Un lugar para quedarnos Capítulo 3
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Capítulo 3

La llamada

La llamada llegó a las seis y cuarenta y siete de la mañana.

Sofía lo supo porque el teléfono vibró sobre la mesilla.

Ella llevaba ya un rato despierta, mirando el techo en la oscuridad, sin razón concreta para estarlo.

Había dormido en bloques, dos horas, luego nada, luego otra hora y media, luego ese duermevela frágil que no descansa pero que tampoco es exactamente vigilia.

Vio el nombre en la pantalla.

Clara Beltrán.

—¿Sí? —dijo.

Al otro lado hubo algo que no era silencio pero que tampoco era una voz todavía. Un sonido. Una respiración demasiado controlada, de esas que requieren esfuerzo.

—Clara —dijo Sofía.

—Sofía.

Y en esa sola palabra, en cómo sonaba su nombre en esa voz que no había escuchado en tres años, Sofía supo que algo había pasado.

—Necesito... —Se detuvo. Empezó de nuevo—. Ha habido un accidente.

Sofía se sentó en la cama. Sin pensarlo.

—¿Qué ha pasado?

—Laura. —Otra pausa. Corta y enorme al mismo tiempo—. Mi hermana. Ha habido un accidente de tráfico esta noche. Ella... —La voz se quebró—. No ha sobrevivido.

—Dios mío —dijo Sofía, en voz baja.

—Estoy en el hospital. El Gregorio Marañón. Emma está... Emma está aquí conmigo, está dormida en una silla, yo no sé... —Respiró—. No sé por qué te llamo. Es que no sé a quién más llamar.

Eso, de alguna forma, fue lo que más le dolió a Sofía. No el accidente todavía, que aún no era real, que era todavía solo palabras en la oscuridad.

No sé a quién más llamar.

Clara, que había pasado toda su vida siendo el punto de apoyo de los demás, que nunca había pedido nada, que había construido su independencia con la paciencia y la firmeza de quien levanta un muro piedra a piedra. Clara diciéndole que no había nadie más.

—Voy —dijo Sofía.

—No tienes que...

—Voy. Dame veinte minutos.

No esperó respuesta. Colgó, encendió la luz, buscó ropa en la maleta que había deshecho la tarde anterior y que todavía estaba ordenada con esa lógica funcional de quien sabe que puede necesitar coger algo rápido. Vaqueros. Jersey grueso. Las botas. El abrigo del gancho detrás de la puerta.

Tardó doce minutos.

El Gregorio Marañón a las siete de la mañana de un martes tenía esa atmósfera específica de los hospitales en las horas que no son ni noche ni día, los pasillos con luz artificial constante, el sonido de las ruedas de las camillas sobre el suelo, el personal de guardia con ese cansancio que ya no es cansancio sino estado permanente.

Encontró a Clara en la sala de espera de urgencias.

La reconoció antes de llegar porque la espalda de Clara era inequívoca. Recta, tensa. Estaba sentada en una silla con las manos en el regazo y los ojos fijos en un punto de la pared que no tenía nada que ofrecer a la vista.

A su lado, en la silla contigua, Emma dormía hecha un ovillo con el abrigo de Clara tapándole los hombros.

Sofía se detuvo un momento.

Tres años. Tres años sin verla, y el cuerpo reaccionó igual que siempre había reaccionado a la presencia de Clara.

Clara levantó la vista.

Sus miradas se encontraron.

No hubo saludo. No hacía falta. Sofía cruzó el espacio entre ellas y se sentó en la silla del otro lado, y durante un momento no dijo nada porque no había nada que decir que fuera lo suficientemente real para el tamaño de lo que había pasado.

—Gracias por venir —dijo Clara.

—No me des las gracias.

Clara asintió. Miró a Emma.

La niña dormía con esa entrega absoluta de los niños, el cuerpo completamente rendido al sueño a pesar de la silla dura y la luz fría y el ruido de fondo.

Tenía el pelo oscuro extendido sobre el abrigo de Clara y una de las coletas deshecha, y en la expresión dormida no había nada que indicara lo que iba a encontrar cuando despertara.

—¿Lo sabe? —preguntó Sofía en voz baja.

—Todavía no. Cuando llegué estaba dormida en el coche de los vecinos que la trajeron. No he querido despertarla.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Desde las dos.

Eran casi las siete y media.

Sofía miró a Clara de perfil. La línea de su mandíbula, tensa. Los dedos entrelazados en el regazo con demasiada fuerza. Los ojos que no lloraban y que Sofía sabía, no iban a llorar aquí, no delante de nadie, no mientras Emma estuviera a su lado necesitando que alguien fuera el adulto capaz.

—¿Has llamado a alguien más? —preguntó.

—A mis padres. Vienen desde Salamanca, llegarán en unas horas. —Una pausa—. Y al abogado de Laura, aunque todavía no sé por qué, supongo que... hay cosas que gestionar. Trámites.

—¿Qué necesitas ahora mismo? —dijo Sofía.

Clara tardó en responder.

