UN LUGAR LLAMADO NOSOTROS Capítulo 60.
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Capítulo 60.

Mirella.

—Mi pequeño ya creció y se me va —dice Zayden mientras abraza a Rhett con toda la fuerza que puede.

Rhett sonríe, un poco incómodo pero feliz.

—Prometo venir de visita —responde él, tratando de liberarse del abrazo.

—Más te vale, o iré a secuestrarte —amenaza Zayden con una sonrisa traviesa.

Ava y yo nos miramos y no podemos evitar reírnos.

—¿Y yo qué? —Pregunto—. ¿No vas a secuestrarme también?

Zayden se ríe.

—A ti ya te tengo fichada, Mirella. Pero no te preocupes, no pienso secuestrarte… todavía.

Los cuatro terminamos riendo, disfrutando ese momento que es a la vez dulce y lleno de bromas, como una familia de verdad.

—Puedes ir a ver a Rhett a New York siempre que quieras —le digo a Zayden, sonriendo con ternura mientras él aún se aferra a Rhett como si fuera su hermano pequeño y lo estuviera despidiendo para siempre.

Zayden hace una pausa dramática, alzando la cabeza con teatralidad.

—Se lo lleva lejos, a otro continente… ¡quiere separarnos! Pero no podrás. Nuestro amor fraternal es más fuerte que cualquier océano. —Hace una mueca entre seria y exagerada que nos hace soltar una carcajada.

Ava niega con la cabeza y me rodea con un brazo.

—Ven, déjalos hacer su telenovela —me susurra en broma, alejándome de los dos mientras Zayden aún simula una tragedia griega.

Cuando estamos a solas, Ava me mira con una sonrisa suave y saca de su bolso una pequeña cajita de terciopelo.

—Quiero darte esto antes de que te vayas.

La abro con cuidado y dentro encuentro un delicado colgante en forma de ave fénix, con detalles en dorado y rojo, brillando como fuego detenido en el tiempo. Me cuesta contener las lágrimas.

—Ava…

—Este fénix eres tú, Mirella —dice con emoción en la voz—. Por todo lo que has pasado. Por todo lo que has superado. Por encontrar fuerzas cuando no sabías que las tenías. Por volar, aunque hayas tenido que resurgir del fuego.

La abrazo con fuerza, sin decir nada, porque no me salen las palabras. Solo aprieto los ojos para no llorar, porque si lo hago, no voy a poder parar.

—Gracias —susurro, apenas audible, mientras ella me acaricia la espalda.

Nos separamos y me limpia una lágrima con el dedo.

—No te olvides nunca de quién eres.

—Ni de dónde vengo —respondo.

Ambas sonreímos con esa mezcla de tristeza y felicidad que solo se siente cuando sabes que una etapa hermosa termina… pero otra aún mejor está por comenzar.

Nos abrazamos con fuerza, como si no quisiéramos soltarnos nunca.

—Eres la mejor amiga que podría haber tenido —le susurro a Ava—. Puedes venir a Nueva York siempre que quieras, tienes las puertas abiertas.

Ella me aprieta aún más y se ríe con suavidad.

—Te tomo la palabra… porque voy a irme a vivir a Nueva York.

Me separo de golpe, frunciendo el ceño.

—¿Qué? ¿Por qué?

Ava suspira, bajando un poco la mirada antes de hablar.

—Necesito un cambio de aires, Mirella. Y qué mejor sitio que Nueva York. Siempre me ha gustado y… ya es hora de empezar de nuevo.

—¿Y Zayden? —Pregunto con cautela.

Ella se muerde el labio y la respuesta tarda unos segundos en salir.

—Aunque lo ame, no puedo seguir intentando ganarme su perdón. Él no puede perdonarme, y yo no puedo seguir arrastrándome por algo que no va a cambiar. Me voy para olvidarlo.

Le aprieto la mano, entendiendo el dolor detrás de sus palabras. No insisto. Solo la abrazo otra vez.

