Un lugar para quedarnos Capítulo 8
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Capítulo 8

La propuesta

—Hola —dijo Clara.

—Hola —dijo Sofía.

Y ahí estaban. La mesa de madera oscura entre ellas con las tazas y el ruido de la máquina de café italiana que seguía haciendo más ruido del necesario.

Sofía se quitó el abrigo. Lo puso sobre el respaldo de la silla. Miró a Clara y notó el cansancio debajo de los ojos que el maquillaje no cubría del todo, las manos alrededor de la taza con demasiada fuerza, la postura recta de siempre, pero con algo diferente en los hombros, algo más costoso.

Clara estaba sosteniendo mucho peso.

—¿Cómo está Emma? —preguntó Sofía.

Era el territorio más seguro para empezar y ambas lo sabían.

—Bien —dijo Clara—. Dentro de lo que cabe. Va al colegio, come, duerme. Ayer me preguntó si los pulpos sueñan.

—¿Y sueñan?

—Al parecer sí. Hay estudios.

—Se lo diré la próxima vez que hable con ella. —Una pausa—. Recibí su mensaje sobre el libro. El del puma.

El borde de algo parecido a una sonrisa cruzó la cara de Clara y desapareció antes de instalarse del todo.

—Le gustó mucho —dijo—. Lo tiene en la mesilla. Fue un gesto muy bonito, Sofía.

—Me acordé de los carteles de animales en peligro de extinción que mencionaste.

—¿Te lo mencioné?

—En el hospital. Ese primer día. Hablaste de ella bastante. Creo que no te diste cuenta.

Clara no respondió a eso. Miró su taza.

Llegó la camarera. Sofía pidió un cortado. La camarera se fue.

—¿Cómo has estado? —dijo Clara.

—Bien —dijo Sofía.

Clara la miró.

—¿De verdad?

Una pausa breve.

—Más o menos —dijo Sofía.

Clara asintió como si eso fuera suficiente, como si no fuera a empujar más allá de lo que Sofía ofrecía voluntariamente, y esa contención fue, paradójicamente, lo que hizo que Sofía añadiera:

—Acabo de volver de un encargo complicado. Estoy todavía... procesando.

—¿Quieres contarme?

—No todavía.

—De acuerdo.

Así de fácil.

Sin drama.

Y Sofía pensó que eso también lo había echado de menos. Que Clara no empujaba, nunca empujaba, que entendía que las cosas se contaban cuando estaban listas para ser contadas y no antes.

El cortado llegó.

Sofía lo bebió a medias antes de hablar.

—¿Para qué querías verme, Clara?

Clara había pensado cómo decirlo durante cuarenta y ocho horas.

Había considerado distintos enfoques con la misma meticulosidad con que analizaba un proyecto difícil.

Empezar por el contexto legal, empezar por Emma, empezar por la propuesta directamente y dejar el contexto para después.

Había ensayado frases en la ducha y mientras llevaba a Emma al colegio y mientras miraba el techo a las dos de la mañana.

Ninguna de las versiones ensayadas empezaba así:

—Necesito pedirte algo que no tengo ningún derecho a pedirte.

Pero eso fue lo que salió.

Sofía dejó el cortado en la mesa.

—Cuéntame —dijo.

Y Clara contó.

Lo hizo con la cronología correcta, sin saltar a las conclusiones antes de construir los cimientos.

Laura, el accidente, el testamento, Emma, el abogado, la trabajadora social, la familia García, el proceso legal que se abría en diez semanas con una evaluación de por medio.

Lo dijo sin inflexión excesiva, sin buscar compasión, con la misma voz con que presentaría un informe de proyecto a un cliente.

Sofía escuchó.

No interrumpió.

Cuando Clara terminó, Sofía dijo:

—¿Y qué es lo que me quieres pedir?

Clara puso las manos planas sobre la mesa.

—Que finjas ser mi pareja —dijo Clara—. Durante los meses que dure el proceso. Que vivamos juntas, que aparezcamos juntas ante los abogados y la trabajadora social y el colegio. Que presentemos una imagen de estabilidad que yo sola no puedo presentar.

El silencio que siguió duró quizás cuatro segundos.

Fueron cuatro segundos largos.

