Capítulo 58.
TRES MESES DESPUÉS.
Mirella.
Estoy frente a un espejo mientras me observo con el vestido de novia puesto. Mis manos tiemblan levemente, y por más que intento quedarme quieta, los nervios me delatan. Ava, a mi espalda, intenta cerrar los botones con paciencia, pero no se lo pongo fácil.
—Estate quieta —dice entre risas—. Pareces una niña.
—Estoy demasiado nerviosa —confieso en voz baja.
Ella me sonríe por el reflejo, con esa ternura suya que siempre logra calmarme.
—Estás preciosa. Y él va a llorar en cuanto te vea.
Mi vestido es sencillo, pero absolutamente perfecto.
Blanco marfil, de tela ligera que baila con el viento.
El escote es suave, en forma de corazón, y la espalda está descubierta, cerrada solo por una hilera de pequeños botones que terminan justo donde empieza la falda de tul.
No hay encajes ni adornos exagerados, solo un cinturón fino y una caída impecable que acaricia el suelo a cada paso. Es elegante, íntimo… muy yo.
Ava está a mi lado. Me toma del brazo justo cuando nos llaman para salir. Me guiña un ojo y me susurra:
—¿Lista para hacer llorar al guardaespaldas más duro de Sídney?
No tengo tiempo de contestar, porque apenas damos unos pasos sobre el sendero de pétalos, lo veo.
Rhett.
Y sí, Ava tenía razón.
Llora.
No es un llanto desbordado, pero sus ojos están llenos y húmedos, su mandíbula tensa, su pecho subiendo y bajando como si le costara respirar de tanta emoción contenida. Nunca lo había visto así. Tan vulnerable. Tan real. Tan hermoso.
Yo contengo las lágrimas como puedo. Ava, en cambio, ríe bajito junto a mí y me aprieta el brazo con fuerza.
—Te dije que iba a llorar —me susurra con orgullo.
Seguimos caminando y, cuando llegamos frente a él, Ava se detiene, toma mi mano y la pone sobre la de Rhett.
—Ahora es toda tuya, así que más te vale cuidarla. —dIce sonriendo, con un brillo en los ojos.
—Siempre —responde Rhett, sin dejar de mirarme—. Es mi vida entera.
La ceremonia sigue, envuelta en esa calidez que solo da el amor genuino, el amor que ha sobrevivido a tanto. Cuando pronunciamos el “sí, quiero”, lo hacemos con la voz firme, sin titubeos, sin dudas. No hay nervios. Solo certeza.
Y cuando el oficiante dice “pueden besarse”, no hay necesidad de esperar. Rhett me toma con fuerza y me besa con tanta ternura que siento que podría fundirme entre sus brazos. Lo beso de vuelta con la misma intensidad, sabiendo que nunca más volveré a temer.
Más tarde, durante la pequeña celebración bajo las luces cálidas del jardín, la música empieza a sonar y Rhett me toma de la mano.
—¿Me concedes este baile?
—¿Tú? —le levanto una ceja, divertida— ¿Rhett O´Connor pidiéndome un baile?
—No me lo recuerdes —resopla—. Dije que no bailaba.
—Y esta es la segunda vez que lo haces.
—Sí, pero es contigo —responde—. Tú haces que quiera hacer todo lo que juré no hacer nunca.
Le doy un corto beso en los labios y nos vamos hacia la pista de baile.
Nos reímos los dos mientras empieza a moverse conmigo, torpe, pero con una dulzura que me hace amarlo aún más. Apoyo mi cabeza en su pecho mientras giramos despacio bajo las luces, y siento cómo me acaricia la espalda con la yema de los dedos.
—Te amo, pajarito.
—Y yo a ti, cielo. Para siempre.
Y en ese momento, con los árboles susurrando a nuestro alrededor, las estrellas asomando en el cielo y el mundo girando lento, sé con absoluta claridad que lo hemos logrado.
Que lo que tenemos es de verdad.
Y que esta vez, sí que va a durar para siempre.
Seguimos bailando, envueltos en nuestra propia burbuja, pero en un momento, giro un poco la cabeza y los veo.
Zayden y Ava.
Están a un par de metros, bailando también, más cerca de lo que imaginaba.
No se dicen nada. No sonríen. Pero hay algo en la forma en que se miran, en cómo sus cuerpos se mueven sincronizados, en esa tensión invisible que vibra entre ellos.
Están tan cerca que podrían besarse. De hecho, durante un segundo, creo que van a hacerlo.
Pero no lo hacen.
Se detienen justo antes. Como si no supieran si dar ese paso… o si todavía duele demasiado.
—¿Crees que ellos volverán? —Le pregunto a Rhett sin apartar la mirada de ellos.
Él baja la cabeza un poco, pensativo, y luego me mira con una pequeña sonrisa en los labios.
—Zayden es terco como nadie, y cuando ama a alguien, es capaz de todo por proteger a esa persona, aunque eso signifique enfrentarse a quien sea.
No hay duda de que su amor por Ava es así, fuerte y verdadero, aunque ahora necesite tiempo para sanar las heridas.
El amor así no desaparece, solo se esconde un rato.
Asiento, sin decir nada más, y vuelvo a mirar a mi mejor amiga, que ahora lo mira a él como si no supiera qué hacer con tanto amor guardado.
Asiento, pensando en todo lo que sé de ellos, en las mentiras, en la presión que Ava sufrió, y en cómo Zayden, cuando se enteró de la verdad, buscó a Leo con tal rabia que casi lo arruina todo, en cómo pasó varios días en la cárcel y Roxy hizo de todo para sacarlo.
