Capítulo 54.
Mirella.
Han pasado días y me paso los días enteros con Rhett, vemos películas, cocinamos, hacemos el amor.
Pero en cuanto me descuido un momento veo a Rhett distraído, mirando a la nada. Decaído, triste, como ahora, quisiera sentarme a su lado y agarrarle de la mano para traerlo de vuelta de donde quiera que esté, pero debo hacer una cosa.
Me acerco y le acaricio el pelo, haciendo que me levante la cabeza y sonría al verme.
—¿Quieres acompañarme? —Niega con la cabeza mientras me lanza una sonrisa triste.
—Me quedaré aquí viendo Netflix mientras me atiborro a palomitas —dice llevándose un puñado a la boca.
—¿Quieres que traiga un trozo de tu postre favorito, tarta de limón con el merengue perfectamente dorado? —Se le iluminan los ojos.
—Sí, por favor. Aunque mi postre favorito eres tú, pajarito. —Sonrío mientras siento cómo me derrito por el hombre al que tengo frente a mí.
—Vuelve a decirlo y te juro que no salgo por esa puerta.
—Quizá te lo diga cuando vuelvas.
Me gustaría que viniera para que no se quede solo en casa, pero, por otra parte, está bien ir sola. Necesito hacer esto sola.
Así que le doy un beso en los labios a Rhett, cojo las llaves y conduzco.
Cuando aparco frente a ese edificio, aprieto el volante con las dos manos. Respiro hondo, cogiendo todo el aire posible mientras me armo de valor para soltarlo todo en un resoplido.
Salgo del coche y cuando entro me obligan a dejar anillos, reloj y el móvil, pero cuando estoy a punto de depositar lo último en la caja, vibra.
Es Rhett.
Sonrío.
Dejo el teléfono en la caja y me dirigen hacia una pequeña sala y cuando entro hay una mesa con dos sillas y en una de ellas está Elian.
Cuando me ve, es como si hubiera visto algo asombroso porque su cara se le ilumina e intenta ponerse de pie, pero el policía se lo impide.
Me siento y asiento la cabeza para que el policía se aleje todo lo que pueda para dejarnos hablar.
—Princesa.
—Dime toda la verdad. Ahora.
—Eres mi hija, cariño.
Me levanto para irme, pero me sostiene del brazo y el policía interviene.
—Sin contacto
—Está bien, te lo contaré todo.
Me siento.
—No soy tu padre biológico. Pero te quiero como si fueras mi hija de verdad. Lo has sido.
—Elian. —Advierto con irme si no empieza a hablar de una vez.
—Los padres de tu madre y los míos eran muy amigos. Vivíamos en un pueblo pequeño donde todo se sabía. Tu madre estaba enamorada de un chico llamado Jeff. Era militar y fue a una misión, pero nunca más volvió, murió y semanas después tu madre descubrió que estaba embarazada.
— Yo estaba enamorado de ella y le dije que yo podía ser el padre de la bebé que estaba esperando, pero ella me rechazó diciendo que me veía como a un amigo. Pero sus padres la obligaron a casarse conmigo por el qué dirán si la gente del pueblo se enteraba de que era madre soltera.
Lo miro a los ojos, buscando algo. Pero lo único que encuentro en sus ojos vacíos es verdad.
— Yo ya trabajaba viajando haciendo negocios y me iba muy bien, y ella me pidió irnos del pueblo porque no soportaba estar ahí, sabiendo que la persona que ella amaba no iba a volver y cada vez que andaba por alguna de esas calles pensaba en él.
Siempre pensaba en él. Tu madre en ese momento estaba pasando por depresión y nos mudamos a Sídney.
— Yo trabajaba y ella se quedaba en casa, no quería salir, no quería comer, no quería hacer nada, solo se sentaba y se podía pasar horas así, sin hacer nada.
—Decidí tomarme unas vacaciones para estar con ella y centrarme, durante meses la cuidaba mientras su barriga crecía, hacía todo lo que ella quería y empezó a mejorar y hasta me dijo que incluso estaba empezando a quererme, pero que nunca me iba a amar como lo amaba a él y yo lo entendía. Me conformaba con eso.
—Empezamos una relación de verdad y un par de meses después llegaste tú. Pero tu madre volvió a caer en depresión, el médico lo llamaba depresión postparto pero la realidad era que te parecías mucho a él. Te pareces a él.
Sonríe mientras me mira la cara, observando todas mis facciones.
—¿Cómo era mi padre? El de verdad.
—Era muy bueno y amaba a tu madre con toda su alma.
Suspiro aliviada, porque ella encontró a un hombre de verdad. Encontró a un hombre que la amaba de verdad, no como Elian.
No digo que no la quisiera, pero estaba más enamorado del dinero que de ella.
—Me da alegría pensar que mi madre murió no sin antes conocer a un hombre que la amara de verdad.
—Mirella, yo también amaba a tu madre, solo que trabajaba para que a ustedes no le faltara nada. Quería llenaros de riqueza.
