Capítulo 52.
Rhett.
El mundo se detiene cuando la veo moverse. Mirella da un paso, luego otro, sus ojos están fijos en mí como si nada más importara. El vestido blanco se arrastra tras ella, el silencio es absoluto, y por un segundo, juro que voy a verla correr hacia mí. Pero entonces, una mano la detiene.
Ithan.
La sujeta con fuerza del brazo, impidiéndole avanzar, tirando de ella hacia atrás como si todavía tuviera algún derecho sobre ella. La iglesia se queda sin aire. Mirella forcejea, intenta soltarse, pero él la agarra más fuerte. Grita algo que no llego a entender, pero ya no importa.
Dos figuras se mueven rápidamente desde el lateral.
Fabio y Lucas.
En segundos se lanzan sobre Ithan y Elian, que se había quedado quieto, sin saber qué hacer. Los inmovilizan con movimientos limpios, profesionales. Se nota que esto no es la primera vez que lo hacen.
Los amarran mientras el resto de los invitados retroceden, sorprendidos y asustados, sin saber si esto es parte del caos o de la solución.
Mirella queda libre. Me mira. Y corre.
Corre hacia mí como si su vida dependiera de ello, como si todo lo que le habían robado se estuviera devolviendo con cada paso. La atrapo en mis brazos. Por fin.
Los murmullos de los invitados aumentan cuando entra un nuevo grupo por la puerta principal: la policía. Pero no es la australiana. Son de Holanda. Uniformados. Serios. Implacables. El sello de su insignia lo deja claro.
Uno de ellos se acerca directamente a Ithan.
—Ithan Vanderblit, queda usted detenido por tráfico internacional, extorsión, múltiples homicidios, intento de homicidio contra Rhett O´Connor y Mirella Morgan, así como por fuga del sistema judicial holandés.
—Elian Morgan —dice el agente acercándose a él con voz firme—, queda usted detenido por amenazas y extorsión junto con Ithan Vanderblit contra Mirella Morgan. Además, sabía que Ithan es un mafioso fugitivo que huyó de su país y colaboró con él en esas actividades ilegales.
Él intenta resistirse, pero no puede. Está vencido. Lo arrastran sin dejarle tiempo a decir nada más, y Elian, que no deja de mirar a Mirella como si aún creyera que puede justificar todo.
—Princesa.
Ella no lo mira. Solo se aferra más fuerte a mí.
Me abraza con una desesperación que no necesita explicación, con los dedos temblorosos aferrados a la tela de mi chaqueta como si soltarme significara volver a perderlo todo.
Yo la rodeo con los brazos, fuerte, sin decir nada todavía, solo dejándola respirar dentro de mi pecho.
Después de todo lo que ha pasado, de todo lo que nos han roto, no hacen falta muchas palabras. Pero aún así, ella levanta la mirada, con los ojos brillando, la voz baja, y me susurra.
—Sabía que vendrías.
Le acaricio la mejilla con la yema de los dedos, como si tuviera miedo de romperla otra vez.
—Y yo sabía que dirías que sí.
Sonríe, rota, pero viva, rota, pero mía.
—Rhett…
—Shhh… —le digo bajito—. Ya está, pajarito. Ya no hay jaulas. Solo tú y yo.Nosotros.
Ella sonríe, esa sonrisa suya que lo enciende todo, y no necesito decir nada más. Me inclino, con el corazón en la garganta, y rozo su boca con la mía, despacio, como si el mundo acabara.
Y cuando la beso no es como antes, es más suave, más lento, más real, como si estuviéramos aprendiendo a amarnos desde el principio, sin miedo, sin prisa. Es un "te amo" sin palabras, un "estás a salvo", un "me tienes para siempre", y esta vez sí.
Esta vez no la suelto. ———————————————————
Estoy fuera de la iglesia, con Fabio y Lucas. Ya todo ha terminado. Las chicas están dentro del coche, protegidas por los dos guardaespaldas de reserva que ellos trajeron desde Madrid, listos para cualquier cosa. Están a salvo. Por fin.
Fabio viene despacio hacia nosotros mientras termina una llamada.
—Sí, peque, ya voy para allá. Estoy deseando veros. Te amo.
Cuelga y me sonríe.
—Gracias por venir y ayudarme. No sé cómo devolveros esto. —Empieza Zayden
—Sabes que lo volveríamos a hacer sin pensarlo —responde Fabio, palmeándole el hombro a Zayden—, pero ahora tengo que coger ese vuelo. Mi esposa se está volviendo loca con los mellizos y solo tienen siete meses.
