Capítulo 53.
Rhett.
La casa está en silencio. Por primera vez desde que cruzamos la puerta, no se siente como una trampa. No hay pasos vigilantes, ni puertas cerradas con llave, ni miradas cargadas de amenaza. Solo nosotros. Solo ella. Solo este momento.
Mirella sube las escaleras delante de mí con el vestido ya cambiado por algo más cómodo, pero aún lleva el cabello suelto, desordenado, precioso. Como siempre. Como me gusta.
Entramos a su habitación, la misma en la que una vez vi a Ithan salir de ella, haciéndome pensar que la hizo suya como una vez yo la hice mía. Y, sin embargo, ahora estamos aquí otra vez, caminando entre los restos de lo que fuimos, dispuestos a reconstruirlo todo, paso a paso.
Ella se sienta en la cama. Yo me quedo de pie, apoyado en la pared, observándola, sin saber por dónde empezar.
—Parece otra casa —dice en voz baja.
—Porque lo es —respondo—. Elian ya no está. Ithan tampoco. Esta casa ya no es suya.
—¿Y de quién es entonces?
Me acerco y me siento a su lado, sin tocarla aún.
—Tuya. Siempre lo fue. Pero ahora puedes vivirla en libertad.
Mirella me mira. Esa mirada suya que parece saber leer entre todas mis capas. Luego baja la vista a sus manos, que descansan sobre sus piernas.
—No quiero que pienses que me rendí, Rhett. Solo… no veía salida. Pensé que, si te perdía, al menos tú seguirías vivo.
Le tomo la mano con delicadeza.
—Lo sé. Y nunca más vas a tener que elegir entre protegerme o estar conmigo. Te lo prometo.
Ella traga saliva. Se aprieta los dedos. Sus ojos están brillando, pero no llora. No esta vez.
—Te extrañé tanto que me dolía el cuerpo. Incluso cuando creía estar haciendo lo correcto, dolía. Todo el tiempo.
—Yo no sabía cómo seguir respirando sin ti —le susurro—. Me quedé porque me dijiste que te habías ido, pero dentro de mí no te fuiste nunca.
Mirella se gira despacio. Su rodilla roza la mía. Me mira como si fuera a romperse.
Me inclino hacia ella, sin prisa. Nuestros labios se encuentran con una suavidad que duele, como si estuviéramos curando cada herida con un beso. No hay prisa. No hay deseo ciego. Solo amor. Solo calma. Solo esa necesidad de estar cerca, de volver a reconocernos con la piel, con el corazón.
La beso una y otra vez, como si tuviera que memorizarla desde el principio. Ella me rodea con los brazos. Apoya su frente contra la mía.
—Rhett.
—¿Sí? —Respondo con dificultad entre jadeos.
—La caja… sé lo que significa.
—No te preocupes.
—Sí me preocupo, cielo. Estás pasando por un proceso de depresión y quiero ayudarte.
—Vale, solo necesito que hagas una cosa ahora, y después lo hablamos con más calma.
—Claro, dime.
—Quiero que me des mi cura —le doy un beso en la frente. —Quiero que me dejes tocarte. —Un beso en la punta de la nariz. —Saborearte. —Un beso en los labios. —Acariciarte. —Un beso en el hombro.
—Suena fácil.
—Lo es, pero dime. ¿Eres mía, pajarito?
—Soy tan tuya como tú eres mío, cielo. Ya no hay vuelta atrás, ¿recuerdas? Esto es definitivo.
— Eres quien espanta mis días grises, pajarito. Mi mundo sin ti está lleno de oscuridad. —Le doy un beso corto en los labios. —No dejes de volar en nosotros.
—No lo haré.
Ella se acerca a mí sin prisa, como si supiera que tengo el alma en carne viva. Me rodea con los brazos, se acomoda sobre mis piernas y apoya la frente en la mía. Me respira. Nos respiramos.
