Capítulo 56.
Mirella.
No sé cómo explicarlo, pero después de firmar esos papeles y ponerme los dos apellidos de mi madre, algo dentro de mí se rompió. Y al mismo tiempo, algo nació.
Es como si durante toda mi vida hubiera vivido encerrada en una jaula invisible, hecha de miedos, de silencios, de nombres que no elegí, de heridas que arrastraba sin saber que no eran mías. Una jaula rodeada de fuego que quemaba todo a su paso, incluso a mí. Incluso mi voz, mi risa, mi esperanza.
Durante años obedecí. Callé. Perdí partes de mí por mantener a flote un vínculo que solo existía por costumbre o culpa.
Elian, el hombre que decía ser mi padre, nunca fue más que eso: un hombre.
Uno que confundía autoridad con amor. Que me culpó por su dolor.
Que usó mi existencia como escudo de su fracaso.
Le perdoné tanto. Le perdoné todo. Porque me enseñaron que a la familia no se le da la espalda. Pero ahora sé que hay cosas imperdonables. Que protegerme no es traición. Que no tengo que cargar con la historia de nadie más.
Porque cuando alguien que debía protegerte te usa, te vende, te entrega… deja de ser familia. Deja de ser parte de ti. Porque sí, Elian me crió, pero no me cuidó.
Y ahora… ahora que he soltado todo eso, ahora que he dejado de cargar el peso de lo que no me pertenece, siento que el fuego me ha consumido entera solo para darme otra piel, otras alas, otra vida.
Me siento como un fénix, no de esos de cuento, sino uno real, que ha resurgido no desde la fantasía, sino desde el dolor, desde las cenizas de lo que fui obligada a ser. Ahora vuelo, no porque el mundo me lo permita, sino porque yo me lo he permitido. Porque me lo he ganado.
Salgo del edificio con los papeles aún calientes entre las manos y, en cuanto doy dos pasos fuera, lo veo.
Rhett está allí, esperándome, apoyado en nuestro nuevo coche recién salido del concesionario, con los brazos cruzados y esa mirada suya que siempre me lee como un libro abierto. No sonríe, pero sus ojos lo dicen todo. Que está orgulloso. Que está aliviado. Que sigue aquí.
Camino hacia él despacio. Nos quedamos uno frente al otro, en silencio.
Entonces él dice, con voz suave, como si acabara de descubrir algo en mí que siempre había estado ahí pero nunca se atrevió a nombrar:
—Hola, ave fénix.
Lo miro, seria.
—No me llames así.
Se frena un segundo, sorprendido.
—Entonces… ¿cómo quieres que te llame?
Levanto la barbilla, apenas un poco, y le sostengo la mirada.
—Como siempre lo has hecho.
Él entorna los ojos, entre ternura y nostalgia.
—Pero ya no eres un pajarito…
Me acerco un paso más, tan cerca que puedo escuchar su respiración.
—Sí lo soy —le susurro—. Soy tu pajarito.
Y esa frase, dicha así, con la voz casi rota pero firme, es como si lo golpeara directo en el pecho.
Sus labios se curvan apenas. Suelta el aire. Sus ojos se humedecen.
Se acerca también. Me abraza. Y en ese abrazo, no hay fuego, ni cenizas, ni dolor. Solo nosotros.
Y esta vez, sí volamos.