Un lugar para quedarnos Capítulo 26
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Capítulo 26

La familia que eligieron

Sofía llamó a Lennart Hofer un miércoles.

No el miércoles después de la resolución judicial, sino el siguiente, porque había querido esperar una semana antes de hacer esa llamada.

No por indecisión, la decisión estaba tomada desde antes de la audiencia, sino porque quería llamar desde un sitio sólido, no desde el alivio inmediato de algo que acaba de resolverse sino desde la calma de algo que ya se ha asentado.

Llamó a las once de la mañana desde la habitación. Clara estaba en el estudio y Emma en el colegio y el piso tenía esa quietud de las mañanas entre semana que había aprendido a reconocer como suya también.

Lennart respondió al segundo tono.

—Sofía. Llevaba tiempo esperando que llamaras.

—Lo sé. He tardado más de lo que debería.

—¿Tienes respuesta?

—Sí —dijo Sofía—. La respuesta es que no. Gracias por la oferta, Lennart. Es exactamente lo que habría querido hace unos años. Pero las cosas han cambiado.

Un silencio breve al otro lado.

—¿Estás bien? —preguntó Lennart.

Era una pregunta que Lennart no hacía normalmente. Era un hombre de trabajo, de proyectos, de conversaciones eficientes sobre logística y presupuestos. Que preguntara eso significaba que había algo en la voz de Sofía que lo había hecho salirse del guion.

—Sí —dijo Sofía—. Estoy bien. Mejor que bien.

—¿Hay algo en Madrid?

—Hay muchas cosas en Madrid.

Lennart hizo un sonido que podría ser comprensión o podría ser el sonido de un hombre alemán que no termina de entender cómo las personas pueden priorizar las cosas en Madrid por encima de las oportunidades en Berlín pero que respeta el resultado de todas formas.

—Si cambia algo —dijo—, llama.

—Lo haré. —Una pausa—. Lennart.

—¿Qué?

—Tengo un proyecto. Uno largo. Llevo años con la idea, pero nunca he tenido el espacio para desarrollarlo. Sobre comunidades de personas que construyen familias fuera de los modelos convencionales. Familia elegida.

—¿Una publicación?

—No lo sé todavía. Libro, quizás. Exposición. Lo que el material pida.

—¿Necesitas respaldo institucional?

—Todavía no. Pero si en algún momento lo necesito...

—Llama —dijo Lennart—. Eso sí me interesa.

Sofía sonrió.

—De acuerdo.

Colgó.

Se quedó un momento con el teléfono en la mano, mirando la habitación. La cama. La estantería donde había puesto sus libros junto a los de Clara, sin que nadie lo hubiera organizado deliberadamente, solo porque era el espacio disponible y era el espacio correcto.

Luego fue a la cocina, hizo el café de las once, lo llevó al salón y llamó a Daniela.

Daniela respondió con esa energía de siempre.

—Sofía. ¿Estás viva?

—Viva y en Madrid.

Una pausa.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Daniela.

—Muchas cosas. Oye, quiero hablar de un proyecto.

—Cuéntame.

Lo contó. No todo, no todavía, pero lo suficiente. La idea, el enfoque, lo que quería hacer y lo que necesitaría para hacerlo. Daniela escuchó con esa atención que tenía cuando algo le interesaba de verdad, sin interrumpir excepto para preguntas concretas.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Daniela.

—Un año como mínimo. Quizás dos.

—¿Madrid todo el tiempo?

—Base en Madrid. Algún viaje cuando el proyecto lo requiera. Pero base fija.

Daniela hizo una pausa.

—Puedo conseguirte un acuerdo con la revista para las piezas que salgan del proyecto —dijo—. No es todo lo que necesitas, pero es un punto de partida.

—Es suficiente.

—¿Necesitas algo más?

—Sí, contarte algo.

—¿Qué?

—Tengo una esposa.

Daniela tardó en responder.

—¿Esposa? —preguntó finalmente.

—Es una historia larga.

—Tengo tiempo.

—Ahora no —dijo Sofía—. Pero pronto. Te invito a cenar y te lo cuento todo.

—Sofía.

—¿Qué?

—Me alegra que estés bien. De verdad. Llevaba tiempo preocupada.

—Lo sé. Lo siento.

—No lo sientas. Solo cuídate.

—Lo estoy haciendo.

Colgó.

Esa tarde le contó a Clara las dos conversaciones.

