Capítulo 63.
Rhett.
Nunca había sentido tanta ansiedad y calma al mismo tiempo. Es una contradicción constante, como si mi cuerpo no supiera si prepararse para correr una maratón o para quedarse quieto y sostener el mundo con las manos.
El hospital huele a desinfectante, las luces son frías y las voces de fondo murmuran como si nadie quisiera perturbar un equilibrio invisible.
Pero dentro de nuestra sala, el ambiente es distinto.
Hay una lámpara tenue encendida, música suave saliendo de una pequeña bocina que trajo Mirella, y la respiración entrecortada de la mujer que amo llenándolo todo.
—Estás haciendo un trabajo increíble —le digo al oído mientras la sostengo con fuerza.
Mirella aprieta mi brazo con una mano mientras la otra acaricia su vientre, que se endurece una y otra vez, en intervalos dolorosos que ya casi no nos dan tregua.
Llevamos horas aquí. Horas caminando por los pasillos, haciendo ejercicios con la pelota de pilates, respirando profundo como nos enseñaron. Pero ahora, la matrona nos ha dejado unos minutos para que ella se mantenga de pie y el cuerpo termine de hacer lo suyo.
La tengo abrazada, completamente pegada a mí, su rostro escondido en mi cuello mientras me sostiene como si pudiera deshacerse si la suelto.
Nos balanceamos despacio, de un lado a otro, como si estuviéramos bailando un vals muy lento.
No es un baile. Es un ancla. Una manera de atravesar el dolor. De hacerlo más llevadero.
—Rhett… —susurra con un gemido apenas audible—. Duele.
—Lo sé, mi amor… lo sé. Pero cada vez que duele, estamos más cerca. ¿Lo recuerdas?
Ella asiente con la cabeza, aunque las lágrimas ya le ruedan por las mejillas.
La beso en la frente, con todo el amor y la ternura que tengo.
Y me duele verla así. Me parte. Me destroza.
Pero también me llena de orgullo. Porque Mirella no solo está trayendo una vida al mundo, está trayendo una parte de los dos.
Un símbolo de todo lo que hemos superado.
De todo lo que hemos construido cuando nadie daba un centavo por nosotros.
La matrona regresa y nos revisa. Asiente con una sonrisa.
—Diez centímetros. Es la hora.
Mirella me mira con miedo en los ojos. Pero debajo del miedo, está la fuerza. La misma que vi en ella cuando enfrentó su pasado. La que la sostuvo cuando todo lo demás fallaba.
—Estoy contigo, ¿sí? No voy a soltar tu mano. Nunca —le digo, besando sus nudillos.
La habitación se transforma en cuestión de minutos. Enfermeras, luces, monitores. La hacen tumbarse, le dan instrucciones. Yo estoy a su lado, tomándola de la mano, sintiéndola temblar, sudar, llorar. Gritar.
Cada pujo es una batalla. Cada respiración, una guerra. Y sin embargo, no se rinde.
—¡Vamos, Mirella, ya casi! —Dice la matrona con voz firme—. ¡Un empujón más!
Ella grita. Todo su cuerpo se tensa. Me clava los dedos en la mano. Y de repente…
El llanto.
Ese llanto agudo, nuevo, fuerte.
Mi corazón se detiene.
—¡Es una niña! —Anuncia la matrona mientras la sostiene en brazos—. Una niña preciosa.
La colocan sobre el pecho de Mirella, que apenas puede hablar de la emoción, el agotamiento y las lágrimas. La rodea con los brazos temblorosos. Llora en silencio, besándole la cabeza cubierta de un poco de cabello oscuro.
—Hola, pequeña… hola, mi amor —susurra.
Yo no puedo dejar de mirar. Me cuesta procesar que esa criatura diminuta, tan perfecta y frágil, haya salido del cuerpo de la mujer que amo. Que sea nuestra. Que sea real.
Después de unos minutos, la llevan a limpiarla y medirla. Mirella se queda dormida. Exhausta. Pero con una sonrisa de paz en el rostro.
Y yo me quedo de pie, solo, al lado de la pequeña cuna transparente donde ahora duerme nuestra hija. Tiene las manitas cerradas, el ceño fruncido como si ya estuviera soñando con cosas importantes. Es tan pequeña que me da miedo tocarla. Pero no aparto los ojos de ella.
Me siento en la silla, apoyándome con mucho cuidado en la cuna para estar más cerca de Nara. Y lloro.
Lloro sin contenerme.
Porque nunca creí que esto fuera para mí. Que pudiera merecer algo así. Que después de todo lo que viví, de todo lo que rompí, de todas las veces que huí… terminaría aquí, siendo padre. Siendo amor.
—Hola, pequeña —digo en voz baja, pasándome una mano por los ojos—. Soy tu papá. Suena raro, ¿no?
Me río entre lágrimas.
—No sé si seré bueno en esto… pero voy a dar todo de mí. Te lo juro. Por ti. Por tu mamá. Porque ustedes me hicieron creer que sí puedo. Que merezco esto. Que puedo tener una familia.
Me inclino y le doy un beso en la frente.
—Gracias por llegar. Te estábamos esperando.
Cierro los ojos por un segundo y me permito sentirlo todo. El cansancio. La emoción. El amor. La promesa.
Somos una familia. Por fin.
Y el mundo, de repente, es un lugar mucho mejor.