UN LUGAR LLAMADO NOSOTROS Capítulo 59.
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Capítulo 59.

DOS SEMANAS DESPUÉS.

LAS MALDIVAS.

Rhett.

Camino con una flor pequeña blanca en la mano, la arena me quema los pies y corro mientras río. Nunca había sentido esa sensación.

Me arden los pies y siento un alivio cuando piso la toalla, me alivia el calor abrasador de los pies y se cuela en mi pecho al verla sentada mientras me mira con esa sonrisa tan suya que me derrite hasta los huesos.

Me arrodillo y le coloco el pelo detrás de la oreja para luego colocarle la pequeña flor.

Acerco mi nariz a la suya y cerramos los ojos a la vez mientras sonrío como nunca antes lo había hecho en mi vida.

No puedo pedir más, lo tengo todo.

Tengo a mi esposa y estamos de luna de miel sin nada que preocuparnos, solo viviendo nuestra vida.

Esos treinta millones que Elian le entregó y que invertimos juntos no solo nos han hecho millonarios. Nos han dado libertad, futuro y un nuevo comienzo. Mirella y yo no solo compartimos un nombre, compartimos un sueño, un nosotros que se escribe a cada instante.

—¿Sabes que hoy es nuestro último día aquí? —Le digo, mirando cómo la brisa juega con su cabello.

—Lo sé —responde, con esa sonrisa que me derrite—. No quiero volver a la realidad todavía.

Me acerco y susurro:— Pues tendremos que exprimirlo al máximo.

Ella se ríe, apoyando la cabeza en mi hombro mientras escuchamos el sonido de las olas.

—¿Sabes qué? —Me dice, con picardía—. Me voy a echar una carrera hasta el mar, y si me alcanzas, te doy un beso.

La miro divertido, sabiendo que la voy a atrapar.

—¿Eso es un reto? —Le digo, poniéndome de pie.

—Claro —me dice con una sonrisa traviesa—. Y te advierto que soy rápida.

En un segundo, ya está corriendo hacia la orilla, el agua brillando a su alrededor.

—¡Espera! —Grito, saliendo detrás de ella.

La alcanzo justo cuando pisa el agua, y sin más, la rodeo con mis brazos.

—Perdí, ¿no? —Le digo, rozando su mejilla con mis labios.

—Claro que sí —ríe—. Pero te dejo ganar.

Sin esperar más, la alzo en brazos con firmeza, sintiendo su cuerpo ligero y cálido contra el mío.

—¿Creías que te dejaría escapar tan fácil? —Le susurro con una sonrisa traviesa.

—¡Rhett, ni se te ocurra! —Dice cuando se da cuenta de mis intenciones.

Ella intenta soltarse, pero yo ya la tengo segura mientras avanzo hacia el mar.

El agua me llega hasta las rodillas, luego hasta la cintura, y seguimos adentrándonos.

Justo cuando el sol comienza a ocultarse en el horizonte, la acerco a mí y la beso con intensidad, dejando que el mundo desaparezca alrededor.

Luego, con un suave movimiento, me dejo caer hacia atrás, llevándola conmigo.

Los dos caemos bajo el agua, rodeados de silencio y la fría calma del mar.

Siento sus manos aferrarse a mí mientras permanecemos bajo la superficie, como si ese instante pudiera detener el tiempo.

Cuando finalmente emergemos, nuestras risas se mezclan con el sonido de las olas, y sé que este último día será imposible de olvidar.

Seguimos jugando en el agua, risas escapando de nuestros labios como si fuéramos dos niños. Mirella, con esa chispa traviesa en los ojos, me lanza un chorro de agua directo a la cara.

—¡Hey! —Gruño entre risas, sacudiendo el agua de mis ojos.

Ella aprovecha para nadar rápido hacia la orilla, pero yo no pienso dejarla ir tan fácil. Con un movimiento rápido, agarro su tobillo, tirando suavemente para acercarla a mí.

—¿Creías que te iba a dejar escapar? —Le digo, sujetándola firme pero sin hacerle daño.

Mirella sonríe desafiante, pero sus ojos brillan de complicidad y diversión.

—Eres imposible —me dice entre risas, mientras la tengo entre mis brazos.

No puedo evitar sonreír, pero entonces, sin avisar, acerco mi rostro al suyo y la beso con una intensidad que la deja sin aliento. Mi boca busca la suya con hambre, mis manos acarician su espalda mientras la pasión se enciende entre nosotros.

Su risa se convierte en un gemido suave y profundo que me impulsa a apretar más fuerte, a hacer que cada segundo sea más ardiente. No dejamos espacio para la espera: la levanto con cuidado, pero con decisión, y la llevo hacia la orilla, donde la arena está tibia y el agua acaricia nuestros pies.

La dejo caer suavemente sobre la arena y vuelvo a besarla, más profundo, más salvaje, mientras nuestras pieles se buscan sin descanso.

Seguimos besándonos en la orilla, el murmullo del mar acompaña cada uno de nuestros suspiros y caricias. Siento su cuerpo contra el mío, temblando bajo el calor del sol y la brisa salada. Mis manos recorren sus curvas, descubriendo cada rincón que me pertenece.

Con la voz baja y ronca le pregunto:—¿Quieres que te haga el amor aquí, ahora?

Ella no duda ni un segundo, asiente con la cabeza, sus ojos brillando con deseo.