—¿Cómo ha ido? —preguntó Clara.

—Bien. Lennart lo ha entendido. Y le he hablado del proyecto.

Clara procesó eso.

—¿El proyecto de la familia elegida?

—Sí. Hoy supe que era el momento de decirlo en voz alta.

Clara asintió despacio.

—¿Puedo ser parte? —preguntó.

Sofía la miró.

—Ya lo eres —dijo.

—Quiero decir del proyecto.

—También.

Clara sonrió.

—¿Y Daniela? —preguntó.

—Daniela me va a cobrar haberla preocupado por tanto tiempo. Quedamos en ir al mejor restaurante de Madrid.

—Podemos ir las tres.

—Las cuatro —dijo Sofía—. Emma debería conocer a Daniela.

—Emma va a hacer preguntas.

—Daniela también. Van a llevarse bien.

Clara la miró durante un momento.

—Sofía —dijo.

—¿Qué?

Sofía la miró.

—De nada —dijo.

Y era la primera vez que no lo contradecía.

La decisión del piso llegó sola, como habían llegado otras cosas.

El piso era de alquiler y el contrato vencía en mayo. Habían hablado de renovar, pero la conversación había derivado, en algún momento de una noche de marzo, hacia otra dirección.

—Podríamos buscar algo más grande —dijo Sofía.

—¿Para qué necesitamos más grande?

—Emma va a necesitar un espacio de verdad. Y si el proyecto va a tener base fija necesito un espacio de trabajo que no sea la mesa del salón.

Clara lo pensó.

Silencio.

—¿Qué quiere Emma? —preguntó Sofía.

Emma dijo, sin pensar demasiado:

—Quiero que haya sitio para nuestro perro.

—No tenemos perro —dijo Clara.

—Todavía —dijo Emma.

Sofía miró a Clara.

Clara miró a Sofía.

—Cuatro habitaciones y patio o jardín —dijo Sofía.

—O terraza —dijo Emma—. Para que Plutón pueda tomar el sol.

—El perro hipotético va a tener mejores condiciones de vida que mucha gente —dijo Clara.

—Los perros se lo merecen —dijo Emma.

Encontraron el piso en abril.

Era en Retiro, en una calle con árboles. Cuatro habitaciones, una terraza pequeña con la luz del mediodía, el suelo de madera original que tenía la marca del tiempo de los edificios que llevan décadas siendo habitados.

Clara revisó la estructura con esa atención de arquitecta que no desconectaba nunca. No encontró problemas de fontanería. La caldera era nueva. Las ventanas sellaban bien.

Emma fue directamente a la terraza y se quedó mirándola.

—Plutón cabría —dijo finalmente.

—Emma —dijo Clara.

—Estoy diciendo que la terraza tiene buen tamaño.

—Estás hablando de un perro que no existe.

—Todavía —dijo Emma.

Firmaron el contrato en mayo.

La mudanza fue el primer fin de semana de junio.

No fue una mudanza de las que requieren empresa especializada. Sus cosas combinadas, aunque eran más que cuando cada una vivía sola, seguían siendo manejables.

La habitación de Emma fue la primera que montaron.

Emma había señalado cuál era su habitación en la primera visita y el sábado de la mudanza, naturalmente, sin discusión, las cajas de Emma fueron las primeras en subir.

La cama. El escritorio. El armario donde guardaría la lista que nadie sabía que tenía pero que seguía existiendo, actualizada.

Los planetas.

Sofía los descolgó del techo del piso con el mismo cuidado con que los había colgado meses atrás, envolviendo cada planeta en papel de periódico, poniéndolos en una caja pequeña con la etiqueta frágil escrita en el lateral.

En el piso nuevo, en la habitación nueva, los volvió a colgar.

Emma supervisó la operación con la seriedad de siempre.

Clara estaba en la puerta de la habitación mirando. Sofía con los brazos levantados ajustando el gancho. Emma señalando el ángulo correcto con autoridad. El sol de junio entrando por la ventana que daba a los árboles.

—Tía Clara —dijo.

—¿Qué?

—¿Puedes traer la caja con los libros de animales?

—Ahora voy.

Fue al pasillo donde estaban las cajas apiladas. Buscó la que tenía libros Emma escrito en el lateral con la letra de Sofía. La encontró. La llevó a la habitación.

Emma la abrió inmediatamente. Sacó el libro de mamíferos. Lo puso en el escritorio. Luego sacó el libro de planetas. Lo puso al lado.

