Capítulo 47.
Mirella.
Han pasado tres semanas y la situación en mi casa es insostenible, mi padre parece estar más contento que nunca porque según él, ya todo ha mejorado y no hay deudas ni amenazas.
Ithan no para de molestar a Rhett hablándole de los detalles de la boda y tomándome de la mano para luego besármela, cosa que me repugna. Y cuando voy al baño, me lavo las manos como si hubiera tocado algo extremadamente asqueroso y no pudiera quitarme esa sensación de mi piel.
Y Rhett… Rhett se mantiene callado todo el día, cosa que me extraña mucho porque él habla hasta por los codos, pero teniendo en cuenta la situación es normal.
Bueno, era normal en mi cabeza hasta que un día lo vi salir de la consulta de la habitación de al lado de la de Ava, había estado hablando con un médico y lo vi guardarse una caja en el bolsillo de la chaqueta.
Ava despertó hace dos semanas y está evolucionando muy bien hasta tal punto de que en dos días le dan el alta, y en cuatro días será mi matrimonio con Ithan.
—Princesa, ¿me estás escuchando? —Dice mi padre poniéndome una mano en el hombro, haciendo que me sobresalte.
—¿Qué?
—Te decía que tu vestido de novia acaba de llegar. ¿Vas a verlo?
—¿Para qué?
—¿Cómo que para qué? Cariño, debes probártelo para saber si te está bien.
—Seguro me está bien, el vestido es hecho a medida, ¿recuerdas?
—Sí, cierto. Ithan siempre es tan atento.
Ruedo los ojos sin que mi padre se dé cuenta y miro el reloj. Un reloj carísimo de Gucci y a la vez espantoso.
¿Cómo puede ser que una cosa con tanto valor te deje igual de vacía?
—Señorita Morgan. —Ahora Rhett me llama así, por petición de mi prometido. —¿Lista para ir al hospital?
—Sí. —Me limpio la boca por no haber desayunado nada y me levanto.
Voy hacia la salida, pero Rhett ya está esperando con la puerta trasera abierta y cuando bajo el primer escalón, veo algo.
—Rhett, creo que se te ha caído…
Sertralina.
Me congelo, con la caja entre las manos, porque ya he visto esta caja hace años. Se la veía a mi madre cada dos por tres cuando el médico se la recetaba para la depresión.
¿Rhett tiene depresión?
—Gracias—me arrebata la caja de la mano y vuelve hacía el coche. Pero yo sigo congelada por unos instantes.
—Mamá está malita, cariño.
—Yo te cuido mami.
Sonríe débil mientras me abraza y se queda dormida al instante. Cojo el móvil y busco en internet: Sertalina.
¿Para qué se utiliza la sertralina?
Sertralina está indicada en el tratamiento de: episodios depresivos mayores. Prevención de reaparición de episodios depresivos mayores. Trastorno de angustia, con o sin agorafobia.
¿Cuáles son los efectos secundarios de la sertralina?
Frecuentes: náusea, vómito, anorexia, dispepsia, flatulencia, diarrea, dolor abdominal, cefalea, insomnio, somnolencia, temblor.
—¿Qué es agorafobia? —Pregunto en voz baja mientras busco el significado.
¿Qué significa tener agorafobia?
Miedo intenso a estar en lugares abiertos o en situaciones de las que quizás sea difícil escapar o donde no haya ayuda disponible.
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—¿Cómo está la amiga más hermosa de Sídney? —Digo entrando mientras me acerco a ella para abrazarla con cuidado.
—¿Me estás diciendo que tiene otra amiga guapa fuera de Sídney? —Sonrío porque esta es la Ava que conozco.
—¿Qué? —Pregunta al ver como la miro.
—Solo estoy feliz por ti.
—Ya… —dice, sin creérselo del todo.
Frunzo el ceño.
—¿Qué?
—No me gusta esa mirada —dice señalando mis ojos con el dedo, como si pudiera leer dentro de mí.
—¿Qué le pasa a mi mirada?
—Que está triste —responde, sin rodeos.
Suspiro, sin saber qué decir. Me siento al borde de su cama.
—Debería estar feliz… me caso en cuatro días —murmuro, como si repitiendo la frase pudiera convencernos a las dos.
—¿Deberías estar feliz porque te casas con un hombre al que no amas? —Me dice, arqueando una ceja.
—Me compra muchas cosas —levanto mi muñeca donde está el reloj Gucci. —Me llena de regalos.
—No te he hecho esa pregunta.
—Lo sé.
Ava se incorpora un poco. Su expresión es suave, pero firme.
—Puede que te llene de regalos, Mirella. Pero no te llena el alma como lo hace Rhett.
Y entonces me rompo un poco por dentro. Porque tiene razón y porque no hay nada más doloroso que una verdad dura dicha en voz baja por alguien que te ama.
Ava no dice más, pero su mirada lo dice todo. Yo miro mi muñeca, el reloj brilla. Es caro y espantoso.Y me pesa como si llevara esposas.
—No puedo —susurro.
—¿No puedes qué?
—Estar con él —respondo, y me cuesta hasta decirlo.
Ava se queda en silencio, esperando.
—Amo a Rhett. Joder, Ava, lo amo con todo lo que tengo y eso no va a cambiar. Nunca.
Trago saliva. Me arden los ojos.
—Nunca va a haber nadie como él. Nadie que me mire como él, que me abrace como él. —Suspiro.
—Nadie que diga mi nombre con ese cuidado. Con ese amor.—Entonces, ¿por qué…?
—Porque no podemos estar juntos. Porque si me quedo con él, lo destruyen. Porque si le amo de verdad… tengo que alejarme.