—Estás de broma —dijo Sofía.

—No.

—Clara.

—Lo sé. Lo sé perfectamente. Es una locura. Es injusto pedírtelo. Y si me dices que no, lo entenderé completamente y no te lo reprocharé nunca.

Sofía se recostó en la silla.

Miró el techo un momento. Luego miró a Clara. Luego miró su cortado como si el cortado pudiera ofrecerle alguna clase de perspectiva.

—Llevamos tres años sin hablarnos —dijo.

—Lo sé.

—La última vez que nos vimos fue porque tú decidiste que no podíamos seguir.

—Lo sé.

—Y ahora me estás pidiendo que me mude contigo y finja ser tu pareja para un proceso de custodia.

—Esencialmente, sí.

—Esencialmente —repitió Sofía, con ese tono específico que usaba cuando algo le parecía tan absurdo que el sarcasmo era la única respuesta proporcionada.

Clara no dijo nada.

Sofía cogió el cortado. Lo terminó. Lo dejó en la mesa con más cuidado del que la situación requería.

—¿Por qué yo? —dijo finalmente.

Clara tardó un momento.

—Porque eres la única persona con quien alguna vez imaginé una familia. Y porque Emma ya te quiere. Y porque tus horarios son flexibles y estás en Madrid y... —Se detuvo—. Y porque no se me ocurre nadie más.

No se me ocurre nadie más.

La misma frase del hospital. Clara Beltrán diciéndole que no había nadie más.

Sofía miró la mesa.

Pensó en muchas cosas. Pensó en Esmirna y en la noche del hospital turco. Pensó en cuatro semanas que Daniela le había dado para no hacer nada y en el piso de Malasaña y en el gato gris en la maceta que seguía ahí cada mañana sin importarle nada de lo que pasaba.

Pensó en Emma preguntando si los pulpos sueñan.

—Hay cosas que tendríamos que hablar —dijo Sofía.

—Sí.

—Cosas de antes. De por qué terminó como terminó.

—Sí —dijo Clara de nuevo.

—No sé si puedo hacer esto sin tener esa conversación primero.

—Lo entiendo.

—Y no sé si quiero tener la conversación ahora.

—También lo entiendo.

Sofía la miró.

—Dame unos días —dijo Sofía.

Algo cruzó la cara de Clara. No alivio del todo, no todavía.

—Tómate el tiempo que necesites.

—No tengo que decidir esta noche.

—No.

—Bien.

Sofía cogió el abrigo del respaldo. Se lo puso. Se levantó.

—Voy a pensar.

Clara asintió.

—Sofía.

Se detuvo.

—Gracias.

Sofía la miró un momento desde arriba, y pensó que Clara Beltrán dando las gracias de esa forma, con esa voz sin capas, era una de las cosas más raras y más difíciles de ignorar.

—No me des las gracias todavía —dijo.

Salió.

Caminó cuarenta minutos de vuelta a Malasaña.

Podría haber cogido el metro, pero necesitaba el movimiento, el frío, el ruido de la ciudad haciendo sus cosas sin pedirle opinión. Cruzó Argüelles, bajó por Princesa, torció hacia el barrio por Noviciado.

Pensó.

Pensó en lo que Clara le había pedido y en todo lo que esa petición implicaba.

Implicaba convivencia.

Levantarse en el mismo espacio, compartir la cocina, gestionar los tiempos.

Implicaba actuación delante de abogados, de trabajadores sociales, del colegio de Emma.

Implicaba presencia constante en la vida de una niña que ya había perdido demasiado y que no podría soportar otra pérdida si las cosas se complicaban.

Implicaba estar cerca de Clara durante meses.

Eso era lo que no había dicho en la cafetería y que ocupaba más espacio mental que todos los argumentos prácticos juntos.

Sofía no era tonta.

Sabía con exactitud qué había pasado cuando había visto a Clara girar en aquella cafetería.

Sabía lo que significaba ese ah silencioso, ese reajuste interno que ninguna cantidad de distancia y de tiempo y de trabajo en zonas de conflicto había podido entrenar fuera del sistema.

Seguía queriéndola.

O algo que se le parecía demasiado como para llamarlo de otra forma.