Eso no es indiferencia, ni olvido. Es amor… pero con cicatrices.
Y justo ahí, entre las luces suaves, el perfume de las flores y el susurro lento de una canción, siento que no solo nosotros estamos sanando.
Todos lo estamos.
Y qué bonito es ver florecer a los demás mientras tú también aprendes a volar.
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Han pasado las horas y Carol ya se ha marchado. El ambiente ha empezado a vaciarse, y Rhett y yo nos preparamos para despedirnos de Ava y Zayden.
—Nosotros nos vamos —dice Rhett, tomando mi mano con una sonrisa—. Es hora de disfrutar nuestra noche.
—Ni hablar —interviene Zayden antes de que demos un paso—. Ava y yo os llevamos.
Mientras lo dice, su mirada se queda en Ava un par de segundos más de lo habitual. Ella baja la vista, como si aún no supiera cómo manejar ese tipo de atención por parte de él.
Cuando nos acercamos al coche, Zayden acelera el paso y, antes de que Ava pueda siquiera rozar la manilla, él ya ha abierto la puerta para ella. Lo hace en silencio, pero el gesto habla por sí solo.
Durante el camino, Rhett y yo no podemos dejar de besarnos. Él me acaricia la mejilla con una ternura que solo él sabe tener, y cada vez que nuestros labios se encuentran, siento que todo encaja.
Desde el asiento del conductor, Zayden lanza una mirada rápida por el retrovisor y, con una sonrisa burlona, dice:
—Oigan, tortolitos, ¡no se olviden de respirar! Que, si se ahogan, no conduzco más.
Rhett levanta la cabeza apenas un segundo, me mira con una sonrisa traviesa y, sin dejar de besarme, le enseña el dedo medio a Zayden.
—Calla y conduce —murmura, con voz ronca, antes de volver a besarme.
Ava ríe bajito, disfrutando del espectáculo. Zayden aprovecha el momento y se inclina un poco hacia ella, bajando la voz para que solo ella lo escuche.
—Echo de menos hablar contigo —le susurra—. Solo eso… hablar. Como antes.
Ava baja la mirada, como si no supiera muy bien qué responder. Zayden traga saliva y, tras unos segundos de silencio, añade con la misma voz suave:
—Sé que no es el mejor momento, pero no podía callármelo.
Puedo ver cómo sus labios se curvan apenas, como si una parte de ella no pudiera evitar sonreír. Zayden la observa un segundo más, luego vuelve a centrar su atención en la carretera, como si no hubiera dicho nada.
Cuando llegamos a casa, Zayden aparca frente a la entrada y apaga el motor. Se gira en el asiento y nos mira por el retrovisor, con una sonrisa que no sé si es burla o complicidad.
—Fin del viaje, amantes desesperados —dice en tono divertido.
Rhett se ríe, me da un último beso y abre la puerta trasera. Zayden baja del coche y, antes de que Ava pueda hacerlo, se adelanta para abrirle la puerta. Ella lo mira de reojo, sorprendida, y él solo le responde con una media sonrisa que dura un segundo más de lo habitual.
—Gracias por traernos —le digo a ambos, bajando del coche.
—No hay de qué —responde Ava con una sonrisa suave.
—Y por la sorpresa de la celebración —añade Rhett, apretando mi mano—. No hacía falta.
—Claro que sí —dice Zayden, lanzándole una mirada rápida—. Ava lo preparó todo. Yo solo puse el coche.
Ava rueda los ojos, pero se nota que le hace ilusión. Rhett me aprieta un poco más la mano, como si quisiera decirme:
¿Ves? Aún hay algo ahí.
—Bueno —dice Rhett, girándose hacia mí—. Es nuestra noche de bodas. Hora de hacer lo que se espera de nosotros, ¿no?
Y sin previo aviso, me levanta en brazos. Suelto un grito entre risas, sorprendida.
—¡Rhett! ¡Estás loco!
—Loco por ti —responde con una sonrisa tan brillante que me derrite.
Mientras avanzamos hacia la puerta, Zayden nos grita desde el coche:
—¡No seáis ruidosos! ¡Y cuidadito con las lámparas!
Rhett le enseña el dedo medio sin dejar de besarme en la mejilla, y Ava vuelve a reír, esta vez con más soltura.
Zayden se acerca a ella por detrás, inclinándose un poco para susurrarle algo que no alcanzo a oír. Lo único que veo antes de entrar en casa con Rhett es que se quedan muy juntos… pero nosotros no esperamos a ver qué pasa. Esta noche es nuestra.
Rhett cierra la puerta de una patada mientras yo sigo en sus brazos; su fuerza me envuelve por completo. Siento su calor en cada centímetro de piel mientras me sube las escaleras. Mis manos se aferran a su cuello, mi vestido de novia se desliza suave entre sus dedos.
Al llegar, me deja con cuidado al lado de la cama y empieza a desabrochar los botones de mi vestido de novia lentamente, como si quisiera saborear cada instante. Sus dedos recorren cada botón con una mezcla de ternura y deseo, mientras sus ojos no se apartan de los míos.
—No sé qué he hecho en esta vida para merecerte, Mirella —susurra con voz ronca, rozando su frente con la mía—, pero juro que no pienso soltarte nunca. Eres mi casa. Mi lugar seguro.
Yo le ayudo a deshacerse de su camisa mientras mis dedos recorren su piel como si quisiera memorizarla. Lo miro a los ojos, sintiéndome más viva que nunca.