UN LUGAR LLAMADO NOSOTROS Capítulo 58. #2
89%

Capítulo 58. #2

—Tú me salvaste, Rhett. Cuando creía que no quedaba nada para mí… apareciste tú. Y aunque no lo supieras, cada gesto tuyo me sostuvo en pie.

Mientras el vestido cae suavemente, sus manos trazan la silueta de mi cuerpo, no solo tocando la piel, sino también cada miedo, cada cicatriz que hemos ido dejando atrás. Los dos hemos sufrido más de lo que quisiéramos admitir, pero, sin saberlo, nos curamos el uno al otro.

Al principio, éramos fuego y tormenta, peleando contra lo que sentíamos.

Pero poco a poco, con cada mirada, con cada gesto, nos fuimos sanando, Ya no hay nada entre nosotros.

Ni ropa. Ni dudas. Solo dos cuerpos que se buscan como si hubieran estado hechos el uno para el otro.

Me tumba en la cama con cuidado, pero en cuanto nuestros labios se encuentran, todo se vuelve más salvaje.

Nos besamos con desesperación mientras se coloca entre mis piernas y yo le rodeo las piernas en sus caderas.

—Eres lo más bonito que me ha pasado en toda mi vida, Mirella.

Siento que me derrito ante sus palabras, pero al mismo tiempo es como si me metiera en mi mente y lo dijera por mí, porque siento lo mismo que él.

Rhett ha sido lo más bonito que me ha pasado en toda mi vida.

Vuelve a besarme, pero esta vez con más calma, pero yo no puedo esperar, bajo la mano entre nosotros hasta su erección y la coloco en mi entrada, intento levantar mis caderas, pero él la sujeta con fuerza para inmovilizarme y adentrándose hasta el fondo, penetrándome con fuerza.

Gemimos al mismo tiempo en la boca del otro.

—Grita todo lo que quieras, pajarito —dice mientras coge una pierna y la levanta a la altura de su hombro para que pueda sentirlo mejor —ya no hay nadie en esta casa que pueda decirnos qué debemos hacer y qué no.

Vuelve a penetrarme y doy un grito que retumba las paredes, araño su espalda y se incorpora apoyando las manos en el colchón para aumentar la intensidad. Más rápido, más fuerte y suelta un gruñido mientras araño todo su cuerpo, desde su pecho hasta su bajo abdomen.

Mi cuerpo entero tiembla bajo el suyo. Siento cada embestida como una descarga eléctrica que me recorre de pies a cabeza. Sus gemidos se mezclan con los míos, su aliento choca contra mi cuello y me hace arquear la espalda. Estoy al borde del colapso, pero no quiero que acabe. No todavía.

—Házmelo a tu manera —le susurro con la voz entrecortada, clavando los ojos en los suyos, que brillan como fuego.

Él se detiene solo un segundo. Me mira como si acabara de romper algo dentro de él. Y entonces, su expresión cambia. Se vuelve más intensa. Más salvaje.

—¿Estás segura, pajarito? —Pregunta con esa voz grave que me desarma.

—Hazlo, Rhett. Soy tuya.

Se incorpora apenas lo necesario para alcanzar su cinturón del suelo. Lo desliza entre sus dedos con lentitud, como si saboreara cada segundo, y luego lo pasa por mis muñecas, atándolas con cuidado al cabecero de la cama. Firme, pero sin hacer daño.

—Si quieres que pare… —susurra contra mis labios.

—Quiero que mi esposo me muestre lo que siente de verdad —le digo con voz firme, mordiendo mi labio inferior, buscando en él esa valentía que sé que tiene dentro—. Confío en ti, cielo.

Él respira hondo, y por un momento el mundo se detiene. Luego, con una seguridad nueva, se acerca para besarme de nuevo, lento, profundo… y sé que esta vez me entregará todo sin reservas.

Rhett aprieta mis muñecas contra el cabecero con una fuerza que me hace temblar, pero su mirada es un aviso claro: él manda aquí, y yo estoy dispuesta a entregarme.

—La última vez —susurra al oído, su voz rasposa y llena de promesas oscuras— tuve miedo.

Me muerde el lóbulo, y su aliento caliente me recorre el cuello mientras continúa:

—Tuve miedo de que me vieras como alguien que solo sabe hacer daño, y no como el hombre que te quiere romper y reconstruir al mismo tiempo. Pero hoy… hoy voy a enseñarte quién soy de verdad.

Sus palabras me queman por dentro. Quiero más de ese Rhett que no teme, que no se contiene, que me toma sin pedir permiso y me exige a gritos.

—Enséñame, Rhett. Muéstrame lo que me has guardado —le digo, mordiendo su cuello, dejando claro que no me asusta su lado oscuro.

Él gruñe, y con un movimiento rápido me gira, colocándome boca abajo, mi cuerpo completamente expuesto bajo el suyo. Su aliento caliente recorre mi piel, mientras sus manos me aprietan las caderas con firmeza.

—Eres mía, pajarito —dice con crudeza, y no hay nada más excitante que escuchar esas palabras salir de sus labios, llenas de deseo y control—. Voy a follarte hasta que solo puedas pensar en mí.

Su mano firme me sujeta la cadera mientras la punta de su erección roza mi entrada, apenas entrando, para luego retirarse lentamente, rozándome solo por el borde, una y otra vez. La tortura comienza, lenta y deliberada, y cada roce es una caricia cargada de promesas crueles.