—¿Has tenido mellizos? Pensé que con Stephen y Gaby ya teníais suficiente.
Lucas ríe.
—Si por mí fuera tendría cuatro más con mi peque, pero me mira como si estuviera loco.
—Cuando se trata de tu esposa, siempre estás loco —añade con una sonrisa.
—Sabes que sí —dice sin pensarlo.
Los miro a los dos y siento una gratitud que no sé poner en palabras.
—Lucas, Fabio, de verdad… me habéis salvado la vida. Y no solo la mía.
—No tienes que darnos las gracias, Rhett. Los amigos de Zayden son nuestros amigos. Y esto lo hemos hecho con gusto.
—Y te digo algo más —añade Lucas, mirándome con seriedad—. Ahora que ese cabrón va a estar encerrado, tienes que cuidar bien lo que has conseguido. Lo más valioso no es lo que salvas, sino lo que haces después con eso.
—Lo sé —asiento, y lo siento de verdad.
Lucas gira hacia Fabio.
—Vamos, guerrero. Tenemos un largo viaje hasta casa.
Nos estrechamos las manos una última vez.
—Y si vuelven a necesitar ayuda, ya sabéis dónde encontrarnos.
—Eso está hecho. Gracias por todo. De verdad.
Miro hacia el coche y respiro por primera vez en días. Dentro, las chicas están tranquilas, por fin sin miedo. Fabio y Lucas se despiden con un apretón de manos y se marchan, y solo entonces me permito soltar la tensión que llevaba en los hombros desde que esto empezó.
Zayden se acerca a mí, con las manos en los bolsillos y esa media sonrisa suya que siempre aparece después del caos.
—¿Estás bien?
—Creo que sí —respondo, mirando hacia el coche donde Mirella y Ava esperan—. Al menos por ahora.
Zayden asiente, como si no hicieran falta más palabras.
—Nos lo hemos ganado —dice con calma—. Un poco de paz.
—¿Crees que va a durar?
—No lo sé —murmura—, pero lo que sí sé es que esta noche vamos a celebrarlo. En mi casa. Los cuatro. Como debe ser.
Nos miramos y, por primera vez en mucho tiempo, sonreímos sin miedo.
Subimos al coche. Yo conduzco. Él va al lado. Las chicas en la parte de atrás, en silencio, con las manos entrelazadas. No hace falta música. No hace falta hablar. Solo avanzar. Dejar que la carretera nos lleve lejos de todo lo que fuimos, y hacia lo que, por fin, podemos ser.
Estamos los cuatro en el salón de la casa de Zayden.
Hay algo en el aire que por fin no pesa.
No hay tensión, ni amenazas, ni prisas. Solo tranquilidad.
Solo alivio. Ava está recostada en el sofá, con una manta sobre las piernas, charlando bajito con Mirella.
Zayden se levanta para traer café y se sienta a su lado, y en algún momento, terminan los dos hablando entre ellos, en voz baja, mientras yo me quedo escuchando desde la cocina.
—¿Por qué no me habías pedido ayuda, Mirella? —Le pregunta él con tono suave, pero directo.
Ella lo mira, un poco avergonzada.
—No podías hacer nada.
Zayden la observa, sereno, sin juicio.
—Te sorprendería lo que soy capaz de hacer por la mujer de la que mi amigo está enamorado.
Mirella sonríe, aunque se le nota que todavía le pesa el alma.
—No quería que os pasara nada…ni a Ava, ni a ti, ni a Rhett.
—Es comprensible —asiente él—, pero debiste pedirme ayuda. Ithan no es el único que tiene contactos de ese tipo.
Mirella lo mira, con una media sonrisa resignada.
—Sí… ya me he dado cuenta.
Ambos se ríen, y Ava también, sin poder evitarlo. Por un segundo, todo se siente bien. Verdaderamente bien.
Zayden se recuesta con los brazos cruzados, y aunque no dice nada, lo veo mirar a Ava de reojo mientras ella finge que no lo ha notado. No están juntos. Aún. Pero por la forma en que se buscan con los ojos cuando creen que nadie los ve, tengo la sensación de que pronto lo estarán.
Vuelvo al salón y me siento al lado de Mirella. Me toma la mano. Me mira como si, después de tanto caos, pudiera respirar otra vez. Le beso los nudillos y cierro los ojos.
Esta vez sí.
Somos Nosotros.