Sus dedos me rozan el cuello, el pecho, la mandíbula, como si quisiera memorizar cada parte de mí. Yo también la toco, lento, con devoción, como si estuviera aprendiendo a leer un idioma que solo ella habla. Y lo hablo. Con las manos. Con la boca. Con el cuerpo.
—Quiero quedarme contigo esta noche —susurra—. Y todas las que vengan después.
—Entonces quédate. Quédate en mi piel, en mi pecho, en mi cama… en mi vida.
Nuestros labios se buscan, y esta vez no es suave. Es hambre contenida. Es deseo que no pide permiso. La beso con el pecho encendido, con las ganas acumuladas de semanas. Ella me muerde el labio inferior y me hace gemir bajo, ronco, como si acabara de encenderme por completo.
Mis manos se deslizan bajo su camiseta. Su piel está caliente, suave, viva. La acaricio como si cada centímetro me perteneciera. Ella me guía con las caderas, marcando el ritmo lento, profundo, y siento que me estoy perdiendo en ella.
—Hazme olvidar todo —me pide con voz baja, entre jadeos.
—No. Quiero que lo recuerdes todo… para que sepas lo que hemos superado. Lo que somos ahora.
Le quito la camiseta, la deslizo por sus brazos, y cuando la veo, la deseo aún más.
No solo por su cuerpo, sino por lo que representa.
Por lo que se me ofrece sin miedo. La miro sin hablar, solo con la boca entreabierta y el deseo a flor de piel.
Y cuando ella se inclina y me besa el cuello, me incendia.
—Eres preciosa —le digo al oído—. No tienes idea del poder que tienes sobre mí. Lo que me haces sentir. Lo que me devuelves con solo mirarme.
Ella me responde sin palabras, empujando mi camiseta hacia arriba, besándome el pecho, los hombros, el abdomen. Sus labios bajan lentos, provocadores. Me quema cada sitio que toca. Siento cómo me desnuda, no solo el cuerpo, sino todo lo que hay dentro.
Su ropa cae. La mía también. Y nos quedamos piel con piel, respirando hondo, viéndonos como si estuviéramos cruzando un límite sagrado.
—Quiero que me sientas dentro de ti —le digo contra sus labios—. Quiero hacerte mía.
Ella asiente y entonces me giro, quedando encima de ella.
Acaricio su rostro con mis dos manos, deslizando los pulgares por sus mejillas, sintiendo cómo su piel se calienta con cada roce. La miro a los ojos y veo en ellos ese fuego que refleja el mío.
Bajo lentamente por su cuello, dejando un rastro de besos que la hacen jadear, mordiéndola suavemente en el lóbulo de la oreja.
Mis manos exploran sus pechos, apretándolos con firmeza, rozando sus pezones que se endurecen por mi toque.
Ella arquea la espalda, entregándose a cada caricia, a cada susurro.
—Te deseo tanto que no puedo esperar un minuto más.
Ella me mira, con los ojos brillando de deseo, la respiración acelerada, y me dice sin titubear:
—Hazme tuya, Rhett. Quiero que me tomes, que me hagas tuya ahora mismo.
No espero más. Con un gesto rápido y urgente, me quito la camisa, mis pantalones desaparecen en un instante, mientras el calor entre nosotros crece, se vuelve insoportable.
La tomo de la cintura y la acerco a mí, sintiendo cómo su piel se ajusta a la mía. Mis labios buscan los suyos con voracidad, mis manos la presionan, la aprietan, la desean como nunca antes. La penetro despacio, sintiendo cada temblor de su cuerpo, cada jadeo que escapa de sus labios.
Ella se abre para mí, sus dedos se enredan en mi cabello, sus uñas arañan mi espalda mientras nos movemos en un ritmo frenético, salvaje, cargado de deseo. Nuestros cuerpos chocan, se funden, se consumen en una explosión de placer que no deja espacio para nada más.