Mi mano se desliza entre nosotros hasta que llevo al borde de mi bañador, bajándolo solo lo justo y con un movimiento firme, aparto su tanga a un lado y sin más, la penetro con fuerza, haciendo que un gemido profundo escape de sus labios.

Su cuerpo se arquea hacia mí, entregada y viva, mientras el ritmo se vuelve salvaje y urgente, mezclando el sabor del mar con nuestro fuego interior.

Mis embestidas se vuelven cada vez más fuertes y urgentes, cada movimiento de mi cadera buscando profundizar más dentro de ella. La arena se pega a nuestra piel húmeda, mezclándose con la sal del mar y el sudor que ambos desprendemos.

—Eres mía, Mirella —susurro con voz ronca, mientras siento cómo su cuerpo se arquea bajo mí—. Quiero que grites mi nombre, que todos sepan lo que hacemos aquí.

Ella no tarda en responder, un gemido profundo que me cala hasta los huesos y me hace acelerar el ritmo. Sus uñas se clavan en mis hombros, dejando marcas, y su respiración se entrecorta en oleadas.

—Rhett… —jadea, apretando mi espalda con fuerza—, no puedo… no aguanto más.

Su súplica me hace perder el control. La abrazo con fuerza, hundiendo cada vez más, dominándola con una pasión que arde por dentro y se desborda en cada movimiento.

—Córrete, pajarito —le digo con dureza, besando su cuello, bajando hasta su clavícula—. Córrete para mí.

El cuerpo de Mirella tiembla y se arquea mientras la siento contraer sus músculos alrededor mío, su placer explotando en un grito ahogado que me lo llevo a lo más profundo de mi boca al besarla.

Pero yo no paro, sigo hasta que mi propio cuerpo se tensa y me corro con un jadeo profundo dentro de ella.

Caemos juntos sobre la arena mojada, exhaustos, con la piel pegada y el corazón latiendo a mil.

El calor de nuestro último momento en las Maldivas todavía recorre mi piel.

Cuando pasa un rato y nos recuperamos, me levanto y le tiendo la mano para ayudarla a ponerse en pie. La miro a los ojos y sonrío.

—Vamos —le digo—. Es hora de prepararnos para la cena.

Caminamos juntos hacia la cabaña, cada paso lento, saboreando el final perfecto de este día.

Después de cambiarnos, salimos hacia la playa donde nos espera una mesa iluminada con velas, el sonido suave de las olas completando el ambiente.

La noche es clara y las estrellas brillan intensas, como si nos celebraran.

Le retiro la silla con cuidado y la invito a sentarse. Nos acomodamos y comenzamos a cenar, hablando en voz baja y disfrutando de la brisa marina.

—La noche está increíble —dice Mirella, mirando el cielo—. Parece que no podría ser más perfecta.

—Y aún tengo algo más para ti —le digo, sacando una caja grande de debajo de la mesa—. Quiero que veas esto.

Abre la caja lentamente y dentro hay una delicada réplica de la torre Empire State, brillante y perfectamente detallada.

—¿Recuerdas cuando te regalé aquel viaje a Nueva York? —Le pregunto, viendo su expresión sorprendida—. Siempre dijiste que te encantaría vivir allí, pero en aquel momento no podía darte más que unos días.

Saco una cajita más pequeña de la caja grande y la coloco frente a ella. La abro, mostrando una pequeña llave dorada.

—Ahora puedo darte toda una vida allí —susurro—. He comprado un loft cerca del Empire State, en el corazón de Manhattan. Es nuestro nuevo hogar, Mirella.

Ella me mira sin palabras, con los ojos brillantes de emoción y amor.

—¿De verdad? —Pregunta, con la voz entrecortada.

Asiento, tomando su mano entre las mías.

—Sí, para que sigamos escribiendo nuestra historia donde tú quieras, y donde podamos vivir todos nuestros sueños.

La veo sonreír y me abrazo a ella, sintiendo que el futuro se abre ante nosotros lleno de posibilidades.

Nos quedamos abrazados un momento, el sonido del mar y la luz tenue de las velas envolviéndonos como un refugio privado. Mirella se recuesta suavemente en mi pecho, y siento su respiración calmada, su mano entrelazada con la mía.

—No puedo creer que esto esté pasando —murmura—. Parece un sueño.

—Un sueño que se vuelve realidad —le respondo, besando su frente mientras le peino el pelo con mis dedos—. Y lo mejor es que esto no es un adiós, sino solo un nuevo comienzo.

Terminamos la cena entre risas suaves, miradas cómplices y palabras de amor que nos decimos como si fueran la única verdad que importa. La brisa marina se lleva nuestras preocupaciones y el tiempo parece detenerse.

Cuando apagamos las velas, nos quedamos un rato más observando las estrellas, imaginando todo lo que nos espera. La vida juntos, nuestras metas, los viajes, los momentos pequeños que se vuelven eternos.

—Prométeme algo —me dice ella, apoyando la cabeza en mi hombro.

—Lo que quieras.

—Que no importa a dónde vayamos, siempre encontraremos nuestro lugar. Siempre será Nosotros.

—Lo prometo —le aseguro, apretando su mano con firmeza—. Porque contigo, cualquier lugar es el paraíso.

Nos levantamos despacio, tomados de la mano, y caminamos hacia la cabaña bajo el cielo infinito, sabiendo que el último día en las Maldivas es solo el comienzo de toda una vida juntos.