Siento cómo mi cuerpo se tensa y se estremece con cada roce. Bajo la mirada, buscando en sus ojos esa mezcla de fuego y tormento.

—Por favor, Rhett… —susurro temblando, con la voz quebrada—. Hazlo ya, no puedo aguantar más.

Él ríe con un gruñido bajo, y en lugar de ceder, aprieta más mi cadera, sujetándome con fuerza. Su otra mano se enreda en mi cabello y tira con un tirón firme, obligándome a mirar hacia arriba, a enfrentar su dominio.

—No, pajarito —dice con voz ronca y provocadora—. Quiero que supliques, que me digas que me necesitas. Que te arrodilles ante mí con las ganas quemándote por dentro.

Sus dedos recorren mi espalda, dejando un rastro de piel erizada, mientras su lengua acaricia mi cuello con mordiscos suaves pero insistentes. El calor sube dentro de mí, la desesperación se hace más intensa.

—Por favor, Rhett, hazlo —repito, casi suplicando, mientras mi cuerpo tiembla.

Él se ríe, una risa profunda y oscura, y vuelve a la tortura. La punta vuelve a rozar mi entrada, esta vez con un poco más de presión, pero sin penetrar del todo. Me deja al borde, me hace arder y luego se detiene, para luego empezar de nuevo.

La paciencia no es una virtud para ninguno de los dos. Mi respiración se hace agitada, mis manos intentan alcanzarlo, pero están atadas, firmes al cabecero. Soy suya, sin escape.

Finalmente, sin avisar, se hunde dentro de mí con un empujón fuerte y profundo, y un gruñido gutural escapa de su garganta al sentir lo mojada que estoy.

—Joder… —jadea, la voz rota por el placer—. Estás empapada para mí, pajarito. Así me gusta.

Sus embestidas son rápidas, intensas, cada una más profunda que la anterior. Su mano agarra mi cadera con tal fuerza que siento la piel arder, y me muerdo el labio para no gritar demasiado.

—Grita mi nombre —me ordena con voz ronca—. Solo tú haces que esto arda así.

Mi gemido se eleva en la habitación, mezcla de dolor y éxtasis. Él gruñe con fuerza al sentir mi entrega total, la humedad que lo hace deslizarse con más facilidad y potencia.

Cada movimiento suyo es dominio puro, pero también un deseo feroz, un fuego que no piensa apagar. Y yo estoy completamente rendida a ese fuego.

Sus embestidas se vuelven más rápidas, más intensas, marcando un ritmo casi salvaje que me hace perder el control. Mi cuerpo arqueado, expuesto y vulnerable bajo él, cada vez que entra más profundo, me consume con un fuego que solo Rhett sabe encender.

—Dime que quieres más —susurra con voz ronca, sus manos agarrando mis caderas con fuerza, sin soltarme ni un segundo—. Que no te cansarás de mí, pajarito.

No puedo hacer otra cosa que gemir, suplicar, pedir que no pare, que me tome como solo él sabe hacerlo. La tortura que comenzó rozando apenas la punta, ahora es un empuje fuerte y completo, implacable, que me derrite por dentro.

—Por favor, Rhett… —mis palabras se mezclan con jadeos, mi cuerpo temblando bajo su control—. No puedo más...

Él gruñe con fuerza, cada embestida más profunda, más intensa.

—Eres mía, Mirella —susurra con voz ronca, apretando mis caderas con fuerza—. Solo para mí, para que sientas cada centímetro de mí dentro de ti, para que no puedas olvidarlo nunca.

Siento cómo su cuerpo se tensa como el mío, el calor sube rápidamente y un gruñido ronco escapa de su garganta cuando se corre dentro de mí, inundándome de un placer tan salvaje que me deja sin aliento.

Rhett se desploma encima de mí, su peso cálido cubriéndome sin aplastarme, sus manos firmes sosteniéndome para que no pierda el equilibrio. Siento el latir de su corazón acelerado contra mi espalda, mientras con suavidad, pero con un dejo de posesión, me muerde levemente el hombro.

—Nunca te dejaré ir, pajarito —susurra entre jadeos, todavía hundido en mí—. Esta es la verdadera versión de mí… la que quiero mostrarte siempre.

Yo solo puedo responder con un suspiro largo, el cuerpo temblando de satisfacción y deseo, entregada a él por completo.

—¿Estás bien, pajarito? —Me pregunta con voz ronca, como si le importara más que nada saber que estoy bien.

Apenas puedo responder, asintiendo débilmente, mientras siento cómo mi cuerpo aún arde bajo su peso y su dominio.

—No sé qué versión de Rhett es esta —susurro entre risas ahogadas—, pero quiero que sea la única que vea en la cama de ahora en adelante.

Él ríe, suave, como un sonido que se cuela en mi piel y me calma, liberando mis muñecas con cuidado y recostándome a su lado. Sus dedos recorren mi espalda con ternura, lejos de la intensidad que había momentos antes.

Rhett suspira, liberado por fin de ese miedo que lo había contenido tanto tiempo.

—Me alegra que te guste, pajarito —murmura con voz baja—. Esta versión... soy yo, contigo. Sin miedo, sin reservas.

—Esto es Nosotros. Y no hay nada que pueda separarnos.

Y así, en ese lugar llamado Nosotros, escribimos el principio de nuestro para siempre.