Capítulo 50.
Rhett.
Tengo un pinganillo, sí, pero no el que me conecta con los guardaespaldas de Ithan. Si no, el que me conecta con Zayden.
Después de enterarme de la verdad hace dos días e ir corriendo a la casa de Zayden pidiendo que lo necesitaba, no fui para quedarme llorando en sus brazos.
Si no para que me ayudara a idealizar un plan.
Lo he llamado Nosotros.Ya sé, suena cursi. Un poco obvio, incluso. Pero me encanta esa palabra, sobre todo por lo que significa cuando la dice ella.
Juro por todo lo que soy que cuando Mirella respondió que se iría “a nosotros” si pudiera escapar, estuve a punto de mandarlo todo a la mierda. Estuve a punto de girar el volante, pisar el acelerador y largarme con ella, sin mirar atrás.
Pero no lo hice, porque Ithan no es solo un problema con traje caro. Es una amenaza real. Tiene dos guardaespaldas armados hasta los dientes, colocados estratégicamente en la iglesia por si alguien hace una locura.
Una locura como, por ejemplo, que Mirella intente escapar.O que yo intente impedir esta boda.
Pero lo que Ithan no sabe es que Zayden también ha jugado su carta.
Ha contactado con dos amigos suyos, dueños de una empresa de seguridad en Madrid.
Vinieron de España hasta Australia solo por esto.
Juntos son cuatro. Cuatro hombres entrenados, expertos, discretos y eficaces. Están aquí. Escondidos en algún lugar.
Zayden y yo llevamos el control. Él está sentado en la primera fila, con el auricular oculto en el oído. Yo, de pie, al fondo de la iglesia, con la vista fija en ella. En Mirella. Mi pajarito. Mi todo.
Ella está ahí, al lado de Ithan, con ese vestido blanco que debería significar felicidad y solo transmite cárcel. El cura ha empezado a hablar.
Cada palabra que pronuncia me retuerce por dentro. Miro a Zayden. Él me devuelve la mirada, pero no asiente. Todavía no. No puedo moverme.
Aprieto los puños.¿A qué cojones espera para darme luz verde?
El cura sigue, y entonces llega la frase que me parte: “¿Aceptas a este hombre como tu legítimo esposo…?”.
Ella lo mira. Traga saliva. No dice nada.
Yo sigo mirando a Zayden, desesperado, pidiéndole con la mirada que ya. Que me dé la puta señal. Que no me obligue a verla decir “sí” por miedo.
Entonces, Zayden asiente.Lo han logrado.Los hombres de Ithan están neutralizados. Todo está limpio. Es ahora o nunca.
Camino. No, corro.Corro por el pasillo central sin importarme el protocolo, los invitados, los cuchicheos, ni las órdenes que quizá intenten frenarme.
—¡No lo hagas, pajarito! —Grito con la voz rota, y el eco golpea todas las paredes de la iglesia.
Todos giran la cabeza hacia mí. Mirella también. Sus ojos se abren de golpe. Está a punto de decir algo, pero me adelanto.
Me detengo justo en medio del pasillo y me arrodillo.
Yo no ruego y mucho menos por amor.
Pues toma, en toda la boca.
Estoy arrodillado delante de Mirella a punto de rogarle que me perdone y se venga conmigo mientras toda esta gente a la que ni siquiera conozco me mira, pero me importa una mierda.
Solo me importa una persona y es ella.