— La verdadera riqueza no está en las cosas que puedes comprar; si no en las que no puedes obtener ni aún teniendo todo el oro del mundo.
Traga saliva con dificultad.
—¿Ithan? —Cambio de tema preguntado por él, queriendo terminar con todo de una vez.
—Lo conocí por casualidad, en un viaje de negocios.
Me enganché a los juegos y por las noches iba a jugar, al principio ganaba.
Suerte de principiante —aprieta los labios—, pero la cosa empezó a ir mal, una noche me gasté todo el dinero que gané en ese negocio por jugar.
Y no podía volver sin dinero, así que acudí a un prestamista y parecía haberlo solucionado.
Estaba feliz y en el vuelo de regreso coincidí en el avión con Ithan, nuestros asientos estaban al lado y empezamos a conversar.
Cuando llegamos al aeropuerto te vi a lo lejos y presumí de hija, como cualquier otro padre lo haría sin estar consciente de todo lo que iba a pasar.
—Los días pasaron y el prestamista al que acudí empezó a pedirme el dinero y por cada vez que le pedía un aplazamiento aumentaba el interés, estaba desesperado y acudí a Ithan.
Él aceptó pagarme la deuda y quedé con él en que le iba a ir pagando, pero sin intereses, creía que era un buen chico de negocios, que se lo había montado muy bien porque era billonario siendo tan joven.
—La deuda con aquel prestamista se saldó, pero entonces Ithan me ofreció un trato. Yo no tenía por qué devolverle el dinero si te lo presentaba. Y como no accedí, enloqueció. Aprovechó que tuve un viaje de negocios para entrar en casa y fue cuando te pasó aquel accidente en casa.
Fue cuando me partí la mano, lo sé. Sé que fue Ithan por sus ojos.
—Después de eso... empezó lo peor. Ithan comenzó a mandar hombres detrás de ti.
Para vigilarte, para asustarte. No para matarte, no directamente, pero sí para que sintieras miedo.
Para que yo sintiera miedo. Me enviaba fotos tuyas.
Me llamaba de madrugada. Me decía cosas como “¿quieres que siga entera?”. Jugaba conmigo, con mi culpa.
Se detuvo un segundo. Su voz temblaba.
—Entonces me quebré. Me convencí de que la única forma de protegerte era hacerlo a su manera.
Empecé a... a influenciarte. A presionarte, suave, con miedo, pero sin verdad.
A manipularte para que aceptaras casarte con él.
Pensé que, si yo te guiaba, si yo lo controlaba, te haría menos daño.
Que, si tú aceptabas por mí, él dejaría de acecharte.
Cerró los ojos, como si no pudiera soportar lo que estaba diciendo.
—Pero no dejaba de acosarte. Y tú te apagabas. Y Rhett también. Te veía destruida. A los dos. Cada día un poco más. Y entonces entendí que ya no había protección posible. Que me había convertido en lo que más temía: en el hombre que entregó a su hija por miedo, egoísmo y cobardía.
Silencio.
Lo miré. Y lo vi tal cual era: culpable, sí. Arrepentido, también. Pero, sobre todo, tarde. Muy tarde.
—¿Por qué ahora? —Le pregunté con la voz áspera—. ¿Por qué no me dijiste nada antes?
—Porque no me atrevía. Porque me estaba pudriendo en vida. Y porque cuando vi cómo te levantaste del altar, cuando te vi salir corriendo hacia tu libertad, supe que había perdido cualquier derecho a llamarme tu padre. Pero, aún así, necesitaba que lo supieras. De mí.
Me quedé en silencio. Lo dejé hablar. Lo dejé vaciarse.
Y cuando terminó, me levanté.
—Gracias por contarme la verdad. Lo necesitaba. Pero eso no cambia lo que hiciste. Me fallaste cuando más necesitaba que me protegieras. Y ahora ya no queda nada que salvar entre nosotros.
Él se estremeció, pero no intentó detenerme. Solo sacó algo del bolsillo de su camisa. Un sobre sellado.
—Aquí están los datos de la caja fuerte. Dentro están los treinta millones. Nunca los toqué. Son tuyos. Haz lo que quieras con ellos. Pero no cargues con lo que ya no te pertenece.
Lo tomé. Frío. Pesado. Como él.
—No soy tu niña, Elian. No más. Y no te odio, pero tampoco te quiero en mi vida.
Le di la espalda y salí.
No miré atrás.
Porque cuando un padre decide no protegerte… deja de serlo.
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Cuando llego, Rhett sigue igual que cuando me fui, con el torso desnudo, comiendo palomitas mientras ve las noticias y triste.
Dejo el postre en la mesa y me siento a su lado sin decir nada y le cojo de la mano, para hacerle saber que estoy aquí, con él.
De pronto, Ithan sale en las noticias esposado mientras lo trasladan para que cumpla su condena y Rhett dice algo que me hace llorar, no de tristeza —que también—, pero es más de alivio porque por fin se ha dado cuenta.
Por fin se ve por cómo realmente es, se ve como yo lo veo.