Eso era el problema central. Porque si Sofía aceptaba esto y lo hacía bien corría el riesgo de que lo que quedaba entre ellas, ese residuo persistente que tres años no habían disuelto del todo, se hiciera más grande en lugar de más pequeño.

Y si al final del proceso Clara seguía siendo Clara entonces Sofía tendría que marcharse otra vez.

Y marcharse otra vez de lo mismo era un tipo de daño que no sabía si podía permitirse.

Llegó al piso.

Subió las escaleras. Abrió la puerta. Encendió la luz del recibidor.

Se quedó parada en el centro del salón con el abrigo puesto y las llaves en la mano.

Luego fue a la cocina, llenó un vaso de agua, lo bebió despacio.

Emma, que preguntaba si los pulpos sueñan.

Emma, que le había tirado del pelo con las dos manos cuando tenía un año y la fuerza de un pequeño dios.

Emma, que podía quedarse sin un hogar.

Sofía apoyó las manos en la encimera.

Cerró los ojos.

Pensó.

Si digo que no y Clara pierde la custodia, voy a saberlo. Y voy a saber que pude haber hecho algo.

Pensó.

Si digo que sí y me rompo otra vez, eso también voy a saberlo.

Fue al dormitorio. Se sentó en el borde de la cama con el abrigo todavía puesto, que era claramente una señal de que algo no estaba del todo resuelto, y abrió el teléfono.

No para llamar a Clara.

Todavía no.

Abrió los mensajes de Daniela. Miró la conversación. Miró el último mensaje de Daniela, que era de hacía tres días.

¿Cómo vas?

Escribió.

Tirando. Oye, tengo una pregunta rara.

La respuesta llegó en dos minutos.

Las preguntas raras son mis favoritas.

Sofía sonrió y escribió.

Si alguien te pidiera algo que es una locura pero que tiene una razón real detrás, ¿cómo sabrías si vale la pena?

Un minuto de pausa.

Depende. ¿La razón te importa a ti o solo a ellos?

Sofía miró la pregunta.

Pensó en Emma.

Pensó en la cara de Clara en la cafetería, diciendo eres la única persona con quien alguna vez imaginé una familia.

Pensó, aunque no quería pensarlo, en lo que había sentido cuando había visto girar a Clara en aquella silla y sus miradas se habían encontrado.

Escribió.

A los dos, creo.

La respuesta de Daniela tardó menos esta vez.

Entonces ya sabes la respuesta. Solo tienes miedo de decirla en voz alta.

Sofía dejó el teléfono.

Se quedó sentada en el borde de la cama durante un rato. Luego se quitó el abrigo. Lo colgó en la silla. Se tumbó en la cama mirando el techo.

Cerró los ojos.

Durmió.

Por la mañana, a las ocho y cuarto, cuando el golpe seco de la cafetera ya no la sobresaltó tanto como los días anteriores, Sofía se sirvió el café y escribió un mensaje.

He pensado.

Hay condiciones. Necesito que hablemos de lo que pasó antes de empezar con cualquier otra cosa.

Sin eso no puedo.

Si eso te parece bien, dímelo y lo organizamos.

Lo envió.

Bebió el café de pie, mirando el patio donde el gato gris estaba en su maceta de siempre.

La respuesta llegó antes de que terminara la taza.

Me parece bien. Gracias, Sofía.

Sofía leyó el mensaje.

Luego escribió una sola cosa más, antes de poder arrepentirse.

No me des las gracias todavía. Todavía no ha salido nada bien.

Y Clara, al otro lado, respondió.

Lo sé. Pero gracias igual.

Esa tarde, Sofía abrió el tercer cajón de la cómoda de la habitación, donde había guardado las cosas que no sabía dónde poner cuando había deshecho la maleta.

Debajo de un cargador viejo y dos tarjetas de memoria encontró algo que no recordaba haber traído, una foto pequeña, de esas que se imprimen en papel mate, que debía haber quedado en el bolsillo lateral de la mochila desde hacía no sabía cuánto tiempo.

La foto era de Lisboa.

Una terraza al atardecer. Clara riendo con la cabeza echada hacia atrás. El brazo de Sofía sobre sus hombros.

La miró durante un momento que fue más largo de lo que habría querido.

Luego la puso boca abajo sobre la cómoda.