Luego sacó algo que Clara no esperaba.

Un cuaderno. Pequeño, de tapa azul.

—¿Qué es eso? —preguntó Clara.

—Mi lista —dijo Emma.

—¿Qué lista?

Emma la miró.

—La del armario —dijo—. Ya sé que la viste. Vi que la habías vuelto a doblar diferente.

Clara abrió la boca.

La cerró.

—Sí la vi —dijo—. Lo siento.

Emma se encogió de hombros.

—Está bien —dijo—. La he pasado a un cuaderno porque el cuaderno dura más.

—¿Sigues haciéndola?

—La actualizo —dijo Emma—. Cuando cambian cosas.

—¿Han cambiado muchas cosas?

Emma miró el cuaderno.

—Casi todo —dijo—. La lista de cosas buenas es mucho más larga ahora. Y la de cosas difíciles sigue, pero algunas se han vuelto... Manejables.

Clara la miró.

—¿Puedo ver la nueva lista? —preguntó Clara.

Emma la consideró un momento.

Luego tendió el cuaderno.

Clara lo abrió.

La letra de Emma, grande y ligeramente inclinada. Actualizada, como había dicho. Más larga.

Cosas que han cambiado (buenas):

1. Los planetas (siguen)

2. Sofía hace sopa los miércoles (sigue)

3. La tía Clara no trabaja los sábados por la tarde (casi siempre)

4. Hay pan bueno (sigue)

5. Ya sé por qué Plutón no cuenta (sigue)

6. El piso es grande

7. Hay terraza

8. La tía Clara y Sofía ya no van con espacio entre medias

9. Tengo dos madres aunque no las llame así todavía

10. El pingüino también tiene habitación nueva

Cosas que han cambiado (difíciles):

1. Mamá no está (siempre)

2. A veces me despierto y tardo en saber dónde estoy (menos)

Cosas que siguen igual (importantes):

1. El pingüino

2. Irene sigue siendo mi mejor amiga

3. Los okapis siguen existiendo

4. La tía Clara me abraza igual

5. Sofía escucha de verdad

Clara leyó la lista despacio.

La leyó dos veces.

En el número nueve.

Tengo dos madres aunque no las llame así todavía.

Clara dobló el cuaderno con cuidado. Lo devolvió a Emma.

—Es una lista muy buena —dijo.

—La actualizo cuando hace falta —dijo Emma—. ¿Los libros van mejor a la izquierda o a la derecha?

—¿Cuál te parece mejor a ti?

—A la izquierda —dijo Emma.

—A la izquierda entonces.

Terminaron de montar la habitación de Emma a las siete de la tarde.

Emma se tumbó en la cama para comprobar que la perspectiva era correcta.

Miró los planetas desde abajo.

—Bien —dijo.

—¿Bien bien o bien suficiente? —dijo Sofía.

—Bien bien —dijo Emma—. ¿Cenamos?

Cenaron en el suelo del salón porque todavía no había mesa.

Era lo que había. El suelo del salón nuevo con las cajas apiladas en un lado.

Pizza, porque era el día de la mudanza y la pizza era la respuesta correcta al día de la mudanza.

Emma comió. Luego preguntó si podía poner música. Sofía conectó el teléfono al altavoz pequeño que había sido el primero en encontrar su sitio en la encimera de la cocina nueva.

La playlist de los domingos.

La misma de siempre.

Jazz suave. Canciones en portugués.

Emma escuchó un momento.

—Esta música me gusta —dijo.

—A mí también —dijo Sofía.

—¿Es vuestra música?

—De Sofía —dijo Clara.

—Nuestra —dijo Sofía.

Emma lo procesó.

—De las tres —dijo finalmente.

—De las tres —aceptó Sofía.

Emma terminó la pizza.

Bostezó.

—Me voy a dormir —dijo.

—¿Tan pronto? —preguntó Clara.

—He trabajado mucho —dijo Emma—. He supervisado toda la mudanza.

—Efectivamente —dijo Sofía.

Emma se levantó. Fue hacia el pasillo. Se paró en la puerta del salón.

—Tía Clara.

—¿Qué?

—Gracias por no dejarme ir.

Clara la miró.

—No iba a dejar que eso pasara —dijo.

—Ya lo sé. Pero gracias igual.

—De nada.

Emma miró a Sofía.

—Buenas noches, Sofía.

—Buenas noches, Emma.

