Capítulo 7
La mujer que se fue
Sofía tardó en responder al mensaje de Clara exactamente el tiempo que tardó en leerlo cinco veces.
A las seis en la cafetería de Argüelles donde íbamos antes. Si te viene bien.
Donde íbamos antes.
Esas tres palabras hacían un trabajo específico en la frase, un trabajo que Clara probablemente había calculado o probablemente no había calculado en absoluto porque Clara a veces era más precisa de lo que pretendía.
Donde íbamos antes era una coordenada temporal además de geográfica.
Era decir existió un antes. Reconocerlo. Nombrarlo.
Sofía escribió.
Ahí estaré.
Dejó el teléfono sobre la mesa y siguió mirándolo durante un momento como si pudiera decirle algo más.
No dijo nada más.
Luego fue al baño, abrió el grifo del agua fría y se mojó la cara.
La cafetera del piso hacía un ruido antes de terminar el ciclo, un sonido mecánico y un poco ronco que Sofía había aprendido a interpretar en los días que llevaba aquí.
Lo había descubierto por accidente la primera mañana, cuando el golpe la había sacado del duermevela con el corazón a ciento veinte.
Eso era nuevo también.
Antes de Esmirna, Sofía dormía pesado. Era una de esas personas que caen y no escuchan nada hasta que el cuerpo decide que es suficiente, sin alarmas intermedias, sin despertares parciales.
Ahora el golpe de la cafetera la despertaba.
Ahora cualquier ruido fuera de patrón activaba algo que tardaba varios minutos en desactivarse. Era agotador de una forma particular, ese tipo de agotamiento que no se resuelve con sueño porque el problema no es el sueño sino lo que pasa dentro del sueño.
Daniela se lo había dicho.
Busca a alguien con quien hablar de esto.
Sofía había asentido de esa forma que significa lo consideraré y que en su caso generalmente significaba lo dejaré para cuando ya no pueda evitarlo.
Todavía podía evitarlo. Más o menos.
Se sirvió el café y fue al salón con la taza en las manos y se sentó en el suelo, apoyada en el sofá, porque el suelo era una posición que le gustaba cuando necesitaba pensar y que había adoptado desde que tenía veinte años sin saber muy bien por qué, posiblemente porque desde el suelo el techo está lejos y uno puede mirarlo sin sentir que se le viene encima.
Pensó en Esmirna.
Había llegado en septiembre para cubrir una historia sobre comunidades de refugiados en la zona costera.
Era un encargo que conocía bien por el tipo.
Había hecho un trabajo similar en Lesbos años antes, en la frontera bielorrusa, en el campo de Zaatari.
Requería tiempo y paciencia y la capacidad de ganarse la confianza de personas que tenían muy buenas razones para no confiar en periodistas extranjeros con cámaras.
Sofía era buena en eso. Era, si tenía que ser honesta, una de las mejores cosas que sabía hacer. Instalarse en un espacio difícil y volverse casi invisible.
Llevaba seis semanas cuando pasó lo que pasó.
No iba a pensar en ello. No esta mañana.
Lo que sí podía pensar era en lo que vino después. Los tres días en el hospital de Esmirna. Los médicos que hablaban turco y el intérprete que llegaba y se iba. Las llamadas de Daniela. La sensación, persistente e irracional, de que el techo de la habitación del hospital era demasiado bajo.
Y la noche del segundo día, cuando el shock había remitido suficiente para dejar espacio a otra cosa, Sofía había cogido el teléfono y había abierto los contactos y había llegado a una C antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo.
Había cerrado el teléfono.
No era una opción. Hacía dos años que no era una opción.
Pero el instinto era el instinto.
Había una cosa que Sofía había construido cuidadosamente.
Una narrativa.
No mentira. Sofía tenía una relación complicada con las mentiras, el trabajo te enseñaba que la verdad era siempre más interesante y más resistente. Una forma de organizar lo que había pasado que le permitiera seguir funcionando sin que la estructura colapsara.
La narrativa era que Clara y ella habían querido cosas diferentes. Clara quería independencia, Sofía quería raíces, y esas dos cosas no habían podido coexistir.
Nadie tenía la culpa.
Había sido doloroso y ya no lo era tanto.
Sofía había seguido adelante.
Sofía seguía siempre adelante.
Era una narrativa razonable.
El problema era que tenía una grieta.
La grieta era que Sofía no creía del todo que Clara hubiera querido independencia.
Creía que Clara había tenido miedo. Y que el miedo y el deseo de independencia se parecen mucho desde fuera, pero son cosas muy distintas por dentro, y que Sofía había pasado tres años sin saber muy bien qué hacer con esa distinción.
