Un lugar para quedarnos
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Capítulo 1
Todo seguía igual
El plano no cuadraba.
Clara lo sabía desde hacía veinte minutos, pero seguía mirándolo como si la fuerza de su concentración pudiera corregir lo que los números se negaban a confirmar.
La fachada del edificio de la calle Almansa tenía doce centímetros menos de los que figuraban en el catastro. Doce centímetros que en papel no eran nada, pero que en obra lo cambiaban todo.
Marcó una nota en el margen con el lápiz. Cruzó la cifra incorrecta. La encerró en un círculo que apretó más de lo necesario.
Fuera, Madrid empezaba a oscurecerse a las seis y media de la tarde con esa luz de noviembre que no terminaba de caer del todo, como si el día dudara antes de rendirse.
Desde la ventana de su estudio se veía la calle mojada, el brillo de los charcos bajo las farolas, la gente apurando el paso con los paraguas medio cerrados porque la lluvia ya no era lluvia sino humedad en el aire.
El estudio era pequeño. Ella lo había querido así.
Una mesa de trabajo que ocupaba casi toda la pared de la izquierda, con lámparas de arquitecto y carpetas ordenadas por proyectos y año.
Una estantería de madera clara con libros técnicos y tres plantas que, en contra de todo pronóstico, seguían vivas.
Un sofá de dos plazas que nunca usaba para sentarse, solo para dejar el abrigo cuando llegaba y para poner el ordenador cuando necesitaba fingir que se relajaba.
No había fotos en las paredes.
Eso era lo que la gente notaba cuando venía por primera vez, aunque casi nadie venía.
"Parece una oficina", le había dicho su hermana Laura la última vez que estuvo aquí, mirando alrededor con esa expresión de preocupación disfrazada de curiosidad.
Clara le había dicho que era porque básicamente era una oficina.
Laura le había respondido que eso era exactamente el problema.
Eso había sido en septiembre.
Ahora era noviembre y el plano seguía sin cuadrar.
Clara abrió el ordenador, buscó los archivos de la última visita de obra y comparó medidas durante cuarenta minutos.
Encontró el error. Una actualización de catastro de 2019 que nadie había trasladado correctamente al expediente municipal.
Corrección posible.
Retraso probable de dos semanas.
Llamada urgente al aparejador por la mañana.
Lo anotó todo. Lo organizó. Lo cerró.
Eran las ocho menos cuarto.
Se dio cuenta de que no había comido desde las doce.
En la cocina encontró media fruta ya oscurecida por los bordes y un envase de hummus que vencía ese mismo día.
Comió de pie, frente al frigorífico abierto.
La nevera estaba casi vacía con esa clase de vacío específico de alguien que siempre tiene intención de ir al supermercado y siempre encuentra algo más urgente que hacer antes.
El teléfono vibró sobre la encimera.
Laura.
Sonrió antes de responder. Era automático, ese reflejo. Clara aprendió que el nombre de su hermana en la pantalla generalmente significaba que algo bueno estaba a punto de interrumpir algo tedioso.
—¿Estás comiendo de pie? —dijo Laura sin saludar.
—Estoy en la cocina.
—Eso no es una respuesta.
—Estoy... en la cocina de forma vertical.
Escuchó la risa de su hermana, ese sonido un poco más agudo de lo que uno esperaría, y luego el ruido de fondo de Emma reclamando algo en el segundo plano de la llamada. Siempre había ruido de fondo cuando llamaba Laura. Eso era lo que tenía que pasar con una hija de nueve años.
—Emma quiere saber si vienes el sábado —dijo Laura—. Ha empezado un proyecto de no sé qué cosa sobre animales en peligro de extinción y quiere que la ayudes a hacer los carteles porque, y cito textualmente, "la tía Clara dibuja mejor que yo y mamá juntas".
—Eso no es muy difícil en tu caso.
—Oye.
—El sábado puedo —dijo Clara, y lo decía en serio. El sábado podía. El sábado era el único día de la semana en que su horario no tenía reuniones programadas y había aprendido, con los años, a protegerlo ferozmente para Emma—. ¿A qué hora?
—A las once. Y quédate a comer, por favor, que la última vez te fuiste antes del postre y Emma estuvo de morros cuarenta minutos.
—Tenía una llamada.
—Clara.
—Me quedo a comer.
