Un lugar para quedarnos Capítulo 9
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Capítulo 9

La decisión

Quedaron el sábado.

No en la cafetería. Clara había propuesto su piso, que era donde tenía sentido hablar de lo que tenían que hablar, y Sofía había aceptado.

Emma estaba en casa de los abuelos maternos ese fin de semana. Clara lo había organizado así.

Preparó café, aunque no sabía si Sofía seguía tomando café a media mañana o si había cambiado eso en tres años. Preparó también la tetera por si acaso. Puso las tazas sobre la mesa de la cocina.

El telefonillo sonó a las once y tres minutos.

Clara apretó el botón del interfono.

Escuchó los pasos en las escaleras y luego el golpe suave de los nudillos en la puerta.

Abrió.

Sofía estaba con el abrigo negro y la cámara, que era prácticamente una extensión de su cuerpo en cualquier circunstancia, y el pelo ligeramente revuelto del frío de la calle.

Miró el piso por encima del hombro de Clara con esa primera mirada rápida que hacía en cualquier espacio nuevo, ese inventario instantáneo.

—Hola —dijo.

—Hola. Entra.

Sofía entró. Se paró en el centro del salón y miró alrededor despacio, esta vez sin prisa. Clara la observó hacer ese inventario.

—Es muy tuyo —dijo Sofía finalmente.

—¿Eso es bueno o malo?

—Es descriptivo. —Una pausa—. No hay fotos.

—Ya lo sé.

Sofía asintió. Luego se quitó el abrigo, lo puso sobre el respaldo del sofá.

—¿Café? —dijo Clara.

—Sí. Solo, si tienes.

Tenía.

Se sentaron en la cocina.

Era el espacio menos cargado del piso, el más neutral.

Clara había elegido la cocina sin pensarlo demasiado y ahora, con Sofía sentada frente a ella con las manos alrededor de la taza, entendía por qué.

Porque las conversaciones difíciles en cocinas tienen una honestidad diferente a las conversaciones en salones.

Los salones tienen sofás, tienen cojines, tienen la disposición suave de los espacios donde uno recibe.

Las cocinas tienen mesas sin adornos y sillas sin pretensiones y eso obliga a la conversación a ser lo que es.

—Has dicho que necesitabas hablar de lo que pasó —dijo Clara—. Antes de cualquier otra cosa.

—Sí.

—De acuerdo. Entonces háblame.

Sofía la miró.

—¿Así?

—¿Cómo?

Un silencio breve. Sofía bebió café.

—Nunca entendí bien por qué —dijo finalmente—. Te lo dije entonces y no me diste una respuesta que tuviera sentido de verdad. Me dijiste cosas sobre no estar lista, sobre no poder darme lo que yo necesitaba. Pero no me dijiste qué era lo que te daba miedo.

—Te lo dije.

—No del todo.

Clara miró la mesa. Luego miró a Sofía.

—¿Qué quieres que te diga?

—La verdad.

Clara puso las manos planas sobre la mesa.

—Tenía miedo —dijo.

—¿De qué?

—De necesitarte. De construir algo contigo y perderme dentro de eso. De depender de algo que podía romperse.

Sofía la miró sin parpadear.

—¿Y crees que no me rompí yo cuando me dejaste?

—Lo sé. Y lo siento. No hubo una sola vez en estos tres años que no haya pensado en eso.

Silencio.

—¿Por qué no lo dijiste entonces? —dijo Sofía—. Cuando todavía había algo que hacer con ello.

—Porque el miedo era más fácil que la honestidad.

Sofía soltó un sonido que no era exactamente una risa pero que tampoco era otra cosa.

—¿Y ahora? ¿Sigue siendo más fácil el miedo?

Una pregunta justa.

Una pregunta que Clara había estado esperando.

—No lo sé —dijo—. Pero sé que no quiero que lo sea.

Sofía la miró durante un momento que fue más largo que los anteriores.

—¿Eso es lo que quieres que sepa? —dijo finalmente.

—Quiero que sepas que lo que te pido no es solo estratégico. Sé que suena exactamente a eso. Sé que tienes todas las razones del mundo para creer que es solo estratégico. Pero quería que supieras que no es todo lo que es.