Las palabras me duelen más de lo que esperaba y decirlo en voz alta es como aceptar que ya no hay vuelta atrás.
Ava aprieta los labios, está a punto de responder cuando la puerta se abre.
Rhett.
Está en el umbral, con la mirada vacía, el rostro serio, el cuerpo tenso.Sus ojeras están más marcadas que nunca.Y sus ojos… sus ojos no brillan.
—Tenemos que irnos —dice simplemente.
Su voz es áspera, apagada. No hay rastro del Rhett que solía bromear, mirar con fuego, caminar con fuerza.
Ava y yo nos quedamos calladas. Me limpio la cara con disimulo, como si eso pudiera borrar lo evidente.
Rhett no pregunta por qué. No pregunta por mis ojos rojos ni por la tensión en la mandíbula de Ava.
Solo nos mira, en silencio, con esa expresión que ya no dice nada porque lo ha dicho todo antes, y ahora solo queda el vacío.
—Dame cinco minutos —murmuro sin mirarlo directamente.
Asiente con la cabeza y se marcha, cerrando la puerta con cuidado.
No dice una palabra más. No me dedica una última mirada.
Nada.La puerta se cierra con un clic suave, pero el sonido me golpea como si fuera un portazo.
Rhett ya se ha ido, sin una palabra más, sin una última mirada, dejando solo ese silencio suyo que pesa más que cualquier despedida y esa sombra invisible que siempre queda flotando en el aire cuando se marcha.
Ava me sigue mirando sin decir nada al principio, pero la conozco demasiado bien. Esa mirada fija, intensa, cargada de lo que no puede callarse por mucho más tiempo, es el preludio inevitable de algo.
—¿Y te parece normal eso?
Parpadeo, sin entender del todo.
—¿El qué?
—Que haya entrado así, que no te haya dicho nada, que te mire como si ya estuviera muerto por dentro. ¿De verdad crees que él está bien?
No respondo, porque no, no lo está, y lo sé, aunque me obligue a fingir lo contrario.
Ava se incorpora un poco más en la cama, con el ceño fruncido como si las palabras le ardieran por dentro y no pudiera seguir conteniéndolas.
—Te ama, Mirella, lo sabes, lo ve todo el mundo, hasta el puto suelo por donde pasa. Y tú también lo amas. Y aún así estás dejando que se hunda delante de tus ojos.
—No es tan fácil, Ava —respondo en voz baja, sintiendo cómo la emoción se me instala en la garganta—. No puedo...
—¿No puedes qué? ¿Salvarlo? ¿Quedarte? ¿Ser feliz? ¿Eso es lo que no puedes?
—No puedo elegirlo si eso significa que lo van a usar contra mí, si lo van a destruir por estar conmigo.
Ava aprieta los labios, frustrada, como si le costara contener las ganas de gritar.
—¿Y crees que así no lo estás destruyendo igual?
La pregunta me descoloca, me atraviesa, porque duele, porque tiene razón, aunque no quiera admitirlo.
—Estás intentando protegerlo a tu manera, y lo entiendo, pero protegerlo no es alejarlo como si no valiera nada, no es dejarlo creyendo que lo cambiaste por otro, estás dejando que se ahogue en algo que ni siquiera entiende.
—Es que si lo entiende… se queda, y si se queda…
Si se queda, lo matan.
Pero no lo digo, porque si lo digo, lo hago real y no puedo permitir que eso pase.
Ava me observa con los ojos brillantes. No dice nada. No necesita hacerlo. Lo sabe. Sabe que hay algo más, algo oscuro, algo sucio, algo que no he contado. Pero respeta mi silencio. Me deja elegir seguir cargando con el peso sola. Y eso, de algún modo, también es amor.
Me acerco a ella y la abrazo con cuidado. Su cuerpo sigue frágil, pero cálido, y por un instante deseo quedarme ahí, quedarme con ella, sin pensar, sin decidir nada más.
—Tienes el corazón lleno de fuego, Mirella —susurra en mi oído—. No dejes que te lo apaguen.
La abrazo más fuerte, pero no respondo. Porque sé que me estoy dejando apagar.Y no sé cómo evitarlo.
Cuando me separo, le sonrío un poco. Fingido, como casi todo últimamente.
—Te veo mañana, ¿sí?
—Sí. Y Mirella… no tardes mucho en hacer lo que de verdad quieres. No todo el mundo espera para siempre.
Asiento, aunque no me atrevo a mirarla a los ojos. Y salgo del hospital con el estómago revuelto.
El coche me lleva de vuelta a casa, pero mi cabeza va muy lejos. En Rhett. En mí. En todo lo que estamos perdiendo sin decirlo.
Al llegar, la casa está en penumbra. Entro sin hacer ruido, pero no hace falta estar en silencio para oírlos.
Las voces se filtran desde el despacho, al fondo del pasillo. Voces tensas, elevadas.
—No puedes controlarlo todo, Ithan. No como estás haciéndolo —gruñe Elian.
—No estoy controlando nada, lo estoy asegurando. Ella es mía, y punto. Punto —responde Ithan, con esa frialdad suya que me hiela la sangre.
No me detengo. No me interesa escuchar más. O sí. Pero si me paro, si oigo más, no voy a poder fingir que no sé.
Subo las escaleras, sin mirar atrás. Sin respirar apenas.
Llego a mi habitación, cierro la puerta. Me apoyo contra ella un segundo, como si me faltaran fuerzas.El reloj en mi muñeca me aprieta. La garganta me arde.
Y todo lo que tengo son ganas de gritar, pero no lo hago.
Solo me dejo caer en la cama, como si eso bastara para seguir aguantando un día más.