Capítulo 4
La voluntad
El despacho del abogado olía a papel viejo y a calefacción excesiva.
Clara lo notó nada más entrar, ese calor seco que reseca la garganta y que en cualquier otra circunstancia la habría irritado levemente.
Hoy no la irritó.
Hoy registraba las cosas con ese retraso de décimas de segundo que llevaba instalado desde hacía cuatro días, como si entre el mundo y su cerebro hubiera un filtro nuevo que ralentizaba el procesamiento de lo irrelevante para reservar capacidad para lo que no podía ignorar.
El abogado se llamaba Rodrigo Camps.
Era un hombre de unos cincuenta y cinco años, con gafas de montura fina y esa expresión de quien lleva décadas escuchando las partes más difíciles de la vida de la gente y ha aprendido a hacerlo sin que se le note demasiado en la cara.
—Señorita Beltrán —dijo, levantándose cuando Clara entró—. Acompáñeme, por favor.
Clara se sentó frente a su mesa. Dejó el abrigo en el respaldo de la silla. Puso el bolso en el suelo. Cruzó las manos sobre la rodilla.
Estaba sola. Sus padres habían ofrecido venir, pero Clara había dicho que no era necesario, y sus padres no habían insistido demasiado.
—Ante todo —dijo el abogado—, lo siento mucho. La pérdida de su hermana es una circunstancia muy dura.
—Gracias —dijo Clara con ese tono que significaba aprecio el gesto, podemos continuar.
Rodrigo Camps lo entendió. Abrió una carpeta.
Laura había sido ordenada en este aspecto, lo cual no habría sorprendido a Clara si hubiera tenido espacio para ser sorprendida.
Laura era caótica en la superficie, la casa siempre con demasiadas cosas, los libros mezclados, el arroz quemado.
Pero debajo de ese caos doméstico había una inteligencia práctica que Clara siempre había respetado.
Laura pagaba sus seguros a tiempo, guardaba los contratos, hacía copias de los documentos importantes.
Había un testamento. Redactado hacía dos años, actualizado hace ocho meses.
El abogado lo leyó despacio.
Clara escuchó.
La mayor parte era lo que esperaba. El piso, que era de alquiler pero cuyos contenidos y depósito correspondían a Laura; las cuentas bancarias; los objetos de valor, pocos y específicos.
Había un apartado sobre Emma que el abogado leyó con más cuidado, subiendo levemente el volumen como si quisiera asegurarse de que cada palabra llegaba correctamente.
En caso de que yo no pudiera hacerme cargo de mi hija Emma García Beltrán, expreso mi deseo de que la tutela recaiga sobre mi hermana Clara Beltrán, a quien considero la persona más capacitada para ofrecerle estabilidad, amor y continuidad en su desarrollo.
Clara escuchó esas palabras.
Las escuchó y sintió algo que no era exactamente tristeza y no era exactamente gratitud sino una mezcla de las dos cosas más algo adicional que no tenía nombre todavía.
—El deseo expresado en el testamento tiene peso moral y puede influir en la decisión judicial —dijo el abogado—, pero quiero ser claro con usted desde el principio, no es vinculante legalmente de forma automática.
La custodia de una menor no se determina únicamente por la voluntad expresada del progenitor fallecido. Hay otros factores.
—¿Qué factores?
Rodrigo Camps se recostó levemente en su silla. No de forma relajada, sino de la forma en que alguien se prepara para decir algo que no es fácil de decir.
—El padre biológico de Emma —dijo.
Clara lo miró.
—Marcos García lleva más de cuatro años sin contacto regular con Emma —dijo Clara. Lo dijo con calma, con datos, de la forma en que presentaba argumentos en las reuniones técnicas—. Ha faltado a pagos de pensión en varias ocasiones. Mi hermana tenía documentación de todo eso.
—Lo sé. Y eso es relevante. —Una pausa—. Pero sigue teniendo derechos legales. La ausencia no extingue automáticamente la patria potestad. Y si él decide reclamar la custodia, tendrá que ser el juez quien evalúe la situación.
—¿Va a reclamarla?
—Aún no lo sabemos. Hemos enviado notificación a través de los canales habituales. —El abogado abrió otra página de la carpeta—. Pero hay otra cosa que necesito comentarle.
Clara esperó.
—Los padres de Marcos García —dijo—se han puesto en contacto con un despacho de familia. Ayer.
Silencio.
—Los abuelos paternos —dijo Clara.
—Los señores García Montero, sí. Son los abuelos paternos de Emma. Y según tengo entendido, han iniciado consultas para explorar la posibilidad de solicitar la custodia ellos mismos, o alternativamente de apoyar la reclamación del padre.
Clara procesó eso.
