Un lugar para quedarnos Capítulo 5
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Capítulo 5

El hogar insuficiente

La trabajadora social se llamaba Beatriz Fuentes y llegó un miércoles a las diez de la mañana.

Clara lo sabía desde el lunes. Rodrigo Camps la había llamado para avisarla con cuarenta y ocho horas de antelación, que era el procedimiento habitual en estos casos, y Clara había pasado esos dos días haciendo lo que hacía siempre cuando sabía que algo importante dependía de su capacidad de presentar las cosas correctamente.

Prepararse.

Había comprado flores para la mesa del salón. Tres tulipanes en un jarrón de cristal que normalmente vivía vacío en la estantería. Había reorganizado el estudio para que pareciera menos oficina y más espacio habitable.

Las carpetas de proyecto en el armario, los planos enrollados fuera de la vista, un libro de ilustraciones de arquitectura abierto sobre el sofá como si alguien lo hubiera estado leyendo por placer.

Había comprado fruta y la había puesto en un frutero en la cocina.

Había limpiado con una minuciosidad que excedía sus estándares habituales, que ya eran altos.

Emma estaba allí.

Eso era lo fundamental. Emma llevaba cuatro días viviendo con Clara.

Los papeles provisionales de guarda de hecho se habían gestionado con una rapidez que el abogado atribuyó a la voluntad expresa de Laura y a la falta de oposición inmediata del padre biológico, que de momento no había dado señales de vida.

La transición había sido difícil, y a la vez más natural de lo que Clara había esperado.

Emma dormía en el estudio, en el sofá convertido en cama, con el pingüino de peluche y una manta de cuadros que habían ido a buscar al piso de Laura. Se despertaba temprano y desayunaba con Clara antes de que Clara la llevara al colegio.

El martes por la mañana, mientras desayunaban, Emma había dicho:

—¿Las mariposas saben que van a morir?

Clara había dejado la taza en la mesa.

—No creo que las mariposas piensen en eso —había dicho con cuidado.

—Yo tampoco creo. —Emma había seguido comiendo su tostada—. Por eso están tan tranquilas.

Clara no había respondido a eso. Había puesto la mano en la cabeza de Emma un momento, sobre el pelo oscuro y revuelto de las mañanas, y Emma lo había dejado estar.

Eso también era nuevo. El contacto físico. Clara no era una persona de contacto físico fácil, nunca lo había sido, pero Emma lo necesitaba.

Beatriz Fuentes era una mujer de unos cuarenta años, con el pelo corto y una expresión profesionalmente neutra que no era frialdad sino entrenamiento.

Llevaba un cuaderno y un bolígrafo y una carpeta fina que dejó sobre la mesa del salón sin abrirla todavía, como si quisiera que los primeros minutos fueran conversación antes que protocolo.

—Señorita Beltrán —dijo—. Gracias por recibirme. Y quiero decirle antes de nada que entiendo que esta es una situación muy difícil. El objetivo de esta visita no es ponerle obstáculos sino conocer el entorno donde Emma podría desarrollarse.

—Lo entiendo —dijo Clara.

Emma estaba sentada en el sofá con un libro de animales que Sofía le había mandado por mensajería dos días antes, sin previo aviso, con una nota que decía solo para la investigadora de okapis. Emma lo había recibido con una solemnidad que, en otra circunstancia, habría hecho reír a Clara.

Beatriz Fuentes se giró hacia la niña.

—Hola, Emma —dijo—. ¿Qué estás leyendo?

Emma levantó el libro para que la trabajadora social viera la portada. Grandes mamíferos en peligro de extinción.

—¿Te gustan los animales?

—Depende del animal —dijo Emma—. Los okapis me gustan mucho. Los tiburones blancos me parecen interesantes, pero no me gustaría encontrarme uno.

Beatriz Fuentes sonrió. Una sonrisa pequeña y genuina que por un momento relajó la expresión profesional.

—Muy sensato —dijo.

Clara observó ese intercambio y sintió algo que era simultáneamente alivio y una especie de orgullo indirecto que no sabía muy bien dónde poner. Emma tenía ese efecto en la gente. Su forma de hablar, directa y sin adornos, desarmaba a los adultos que esperaban un lenguaje más infantil.

—¿Puedo ver el resto del piso? —preguntó la trabajadora social, dirigiéndose de nuevo a Clara.

—Por supuesto.

El recorrido duró veinte minutos. Beatriz Fuentes miró con atención sin ser invasiva. La habitación donde Emma dormía, la cocina, el baño. Hacía preguntas mientras caminaba, preguntas que parecían de conversación pero que Clara identificaba como estructuradas.

