Un lugar para quedarnos Capítulo 10
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Capítulo 10

Fingir estabilidad

El piso de Chamberí tenía el techo alto y una humedad en las paredes del dormitorio principal que el casero llamó "carácter del edificio" y que Clara llamó internamente "problema de condensación que hay que resolver antes de que aparezca el moho.

" Tenía tres dormitorios, una cocina con ventana al patio y un salón con luz de tarde que Sofía recorrió dos veces el miércoles antes de decir, con la cabeza inclinada hacia la ventana grande:

—La luz es buena.

Firmaron el contrato el viernes.

Clara gestionó el depósito, el seguro, el cambio de domicilio en los documentos oficiales, la notificación al abogado para que constara en el expediente. Sofía aportó su parte del depósito sin discusión y sin que Clara se lo tuviera que pedir dos veces, lo cual Clara reconoció sin comentarlo.

Se mudaron el siguiente sábado.

Mudar a Clara tardó medio día. Sus cosas eran pocas y estaban ya ordenadas. La ropa, los libros técnicos, las plantas, la mesa de trabajo.

Mudar a Sofía tardó cuarenta minutos.

—¿Esto es todo? —dijo Clara cuando el taxi descargó la última bolsa.

—Viajo ligero.

—Tienes cuatro pares de zapatos.

—Eso es viajar ligero para alguien que ha vivido cuatro meses en Turquía con una maleta de cabina.

Clara miró la bolsa de zapatos. No dijo nada más.

Quedaba la cuestión de los dormitorios.

Lo habían discutido una sola vez, de forma rápida y práctica, mientras todavía estaban en el piso de Malasaña terminando de empaquetar.

—Si dormimos separadas, ¿no levanta sospechas con la trabajadora social? —había dicho Clara.

—Le decimos la verdad parcial —había dicho Sofía—. Hay parejas de toda la vida que duermen separadas por razones de sueño, de horarios, de lo que sea.

—¿Y si pregunta directamente?

—Entonces se lo decimos así. Que cada una tiene su espacio porque ambas lo necesitamos, sobre todo con todo lo que está pasando con Emma. Es más raro que sospechoso. Es exactamente el tipo de cosa que una pareja con un duelo reciente en la familia haría.

Clara lo había aceptado sin más discusión.

La habitación de Emma la montaron juntas esa tarde.

Era la habitación con mejor luz, la que daba a la calle con esa exposición sur que en invierno era un lujo real. Clara había comprado una cama nueva y un escritorio pequeño para los deberes, y Sofía había aparecido esa mañana con una caja que no había mencionado.

—¿Qué es eso? —preguntó Clara.

—Algo.

—Eso ya lo veo.

Sofía abrió la caja. Dentro había un móvil decorativo, planetas en miniatura hechos de madera pintada, colgados de hilos de distinta longitud, con los nombres en letras pequeñas y los tamaños aproximadamente a escala.

Clara la miró.

—¿Cuándo has comprado eso?

—Esta mañana. En un mercado. Pensé que a una investigadora de especies en peligro de extinción también le podrían interesar los planetas en peligro de extinción.

—Los planetas no están en peligro de extinción.

—Plutón podría argumentar lo contrario.

Clara la miró un momento. Luego miró el móvil.

—Le va a gustar.

Lo colgaron sobre la cama con un gancho que Sofía puso en el techo con una seguridad que sugería que había colgado cosas en techos más complicados que este. Los planetas giraron despacio con el movimiento del aire, Saturno con sus anillos, Júpiter con su mancha roja apenas insinuada.

Clara los miró girar.

—Gracias —dijo.

—No me des las gracias. Es para Emma, no para ti.

—Ya lo sé. Gracias igualmente.

Sofía se fue a la cocina con la caja y Clara se quedó un momento sola en la habitación de Emma, mirando los planetas girar, pensando en que Sofía había ido a un mercado por la mañana a buscar específicamente esto y no lo había mencionado hasta que lo sacó de la caja.

Eso era muy Sofía.

Siempre había sido muy Sofía.

Emma llegó el domingo.

Los padres de Clara la trajeron con una maleta que pesaba más de lo esperado. Libros, el pingüino, ropa y tres cajas de lápices de colores que nadie había pedido pero que los abuelos habían incluido.

Emma entró al piso mirando todo, tocando nada todavía, calculando.

Luego vio a Sofía.

—Hola —dijo Emma, con una solemnidad que no era propia de los nueve años pero que Emma llevaba con naturalidad.

—Hola —dijo Sofía—. ¿Sabes cuál es el planeta más grande del sistema solar?

Emma parpadeó.

—Júpiter —dijo—. Por qué.

—Por nada. Ven, que te enseño tu habitación.

Emma miró a Clara. Clara asintió. Emma siguió a Sofía por el pasillo con la mochila todavía a la espalda.

Los padres de Clara, en la puerta, intercambiaron una mirada que Clara eligió no interceptar.

Emma estuvo en silencio durante tres minutos dentro de su habitación.

Sofía y Clara esperaban en el pasillo sin hablar.

Luego:

—Los planetas giran.

—Sí —dijo Sofía desde el pasillo.

—¿Por qué giran?

—Porque el aire los mueve. Igual que la gravedad mueve los de verdad, pero aquí es el aire.

Un silencio.

—Plutón no está —dijo Emma.

—Plutón está. Mira bien, es el más pequeño.

Otro silencio. Luego:

—Lo veo. Es muy pequeño.

