Un lugar para quedarnos Capítulo 2
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Capítulo 2

Lo que quedó sin terminar

El avión aterrizó en Barajas a las siete y dieciocho minutos de la mañana.

Sofía lo supo porque miró el reloj tres veces durante el descenso, no por ansiedad sino por ese hábito adquirido en años de vuelos a lugares donde llegar tarde o llegar pronto podía significar cosas muy distintas.

El cuerpo de una fotoperiodista aprendía a calcular el tiempo de forma casi involuntaria. Cuánto falta para la luz, cuánto para el toque de queda, cuánto para que la situación cambie de forma irreversible.

Nueve horas desde Estambul. Escala de cuarenta minutos en Frankfurt que se convirtieron en una hora y veinte por razones que nadie explicó con suficiente claridad.

Asiento de pasillo porque los de ventana le daban demasiado tiempo para mirar el vacío y pensar, y últimamente pensar sin una tarea concreta que anclar el pensamiento era algo que Sofía trataba de evitar con la misma disciplina con que otros evitaban el azúcar o el alcohol.

Recogió su mochila del compartimento superior. Esperó a que se vaciara el pasillo con esa paciencia nueva que había adquirido en los últimos dos meses, la paciencia de alguien que ha aprendido a no empujar porque empujar gasta energía y la energía ya no es un recurso inagotable.

Eso era nuevo también.

Lo de la energía.

En la cinta de equipajes esperó su maleta durante veintitrés minutos de pie, con la mochila a los hombros y los auriculares puestos, pero sin música.

Los auriculares eran escudo, no entretenimiento.

Mantenían alejadas las conversaciones de los desconocidos, las preguntas de los compañeros de vuelo, la necesidad de responder.

Sofía había aprendido el truco hace años, en algún aeropuerto de Centroamérica, y desde entonces los llevaba en el cuello o en las orejas en cualquier espacio público donde el anonimato fuera una prioridad.

La maleta era pequeña para alguien que había estado fuera casi cuatro meses.

Sofía había aprendido a viajar con poco desde que tenía veinticuatro años y su primer encargo la mandó a Guatemala con una cámara, dos objetivos y el equivalente a trescientos euros para quince días.

Lo que no cabe en una maleta de cabina probablemente no es imprescindible, esa era la filosofía.

Había construido toda su vida profesional sobre ella.

La vida personal era otra cuestión.

Salió a la terminal de llegadas. El frío de noviembre le llegó antes incluso de cruzar las puertas automáticas, ese olor específico del invierno madrileño que no era exactamente frío sino algo más seco, más mineral, que le recordaba que esta era su ciudad. Que había elegido volver aquí.

Nadie la esperaba.

Eso también era una elección.

Tomó el autobús exprés al centro en lugar de un taxi porque el trayecto de cuarenta minutos le daba tiempo para hacer la transición que necesitaba.

De lo que había visto en las últimas semanas a lo que iba a ver ahora.

El autobús era un espacio de nadie, neutro y ruidoso, con la M-40 pasando a ambos lados y la ciudad desplegándose lentamente en el horizonte como algo que no ha cambiado pero que uno ya no recuerda bien.

Sofía apoyó la frente en el cristal frío y cerró los ojos.

No durmió. Ya casi nunca dormía en los transportes, aunque antes sí podía.

Antes podía dormir en cualquier parte. Coches, aviones, sillas de plástico de sala de espera, suelos de aeropuertos cuando el vuelo se cancelaba y no había más remedio.

Era una habilidad que había cultivado durante años y que, en algún momento, con una fecha que no sabría precisar exactamente, había dejado de funcionarle.

Lo que hacía en cambio era esto, apoyar la frente en el cristal y dejar que el paisaje pasara sin fijarse en nada concreto, hasta que el cuerpo se confundía lo suficiente como para descansar sin dormir.

No siempre funcionaba.

Hoy no funcionó.

El piso de Malasaña lo había dejado una amiga que se marchaba a residir temporalmente en Lisboa.

Seis meses, posiblemente más. "Quédate tú, Sofía, total tú nunca estás en ningún sitio".

La amiga lo había dicho sin mala intención, era un hecho, no una crítica y Sofía había aceptado porque necesitaba un lugar y el lugar estaba disponible y eso era suficiente para tomar decisiones en el punto en que se encontraba.

El piso olía a cerrado y a algo de lavanda que debía ser un ambientador que se había quedado sin carga. Sofía abrió las ventanas del salón aunque hacía frío, dejó la maleta en la habitación sin deshacer, puso a cargar el teléfono y fue a la cocina a ver si quedaba algo comestible.

Había dos latas de tomate, pasta seca, un brik de leche caducado y media bolsa de café en grano.

Hizo café.

Lo bebió de pie en la cocina, mirando el patio interior donde un gato gris dormía sobre el borde de una maceta con una indiferencia envidiable.

El café estaba demasiado fuerte porque no había medido bien las proporciones y el cuerpo lo notó de inmediato, ese despertar brusco que no era exactamente placentero.

El teléfono, en cuanto tuvo suficiente carga para encenderse, empezó a recibir mensajes con ese ruido acumulado de quien ha estado fuera del alcance durante días. Sofía los revisó de pie, con el café en la mano.

Marcos del periódico, preguntando cuándo podría enviar la selección final de las fotos de Esmirna.

Su madre, tres mensajes, el tono ascendente de la preocupación materna.

Un grupo de fotógrafos con diecisiete mensajes no leídos sobre una convocatoria en Arles.

Daniela, su editora, con el asunto "cuando puedas, sin prisa”.