¿Emma tiene un espacio propio?

El estudio convertido en su cuarto, sí, provisional hasta que pueda reorganizarse el espacio definitivamente.

¿Cómo son los horarios de Clara?

Variables según el proyecto, pero con capacidad de ajuste. Había hablado ya con su estudio para repartir carga.

¿Qué apoyos tiene?

Sus padres, en contacto diario, aunque en Salamanca. Amigos. La comunidad del colegio de Emma, con quien ya había hablado la tutora.

¿Emma ha expresado cómo se siente aquí?

Sí, en la medida en que una niña de nueve años puede expresar algo tan complejo.

Volvieron al salón. Beatriz Fuentes abrió su carpeta y tomó algunas notas que Clara no podía leer desde donde estaba sentada.

—Emma —dijo la trabajadora social—, ¿te importa ir un momento a tu cuarto? Tengo que hablar un poco con tu tía.

Emma las miró a ambas.

—¿Es sobre mí? —preguntó.

—Sí.

—¿Me lo vais a contar después?

Beatriz Fuentes miró a Clara.

—Lo que sea relevante, sí —dijo Clara.

Emma consideró esto durante dos segundos. Luego recogió su libro y fue al estudio sin más objeciones. Clara escuchó la puerta cerrarse con suavidad.

—Es una niña notable —dijo Beatriz Fuentes, cuando Emma ya no estaba.

—Sí —dijo Clara.

—¿Cómo está llevando el duelo?

—Tiene momentos de mucha tristeza y momentos en que parece... casi normal. La tutora me ha dicho que en el colegio está bien, que sus amigas la están apoyando bien.

—¿Y usted? ¿Tiene apoyo?

Clara tardó un segundo.

—Sí —dijo.

La trabajadora social asintió y escribió algo. Luego dejó el bolígrafo sobre la carpeta y juntó las manos sobre la mesa con ese gesto que antecede a las cosas que se dicen con cuidado.

—Señorita Beltrán, voy a ser directa con usted porque creo que lo prefiere así.

—Lo prefiero así.

—He revisado su situación. Tiene usted una posición económica sólida, una trayectoria profesional excelente, y es visible que tiene una relación afectiva real y profunda con Emma.

Todo eso cuenta, y cuenta mucho. Pero hay elementos que la otra parte va a señalar, y sería un flaco favor por mi parte no mencionarlos.

Clara esperó.

—Vive usted sola. En un piso de setenta metros cuadrados con un dormitorio.

La habitación de Emma es el estudio convertido, lo cual es provisional pero que en una evaluación larga puede leerse como falta de adecuación del espacio.

Sus horarios de trabajo son exigentes, y aunque usted me dice que tiene capacidad de ajuste, la historia laboral de los últimos cinco años muestra una dedicación muy intensa.

Y no tiene una red de convivencia inmediata. Aquí, en Madrid, en el día a día.

Clara escuchó cada palabra.

Las escuchó con esa parte de ella que procesaba información estructural y buscaba los puntos de fallo. Cada observación era un punto de fallo real. No injusta, no inventada. Real.

—¿Qué cambiaría la evaluación? —preguntó.

Beatriz Fuentes la miró.

—La estabilidad de un hogar —dijo—no depende de una sola persona.

Los jueces, cuando evalúan la custodia de un menor, buscan entornos donde haya más de un adulto de referencia.

No necesariamente un matrimonio, no estamos en esa época, pero sí una estructura de apoyo inmediata y visible.

Alguien que esté aquí. Que comparta la responsabilidad del día a día.

Clara asintió muy despacio.

—¿Hay algo más que deba saber sobre el proceso? —preguntó.

—La vista preliminar será en aproximadamente diez semanas. Antes habrá una segunda visita de seguimiento, en unas cuatro semanas.

Beatriz Fuentes recogió su carpeta

—Mi informe intentará ser lo más completo y equilibrado posible. Le recomiendo que en ese tiempo trabaje en consolidar lo que mencionamos. El espacio de Emma, los apoyos, la rutina. Muéstreme que esto no es provisional. Que es un hogar.

Se levantó.

Clara también.

—Una cosa más —dijo la trabajadora social ya en la puerta—. La familia García ha presentado formalmente una solicitud de custodia. Lo sabrá por su abogado, supongo. Solo quería que supiera que lo sé yo también, y que eso hace que el proceso sea más... observado.

—Lo entiendo —dijo Clara.

Beatriz Fuentes asintió.

