Capítulo 6
Todo lo que Clara evita
Había una foto.
Clara no la tenía expuesta, no tenía fotos expuestas en ningún sitio, eso ya se ha dicho, pero la foto existía, guardada en una carpeta del ordenador con un nombre de archivo que no significaba nada.
La había mirado quizás tres veces en tres años, siempre de noche, siempre sin haber planeado abrirla.
En la foto estaban las dos en una terraza de Lisboa. Era verano, julio, el último julio que pasaron juntas. Sofía había puesto la cámara en el murete y había configurado el temporizador y había corrido a sentarse junto a Clara.
Clara salía riendo.
Era lo que más le costaba de esa foto. Salir riendo de esa forma, con la cabeza ligeramente echada hacia atrás y los ojos casi cerrados, de una forma que no era la risa que ponía para las fotos sino la otra, la que llegaba sin avisar.
Sofía tenía el brazo sobre sus hombros y miraba a cámara con esa sonrisa suya de medio lado que decía ya sé que esto va a salir bien incluso antes de ver el resultado.
Clara recordaba el momento exacto. Sofía había dicho algo justo antes de que disparara, algo absurdo sobre los pasteles de nata del sitio donde habían comido y Clara se había reído sin poder evitarlo.
Tres semanas después de esa foto, Sofía le había dicho que quería que se casaran.
No había sido una propuesta formal. Sofía no era de propuestas formales.
Había sido una conversación en la cocina del piso de Malasaña, un domingo por la mañana, con el café hecho y la lluvia en la ventana y Sofía apoyada en la encimera con las manos alrededor de la taza, diciéndolo de la forma en que Sofía decía las cosas importantes, directamente, sin preámbulo, como si fuera lo más natural del mundo.
—Quiero que nos casemos.
Clara había seguido mirando la taza que tenía en las manos.
—¿Ahora? —había dicho.
No era la respuesta correcta. Lo supo en el momento en que la dijo.
—No ahora ahora. Pero sí. Quiero esa vida contigo, Clara. La quiero de verdad.
Sofía había hablado con esa voz sin defensas que usaba cuando algo le importaba demasiado.
—Llevamos cinco años. Sé que no soy la persona más fácil, sé que me voy demasiado, sé que a veces no estoy cuando tendrías que estar. Pero estoy intentando cambiar eso. Y quiero intentarlo contigo.
Clara había bebido café.
Había sentido el pánico antes de que pudiera nombrarlo. Esa presión en el pecho, ese estrechamiento, esa voz que decía cuidado, cuidado, si construyes algo así de alto tiene más sitios donde romperse.
—Es que no sé si estoy lista para eso —había dicho.
—¿Para qué parte?
—Para... todo eso. Para la estructura. Para que sea permanente de esa forma.
Sofía había puesto la taza en la encimera con un gesto muy controlado.
—¿Permanente? —había dicho—. Clara, llevamos cinco años.
—Lo sé.
—¿Y qué más necesitas para estar lista?
Y Clara no había podido responder. No porque no supiera la respuesta, sino porque la respuesta verdadera era algo que no sabía cómo decir.
Que el problema no era Sofía.
Que el problema nunca había sido Sofía.
Que el problema era ella misma y la certeza profunda, heredada y nunca del todo examinada, de que las cosas buenas que uno construye son también las que más duelen cuando se rompen, y que Clara llevaba toda la vida protegiendo la distancia exacta que le permitía querer sin depender del todo.
Había dicho que necesitaba tiempo para pensarlo.
Sofía le había dado ese tiempo.
Un mes. Luego dos. Con esa paciencia que no era resignación sino amor tomando la forma que el otro necesitaba, aunque al otro le costara reconocerlo.
Y al final, en octubre, Clara había dicho que creía que no podían seguir.
Que no era por falta de sentimiento. Que era porque no podía darle a Sofía lo que Sofía necesitaba, que era alguien capaz de elegirla completamente, y que Clara no sabía si era capaz de eso.
Sofía la había escuchado hasta el final.
Luego había dicho:
—Entonces estás eligiendo no elegirme.
Y Clara no había respondido porque no había respuesta que no fuera sí.
Sofía había hecho las maletas en dos días.
