Emma.

Sofía le dijo que lo tomaría como un diez.

Clara sirvió pan. Emma preguntó si podían poner música.

Sofía conectó el teléfono al altavoz pequeño que había puesto en la encimera y buscó algo, y lo que encontró fue una playlist que Clara reconoció sin querer reconocer.

Era la misma playlist que Sofía ponía los domingos en el piso de Malasaña cuando cocinaba, esa mezcla de jazz suave y canciones en portugués que sonaba exactamente igual que cinco años atrás.

Clara no dijo nada.

Comieron con la música de fondo y Emma contando que en el colegio había un proyecto nuevo sobre el ciclo del agua que le parecía menos interesante que los animales en peligro de extinción pero que tenía partes buenas, concretamente la parte de las nubes, que según Emma eran básicamente agua confundida.

—¿Agua confundida? —dijo Sofía.

—No sabe si quiere ser líquida o gaseosa —explicó Emma—. Así que está en el medio.

Sofía la miró.

—Eso es exactamente lo que son las nubes —dijo—. No lo habría explicado mejor.

Emma asintió, satisfecha, y siguió comiendo.

Clara miró la escena. La mesa, la luz de la cocina, la música de fondo. Emma y Sofía discutiendo ahora si el granizo podía considerarse agua o hielo, con la seriedad de dos personas que piensan que la distinción importa.

Pensó en lo que Beatriz Fuentes había visto al entrar. El olor a sopa, los planetas girando, Sofía con el paño de cocina.

Pensó en que no había sido una actuación.

Eso era lo desconcertante. Habían estado ahí, en la cocina, preparando la visita, y en ningún momento había sentido que estaba fingiendo nada.

Había sido solo... la tarde. La cocina. Sofía pelando zanahorias y diciéndole cosas inteligentes sobre los olores de los hogares y Emma llegando con la mochila y la escena ensamblándose sola, sin que nadie tuviera que colocar nada.

Lo cual era, precisamente, lo que la tercera condición de Sofía había intentado anticipar.

Si hay algo que empieza a sentirse real, lo nombramos.

Todavía no era el momento de nombrarlo.

Esa noche, tarde, cuando Emma dormía y el piso estaba en silencio, Clara pasó por el pasillo hacia el baño y vio luz bajo la puerta del dormitorio de Sofía.

Se paró.

Podría haber seguido. Era tarde y mañana había que llevar a Emma al colegio y la racionalidad no encontraba ninguna razón para llamar a esa puerta.

Llamó igualmente.

—¿Sí? —dijo Sofía desde dentro.

Clara abrió la puerta un palmo. Sofía estaba sentada en la cama con el ordenador, no trabajando sino con algo que parecía una película sin volumen, los auriculares al cuello.

—¿Estás bien? —dijo Clara.

Sofía la miró.

—Sí. No podía dormir.

—¿El ruido del tráfico?

—No exactamente.

Clara asintió. No empujó.

—La trabajadora social —dijo—. Creo que ha ido bien.

—Yo también lo creo.

—Por la sopa, en parte.

—Por muchas cosas —dijo Sofía.

Clara asintió de nuevo. Apoyó la mano en el marco de la puerta.

—Buenas noches —dijo.

—Buenas noches, Clara.

Clara cerró la puerta.

Siguió al baño. Volvió a su habitación. Se metió en la cama en la oscuridad y escuchó el silencio del piso nuevo, que tenía otros ruidos que el anterior. El crujido diferente del suelo, el tráfico desde otro ángulo, el sonido del calefactor que todavía no había aprendido a ignorar.

Y bajo todo eso, muy quieta, la conciencia de que Sofía también estaba despierta mirando una película sin volumen.

Clara cerró los ojos.

Pensó en Emma diciendo la tía Clara está menos seria cuando está Sofía.

Pensó en que era verdad.

Pensó en que eso no lo había planeado nadie.