—No lo sé —dijo finalmente.

Emma se despertó a las ocho menos diez.

Fue gradual, primero un movimiento, luego un sonido pequeño, luego los ojos abriéndose con esa lentitud de los niños que salen del sueño sin prisa. Miró el techo. Miró a Clara. Vio a Sofía y parpadeó, sin reconocerla del todo.

—¿Dónde estamos? —preguntó Emma.

—En el hospital —dijo Clara—. Estás conmigo, cariño. Estás bien.

Emma miró alrededor con esa atención que tienen los niños cuando algo no encaja.

—¿Por qué estamos en el hospital?

Y luego, antes de que Clara pudiera responder

—¿Dónde está mamá?

Clara cogió aire.

Sofía vio cómo lo hacía. Vio el momento exacto en que Clara Beltrán, que había pasado toda la noche manteniéndose entera con la misma voluntad con que se mantiene en pie un edificio con las vigas dañadas, reunía todo lo que le quedaba para hacer la cosa más difícil que iba a hacer en mucho tiempo.

Se agachó hasta quedar a la altura de Emma. Le tomó las manos.

—Emma —dijo—. Necesito contarte algo muy importante. Y quiero que sepas que estoy aquí, ¿vale? Que no te voy a dejar sola.

Emma la miró.

Sofía miró hacia otro lado.

Lo que siguió después Sofía lo recordaría siempre en fragmentos, como las fotos de una secuencia que no se desarrollaron del todo. El sonido de Emma cuando entendió, que no fue un llanto inmediato sino primero un silencio y luego una pregunta.

—¿Pero cuándo vuelve?

Y luego la comprensión llegando en oleadas porque la mente de un niño se protege recibiendo las cosas de poco en poco.

Clara la sostuvo. La sostuvo durante mucho tiempo, sentadas en las sillas del hospital con el abrigo de Clara todavía sobre los hombros de Emma, y no dijo nada que no fuera necesario porque Clara sabía, instintivamente, que las palabras de consuelo vacías eran peores que el silencio.

Sofía fue a buscar agua.

Era lo único que podía hacer. Encontró una máquina expendedora al final del pasillo y compró tres botellas sin saber si alguien las quería, y en el camino de vuelta se apoyó un momento contra la pared fría del hospital y respiró.

Una vez. Dos veces. Con esa técnica que había aprendido de una psicóloga de ONG en Nairobi, hace cuatro años, cuando el trabajo empezaba a dejar residuos que no desaparecían del todo entre encargo y encargo.

Laura tenía treinta y siete años. Un año más que Sofía. Clara la había mencionado en tantas conversaciones durante los años que estuvieron juntas que Sofía tenía de ella una imagen compuesta de anécdotas.

Laura que siempre quemaba el arroz, Laura que leía tres libros a la vez y los mezclaba, Laura que había llamado a Clara llorando cuando le pusieron mal la tarta de cumpleaños de Emma porque había pedido dinosaurios y le habían puesto flores.

Laura, que había llamado a Clara la semana pasada para preguntarle si había vuelto a hablar con Sofía.

Sofía no sabía eso todavía. Lo sabría después.

Volvió con el agua.

Los padres de Clara llegaron poco antes de las diez.

La madre entró primero, con ese paso rápido de quien ha conducido horas con el estómago contraído, y abrazó a Clara con una fuerza que Sofía observó desde la distancia.

El padre venía detrás, más lento, más gris.

Se quedó parado un momento en la puerta de la sala de espera mirando a su hija como si no supiera qué hacer con las manos.

Clara los atendió. Respondió preguntas. Explicó lo que había que explicar. Sofía la observó funcionar con esa eficiencia que era al mismo tiempo admirable y dolorosa, esa forma que tenía de convertirse en la persona que organiza cuando todos los demás se desmoronan.

La madre de Clara vio a Sofía.

Hubo un momento breve, un parpadeo de reconocimiento.

—Sofía —dijo.

Sin calidez especial, sin frialdad tampoco. Solo el nombre, como un hecho.

—Señora Beltrán. Lo siento muchísimo.

La madre asintió y volvió a mirar a Clara, y Sofía entendió que no había nada más que decir en esa dirección.

Emma estaba con los abuelos ahora, sentada entre ellos en el banco, y Clara se había apartado un paso del grupo. Sofía se acercó.

—¿Necesitas que me quede? —dijo en voz baja.

Clara miró a su familia. Miró a Emma. Miró a Sofía.

—No tienes por qué.

—Eso no es lo que te he preguntado.

Una pausa larga.

—Sí —dijo Clara. Casi sin voz—. Si puedes.

Sofía asintió.

Se quedó.

Los trámites del hospital duraron hasta pasado el mediodía. Había formularios, había médicos que explicaban cosas con esa amabilidad entrenada de quien da malas noticias con regularidad, había decisiones que tomar sobre cosas que nadie quiere tener que decidir.

Clara las tomó todas.