Emma fue a su habitación. Cerró la puerta.

En el salón, la música de Sofía.

Las cajas apiladas.

La pizza a medias.

Las ventanas abiertas.

—Bueno —dijo Sofía.

—Bueno —dijo Clara.

—Mañana hay que montar la mesa.

—Y comprar estantes.

—Y llamar al servicio de mudanzas por el sofá que no ha llegado.

—Y comprar comida de verdad.

—Y hablar con el vecino del primero que ha dejado una nota en el buzón.

—¿Qué decía la nota?

—Bienvenidas —dijo Sofía—. Y que los martes hay mercado en la plaza.

Clara la miró.

—Bienvenidas —repitió.

—Sí.

Clara miró el salón. Las cajas. Las ventanas. El altavoz en la cocina con la música.

—Sofía —dijo.

—¿Qué?

—Esta es la última vez que te pregunto esto, lo prometo.

—¿Qué quieres preguntarme?

—¿Estás bien? ¿De verdad estás bien?

Sofía la miró.

Pensó en la pregunta de verdad. No en la respuesta rápida, no en la versión para consumo externo. En la respuesta real, la que venía de ese sitio interior donde guardaba la información que no siempre decía en voz alta.

Pensó en Marta Soler y en las citas. Pensó en las noches que todavía eran difíciles a veces y en que difícil no era lo mismo que insoportable. Pensó en Esmirna y en todo lo que Esmirna había dejado y en que algunas cosas se llevaban mejor cuando no se llevaban solas.

Pensó en el piso nuevo con su suelo de madera y sus cuatro habitaciones y la terraza para el perro hipotético.

Pensó en Emma durmiendo en la habitación.

—Sí —dijo Sofía—. Estoy bien. De verdad.

Clara asintió.

—¿Puedo preguntarte una cosa yo? —dijo Sofía.

—Sí.

—El miedo. ¿Está?

Clara pensó.

—Está —dijo—. Pero es más pequeño que todo lo demás.

—¿Cuánto más pequeño?

—Lo suficiente —dijo Clara.

Lo suficiente es suficiente para empezar.

Más tarde, cuando el altavoz se quedó en silencio, Clara y Sofía recogieron los restos de la pizza, doblaron las cajas vacías y apagaron las luces del salón.

En el pasillo, Clara cogió la mano de Sofía.

No dijo nada.

Sofía no dijo nada.

No hacía falta.

Entraron a la habitación.

A las tres de la mañana, en la habitación con los planetas, Emma se despertó.

No por pesadilla. No por ruido. Se despertó de esa forma que a veces pasa en los sitios nuevos.

Miró el techo.

Los planetas giraban despacio sobre ella. Saturno con sus anillos. Júpiter con su mancha. Plutón pequeño en el extremo, girando igual que todos los demás, aunque nadie lo contara en el equipo.

Emma los miró durante un momento.

Luego miró la habitación. Los libros a la izquierda del escritorio. El pingüino.

Pensó en su madre.

Lo hacía todavía. Seguiría haciéndolo. No de la forma que dolía en el principio, ese dolor agudo de las cosas recientes, sino de otra forma más suave, más asentada, como algo que forma parte de lo que uno es sin que eso impida seguir siendo.

Mamá sabía que acabaríais juntas.

Lo había escrito en el cuaderno. Lo había dicho en voz alta. Y cada vez que lo decía o lo escribía era una forma de decirle a su madre: tenías razón.

Emma cerró los ojos.

Pensó en la lista del cuaderno. En todo lo que había en la columna de buenas ahora que no había antes.

En el número nueve.

Tengo dos madres aunque no las llame así todavía.

Todavía.

Esa palabra la había puesto ella. Deliberadamente.

Y eso estaba bien. El nombre llegaría cuando llegara.

Los planetas seguían girando.

Emma se durmió.

En el salón nuevo, el altavoz de la cocina seguía apagado.

La pizza recogida.

La caja entre los libros de la estantería que todavía no estaba montada pero que estaba en el suelo, esperando, con la foto de Lisboa dentro y el cuaderno de notas con el boceto del piso y la tarjeta del restaurante de Oporto y el trozo de cuerda de escalada y todas las otras cosas.

Y en la habitación al fondo del pasillo, sin fingir nada, sin medir la distancia, sin calcular el coste de lo que podía perderse, Clara y Sofía.

Ya no necesitaban fingir nada.

Ya no.