Capítulo 57.
Rhett.
Mirella se agacha frente a mí para atarme el zapato. Lo hace con cuidado, sin decir nada al principio, como si fuera lo más natural del mundo.
—No te agaches, ¿qué haces? —Digo enseguida, sin pensar, sintiendo cómo se me enciende algo en el pecho.
—Déjame ayudarte, Rhett. —Responde con suavidad, sin levantar la mirada, como si no entendiera por qué me molesta.
Pero es que no es ella. No es su gesto. Es lo que me recuerda. La forma en que sus dedos tiran del cordón, ese momento tan simple, me golpea con una fuerza que no esperaba. Me arrastra sin permiso hacia un rincón de mi memoria que había enterrado hace mucho tiempo.
Y de pronto no tengo treinta años. De pronto tengo cinco años.
—Mamá, ¿me ayudas a amarrarme los zapatos? —Mi voz es bajita, insegura, pero llena de ilusión. Solo quiero que me preste atención, que me mire como a algo que vale la pena.
Ella no me mira con ternura. Ni siquiera se molesta en apagar el cigarro. Me lanza una mirada dura, cargada de desprecio, como si mi existencia entera le molestara.
—Joder, eres un puto estorbo. A ver si aprendes ya a hacer las cosas por ti mismo, Rhett.
Y ahí se me rompió algo. Algo que con los años no se curó.
Algo que se quedó. Yo no lloré entonces.
Me tragué las lágrimas. Me acostumbré a hacerlo.
Pero dolía, como si me hubieran arrancado algo sin anestesia.
Me dolía no por lo que dijo, sino por la forma en que lo dijo.
Por lo fácil que le resultaba no quererme.
Regreso al presente. Estoy aquí, con Mirella, con treinta años encima, con cicatrices bien disimuladas y otras todavía abiertas. Me trago el nudo en la garganta. No quiero llorar delante de ella.
—Rhett… —me llama bajito, pero no respondo. Me limito a levantarme en cuanto escucho la voz de la psicóloga detrás de mí.
—¿Listo para entrar? —Me pregunta con amabilidad.
Asiento y camino hacia ella sin mirar atrás. Mirella me sigue con los ojos, lo sé, pero no me detengo. No puedo. No ahora.
Apenas la puerta se cierra tras de mí, me hundo en el sillón del despacho. Ya no me aguanto. Ya no me sale hacerme el fuerte. Ya no puedo más.
Me echo a llorar. No como un hombre que descarga tensión. Lloro como ese niño de cinco años al que nadie abrazó. Como el niño que solo quería que alguien lo mirara con amor y le dijera que no tenía que hacerlo todo solo.
Como el niño al que no le dejaron vivir su infancia.
Y por fin, después de tantos años de cargar con todo en silencio, empiezo a soltar.
Empiezo a sanar.
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Han pasado unas semanas desde esa sesión.
Sigo yendo a terapia. Algunas veces no hablo mucho, otras veces lo suelto todo.
No estoy del todo bien, pero ya no estoy tan roto.
Me siento más libre, más claro, más yo. Estoy aprendiendo, poco a poco, a mirar hacia delante sin ese peso invisible que arrastré desde niño.
Con Mirella a mi lado, solo tengo una certeza: quiero prometerle que no me iré, que no pienso soltar esa mano, que este “nosotros” que tanto nos costó será para siempre.
Zayden va a mi lado mientras caminamos por el centro de Sídney. Mira el móvil y luego a mí.
—No puedo creer que estemos haciendo esto —murmura él con una sonrisa medio incrédula, mientras revisa la lista de tiendas.
—¿El qué? ¿Buscar el anillo perfecto para una chica perfecta? —Respondo con sarcasmo, pero se me escapa una sonrisa también.
—No. Que tú seas el que está buscando el anillo. El Rhett que yo conocí habría salido corriendo de una joyería como si lo persiguieran diez matones —dice, dándome un codazo.
—Pues este Rhett… quiere hacer las cosas bien.
Zayden me mira, orgulloso.
—Lo estás haciendo.