Porque si era miedo, entonces la narrativa cambiaba.
Si era miedo, entonces no habían querido cosas diferentes. Habían querido lo mismo y una de las dos no había podido cruzar la distancia entre querer y elegir.
Sofía terminó el café.
Fue a la cocina, dejó la taza en el fregadero, abrió la ventana. El patio interior olía a humedad y a tierra mojada. El gato gris estaba de vuelta en la maceta, en exactamente la misma posición que ayer, con esa indiferencia que Sofía empezaba a encontrar genuinamente admirable.
Tenía que trabajar.
Tenía pendiente la selección de las fotos de Esmirna que Marcos del periódico esperaba desde hacía una semana.
Sofía las había abierto dos veces en el ordenador y las había cerrado sin seleccionar ninguna.
No porque fueran malas sino porque mirarlas requería volver, aunque fuera de forma tangencial, a donde habían sido tomadas.
Lo dejó para más tarde.
Cogió la cámara más pequeña, la que llevaba al hombro cuando salía a caminar sin un encargo específico, y salió a la calle.
Malasaña a media mañana de un jueves tenía sus propios ritmos.
Los bares con las sillas todavía sobre las mesas, el olor a café y a pan de los locales que abrían temprano, los repartidores en bicicleta navegando los adoquines.
La frutería de la esquina con las cajas de naranjas en la acera.
El quiosco donde un hombre mayor leía el periódico doblado en cuatro con la concentración de un cirujano.
Sofía caminó sin destino.
Fotografiar sin encargo era un ejercicio diferente a fotografiar para publicar.
Sin encargo, la cámara era un instrumento de atención.
Te obligaba a mirar de una forma que el ojo solo no siempre consigue, a detenerte en lo que normalmente pasa demasiado rápido.
Sofía lo hacía desde los dieciocho años, cuando su primer profesor de fotografía le había dicho la cámara no capta lo que hay.
Capta adónde miras tú. Son cosas distintas.
Fotografió una sombra en forma de hoja sobre un adoquín.
Fotografió a dos mujeres mayores en un portal.
Fotografió un perro mirando una paloma que no le hacía caso.
No pensó en Clara durante cuarenta y cinco minutos.
Era un buen resultado.
La primera vez que se habían encontrado había sido en un bar de Lavapiés.
Era una fiesta de alguien a quien ambas conocían vagamente, un artista, amigo de amigo, con el piso lleno de gente y la música demasiado alta y esa atmósfera de las fiestas donde uno no conoce bien a nadie y acaba en un rincón hablando con la única persona que también parece preferir el rincón a la pista.
Clara estaba en el rincón.
Con una copa de vino que no estaba bebiendo particularmente, mirando la sala con esa expresión que Sofía tardó tiempo en aprender a leer y que al principio había confundido con desinterés.
No era desinterés.
Era observación.
Clara miraba las cosas como los arquitectos miran los espacios. Buscando la estructura debajo de la superficie, los puntos de apoyo, la lógica de cómo todo se sostiene.
Sofía se había sentado a su lado porque el rincón tenía sitio y porque el altavoz del otro lado de la sala retumbaba de forma específicamente molesta y porque, si era completamente honesta, la mujer del rincón tenía algo que generaba una especie de campo gravitacional.
—¿No bailas? —había dicho Sofía, como apertura.
—No. ¿Tú?
—Cuando la música lo merece.
—¿Y esta no lo merece?
—Esta merece que alguien baje el volumen al menos un treinta por ciento.
Clara había mirado su copa.
—Treinta y cinco.
Y Sofía se había reído.
Clara la había mirado entonces. Por primera vez de verdad, no el vistazo de cortesía sino la mirada real.
Y Sofía había pensado ah.
Solo eso. Solo ah. La confirmación de algo que ya sabía.
Volvió al piso pasada la una.
Tenía hambre y el frigorífico seguía siendo básicamente decorativo, así que hizo pasta de nuevo con lo que había. Comió en la mesa del salón con el ordenador abierto, pero sin mirarlo realmente.
Pensó en Laura.
Pensó en la primera vez que había visto a Laura, en una comida de domingo en casa de Clara.
Laura había llegado tarde con Emma en brazos y había puesto a la niña en el suelo del salón y Emma había gateado directamente hasta Sofía.
Sofía la había recogido del suelo y Emma le había agarrado un mechón de pelo con las dos manos y tirado con alegría y Laura había dicho desde la puerta ya está, le has caído bien, eso es irrevocable.