Sofía estuvo cerca sin estar encima, en ese equilibrio difícil de encontrar que consiste en ser una presencia sin convertirse en una carga.

En un momento, mientras Clara estaba con un médico y los abuelos llevaban a Emma a la cafetería, Sofía se quedó sola en la sala de espera.

Sacó el teléfono. Lo miró. Lo guardó.

Pensó en la última vez que había visto a Clara, tres años atrás, en el piso que habían compartido durante cinco años.

La conversación que no había sido una discusión porque las discusiones de Clara nunca levantaban la voz.

Clara diciéndole que necesitaba tiempo. Clara con esa expresión de quien ha tomado una decisión y la ha tomado sola y ya no hay nada que discutir.

Pensó en lo que había sentido entonces. Primero incredulidad, luego rabia, luego tristeza.

Pensó en lo que había hecho después. Deshacerse, recomponerse, coger un avión a algún sitio donde hubiera algo urgente que fotografiar.

Eso era lo que hacía Sofía cuando las cosas se rompían. Irse a algún lugar donde los problemas fueran tan grandes que los propios empalidecieran.

Había funcionado, más o menos.

Hasta Esmirna.

Pero eso era otro capítulo. Uno que todavía no había decidido cómo contar.

A las dos de la tarde, los padres de Clara se llevaron a Emma a su casa.

Era lo más sensato. La niña necesitaba un espacio conocido, comida real, una cama.

Clara los acompañó al aparcamiento con Emma aferrada a su mano, y cuando la niña subió al coche se agachó a su altura y le dijo algo que Sofía no escuchó desde donde estaba.

Emma le rodeó el cuello con los brazos.

Se quedaron así un momento.

Clara tenía los ojos cerrados.

Sofía miró hacia otro lado.

Cuando el coche se fue, Clara se quedó parada en la entrada del aparcamiento durante un rato.

Sofía esperó.

Luego Clara se giró. Caminó de vuelta hacia donde estaba Sofía. Se paró a un metro de distancia con las manos en los bolsillos del abrigo y el pelo suelto y los ojos que seguían sin llorar pero que estaban, Sofía lo veía, en algún borde que requería esfuerzo constante para no cruzar.

—Gracias —dijo Clara—. Por quedarte.

—No me des las gracias.

El frío del aparcamiento era más cortante que en la calle, ese frío de hormigón y sombra. Un coche pasó despacio buscando plaza.

—¿Tienes hambre? —preguntó Sofía.

Clara parpadeó. Como si la pregunta fuera en un idioma que tardara un momento en traducir.

—No sé —dijo.

—Eso es un sí —dijo Sofía—. Ven.

No esperó respuesta. Empezó a caminar hacia la salida del aparcamiento, y después de un segundo escuchó los pasos de Clara detrás de ella.

Encontraron un bar a dos calles del hospital, de esos bares sin pretensiones con servilletas de papel y la televisión puesta en un canal de noticias con el volumen bajo. Pidieron dos cafés y dos bocadillos que Clara comió en silencio.

No hablaron de Laura. No todavía. No había palabras correctas para eso todavía.

Hablaron de Emma. De los trámites de los días siguientes.

De lo que había que hacer primero y lo que podía esperar.

Clara lo organizaba mentalmente mientras hablaba, Sofía lo veía, esa forma suya de convertir el dolor en lista de acciones porque las listas tienen principio y tienen final y el dolor no.

En un momento, Clara dejó el bocadillo a medias y se quedó mirando la mesa.

—No sé cómo va a ser esto —dijo—. Nunca he... no sé cómo se hace esto.

Sofía no dijo que todo iba a estar bien. No lo dijo porque no lo sabía y porque Clara habría identificado la mentira de inmediato y porque había cosas que no se dicen solo para llenar el silencio.

—Nadie sabe cómo se hace —dijo en cambio—. Se hace de todas formas.

Clara levantó la vista.

Se miraron durante un momento. Esas dos personas que habían sido lo más importante la una para la otra y que llevaban tres años siendo extraña. Con el ruido del bar a su alrededor y el café enfriándose y la televisión mostrando imágenes de algún sitio lejano donde también pasaban cosas.

—Sí —dijo Clara finalmente.

Pagaron. Salieron.

En la calle, antes de separarse, Clara dijo:

—¿Seguirás en Madrid?

—De momento sí.

Clara asintió. Miró la acera. Volvió a mirar a Sofía.

—Gracias —dijo una vez más.

Y esta vez Sofía no le dijo que no se lo agradeciera.

Caminaron en direcciones distintas.

Sofía llegó al piso de Malasaña, subió las escaleras, entró, cerró la puerta y se quedó apoyada en ella en la oscuridad del recibidor.

Pensó en Laura. Pensó en Emma, dormida en las sillas del hospital con el abrigo de su tía cubriéndole los hombros. Pensó en la expresión de Clara en el aparcamiento, parada frente al espacio donde había estado el coche, con los ojos al borde de algo que no se permitía cruzar.

Luego fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua, y se sentó a la mesa en silencio.

Fuera empezó a llover.