UN LUGAR LLAMADO NOSOTROS Capítulo 61.
93%

Capítulo 61.

DOS DÍAS DESPUÉS.

NEW YORK.

Rhett.

Me dejo caer en el sofá con un suspiro largo, rodeado de cajas vacías y el aroma a cartón nuevo mezclado con el de los últimos muebles montados.

Nuestra casa por fin empieza a parecer un hogar.

—Estoy muerto —murmuro con los ojos cerrados.

—Eso te pasa por no dejarme ayudarte con las estanterías —dice Mirella desde la cocina con tono burlón.

—¡Mentira! ¡Tú fuiste la que dijo "yo decoro, tú cargas"!

Su risa suena cerca. Abro un ojo y la veo entrar en el salón con una pequeña caja en las manos. No es de las de mudanza. Es blanca, con un lazo rojo.

—¿Qué es eso? —Pregunto, incorporándome.

—Un regalo —dice, entregándomela.

—¿Ahora? Pero si acabamos de mudarnos.

—Ábrelo —responde, sonriendo como si supiera que estoy a punto de perder la cabeza.

Levanto la tapa con curiosidad. Dentro, sobre un fondo de papel seda blanco, hay un pequeño body de bebé con letras bordadas en dorado que dicen: “Hola, papá”.

Parpadeo. Una, dos veces. Y vuelvo a mirar el body, por si mis ojos me están jugando una broma.

—¿Esto es en serio? —Pregunto, sintiendo cómo el corazón se me acelera en el pecho.

Mirella asiente, sus ojos brillando de emoción.

—Sí. Te lo quería decir en cuanto nos instaláramos… Lo descubrí hace unos días.

Me quedo en silencio, procesando lo que significa. Y de pronto, sin poder evitarlo, río. Me levanto de golpe, la rodeo con los brazos y la alzo en el aire.

—¡Vamos a ser papás! —Exclamo, girando con ella en brazos.

—¡Vas a marearme! —Dice riendo, agarrándose a mis hombros.

La dejo de nuevo en el suelo, pero no me separo de ella. Pongo una mano sobre su vientre plano y susurro:

—Hola, peque... No sabes lo feliz que me haces.

Mirella acaricia mi mejilla.

—¿Estás contento?

—Estoy completamente en shock, profundamente enamorado... y sí, muy contento.

Nos quedamos abrazados unos minutos, hasta que suena el timbre de la comida a domicilio.

—Voy yo —digo aún sonriendo, como un idiota feliz.

—Ve, que tengo hambre por dos —contesta ella guiñándome un ojo.

Me río, negando con la cabeza, y me acerco a besar su frente con suavidad. Abro la puerta, le cojo el pedido al repartidor y vuelvo a ella.

—Voy a darme una ducha rápida antes de cenar, que todavía huelo a cajas y polvo —le digo.

—Perfecto, así no me distraes mientras abro todo esto —responde divertida, quitándome la bolsa de las manos.

——————————————————

Mientras Mirella abre las bolsas de comida y empieza a colocar los recipientes sobre la mesa improvisada en el salón, me quedo unos segundos apoyado en el marco de la puerta, observándola.

Tiene el cabello recogido en un moño desordenado, una camiseta que me robó del cajón y una sonrisa tan real que me hace doler el pecho.

Nunca pensé que estaría aquí.Nunca pensé que sería merecedor de esto.

Crecí rodeado de paredes frías y promesas rotas. Aprendí desde muy pequeño que las familias no siempre significan amor, que el “para siempre” puede doler más que curar. Y me prometí que jamás formaría una. Que no repetiría los errores, que no arrastraría a nadie a mi infierno.

Hasta que llegó ella.

Mirella me enseñó que el amor no siempre grita, que a veces es una caricia silenciosa, una risa compartida en medio del caos. Me enseñó que no hace falta tener un pasado perfecto para construir un futuro distinto.

Y ahora… vamos a ser una familia.Una real. Una de verdad.

—¿Qué haces ahí parado? —Pregunta, girándose con una empanadilla en la mano—. ¿Vas a comer o te lo tengo que dar en la boca?

Sonrío. Me acerco, le quito la empanadilla, le doy un mordisco y luego la beso.

—Gracias —le susurro.

—¿Por la comida?

—Por salvarme la vida.

Mirella sonríe sin entender del todo, pero tampoco pregunta. Se limita a rozarme la mejilla con la suya y a sentarse conmigo en el suelo, rodeados de cajas, comida y sueños.

Y mientras cenamos, riendo por cualquier tontería, sé que esta vez no estoy huyendo de nada.

Estoy construyendo una familia y esta no da miedo.