No porque fuera rápida, aunque lo era, sino porque llevaba cinco años viviendo con la mochila medio preparada por costumbre profesional, y deshacer lo que había construido en ese piso le había llevado sorprendentemente poco tiempo en términos logísticos.
Lo que no se va tan rápido es otra cosa. Lo que no se va con la maleta.
Clara había escuchado la puerta cerrarse.
Se había quedado en el salón del piso que de repente volvía a ser solo suyo, mirando el espacio donde había estado el trípode de Sofía durante cinco años, que dejaba una marca circular en el parqué.
No había llorado esa noche.
Había hecho la lista de las cosas que había que reorganizar.
Clara trabajó más. Cogió proyectos que antes habría rechazado por volumen, viajó a Bilbao y a Sevilla y a Valencia para obras que podría haber delegado, llenó los huecos con trabajo con la misma disciplina con que se llena una grieta en un muro.
Rápido, uniforme, sin dejar que el aire circule.
Funcionó razonablemente bien.
El primer mes fue el más duro porque el piso tenía la marca del trípode en el parqué y el olor de Sofía en el armario de baño donde todavía quedaba su champú, y Clara había tirado el champú, pero la marca del parqué no se iba porque era física, era real, el peso de alguien que había estado ahí dejando huella.
El segundo mes fue mejor.
El tercero ya podía pasar días enteros sin que el pensamiento llegara sin ser convocado.
Con el tiempo aprendió a no convocar el pensamiento. Era un músculo, eso también, y Clara era buena entrenando músculos.
El problema era que algunos pensamientos no necesitaban ser convocados.
Había un momento concreto que volvía más que los demás. No la conversación en la cocina, no la puerta cerrándose. Un momento anterior, de los primeros años, cuando todo era todavía posible y ninguna de las dos había tenido que defender nada todavía.
Habían ido a ver una casa.
No una casa para comprar. En aquel momento ninguna tenía capital para eso y Sofía además habría argumentado que los fotógrafos documentales no compran casas porque nunca saben dónde van a estar en seis meses.
Era una casa de una exposición, una de esas instalaciones artísticas en que un arquitecto rehabilita un espacio abandonado y lo abre al público.
Clara había ido por trabajo. Sofía había ido porque era fotógrafa y el espacio le interesaba. Se habían encontrado allí por coincidencia, llevaban quizás seis meses juntas y todavía estaban en esa fase de descubrimiento mutuo.
El espacio era una antigua fábrica de tejidos.
Habían rehabilitado la estructura, pero dejado las marcas del tiempo.
Los muros con la pintura descascarillada, las vigas de madera original, las ventanas altas.
Era una forma de trabajar que Clara admiraba.
No borrar el pasado sino integrarlo, dejar visible la historia del edificio y construir encima sin pretender que no había estado nunca.
Sofía había fotografiado durante una hora mientras Clara recorría el espacio tomando notas mentales.
En algún momento habían coincidido frente a una de las ventanas grandes, con la luz de la tarde entrando en diagonal y el polvo en suspensión visible en el rayo de luz, y Sofía había dicho sin mirarla:
—Esto es lo que me gusta de ti, que entiendes que las cosas rotas también son interesantes.
Clara había seguido mirando la ventana.
—No están rotas —había dicho—. Están incompletas. Es diferente.
Sofía se había girado a mirarla.
—¿Cuál es la diferencia?
—Que lo incompleto puede seguir construyéndose. Lo roto necesita un diagnóstico primero.
Sofía había sonreído de esa forma, la del medio lado, la de ya sé que esto va a salir bien.
—¿Y tú? —había dicho—. ¿Estás incompleta o rota?
Clara había tardado en responder.
—Depende del día —había dicho finalmente.
Y Sofía se había reído, y el sonido había subido por las vigas de madera de la antigua fábrica de tejidos, y Clara había pensado esto es lo que quiero.
Y unos años después de ese momento había dicho que no podían seguir.
Había una cosa que Clara no se había permitido pensar con demasiada honestidad.
Que tenía miedo.
No de Sofía.
No de la relación.
Sino de lo que la relación significaba si era de verdad.