Entramos a la tercera joyería del día. La dependienta nos enseña una pequeña caja forrada en terciopelo gris. La abro. Y lo veo.
Un anillo de oro blanco con un pequeño diamante en forma de lágrima. No es grande, no es ostentoso, pero tiene una luz cálida, como ella. Sutil. Firme. Inolvidable.
—Es este —digo sin dudar.
—¿Estás seguro? —Pregunta Zayden, aunque ya conoce la respuesta.
—Nunca he estado más seguro de nada en toda mi vida.
Unas horas después, todo está listo.
Ava nos ha prestado su casa. Bueno, en realidad ha convertido su jardín en una escena sacada de una película romántica: luces suaves, velas repartidas por el suelo, pétalos de rosa marcando el camino. Música suave de fondo. Una calma bonita en el aire.
Mirella está en la habitación de invitados, vestida con un conjunto blanco sencillo que Ava le dijo que era para una cena especial.
No sospecha nada.
Le ha tapado los ojos con una venda de satén y la están guiando hasta el jardín.
Yo la espero en el centro, nervioso, con el corazón desbocado.
Escucho sus pasos. Y la respiración contenida. Y su voz riéndose bajito.
—¿Qué es esto, Ava? ¿A dónde me llevas?
—Shhh, confía. Solo camina.
Cuando la tengo justo frente a mí, Ava la deja parada, le acomoda un mechón suelto del pelo y se hace a un lado.
Me acerco despacio, tomo su mano y me inclino para hablarle al oído.
—No digas nada todavía. Solo escucha.
Ella se queda quieta. Sonríe. Tiembla un poco.
—Nunca he buscado el amor. Me enseñaron que no era para mí. Que no lo merecía. Que lo más parecido al amor era la ausencia. La soledad. El abandono.
—Así que no lo busqué. No lo esperé y me convencí de que había nacido para sobrevivir, no para sentir. Y entonces llegaste tú.
—Mirándome como si no fuera un error, como si mis cicatrices tuvieran valor. Me enseñaste a creer que tal vez sí merezco el amor. Que el amor también puede ser para los que crecimos en la oscuridad. Que también puede ser para los que un día aprendimos a callar el llanto porque nadie venía.
—No solo me has hecho sentir, sino que también has hecho querer quedarme.
Querer sanar y querer compartir mi vida con una persona.
—Trago saliva. — Y por eso estoy aquí. Para prometerte que no me voy a ir.
Que no pienso soltarte la mano y que este “nosotros” que tanto nos costó, este “nosotros” que resistió a todo, sea para siempre.
Me arrodillo, saco el anillo y hago un gesto sutil a Ava. Ella se acerca y le quita la venda. Cuando Mirella abre los ojos, nos encuentra frente a frente: yo de rodillas, con el anillo en la mano, el alma en la voz.
—Así que Mirella Martínez Beltrán, ¿quieres casarte conmigo?
Ella se cubre la boca, con los ojos brillando y el corazón latiendo contra mis labios cuando me abraza. Yo la sostengo, beso suavemente su cuello mientras ríe y llora a la vez.
—Sí —responde sin dudar—, claro que sí. Para siempre. Contigo, solo contigo.
Deslizo el anillo en su dedo y ella lo mira como oro, pero sus ojos devolviendo los míos dicen lo más importante: que ya no hay miedo.
Nos ponemos de pie. Ava se abalanza sobre ella, gritando de alegría, y Zayden me da una palmada en la espalda.
—Lo hiciste, hermano.
—No —le respondo—, lo hicimos.
Ava enciende la música y en segundos estamos los cuatro brindando, riendo, celebrando. Lloramos y reímos juntos mientras la casa se llena de paz.
Mirella no se separa de mí ni un segundo. Yo tampoco. Zayden y Ava se miran a escondidas. Hay algo nuevo en esa mirada, una chispa que promete todavía más.
Estamos en esa casa, bajo esas luces suaves, rodeados de recuerdos futuros, celebrando lo imposible, lo que casi perdemos, lo que rescatamos.
Celebrando Nosotros.