Lo procesó con esa parte de su cerebro que no se desconectaba nunca, la parte arquitectónica que evaluaba estructuras y encontraba los puntos de tensión.
Los abuelos paternos.
Una familia que Laura había mencionado en contadas ocasiones y nunca en términos cálidos. Conservadores, dijo una vez. Convencidos de que Laura había cometido un error teniendo a Emma de la forma en que lo hizo.
—¿En qué se basan? —preguntó Clara.
—En que consideran que usted —el abogado eligió las palabras con cuidado—no ofrece las condiciones óptimas para el desarrollo de una menor.
—¿Qué condiciones?
Rodrigo Camps la miró por encima de las gafas.
—Vive sola, señorita Beltrán. Tiene una carrera exigente con horarios irregulares. No tiene experiencia directa de convivencia con una menor de forma continuada. Y... —Una pausa pequeña que Clara leyó perfectamente—. No tiene pareja estable.
Clara no dijo nada durante un momento.
—Eso último —dijo finalmente—no es un criterio legal.
—No lo es explícitamente, tiene razón. Pero los jueces evalúan el entorno familiar en su conjunto.
La estabilidad. La red de apoyo. La capacidad de ofrecer una estructura doméstica coherente para una niña de nueve años.
No digo que tenga razón la familia García.
Digo que ese es el argumento que van a construir.
Clara miró la carpeta.
Pensó en Emma. En Emma de nueve años que llevaba cuatro días durmiendo en casa de sus abuelos maternos porque era la solución más inmediata mientras se resolvía la situación, y que llamaba a Clara dos veces al día con preguntas que a veces eran sobre cosas prácticas y a veces eran preguntas que no eran preguntas sino formas de comprobar que Clara seguía ahí.
—¿Qué necesito demostrar? —dijo Clara.
—Estabilidad —dijo el abogado sin dudar—. Eso es lo fundamental. Estabilidad económica, que ya tiene. Estabilidad doméstica, que puede construir. Y apoyo. El juez va a querer ver que Emma no entraría en un hogar de una sola persona sin red.
—Tengo a mis padres.
—Sus padres están en Salamanca y tienen setenta y dos y sesenta y ocho años respectivamente. Son un apoyo, sí. Pero el argumento de la familia García va a ser que usted no tiene un entorno doméstico primario sólido.
Clara asintió muy despacio.
—¿Cuánto tiempo tengo?
—La vista preliminar sería en aproximadamente tres meses.
Antes habrá una evaluación por parte de un trabajador social que visitará el domicilio que usted proponga como hogar de Emma.
—El abogado hizo una pausa—. Señorita Beltrán, no quiero alarmarla innecesariamente.
Tiene argumentos sólidos. La voluntad de su hermana cuenta.
Su trayectoria profesional y económica cuenta.
Pero sería negligente por mi parte no decirle que el caso no es sencillo.
El abogado sacó unos papeles de una carpeta.
—Su hermana dejó esto junto con el testamento —dijo—. Son cartas personales. La notaría me las entregó con instrucciones precisas. Debían llegar a usted solo si se activaba el testamento. No antes.
Le tendió un sobre de papel manila con la palabra Clara escrita en el exterior.
— ¿Sabe qué contienen? — dijo Clara.
— No las he abierto. No es mi función. Pero su hermana fue muy específica con la notaría sobre cómo debían entregarse. Dentro hay tres sobres más pequeños, numerados. Me indicó que se lo dijera. Están pensados para leerse en orden, y no necesariamente todos de golpe.
Clara sostuvo el sobre grande en las manos.
— Gracias —dijo.
Se levantó. Extendió la mano. El abogado la estrechó.
—Gracias por su sinceridad —dijo Clara.
—Es mi trabajo. —Una pausa—. ¿Tiene usted a alguien con quien hablar de esto? Familia, amigos...
—Sí —dijo Clara.
Cogió el abrigo. El bolso. Salió.
Clara caminó media manzana y luego se paró en el portal de un edificio que no era el suyo y se apoyó en la pared de piedra fría y respiró.
Estabilidad.
Pensó en su piso. En el estudio que era básicamente una oficina con sofá.
En los armarios ordenados y el frigorífico siempre a medias y las paredes sin fotos.
Pensó en su agenda de la semana siguiente, que tenía reuniones de obra por la mañana y revisiones de proyecto por la tarde y una llamada con un cliente en Barcelona que se había pospuesto dos veces.
Pensó en Emma preguntando ¿cuándo vuelve mamá? con esa voz que todavía no entendía del todo lo que había preguntado.
Pensó en los abuelos García, a quienes no había visto nunca, construyendo un argumento en un despacho de abogados sobre lo que Emma necesitaba.
Sacó el teléfono.