Que Clara Beltrán, que había pasado toda su vida siendo la persona que no necesitaba a nadie, necesitaba a alguien.
Que había construido su identidad entera sobre la independencia y la eficiencia y la capacidad de resolver cualquier cosa sola, y que Sofía llegaba a ese edificio cuidadosamente construido y simplemente se sentaba en él como si fuera suyo también y Clara no sabía qué hacer con eso.
La distancia que Clara mantenía de las cosas era una tecnología de supervivencia.
Lo había aprendido de sus padres, aunque ellos nunca se lo habían enseñado explícitamente.
Sus padres eran personas que se querían, o que habían querido, o que en algún momento habían decidido que quedarse era más sensato que irse, y habían construido una vida entera sobre ese acuerdo silencioso que a Clara le había parecido desde los doce años no amor sino resignación.
Su madre, que había dejado una carrera para quedarse. Su padre, que llegaba tarde y se iba temprano y llenaba los espacios del hogar con una presencia física que no era presencia emocional.
Clara había aprendido que los compromisos grandes costaban cosas grandes.
Que la familia podía ser el lugar donde uno desaparecía lentamente.
Y cuando Sofía le había ofrecido una vida compartida, una familia elegida, un compromiso de los grandes, algo en Clara había calculado el coste y había retrocedido.
Lo que no había calculado bien era el coste de la alternativa.
El segundo sobre de Laura lo había abierto la noche anterior.
Lo había hecho sin prepararse, casi sin decidirlo. Eran las doce, Emma dormía, y Clara estaba sentada en el sofá con el sobre en las manos y simplemente lo había abierto.
Era más corto que el primero.
Clara:
Sé que probablemente no quieres leer esto. Pero te lo cuento igual porque ya no tengo nada que perder.
Nunca entendí del todo por qué lo hiciste. Por qué la dejaste ir. Intenté preguntártelo de mil formas y siempre encontrabas una manera de contestar que sonaba a respuesta, pero no lo era.
Pero te observé durante el año que siguió. Y creo que lo entiendo un poco.
Tienes miedo de necesitar a alguien, Clara. Siempre lo has tenido. Y lo entiendo, de verdad que sí, porque nosotras aprendimos en la misma casa y yo también lo tenía. La diferencia es que yo tuve a Emma y Emma no me dejó opción. Encontré algo que no sabía que me faltaba.
Tú nunca te lo permitiste.
No sé si Sofía y tú podéis arreglarlo. Ni siquiera sé si tiene sentido intentarlo. Pero sí sé que la persona más valiente que conozco eres tú, y que el único sitio donde no has sido valiente es ese.
Te quiero, hermana.
Laura.
Clara había doblado la carta.
Había apagado la luz.
Había estado despierta hasta las tres de la mañana mirando el techo.
Ahora eran las nueve de la mañana de un jueves y Emma estaba en el colegio y Clara tenía que ir a trabajar y en cambio estaba sentada en el borde de la cama con la carta de Laura en las manos y el teléfono sobre la mesilla con el mensaje de Sofía de la noche anterior.
Claro. Dime dónde.
Y tenía que decidir qué iba a decirle. Cómo iba a decírselo. Qué palabras usaría para pedirle algo tan descomunal a alguien a quien había dejado ir.
Clara Beltrán, que siempre tenía las palabras ordenadas. Que siempre tenía el argumento preparado.
Esta vez no tenía argumentos.
Tenía solo esto.
Emma preguntando si iba a poder quedarse.
La trabajadora social hablando de estabilidad y de red y de alguien que esté aquí.
El abogado con su carpeta de datos que no mentían.
Y la voz de su hermana en el papel, diciéndole que el único sitio donde Clara Beltrán no había sido valiente era exactamente este.
Se duchó. Se vistió. Desayunó de pie frente al frigorífico, que seguía vacío en los sitios importantes.
Antes de salir escribió.
A las seis en la cafetería de Argüelles donde íbamos antes. Si te viene bien.
Envió el mensaje.
Se quedó mirando la pantalla durante exactamente cuatro segundos.
Luego cogió el abrigo y salió.
Porque quedarse mirando las cosas no las cambiaba.
Eso también lo había aprendido de los edificios.