Sofía no respondió de inmediato.

Miró por la ventana de la cocina, hacia el patio donde Clara podía ver, desde su ángulo, un fragmento de cielo. Luego volvió a mirar a Clara.

—Tengo condiciones —dijo.

—Dime.

—Primero, si en algún momento cualquiera de las dos siente que esto se está convirtiendo en algo que no podemos gestionar, lo decimos. Sin dramas, sin esperar a que explote. Lo decimos y buscamos otra solución.

—De acuerdo.

—Segundo, Emma no puede saber que es una actuación. No porque no confíe en ella, sino porque no es justo ponerla en esa posición.

—Estoy de acuerdo. Aunque eso significa que tenemos que ser convincentes todo el tiempo.

—Lo sé. —Una pausa—. Tercero.

Clara esperó.

Sofía dejó la taza en la mesa.

—Tercero, si hay algo que empieza a sentirse real, lo nombramos. No lo ignoramos, no fingimos que no está pasando. Lo nombramos.

—De acuerdo —dijo Clara.

—¿Entiendes lo que estoy diciendo con eso?

—Sí.

—¿De verdad?

—Sí.

Sofía asintió muy despacio. Cogió la taza. La dejó. Miró la mesa como si estuviera leyendo algo en la madera.

—Hay una cosa más —dijo.

—Dime.

—No estoy en el mejor momento.

Lo dijo sin apartar los ojos de la mesa, con esa voz que usaba cuando decía algo que no había planeado decir.

—El encargo del que te hablé, el complicado.

Me ha dejado... con cosas encima que todavía no sé cómo llevar.

A veces me despierto en mitad de la noche.

A veces hay ruidos que me ponen en alerta de una forma que no es proporcional.

No siempre voy a estar bien y no siempre voy a poder explicar por qué.

Clara la escuchó.

No interrumpió. No ofreció soluciones. Escuchó.

—¿Lo sabe alguien más? —dijo Clara cuando Sofía terminó.

—Mi editora lo sabe a medias. Nadie más.

—¿Has hablado con alguien?

—Todavía no.

Clara asintió.

—Deberías —dijo.

Sin juicio, sin insistencia.

—Lo sé.

Silencio.

—Gracias Sofía—dijo Clara.

—No me des las gracias. Todavía no has contado los detalles prácticos de esta locura.

Los detalles prácticos ocuparon la siguiente hora.

Clara había preparado notas, lo cual Sofía señaló con una mirada que no necesitó palabras.

El piso era el problema más inmediato.

El estudio convertido en cuarto de Emma no era solución a largo plazo.

Antes de la segunda visita de la trabajadora social, en unas cuatro semanas, necesitaban que el espacio tuviera sentido.

Lo que el abogado había sugerido era que Clara se mudara a un piso más grande, uno que tuviera dormitorio para Emma y espacio habitable para una pareja.

—¿Ya has buscado piso? —dijo Sofía.

—He mirado algunas opciones. Hay uno en Chamberí, tres dormitorios, que podría estar disponible en tres semanas.

—¿Puedo verlo?

—Por eso te lo digo.

Sofía asintió.

Luego estaba la cuestión de la convivencia.

No solo el espacio sino la gestión del día a día. Quién llevaba a Emma al colegio, cómo repartían los tiempos, cómo mantenían la imagen frente a la trabajadora social.

—¿Tiene más visitas programadas? —preguntó Sofía.

—Beatriz Fuentes —dijo Clara—puede hacer visitas de seguimiento con cuarenta y ocho horas de aviso. El abogado me ha dicho que en casos donde hay disputa activa, a veces aparece con menos.

—¿Y si aparece y estamos en medio de una discusión?

—Las parejas discuten. No creo que eso sea lo que buscan.

—No, lo que buscan es que seamos una familia coherente. Eso es diferente a ser perfectas.

—Exacto.

—Lo cual significa que tenemos que conocernos bien. La historia que contemos tiene que ser consistente. Cuánto tiempo llevamos juntas según la versión oficial, cómo nos conocimos si alguien lo pregunta, por qué no nos habíamos visto mucho hasta ahora...

