UN LUGAR LLAMADO NOSOTROS Capítulo 49.
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Capítulo 49.

Mirella.

Hoy es el día, a secas.

Diría que el noventa y nueve por ciento de las mujeres prometidas, a escasas horas de casarse, estarían eufóricas, nerviosas, llenas de ilusión.

Yo, en cambio, solo estoy cansada. Mirándome al espejo, envuelta en blanco. Blanca por fuera, vacía por dentro.

Ava aparece detrás de mí reflejada en el espejo. Me observa en silencio, se apoya con suavidad en el marco de la puerta y me dedica una sonrisa débil.

—Estás hermosa... pero sumamente triste.

No le contesto. No hace falta. Ella ya lo sabe todo, incluso lo que no le digo. Me acomoda un mechón suelto detrás de la oreja y me da un beso en la sien antes de volver a sentarse.

Llaman a la puerta.

—Tenemos que irnos —dice una voz seca del otro lado.

Suspiro, doy un último vistazo al reflejo y, por un momento, me cuesta reconocerme. La mujer de ese vestido tiene mi cara, pero no mis ojos.

Bajo las escaleras con el vestido arrastrándose a mis espaldas. Al llegar, me están esperando dos hombres del equipo de seguridad. Uno de ellos me hace una señal con la cabeza, revisa que el coche esté preparado y activa el canal de comunicación.

Pero no soy yo quien lleva el pinganillo.

Es Rhett.

Está de pie junto al coche, con el auricular colocado discretamente en su oído izquierdo. Escucha todo. Se comunica con los otros guardaespaldas apostados ya en la iglesia. Forma parte del operativo. Parte de la ceremonia. Parte del sistema que me está arrancando de mí misma.

Cuando levanta la mirada y me ve, por un momento… se olvida de todo.

Me observa como si el tiempo se detuviera, como si aún quedara algo que pudiera decirse. Tiene las manos en los bolsillos, el rostro serio, pero en sus ojos hay algo. Una grieta. Un temblor.

—Estás hermosa —dice al fin, con voz baja, profunda, casi rota.

Yo no digo nada. Me acerco, sintiendo que mis pies pesan una tonelada. Él me abre la puerta del coche con ese respeto que duele, y me acomodo dentro sin mirar a nadie. Rhett da la vuelta, se sienta al volante, se abrocha el cinturón y enciende el motor.

El trayecto transcurre en un silencio denso, espeso, imposible de ignorar. Solo se escucha la voz puntual de los otros guardias a través del pinganillo que lleva puesto, indicando posiciones, confirmando que todo está bajo control. Control.

Qué palabra tan irónica.

Nos miramos por el retrovisor. Brevemente. Una, dos veces. Él intenta concentrarse en la carretera, pero no puede evitar mirarme, y yo tampoco puedo evitar buscarlo. Cada cruce de mirada se siente como un latido contenido, una despedida sin nombre.

Cuando aparca frente a la iglesia, baja ligeramente la vista, como si respirar costara más de lo normal. Veo a mi padre acercarse por el lateral, preparado para abrir la puerta, como si todo esto fuera un trámite más.

Antes de que lo haga, Rhett habla.

—¿Puedo hacerte una última pregunta? Como hacíamos antes.

Me giro un poco hacia él. Su voz suena más suave que nunca, más real, más rota.

—Sí —respondo sin pensarlo, porque todavía hay partes de mí que no saben mentirle.

—Si pudieras ir a cualquier sitio ahora mismo… ¿a dónde irías?

Lo miro, y no dudo.

—A nosotros.

Él parpadea, me sostiene la mirada por el retrovisor.

Por un segundo, su expresión cambia. Veo cómo su mano roza la palanca de cambios.

El motor sigue encendido, el camino está despejado, y por un momento, juro que lo siento.

Esa chispa. Ese impulso de locura que siempre nos unía.

Creo que va a hacerlo. Creo que va a girar el volante, pisar el acelerador y sacarme de aquí.

Pero no lo hace.

Mi padre abre la puerta, justo entonces. Rhett vuelve a mirar al frente, serio, frío, profesional, como si nada de lo que acabamos de decir hubiera existido.

Yo me quedo quieta, con una mano en el regazo y la otra apretando el borde del asiento. La ilusión rota entre los dedos. Por un momento creí que lo haría. Por un momento creí que me elegiría.

Pero eso no ha pasado.

Y me bajo del coche. Camino hacia la iglesia sin mirar atrás, con el corazón temblando, sabiendo que acabo de dejar atrás al único lugar donde alguna vez fui libre.