—Ya. Por eso lo quitaron del equipo.

La risa de Emma llegó del interior de la habitación, esa risa un poco más aguda de lo esperado, y Clara sintió algo que apretaba en el pecho.

Los primeros días fueron extraños. Demasiada conciencia de los propios movimientos, demasiada atención a los espacios compartidos, esa hipervigilancia suave de quien comparte territorio con alguien a quien no ha visto en tres años y cuyas costumbres han podido cambiar.

Algunas cosas no habían cambiado.

Sofía seguía levantándose antes que nadie. Clara lo descubrió el primer lunes cuando bajó a las siete y cuarto y encontró el café hecho y Sofía sentada en el suelo del salón con la taza en las manos y el ordenador abierto pero sin mirarlo realmente.

—¿A qué hora te has levantado? —dijo Clara.

—A las seis.

—¿Por qué?

—Por costumbre.

Clara sirvió café. Se sentó en la silla.

Desayunaron sin hablar demasiado.

Algunas cosas sí habían cambiado.

Sofía era más silenciosa de lo que Clara recordaba. No callada sino más... quieta. Había momentos en que se quedaba mirando algo sin verlo.

Clara no preguntaba. Había dicho que lo entendía y lo entendía.

Emma fue al colegio el lunes con el uniforme planchado por Clara y el bocadillo con una nota escrita por Sofía.

Emma había leído la nota en el desayuno, la había doblado con cuidado y la había guardado en el bolsillo del pantalón.

No había dicho nada, pero había guardado la nota.

El colegio había sido informado de la situación familiar. Clara había tenido una reunión con la tutora, Marta Siles, una mujer de unos cuarenta años. Le había explicado el cambio de domicilio, la nueva convivencia, que Emma podría tener días más difíciles que otros.

La tutora había escuchado y había dicho:

—Emma es una niña muy resiliente. Pero resiliente no significa que no necesite espacio para no serlo a veces. Si nota que algo le pesa más de lo que puede llevar, ¿puede venir a buscarla antes del final de la jornada?

—Sí —había dicho Clara—. Siempre.

Esa tarde, recogiendo a Emma, la tutora la había visto desde la puerta del aula con Sofía a su lado y había levantado una mano en saludo. Clara había correspondido. Sofía también.

Pequeños gestos públicos.

Empezaban así.

El miércoles por la tarde llegó Beatriz Fuentes.

No sin avisar, exactamente. Había mandado un mensaje esa mañana que decía pasaré esta tarde entre las cinco y las seis si no le importa.

Clara se enteró a las diez de la mañana.

A las diez y cinco le mandó un mensaje a Sofía.

La trabajadora social viene hoy entre las cinco y las seis.

La respuesta llegó en tres minutos.

De acuerdo. Estaré ahí a las cuatro y media.

Y estuvo.

A las cuatro y media exactas, Sofía entró con una bolsa del supermercado y empezó a preparar algo en la cocina con esa concentración culinaria que Clara no había visto en años y que seguía siendo una especie de milagro.

—¿Qué estás haciendo? —dijo Clara desde la puerta de la cocina.

—Sopa. Los pisos que se sienten como hogares huelen a algo. Los pisos vacíos huelen a nada. Prefiero que huela a sopa cuando llegue.

Clara la miró.

—Eso es... específicamente inteligente.

—Lo sé.

Emma llegó del colegio a las cinco menos cuarto y encontró el piso oliendo a sopa y a Sofía en la cocina y a Clara revisando papeles en la mesa del salón, y la escena fue tan naturalmente doméstica que la propia Emma pareció relajarse un milímetro al entrar, dejando la mochila en el recibidor con un golpe suave.

—¿Qué hay para cenar? —dijo.

—Sopa —dijo Sofía.

—¿De qué?

—De verduras. Y no me digas que no te gustan las verduras porque sé que los rinocerontes comen verduras y tú claramente admiras a los rinocerontes.

Emma consideró esto durante un momento con seriedad.

—Los rinocerontes comen hierbas específicas —dijo—. No exactamente verduras.

—Pues imagina que es hierba específica de sabor zanahoria.

Emma se fue a su habitación sin responder, pero Clara la vio sonreír de espaldas.

Beatriz Fuentes llegó a las cinco y diecisiete.

Llamó al telefonillo y subió, y cuando Clara abrió la puerta encontró a la trabajadora social con el cuaderno y la expresión profesionalmente neutra de siempre, que esta vez escaneó el espacio con una discreción que no era del todo discreta.

Lo que vio fue el piso con los muebles colocados con sentido, la habitación de Emma visible al fondo del pasillo con la puerta entreabierta y los planetas girando despacio, el olor a sopa desde la cocina, Sofía apareciendo en el pasillo con un paño de cocina en la mano.

—Buenas tardes —dijo Sofía.

—Buenas tardes. —Beatriz Fuentes la miró—. Usted debe ser Sofía.

—La misma.

—Beatriz Fuentes, del servicio de protección de menores. —Le tendió la mano. Sofía la estrechó—. Espero no interrumpir.

—Estaba haciendo sopa. No interrumpe nada.

Pasaron al salón. Clara sirvió agua y se sentaron, Clara y Sofía en el sofá, Beatriz Fuentes en el sillón enfrente.

La trabajadora social miró a las dos juntas un momento.

Luego abrió el cuaderno.

—¿Cómo está funcionando la convivencia? —dijo.

—Bien —dijo Clara.

Beatriz Fuentes esperó.