—Así, pajarito —le susurro con voz grave—. Déjame sentirte, déjame perderme en ti.
Mis manos aprietan sus caderas, tiran de ellas con violencia controlada, clavando cada embestida sin pausa, sin misericordia. Ella responde con jadeos entrecortados, sus uñas se clavan en mi piel, marcando mi cuerpo como yo hago con el suyo.
De repente, siento cómo aprieta mi interior con una fuerza inesperada, su cuerpo temblando contra el mío.
No puedo evitar gemir profundo, y con un impulso, agarro su nuca entre mis manos, la acerco más, y la beso con toda la fuerza que llevo dentro.
Sus labios se abren, su lengua choca con la mía, y su gemido se cuela entre el beso, dulce y salvaje.
—Así, pajarito... —susurro entre jadeos, sintiendo su presión que me enciende—. Si me aprietas así, no pienso contenerme.
Mis manos se aferran a sus caderas, clavando las uñas mientras aumento la intensidad, penetrándola más hondo, más rápido, como si quisiera que el mundo desapareciera y solo quedáramos nosotros dos, en ese choque brutal de cuerpos y deseo.
Ella gime mi nombre, su voz rota y entregada, sus uñas arañándome la espalda mientras se aferra a mí como si le fuera la vida en ello.
Cada embestida mía es un golpe de fuego que recorre su cuerpo, y cuando su interior aprieta otra vez, con la fuerza de una tormenta, no puedo evitar soltar un gruñido salvaje.
—Maldita sea, pajarito... —gimo entre dientes, apretándola contra mí—. Me tienes al límite. No sé cuánto más puedo aguantarte así.
Pero no me detengo, todo lo contrario. La tomo con más fuerza, con más furia, queriendo grabarla en cada centímetro de mi piel. Mi cuerpo se mueve sin piedad, con embestidas duras y rápidas, salvajes, como si quisiera demostrarle que es mía, por completo. Porque lo es.
Siempre ha sido mía y de nadie más.
El sonido de nuestros gemidos se mezcla con la música de la habitación: el roce de la piel, la respiración entrecortada, los latidos acelerados. Siento cómo su cuerpo se arquea, cómo se desgarra entre mis brazos mientras me aprieta con la desesperación de quien sabe que no hay vuelta atrás.
—Dime que me quieres así —le ordeno entre besos ásperos—. Que quieres que te haga explotar otra vez, que te tome con todo lo que tengo.
Ella no necesita palabras, su respuesta es un grito ahogado, un apretón más fuerte, una entrega absoluta. Siento cómo su cuerpo se derrite en un temblor feroz, cómo su energía se desborda en ese abrazo que nos consume.
Y entonces, cuando la veo desarmarse, cuando su cuerpo se contrae con la intensidad del orgasmo, me dejo llevar. Me derramo dentro de ella con una última embestida brutal, sintiendo cómo su calor me envuelve y me atrapa en un fuego del que no quiero escapar.
Permanecemos así unos segundos, con la respiración aún entrecortada, las pieles húmedas, los corazones latiendo en desorden. Luego, con delicadeza, salgo de ella y la rodeo con mis brazos, atrayéndola hacia mi pecho. Su cabeza reposa sobre mí, y nuestras piernas se entrelazan sin pensarlo.
No decimos nada. No hace falta. El silencio está lleno de sentido. Sus dedos dibujan líneas suaves sobre mi pecho, y yo le acaricio el cabello, aún sintiendo en mi cuerpo el eco de lo que acabamos de compartir.
El mundo afuera podría desmoronarse, pero aquí, en esta cama, en este abrazo, estamos completos.
—Eres mi casa —le susurro, con voz rota de emoción—. Lo has sido desde el primer día.
Y en este momento, lo sé: que este amor, tan intenso, tan imperfecto y real, es lo único que necesito para empezar a creer que merezco ser amado.