—Según la versión oficial llevamos juntas desde hace dos años. Que es cuando yo empecé a tener contacto más regular con Emma.

Sofía la miró.

—¿Y el hecho de que no vivíamos juntas?

—La relación a distancia. Tú viajabas mucho. Yo trabajaba mucho. La muerte de Laura fue lo que precipitó la decisión de formalizar la convivencia.

Sofía pensó.

—Es creíble —dijo—. Y tiene la ventaja de ser parcialmente verdad, que siempre es más fácil de sostener.

—Sí.

—¿Quién más lo sabe? ¿El abogado?

—El abogado sabe que la situación es compleja. No le he dado detalles sobre hasta qué punto. Creo que prefiere no preguntar mientras el argumento sea sostenible.

—¿Tus padres?

Clara dudó.

—Les diré que hemos retomado la relación. Que las circunstancias nos han acercado. —Una pausa—. No es del todo mentira.

Sofía no comentó. Bebió el fondo del café.

—¿Y Emma? —dijo.

—Emma sabe que estuvimos juntas. Tenía seis años cuando terminó y lo recuerda vagamente. Creo que le diré que a veces las personas que se quieren necesitan tiempo y que ahora hemos decidido intentarlo de nuevo.

—Eso es básicamente verdad también.

—Sí —dijo Clara.

—Necesito saber una cosa antes de decirte que sí.

—Dime.

—Si en algún momento el proceso se complica y la mejor opción legal resulta ser casarse de verdad —dijo, despacio, con los ojos fijos en los de Clara—, ¿qué harías?

—No lo sé —dijo Clara.

—Es una respuesta honesta.

—Sí.

—No es la que necesitaba, pero es la honesta.

Sofía asintió muy despacio

—De acuerdo.

—¿De acuerdo qué?

—De acuerdo que lo hago. Con las condiciones que te he dicho.

Clara la miró.

Esperaba sentir alivio, y sintió alivio. Pero sintió también otra cosa debajo, algo que no había anticipado.

—Sofía —dijo.

—¿Qué?

—¿Por qué aceptas realmente?

Sofía recogió su taza. Se levantó. Fue al fregadero y la dejó dentro.

Se giró, apoyada en la encimera.

—Por Emma —dijo—. Principalmente.

—¿Y secundariamente?

Una pausa.

—Porque si no lo hago voy a pasarme los próximos meses preguntándome qué habría pasado si lo hubiera hecho. Y ya tengo suficientes cosas que me quitan el sueño.

Clara asintió.

No dijo nada más. No hacía falta.

Sofía se fue a las dos.

En la puerta, se detuvo un momento. Como si hubiera algo más que decir y estuviera calculando si valía la pena decirlo.

—El piso de Chamberí —dijo—. Mándame la dirección. Puedo verlo esta semana.

—Te la mando esta tarde.

Sofía asintió.

Bajó las escaleras.

Clara cerró la puerta y se quedó apoyada en ella durante un momento, con la mano todavía en el picaporte, escuchando los pasos de Sofía descender.

Fue a la cocina.

Miró el espacio vacío de la mesa donde habían estado.

Pensó en todo lo que iba a tener que hacer. El piso, el abogado, los papeles, el colegio de Emma, los horarios, la historia que iban a contar. La lista era larga y concreta y manejable y Clara sabía exactamente por dónde empezar.

Lo que no sabía cómo gestionar era lo otro.

Lo que Sofía había dicho antes de irse.

Ya tengo suficientes cosas que me quitan el sueño.

Y lo que Clara no le había dicho era que ella también.

Esa noche, tarde, llegó un mensaje de Sofía.

He buscado el piso de Chamberí en el portal. Tiene buena luz en la habitación que sería de Emma.

Clara sonrió antes de poder evitarlo.

Respondió.

¿El miércoles te viene bien para verlo?

Sí.

Y luego, después de un momento.

Clara.

¿Qué?

Va a salir bien. Lo de Emma.

Clara miró el mensaje durante un rato.

Luego escribió.

¿Cómo lo sabes?

La respuesta tardó más que las anteriores.

No lo sé. Pero a veces hace falta decirlo igualmente.

Clara dejó el teléfono en la mesilla.

Apagó la luz.