Poco después, nos reunimos con los chicos en la entrada. Zayden aún bromea con Rhett, relajado.

Yo, distraída, sonriendo por lo bajo mientras miro a Ava, suelto sin pensar:

—Bueno, al menos no estaremos solitos en Nueva York. Rhett... con Ava allí será todo más divertido.

El silencio que se hace es tan repentino que me doy cuenta de lo que acabo de decir. Abro los ojos, llevándome la mano a la boca.

—Ay, mierda... —murmuro.

Zayden gira lentamente hacia Ava, su expresión pasando de relajada a confundida, dolida, en cuestión de segundos.

—¿Te vas de Sídney? —Pregunta, con la voz ronca, clavando los ojos en ella.

Ava se mantiene firme, aunque noto el leve temblor en sus dedos cuando los cruza frente a su abdomen.

—Sí —responde con suavidad, sin apartar la mirada de él.

Zayden no dice nada. Su silencio pesa. Sus ojos la buscan como si intentara entender algo que se le escapa.

Rhett, consciente de la tensión, me pasa un brazo por los hombros y da un paso hacia delante.

—Vamos, mi amor. Carol nos espera para despedirse.

Asiento, tragando saliva. Mientras nos alejamos, miro de reojo a Ava. Ella sigue ahí, quieta, aguantando firme. Y Zayden… parece haberse quedado sin suelo bajo los pies.

El silencio del refugio me envuelve.

Solo el chisporroteo lejano de la chimenea rompe la calma mientras espero a Rhett y a Carol. Me dijeron que no tardarían, que solo tenían que ver “una cosa”, pero cada minuto parece eterno.Cruzo los brazos, jugueteando con el borde de mi sudadera, cuando escucho una voz a mi espalda.

—Hola.

Me giro.

—Martha.

—Sí. —Da un paso al frente, con las manos entrelazadas nerviosamente—. Tranquila, no voy a armar un escándalo. Solo… quería disculparme contigo.

Alzo una ceja, desconfiada.

—¿Disculparte?

—Sí. —Su voz tiembla un poco, pero sigue—. Por cómo te hablé la última vez que nos vimos. No tenía derecho. Fui injusta.

No digo nada, solo la observo. Martha baja la mirada un segundo antes de recomponerse.

—He empezado a ir a terapia. —Traga saliva—. Y me he dado cuenta de que parte de esa rabia que tenía era… celos. —Me mira fijamente, con los ojos brillantes—. Porque yo también estaba enamorada de Rhett. Porque durante mucho tiempo esperé que un día me mirara como te mira a ti.

Siento un nudo en la garganta, pero no alcanzo a responder.

—Y sé que eso nunca va a pasar. —Su voz se quiebra, aunque sonríe con tristeza—. Ahora lo entiendo. Por eso quería decirte que lo siento. Y que, de verdad… os deseo lo mejor a los dos.

—Carol me ha contado que fue una boda hermosa y…

—¿Qué pasa aquí? —La voz de Rhett aparece, dura, lista para intervenir. Sus ojos grises se clavan en Martha como cuchillas mientras se posiciona a mi lado—. ¿Te está molestando?

—No —me apresuro a responder, adelantándome—. Se está disculpando.

Martha asiente con un gesto pequeño, pero firme.—Lo siento, Rhett.

Él me mira a mí, buscando confirmación, y yo asiento despacio. Por primera vez, no siento rencor hacia ella. Solo una especie de alivio inesperado.

—No tienes de qué disculparte, Martha. Yo también te pido perdón de la forma en la que te dejé. Te merecías una disculpa y simplemente te ignoré.

Martha asiente mientras baja la mirada por unos segundos.

—Lo siento, Martha.

Ella le dedica una sonrisa corta pero sincera.

—Solo quiero deciros que os deseo lo mejor, os lo merecéis. De verdad.