Hubo una pausa. El tipo de pausa que Clara reconocía como la antesala de algo que Laura había estado preparando durante toda la conversación y que ahora, finalmente, iba a decir.
—¿Cómo estás? —preguntó su hermana. Y lo preguntó de esa manera específica que significaba que no le estaba preguntando por el trabajo.
—Bien.
—Eso es lo que dices siempre.
—Porque siempre estoy bien.
—Sí, ya. —Otra pausa. Más corta esta vez—. ¿Has hablado con alguien últimamente? ¿Con alguna amiga, quiero decir, o...?
—Tengo amigas.
—Menciona una que no sea compañera de trabajo.
Clara abrió la boca. La cerró. Miró la fruta oscurecida.
—Paula —dijo finalmente.
—Paula se mudó a Bilbao en marzo.
—Tenemos un chat grupal.
—Un chat grupal no cuenta como vida social, Clara. —Laura hablaba con esa voz cuidadosa que usaba cuando quería decir algo difícil sin que sonara a crítica, aunque siempre sonaba un poco a crítica—. Solo digo que... a veces me preocupa que estés muy sola.
—No estoy sola. Estoy ocupada. Es diferente.
—¿Lo es?
Clara cerró el frigorífico. Apoyó la espalda en la encimera y miró el techo de su cocina, que era blanco y liso y no le decía absolutamente nada.
—Laura.
—Ya, ya. No me meto.
—Gracias.
—Aunque... —Y aquí venía, porque con Laura siempre había un "aunque"—. ¿Has vuelto a saber algo de Sofía?
El nombre aterrizó en la cocina con el peso específico de las cosas que uno lleva tiempo fingiendo que no existen. Clara lo sintió en algún lugar entre el esternón y el estómago, ese lugar impreciso donde el cuerpo guarda lo que la mente trata de archivar.
—No —dijo.
—Creo que está de vuelta en Madrid. La vi mencionada en no sé qué cosa de fotografía, una exposición o algo así.
—Laura.
—Solo lo digo.
—Ya sé que solo lo dices. Y ya te he dicho que no.
Hubo un silencio. De fondo, Emma preguntaba algo sobre el rinoceronte de Java y si era verdad que solo quedaban setenta y dos. Laura le decía que sí, cariño, ahora un momento.
—Está bien —dijo su hermana, con esa resignación suave que no era del todo resignación—. El sábado a las once. Y quédate a comer.
—Me quedo a comer.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Colgó.
Se quedó un momento en la cocina, con el teléfono en la mano y el ruido de la lluvia contra la ventana.
Pensó en lo que había sentido cuando Laura había dicho ese nombre, esa décima de segundo involuntaria antes de devolver el control a la parte de su cerebro que gestionaba estas cosas con eficiencia.
Pensó en lo rápido que lo había neutralizado.
Luego dejó el teléfono sobre la encimera y fue a por el cuaderno donde apuntaba las cosas pendientes para el día siguiente.
Llamar al aparejador. Revisar el presupuesto de Almansa. Comprar hummus.
No escribió nada más.
El sábado amaneció con un frío limpio y cielo blanco, de esos días de noviembre en que Madrid parece que se ha lavado la cara.
Clara llegó a casa de Laura a las once y tres minutos con una bolsa de croissants de la panadería de la esquina y el conjunto de rotuladores de colores que había comprado el jueves, pensando en el proyecto de Emma.
Emma la estaba esperando en la puerta.
No literalmente, pero casi. La niña abrió antes de que Clara terminara de subir las escaleras, con el pelo recogido en dos coletas que se habían deshecho a medias y un jersey verde con un delfín bordado.
—Tía —dijo, con esa urgencia de los nueve años que no distingue entre emergencias reales y proyectos escolares—, el okapi no existe.
Clara se detuvo en el último escalón.
—¿Cómo que no existe?
—Mamá dice que existe pero yo creo que alguien se lo inventó porque tiene cara de ciervo y patas de cebra y eso no puede ser real.
—El okapi existe, Emma.
—¿Lo has visto tú?
—He visto fotos.
—Las fotos se pueden editar.
Clara la miró. Emma la miró de vuelta, completamente seria, con esa lógica aplastante que tenía desde que aprendió que hacer preguntas era más poderoso que aceptar respuestas.
—Muy bien —dijo Clara—. Cuando terminemos los carteles, buscamos un vídeo del okapi en un zoo de verdad. ¿Trato?