—Cuídese, señorita Beltrán. Y cuide a esa niña, que tiene muy buenas preguntas sobre tiburones.

Cerró la puerta.

Clara se quedó parada en el recibidor durante un momento que no supo medir. Luego fue al estudio.

Emma estaba tumbada en la cama con el libro de animales abierto por la página de los elefantes africanos, pero no lo estaba leyendo. Miraba el techo.

—¿Ya se fue? —preguntó sin moverse.

—Ya se fue.

—¿Qué ha dicho?

Clara se sentó en el borde de la cama.

—Ha dicho que tienes muy buenas preguntas —dijo Clara.

Emma arrugó la nariz.

—¿Y lo de verdad importante?

Clara la miró. Nueve años. Con los ojos de Laura y esa forma de preguntar directamente que no admitía respuestas a medias.

—Lo de verdad importante es que tenemos que trabajar para que esto funcione bien —dijo Clara—. Para que puedas quedarte aquí.

—¿Puede ser que no me quede?

—Voy a hacer todo lo posible para que te quedes —dijo Clara—. Todo. ¿De acuerdo?

Emma la miró durante un momento.

—¿Todo lo posible es suficiente? —preguntó.

Clara respiró.

—Voy a intentar que lo sea.

Emma asintió. Bajó los ojos al libro. Pasó una página sin leerla.

—El elefante africano —dijo—puede reconocer a otros elefantes que conoció hace veinte años. —Una pausa—. Me parece bien eso. Que no olviden.

Clara no respondió. Puso la mano sobre el pelo de Emma un momento, esa misma forma que estaba aprendiendo a usar, y Emma no se movió.

Esa tarde, cuando Emma estaba en el colegio, Clara se sentó en el sofá del salón y marcó el número de Rodrigo Camps.

El abogado respondió al segundo tono.

—Señorita Beltrán. Supongo que ha recibido la notificación de la familia García.

—Sí. ¿Qué posibilidades tenemos?

Una pausa breve.

—Reales, sí. Pero hay que trabajarlas. La evaluación de hoy, ¿cómo ha ido?

—Ha identificado exactamente los puntos débiles que usted mencionó. Vivo sola. Trabajo mucho. No tengo una red inmediata.

—¿Y tiene algún plan para reforzar esos puntos?

Clara miró los tulipanes sobre la mesa.

Pensó en lo que la trabajadora social había dicho.

Alguien que esté aquí. Que comparta la responsabilidad del día a día.

Pensó en la carta de Laura en el cajón de su mesilla. Los tres sobres numerados, el segundo y el tercero todavía cerrados.

Pensó en Sofía.

En Sofía, que estaba en Madrid. Que había respondido al hospital a las siete de la mañana sin hacer preguntas. Que había mandado un libro a Emma porque sí, porque se le había ocurrido, porque era así.

La idea que llevaba días rondando los bordes de su pensamiento se quedó quieta un momento.

Clara la miró de frente.

Era una locura. Era pedirle algo que no tenía ningún derecho a pedir. Era reabrir algo que había cerrado ella, con sus propias manos, hace tres años, y que Sofía había tenido que aprender a sobrevivir.

Pero Emma llevaba cuatro días preguntando cuándo iba a volver a casa.

Y Laura había escrito confío en ti. Completamente.

—Tengo un plan —dijo Clara al teléfono—. Necesito un par de días para confirmarlo.

—¿Quiere contarme en qué consiste?

—Todavía no. Necesito hablar primero con alguien.

Un silencio corto.

—De acuerdo —dijo el abogado—. Pero no tarde demasiado. El tiempo en estos procesos...

—Lo sé —dijo Clara—. Gracias.

Colgó.

Se quedó sentada con el teléfono en la mano, mirando los tulipanes que se inclinaban hacia la luz de la ventana con esa obstinación vegetal de las cosas que siguen buscando algo, aunque el suelo ya no sea el mismo.

Luego abrió los contactos.

Buscó el nombre.

Y esta vez no lo cerró.

Sofía. ¿Puedes quedar mañana? Necesito hablar contigo en persona. Es importante.

El mensaje se envió con ese sonido pequeño y definitivo de las cosas que ya no se pueden deshacer.

Clara dejó el teléfono sobre la mesa.

Miró el techo.

Pensó en todo lo que iba a tener que decir mañana. En cómo empezarlo. En la cara que pondría Sofía cuando lo escuchara. En los tres años de silencio entre ellas que esa conversación iba a tener que cruzar de alguna forma.

El teléfono vibró.

Claro. Dime dónde.

Clara cerró los ojos un momento.

Luego los abrió y respondió.