UN LUGAR LLAMADO NOSOTROS Capítulo 62.
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Capítulo 62.

MESES DESPUÉS.

Mirella.

Hay días en los que todavía me despierto pensando que todo esto es un sueño. Que cuando abra los ojos seguiré en Sídney, corriendo por las calles, escapando de una vida que no sabía cómo encajar. Pero no.

Abro los ojos y lo primero que veo es a Rhett, dormido a mi lado, con una mano sobre mi vientre como si tuviera miedo de que desapareciera.

Nueva York suena a caos, pero también a hogar.

El bebé no para de moverse últimamente. Ya no son solo pataditas tiernas, no.

Ahora son sacudidas completas que me obligan a cambiar de postura cada cinco minutos, a despertarme por las noches y a buscar un cojín nuevo que me acomode.

Pero a pesar del cansancio, de los dolores de espalda y de los antojos imposibles... nunca me había sentido tan completa.

Hoy llueve. De esas lluvias que no avisan, que llegan de golpe, como si el cielo necesitara llorar un rato para soltar todo.

Me siento en el alféizar de la ventana, con una manta sobre las piernas, viendo cómo las gotas resbalan por el cristal.

Rhett está en la cocina, tarareando una canción mientras intenta preparar unas tortitas que probablemente terminarán siendo incomibles, pero igual me las comeré solo por verlo sonreír orgulloso.

—¿Sabes? —Me dice de pronto, apareciendo a mi lado con el plato en las manos—. He pensado en un nombre.

Lo miro, arqueando una ceja.

—¿Para el bebé?

—Sí. Bueno, uno de tantos. Sé que no nos hemos decidido, pero… este me gusta. —Hace una pausa, esperando mi aprobación—. Nara, sí es niña. Es corto, suena dulce. Y en japonés significa "felicidad".

Sonrío.

—¿Y si es niño?

—También tengo opciones. Pero para eso necesito más tortitas y más lluvia —responde, haciéndose el misterioso.

Nos reímos juntos. Es una tontería. Solo un nombre.

Pero son esos pequeños momentos los que me recuerdan que esto es real.

Que Rhett ya no es solo ese chico que me descolocaba con una mirada, o que me hacía enfadar con sus silencios.

Ahora es mi compañero. El padre de mi bebé.

El hombre que me preparó una vida en Nueva York cuando ni siquiera creía que la mereciera.

Más tarde, salimos a caminar bajo la lluvia con paraguas compartido, aunque terminamos empapados igual.

Me cuesta andar, pero él no suelta mi mano.

Nos detenemos en una librería pequeña en una esquina, y compro un libro infantil solo porque tiene una portada de un dragón que me recuerda a mí misma, y al ave fénix que Ava me regaló antes de irnos.

Esa noche, antes de dormir, Rhett me dibuja con el dedo en el vientre. Como si escribiera algo en silencio. Me acaricia con ternura. Me besa. No dice nada, pero lo siento todo.

Y justo antes de quedarme dormida, pienso que quizás eso sea el amor. No la perfección. No las promesas vacías. Si no este lugar donde por fin puedo descansar sin miedo. Este cuerpo que late al mismo ritmo que el mío. Esta vida que crece dentro de mí como un milagro cotidiano.

—Ya falta poco —susurro, acariciando mi barriga—. Estamos listos para ti.