Emma lo consideró durante exactamente dos segundos.
—Trato —dijo, y se hizo a un lado para dejarla pasar.
La casa de Laura era todo lo contrario a su estudio.
Era cálida y siempre tenía demasiadas cosas.
Dibujos de Emma imantados en el frigorífico, libros apilados en cualquier mesa disponible, una chaqueta sobre el respaldo de la silla que llevaba ahí lo suficiente como para convertirse en parte del paisaje.
Olía a café y a ese ambientador de vainilla que Laura compraba en el mercado y que a Clara le parecía excesivo y que, sin embargo, cada vez que lo olía en otro sitio pensaba automáticamente en esta casa.
Laura estaba en la cocina, con el delantal de flores puesto y los auriculares al cuello.
—Llegas a tiempo —dijo, girándose para verla—. El universo sigue en orden.
—Tres minutos.
—Eso es básicamente puntual viniendo de ti. —Le quitó la bolsa de croissants y la inspeccionó con aprobación—. De la buena panadería. Me has caído bien esta semana.
Pasaron la mañana en la mesa del salón, Emma dirigiendo la operación con la autoridad de alguien que tiene muy clara su visión artística y poca tolerancia para las interpretaciones libres.
Clara dibujaba los contornos —el okapi, el leopardo de las nieves, el orangután de Borneo—y Emma los rellenaba con los rotuladores con una concentración que le recordaba a ella misma de pequeña.
En un momento dado, Emma le preguntó, sin levantar la vista del dibujo:
—¿Tú sabes por qué los animales se extinguen?
—Por muchas razones. La caza, la deforestación, el cambio climático...
—¿Y si los animales no quisieran extinguirse? ¿Si hicieran todo lo posible por no hacerlo?
Clara miró a su sobrina.
—Algunos lo intentan —dijo con cuidado—. Pero a veces las circunstancias son más fuertes.
Emma asintió, muy seria, como si eso confirmara algo que ya sospechaba. Siguió coloreando. Clara se quedó mirando el rotulador que tenía en la mano sin saber exactamente por qué esa respuesta se le había quedado atravesada en alguna parte.
Comieron las tres en la cocina, con la radio de fondo y Emma contando, a velocidad de edición cinematográfica, todo lo que había pasado en el colegio esa semana, que incluía un conflicto diplomático en el recreo, la injusticia de que no hubiera okapis en el zoo de Madrid y el descubrimiento de que a su mejor amiga Irene le gustaba un chico de quinto que, según Emma, "era muy normal, la verdad".
Laura sirvió el postre. Una tarta de queso que había hecho el jueves y que estaba, objetivamente, perfecta.
—¿Cuándo vuelves a tener tiempo libre de verdad? —le preguntó a Clara mientras Emma llevaba su plato al fregadero—. No tiempo de "estoy cinco minutos menos ocupada que siempre". Tiempo de verdad.
—En diciembre, cuando entregue Almansa.
—Eso es dentro de un mes.
—El tiempo pasa rápido.
Laura la miró.
—Quiero que sepas que si alguna vez necesitas hablar de algo, o de alguien —dijo, deliberadamente despacio—, aquí estoy. Sin juzgar nada.
—Lo sé —dijo Clara.
—¿Y?
—Y nada. Estoy bien, Laura.
Su hermana dejó escapar un sonido que no era del todo una risa ni del todo un suspiro.
—Sí —dijo—. Ya sé que estás bien.
Se quedaron así un momento, con el silencio de la cocina entre ellas y el ruido de Emma lavando su plato con el entusiasmo desproporcionado de quien quiere demostrar que es muy responsable.
Clara se fue a las cuatro.
En el portal de Laura, antes de salir a la calle, se paró un segundo con la mano en el picaporte. Desde arriba le llegó la voz de Emma preguntando algo, y luego la voz de Laura respondiendo, y luego la risa de ambas mezclada y ascendiendo por el hueco de la escalera como algo físico.
Salió.
Caminó de vuelta a casa con las manos en los bolsillos del abrigo y la ciudad ruidosa a su alrededor. Pensó en el plano de Almansa. Pensó en la llamada al aparejador que tenía pendiente. Pensó en la lista de cosas que hacer la semana siguiente.
No pensó en el nombre que Laura había dicho el martes por teléfono.
O lo intentó, por lo menos. Que no era exactamente lo mismo.