Buscó en los contactos sin saber muy bien qué buscaba. Pasó por nombres. Se detuvo en uno.
Sofía Marín.
Lo miró durante un momento.
Guardó el teléfono sin llamar.
Volvió a casa a pie porque necesitaba el trayecto. Cuarenta minutos a paso rápido con el frío cortándole las mejillas y los pies memorizando las calles sin que tuviera que pensar en el recorrido.
En casa puso agua a hervir para el té que no iba a beber. Abrió el ordenador. Cerró el ordenador. Se quedó sentada en el sofá con las manos en el regazo mirando el espacio vacío frente a ella.
Red de apoyo. Entorno doméstico primario. Estabilidad.
La cabeza le hacía lo que hacía siempre cuando encontraba un problema estructural.
Buscar soluciones.
Buscar la forma de reparar lo que no cuadraba.
Doce centímetros de diferencia entre el plano y la realidad.
Encontrar el error.
Corregirlo.
Construir encima.
Pero esta vez el problema no era un plano.
Era su vida entera.
Y la solución que empezaba a tomar forma en algún lugar entre el miedo y la desesperación era tan improbable, tan descabellada, que Clara la dejó pasar dos veces antes de permitirse pensarla de verdad.
Sofía.
Sofía, que tenía horarios flexibles. Sofía, que había conectado con Emma de forma instantánea cuando Emma era pequeña. Clara siempre había admirado y envidiado levemente eso porque a ella las cosas con los niños le salían bien, pero le costaban, mientras que a Sofía simplemente le salían.
Sofía, que estaba en Madrid. Que había venido al hospital sin pensarlo. Que se había quedado todo el día sin que nadie se lo pidiera.
Sofía, con quien no se hablaba desde hacía tres años.
Clara cerró los ojos.
La idea era una locura. Era injusta. Era pedirle algo que no tenía ningún derecho a pedir.
Pero Emma llevaba cuatro días preguntando cuándo iba a volver a casa.
Y Laura había dicho que quería que Emma se quedara con Clara.
Y Clara no sabía hacer otra cosa que intentarlo.
Esa noche, a las once y media, le llegó un mensaje.
¿Cómo estás?
Clara miró el mensaje. La pregunta más sencilla. La más difícil de responder con honestidad.
Respondió.
Complicado. ¿Puedo llamarte mañana?
La respuesta llegó en menos de un minuto.
Cuando quieras.
Clara dejó el teléfono en la mesilla.
Apagó la luz.
En el techo de su dormitorio, que era blanco y liso y que llevaba años mirando sin ver nada, Clara Beltrán empezó a construir mentalmente algo que todavía no sabía cómo llamar.
Un plan.
O el principio de uno.
Fue tres días después que leyó la primera carta.
Estaba en el piso de Laura. Clara había ido a recoger ropa de Emma. El pijama favorito, los libros que estaba leyendo, el peluche de pingüino que dormía con ella desde los cuatro años y cuya ausencia había mencionado un par de veces.
Clara se sentó en el borde de la cama de su hermana con el sobre grande en las manos durante un tiempo que no midió. Luego abrió el número uno.
Clara:
Si estás leyendo esto es que ha pasado lo que no quería que pasara. Lo siento. Sé que esto es una forma horrible de decirte algunas cosas que tendría que haberte dicho en persona, pero ya sabes cómo soy. Las cosas importantes me salen mejor por escrito.
Emma es lo más importante. Tú lo sabes y yo lo sé y por eso eres tú quien está leyendo esto.
Cuídala como tú sabes cuidar las cosas que importan. Con esa atención tuya que parece fría desde fuera y que por dentro es todo lo contrario.
Hay otras cosas que quiero decirte. Están en los otros sobres. Pero este primero es solo para decirte que confío en ti. Completamente. Siempre lo he hecho.
Te quiero, hermana.
Laura.
Clara dobló la carta.
La dobló con mucho cuidado, por las mismas arrugas por donde la había doblado Laura, y la volvió a meter en el sobre.
Se quedó sentada en el borde de la cama de su hermana durante un rato largo, con las manos sobre el sobre en el regazo y el silencio del piso alrededor de ella, ese silencio que no era paz sino ausencia.
No abrió los otros dos sobres esa noche.
Recogió la ropa de Emma, el pijama, los libros, el pingüino de peluche. Cerró el cajón. Apagó la luz del dormitorio de Laura.
Cerró la puerta del piso con cuidado, como si no quisiera hacer ruido.
Y bajó a la calle con el sobre en el bolso, pensando en lo que había leído y en lo que quedaba por leer y en la conversación que tenía pendiente con Sofía, que cada día que pasaba se hacía más inevitable y más imposible a partes iguales.