Rhett y yo sonreímos mientras asentimos con la cabeza en forma de agradecimiento. Quiero decirle algo, pero en cuanto voy a hacerlo unos ladridos nos interrumpen mientras viene corriendo hacia nosotros.

Es Max.

Rhett se sobresalta y me protege con su cuerpo, pero Max se sienta al lado de Martha y ella se agacha a acariciarlo.

Martha se agacha y acaricia a Max con cuidado, como si esperara que en cualquier momento volviera a gruñirle. Pero él no lo hace. Solo ladea la cabeza y le da un leve empujón con el hocico, reclamando más caricias.

Me quedo inmóvil, sorprendida. Max nunca dejaba que nadie se acercara a él, menos aún a Martha. Siempre había sido mío, solo mío. Mi sombra.

Rhett frunce el ceño, desconfiado, con la mano en mi cintura, preparado para apartarme si algo va mal.—¿Qué demonios…? —Murmura, sin apartar la vista del perro.

—Tranquilo —susurro, observando la escena.

Martha sonríe, incrédula, mientras Max se tumba a su lado y apoya la cabeza en su pierna. Su respiración se calma, sus ojos se cierran poco a poco.

—Parece que no soy la única que está cambiando —dice Martha en voz baja, con un deje de emoción en la garganta.

Miro a Max, a Martha y luego a Rhett, y una extraña calidez me recorre. Quizá, después de todo, las cosas sí podían mejorar. Quizá todos podíamos sanar a nuestra manera.

Rhett me estrecha un poco contra él, sin dejar de vigilar, pero su mandíbula se relaja.—O el perro se ha vuelto loco, o de verdad está aprendiendo a confiar.

Sonrío.

—Max no se equivoca con las personas. Si confía en ella… es porque debe haber cambiado.

Martha acaricia al perro con suavidad y durante unos segundos, el refugio se llena de un silencio distinto. No tenso, no hostil. Un silencio nuevo. De paz.

Max levanta la cabeza, me mira, y siento que todo encaja. Que hemos dado un paso más hacia adelante.

Rhett y yo nos agachamos junto a Max, y él, lejos de apartarse, mueve la cola con fuerza. Mi mano se hunde en su pelaje áspero mientras Rhett lo acaricia en la cabeza. Martha sonríe con ternura.

—Max vive ahora conmigo —confiesa, como si aún le costara creerlo en voz alta—. Supongo que… nos hacía falta a los dos.

Levanto la vista, sorprendida, y Rhett ladea la cabeza, todavía desconfiado.

—¿Contigo? —Pregunta con cautela.

—Sí. —Martha asiente, acariciando al perro que ahora la mira como si siempre hubiera sido suyo—. Es increíble, pero… me ha ayudado más de lo que yo a él.

Antes de que pueda responder, Carol aparece en el umbral con su eterna calma.

—Vaya cuadro tan bonito —dice con una leve sonrisa—. Nunca pensé que vería a Max así.

Martha le devuelve la sonrisa.

—Yo tampoco.

Nos quedamos los cuatro unos segundos en silencio, acompañados por la respiración tranquila de Max. Y, por primera vez, no pesa.

Rhett se pone de pie y me ofrece la mano para ayudarme a levantarme.

—Hora de irnos, pajarito —murmura.

Asiento, acaricio una última vez a Max y me giro hacia Martha y Carol.

—Cuidad de él.

—Lo haremos —responde Carol con firmeza, posando una mano en la espalda de Martha, gesto que ella devuelve.

Rhett y yo nos marchamos juntos, y mientras cruzamos la salida del refugio, me doy la vuelta. Veo a Carol y Martha, de pie, hombro con hombro, con Max echado a sus pies, observando cómo nos alejamos.

Es una imagen que nunca pensé ver: las dos mujeres que antes parecían fuego y hielo, ahora unidas por un perro y un silencio que no duele.

Y por primera vez en mucho tiempo, siento que todo empieza a encajar, incluso para ellas.