Irrevocable.
Sofía no había olvidado esa palabra.
Lo que Emma le generaba era algo que no sabía nombrar muy bien y que tampoco había tenido que nombrar porque Emma había desaparecido de su vida al mismo tiempo que Clara y el resto del mundo que estaba dentro de esa órbita.
A las cuatro de la tarde abrió el ordenador y se obligó a abrir la carpeta de Esmirna.
Las fotos estaban ordenadas por fecha. Sofía las había organizado así antes de salir del hospital turco, en un momento de lucidez funcional que a veces llega después del shock.
Las primeras dos semanas fueron buenas.
Trabajo limpio, ángulos precisos, la distancia correcta.
Sofía sabía encontrar la distancia correcta, era su habilidad fundamental. Estar suficientemente cerca para que la foto tuviera verdad y suficientemente lejos para que la verdad no te destruyera. Era un equilibrio difícil y años de práctica no lo hacían fácil, solo lo hacían posible.
La tercera semana fue buena también. Quizás mejor, porque para entonces ya había ganado la confianza de algunas familias y la cámara empezaba a desaparecer como objeto y convertirse en extensión.
La cuarta semana… el día que Sofía no pensaba todavía de frente.
Había fotos de ese día. Sofía las había tomado de forma casi automática, con ese piloto automático que se activa cuando la mente consciente no puede gestionar lo que está pasando pero el cuerpo sigue haciendo lo que sabe hacer.
Las fotos eran buenas. Eran demasiado buenas.
Eran el tipo de fotos que ganan premios y que Sofía sabía que no iba a enviar nunca a ningún premio porque había cosas que no se usaban para eso.
Las cerró sin seleccionar ninguna de esa semana.
Seleccionó de las anteriores. Cuarenta y dos fotos. Las exportó. Las numeró. Redactó el email a Marcos con esa prosa técnica que sabía hacer en piloto automático.
Adjunto selección definitiva, las fotos 12, 18 y 31 son las más fuertes para portada, la 27 tiene potencial para doble página.
Envió el email.
Cerró el ordenador.
Se quedó sentada en la silla con las manos sobre la mesa, mirando el rectángulo cerrado del portátil.
Habría querido llamar a alguien. Ese pensamiento llegaba a veces, más seguido desde que había vuelto.
Daniela, posiblemente. O Marcos. O alguno de los fotógrafos del grupo al que pertenecía.
El problema era que todos ellos la conocían como la Sofía que gestionaba bien las cosas difíciles. La que volvía de los sitios duros y procesaba y seguía. La que tenía una especie de elasticidad natural que hacía que los demás se preocuparan menos de lo que deberían.
Había construido esa imagen durante años. Era funcional. Era también, se estaba dando cuenta, una trampa.
Pensó en Clara.
No por primera vez ese día. Tampoco por última.
Pensó en cómo era hablar con Clara. Esa sensación específica de no tener que administrar la impresión que dabas, de poder decir algo a medias y que la otra persona lo completara, de existir en un espacio donde no hacía falta ser la versión funcional de una misma todo el tiempo.
Tres años sin eso.
Tres años siendo la versión funcional todo el tiempo.
A las cinco y cuarenta y cinco se levantó. Se cambió de ropa. Cogió el abrigo, las llaves, la cámara, aunque no sabía por qué.
A las seis menos cinco salió hacia Argüelles.
La cafetería seguía igual.
Eso fue lo primero que pensó cuando la vio desde la calle.
Seguía igual.
Mismas sillas de madera oscura, misma barra larga con la máquina de café italiana que hacía más ruido del necesario, mismo letrero de neón rosa.
Habían venido aquí cientos de veces, en la época en que este barrio quedaba a mitad de camino entre el piso de Malasaña y el estudio donde Clara trabajaba entonces, y la cafetería había sido ese tipo de sitio que se convierte en tuyo sin que nadie lo decida formalmente.
Sofía empujó la puerta.
Clara ya estaba dentro.
Estaba de espaldas a la puerta, sentada en la mesa del fondo que siempre había preferido con las manos alrededor de una taza y los hombros en esa postura que Sofía reconocería en cualquier parte, en cualquier luz, después de cualquier cantidad de tiempo.
Sofía se quedó parada un momento junto a la puerta.
Tres años.
Clara se giró, como si hubiera sentido algo, y sus miradas se encontraron.
Y Sofía pensó, con esa parte de ella que observaba y catalogaba y encontraba el lenguaje para las cosas.
Ah. Sigue igual. Eso también.
Solo eso.
Cruzó la cafetería y se sentó frente a Clara.