UN LUGAR LLAMADO NOSOTROS Capítulo 64.
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Capítulo 64.

Mirella.

Han pasado dos días desde el parto. Todavía no termino de asimilar todo lo que ha cambiado en tan poco tiempo. Me despierto con el sonido suave de los monitores, el murmullo lejano de los pasillos y el calor de la manita diminuta de nuestra hija envuelta en la suya, dormida sobre mi pecho.

Rhett no se ha separado de nuestro lado en ningún momento.

Literalmente. Solo se ha ido al baño a ducharse y ha vuelto en menos de cinco minutos.

Lo he visto dormir en esa butaca incómoda, hablarle bajito a la niña cada vez que lloraba, incluso llorar mientras la tenía en brazos. Es una imagen que jamás voy a olvidar.

Hoy nos han dicho que, si todo sigue bien, podremos irnos a casa en unas horas.

Pero mientras yo intento relajarme, él va de un lado a otro organizándolo todo.

Ha hecho cuatro llamadas en menos de una hora, ha preguntado tres veces si falta algo en el bolso del bebé y hasta ha doblado la mantita con una precisión de cirujano.

—Rhett, respira. No nos estamos mudando al Polo Norte —le digo, medio riéndome.

—Ya, ya. Lo sé. Es solo que... quiero que todo sea perfecto.

—Lo es. Ya lo es.

Está por responder cuando llaman a la puerta. La primera en asomar la cabeza es Ava, que lleva un rato en el hospital y justo había salido a comprar un café. Sonríe al verme despierta.

—¡Pensé que seguirías dormida! —Dice, entrando con su café en la mano—. Qué guapa estás, incluso recién parida. Qué rabia me das.

—¡Qué mentirosa eres! —Contesto, riendo.

Detrás de ella aparece una figura que no esperaba tan pronto. Zayden.

Y cuando lo veo entrar, me sorprende que Rhett también se detenga de golpe, como si no lo esperara tampoco. Deja lo que estaba haciendo y se gira lentamente, levantando una ceja.

—Vaya, el señor misterioso —dice Rhett, cruzándose de brazos.

Zayden sonríe con esa arrogancia tan suya y se acerca para saludar. Primero a Rhett, luego a mí. Finalmente, posa los ojos en Ava.

—Hola, Ava —dice con tono casual.

Ella asiente con una sonrisa controlada.

—Zayden.

—Déjame adivinar —dice Rhett de pronto—. ¿Has venido en tu helicóptero privado?

Zayden se encoge de hombros, con la misma tranquilidad con la que otros dicen que cogieron el metro.

—Es muy práctico. Te saca de muchos apuros. Ahora que tenéis pasta, os recomiendo que os compréis uno. En serio.

Rhett suelta una carcajada mientras niega con la cabeza.

—Sí, claro. Lo anoto en la lista, justo debajo de los pañales y la cuna.

Zayden se acerca a ver a la niña. Se queda observándola un momento, en silencio, y luego levanta la vista hacia mí.

—Es preciosa, Mirella. Felicidades.

—Gracias. ¿Quieres cogerla?

Él niega con una sonrisa.

—No. Solo quería verla. No quiero molestar. Es vuestro momento.

Las horas pasan lentas pero tranquilas. La habitación del hospital se siente más cálida de lo que jamás imaginé que podría sentirse un sitio así.

Quizá porque ya no estamos solos. Porque Nara ha llenado cada rincón con su existencia, con sus gestos diminutos, con ese sonido suave que hace al dormir.

Estamos los cuatro en la habitación: Rhett, Ava, Zayden y yo.

Ava me ayuda a doblar la ropa de Nara y a colocarla en la maleta mientras Rhett y Zayden están cerca de la ventana, hablando de coches, como siempre.

Todo parece natural, como si no hubiera secretos entre nosotros.

Como si la tensión que noto en ocasiones entre Ava y Zayden fuera solo producto del cansancio.

Pero sé que no lo es. Solo que no tengo la energía para pensar demasiado en ello.

Cuando el médico entra para darnos el alta, mi corazón da un vuelco. Es real. Nos vamos a casa.

—Todo está perfecto. La pequeña Nara es fuerte. Ya podéis iros cuando estéis listos —anuncia con una sonrisa amable.

Rhett lo agradece con un apretón de manos y en cuestión de minutos todo es movimiento. Ava se encarga de dejar listo el bolso del bebé, Zayden va por el coche, y yo miro a mi hija dormida en el moisés como si no pudiera creer que me pertenece.

Llegar a casa se siente como entrar a un mundo nuevo. Aunque el lugar es el mismo, nada lo es. Ahora todo gira en torno a ella. A Nara.

Rhett la coloca con extremo cuidado en su moisés, justo al lado de nuestro sofá. Ava y yo preparamos algo rápido para cenar. No es una cena especial ni lujosa, pero tiene ese sabor único que dan los primeros días con un bebé en casa.

Después de comer, Ava se despide.

—Voy a dejaros descansar. Os vendrá bien un poco de calma —dice, dándome un abrazo largo.

—Gracias por todo, en serio —le susurro.

Rhett la acompaña a la puerta y cuando regresa, Zayden está terminando su vaso de agua en la cocina.

—Se le nota que está pendiente de ti —comenta Rhett, dejándose caer en el sofá a mi lado.

Zayden se encoge de hombros, como restándole importancia.

—Ava es así con todo el mundo… —dice, pero evita mirarnos directamente.

—Venga ya —respondo, entre risas suaves—. Que llevamos tiempo viéndoos miradas raras. ¿Seguro que no hay nada?

Zayden se queda callado unos segundos. Luego, suelta una risa corta y niega con la cabeza.

—No hay nada. Solo historia. Y a veces, la historia no es suficiente.

Rhett lo observa un momento en silencio antes de hablar.

—A veces sí lo es, si los dos aún quieren escribir más capítulos.

Zayden sonríe de lado, pero su mirada se apaga un poco.

—Es complicado. No siempre se puede arreglar lo que se rompió. Y aunque se pueda… hay cosas que dejan grietas.

Después se pone de pie y se estira, cambiando completamente el tono.

—Bueno, familia, yo también os dejo descansar. Ha sido un día largo.

—Gracias por venir —le digo, levantándome para darle un abrazo.

Zayden me lo devuelve con una sonrisa cansada, y luego choca los puños con Rhett antes de irse. Al cerrar la puerta, el silencio se apodera de la casa, solo roto por los ruiditos suaves de Nara desde su moisés.

Rhett se sienta a su lado, en el suelo, como si necesitara estar más cerca de ella. La observa en silencio. Me acerco y me siento junto a él. Nara mueve las manitas dormida, como si soñara con algo bonito.

—¿Sabes qué? —Dice Rhett en voz baja—. Juré que jamás tendría una familia porque pensaba que no merecía amor. Y mírame ahora. Tengo una familia. Tengo a mi hija. Te tengo a ti.

Le acaricio la mejilla con suavidad.

—Te mereces todo esto, Rhett. Más de lo que crees.

Él asiente, con los ojos vidriosos, y luego vuelve a mirar a Nara.

—Vamos a protegerla con todo, Mirella. Esta niña no va a crecer dudando de lo que vale. Ni del amor que le tenemos.

Nos quedamos ahí, abrazados, observando a nuestra hija dormir. La noche es tranquila. Por primera vez en mucho tiempo, siento que lo tenemos todo.

Y sí. Lo tenemos.