Y al final, casi enterrado bajo todo lo demás:

Sofía, soy Clara. Perdona que te escriba después de tanto tiempo. Un compañero del estudio está buscando un fotógrafo para documentar la rehabilitación de un edificio en Lavapiés, algo de archivo a largo plazo. Le hablé de ti hace tiempo y me ha pedido que le pase tu contacto, si no te importa.

Sofía leyó el mensaje dos veces.

No era nada. Eso era lo primero que pensó.

Era exactamente el tipo de mensaje que se manda cuando ya no queda nada personal pendiente pero el mundo profesional sigue cruzando caminos que uno no puede evitar del todo.

Madrid era así de pequeño cuando se trataba de arquitectura y fotografía documental. Los círculos se tocaban, las recomendaciones viajaban, y era razonable que el nombre de Sofía hubiera salido en una conversación de trabajo de Clara sin que eso significara nada más.

Sofía dejó el café sobre la encimera.

Miró el mensaje.

Luego miró el gato en el patio, que se había despertado y ahora se lamía una pata.

No respondió.

No todavía.

Durmió cuatro horas y media.

Lo supo porque miró el reloj cuando se tumbó.

Cuatro horas y media era más de lo habitual. En Esmirna había noches en que no llegaba a tres, y no por las condiciones del alojamiento, sino por esa cosa que sucedía en cuanto cerraba los ojos. Las imágenes que no habían pedido permiso para instalarse.

No era pesadilla, exactamente. Era algo más silencioso. Más parecido a ver una película de la que ya conoces el final y de todas formas no puedes no verla.

Daniela se lo había dicho antes de que se fuera: "Sofía, llevas dos años sin parar. Necesitas hacer una pausa de verdad, no una de esas pausas tuyas que son solo cambiar de zona horaria". Sofía le había dicho que estaba bien.

Cuando volvió de Esmirna, Daniela la había mirado de esa forma.

Sofía había entregado las fotos sin comentarios y había pedido tres semanas.

Daniela le había dado cuatro, y le había dicho: "Esta vez de verdad, por favor. Sin encargos en paralelo. Sin 'mira que hay una cosa interesante en no sé dónde'. Cuatro semanas de nada."

Y Sofía había vuelto a Madrid porque era el único sitio donde tenía un piso disponible, se dijo a sí misma. Por razones logísticas. No por ninguna otra cosa.

Se levantó. Deshizo la maleta con la lentitud.

Ropa en el armario.

Cámaras con cuidado en la estantería, cada una en su sitio, porque las cámaras eran lo único que Sofía trataba siempre con cuidado garantizado.

Los discos duros con las copias de seguridad en el cajón de la mesilla.

Fue al baño. Se miró en el espejo más tiempo del estrictamente necesario.

Había bajado peso, aunque no de forma alarmante.

Tenía ojeras que el sueño de cuatro horas y media no había borrado.

El pelo necesitaba un corte que llevaba posponiendo desde el verano.

Tenía treinta y seis años y los aparentaba, aunque no de la forma en que aparentar la edad es algo negativo.

Aparentaba haber vivido, que era distinto.

Aparentaba haber estado en sitios y haber visto cosas. Aparentaba exactamente lo que era.

Lo que no aparentaba, y en eso era cuidadosa, era lo cansada que estaba por dentro.

A las cinco de la tarde salió a comprar lo imprescindible para no morir de inanición esa semana. El supermercado estaba a dos calles.

Las calles de Malasaña tenían adoquines, fachadas de colores que se descascarillaban con elegancia, olor a café y a humedad de las plantas en los balcones.

Había vivido en este barrio durante cinco años. Los cinco años con Clara.

No pensó en eso.

O lo intentó.

Compró pasta, tomates, queso, pan, dos yogures, una botella de vino que probablemente no abriría esta noche pero que era reconfortante tener, y café.

En la cola de la caja, el hombre delante de ella pagó con monedas mientras una niña pequeña le tiraba del abrigo insistentemente. Sofía los observó con esa costumbre de observar que era ya tan parte de ella que ni siquiera lo registraba como acto voluntario.

La niña consiguió la atención del hombre. Señaló algo fuera del campo de visión de Sofía. El hombre se agachó hasta su altura para ver lo que ella veía.

Sofía miró hacia otro lado.

De vuelta en el piso, mientras cocinaba pasta con tomate, cogió el teléfono y leyó el mensaje de Clara por cuarta vez.

La pasta se pegó un poco en el fondo porque no había removido.

Sofía la sirvió igualmente. Comió en el sofá, con el plato en las rodillas y la pantalla del teléfono boca abajo sobre el cojín de al lado.

Después de comer, lo giró.

Escribió.

Que me escriba cuando quiera. Gracias por pensar en mí.

Enviar.

Dejó el teléfono boca abajo otra vez.

No volvió a mirarlo hasta que vibró, cuarenta minutos después:

Gracias. Le paso tu contacto.

Sofía leyó las palabras. Las releyó. No eran mucho. No esperaba que lo fueran.

Sofía apagó la luz del salón.

Se quedó sentada en la oscuridad un momento, con el frío colándose por la ventana que había dejado entornada, y pensó en esa voz que no había escuchado en tres años.

Pensó en que ese intercambio insignificante era el primer contacto directo con Clara en tres años, y en que probablemente sería también el último durante mucho tiempo.

Se levantó, fue a la habitación y se metió en la cama con la ropa puesta porque desvestirse parecía un paso demasiado optimista hacia el descanso.

Fuera, Madrid hacía los ruidos de siempre.

Coches. Una conversación en la calle. La música lejana de algún bar que no cerraba hasta tarde.

Esa mezcla específica de ciudad que nunca era del todo silenciosa pero que a veces, si uno la escuchaba de la forma correcta, podía parecerse al silencio suficiente.

Sofía cerró los ojos.