Capítulo 45.
Mirella.
No quiero salir de esta habitación de hospital, porque sé que ahí fuera no me esperan los brazos de alguien donde me siento segura.
Al revés, me esperan unos brazos donde me siento encerrada, más encerrada que nunca y no puedo hacer nada por liberarme.
Desde mi ruptura con Rhett, duermo con cuatro almohadas a mi alrededor para que simulen su tamaño, una parte de mí sigue pensando que está a mi lado, pero todo se desvanece cuando me acurruco en las almohadas y lo que encuentro es vacío.
No están sus abrazos fuertes, ni el latido de su corazón, ni siquiera sus ronquidos.
Todo se ha derrumbado, y no puedo hacer nada.
No tengo ni idea de lo que estás insinuando.
Claro que tiene idea, es él quien ha estado enviándome esos mensajes amenazándome con matar a Rhett si no lo dejaba. ¿Quién más podría ser?
Solo conozco a una persona tan retorcida como para hacer ese tipo de cosas. Solo un tipo que está obsesionado conmigo: Ithan Vanderblit.
¿Pero y mi padre? ¿De verdad sería igual de retorcido que él para manipularme para hacer que me case con Ithan?
Porque eso había hecho, me había manipulado para que accediera a casarme para que sus deudas desaparecieran y así ha sido. No he recibido más amenazas y mi padre no ha recibido ninguna otra paliza.
¿Y Ava? Joder, pensaba que Ithan le había dado esta paliza para hacerme reaccionar, y en parte lo había pensado hasta hace unas horas, hasta que Ava me confesara lo que le pasaba al final.
Rhett y Zayden salen por la puerta de la habitación y no puedo evitar ver cómo Rhett se marcha.
—¿Estáis bien? —Pregunta débilmente.
—Ya no estamos juntos.
—¡¿Qué?!—Grita sorprendida para luego retorcerse de dolor.
—Ava, tranquila. No quiero que te pase nada más por mi culpa.
—¿De qué hablas? —Pregunta frunciendo el ceño, sin entender nada mientras respira intentando controlar el dolor.
—He estado recibiendo amenazas obligándome a dejar a Rhett y como no le he hecho, te ha pasado esto. Ithan te ha dado esta golpiza para que lo dejara, pero ya no te va a pasar nada más porque ya no estoy con Rhett.
—Mire, Ithan no me ha hecho nada. —Tose.
—¿Entonces?
—Leo ha vuelto. —Suelta y la miro desconcertada.
¿Qué? Leo ha vuelto, y eso solo puede significar una cosa.
Estoy absorta en mis pensamientos de cuando Leo estaba en la vida de Ava cuando las máquinas empiezan a pitar y cuando la miro, Ava está convulsionando en la cama.
—¡Ava! No me hagas esto.
No me abandones como lo hizo mi madre.
—¡AYUDA! ¡POR FAVOR, AYUDA!
Agarro la mano de Ava con firmeza, porque ahora mismo es la única mano que me queda hacer que la ansiedad no me lleve con ella. Ahora mismo es la única mano que me sostiene, aunque ella no pueda sostenerse ahora.
Su mano me da estabilidad y yo estoy aquí por ella, porque Ava nunca se ha alejado de mí cuando a mí me pasaba algo, y eso es lo que voy hacer yo con ella.
Voy a quedarme a su lado, voy a darle todo lo que tenga de mí porque en este momento, lo único que me queda es Ava y no puedo perderla.
Porque es la única amiga que he tenido de verdad.
Paso horas aquí con ella y sí, estoy siendo una egoísta porque sé que detrás de esa puerta está Zayden y su madre deseando verla, pero me da miedo levantarme y cruzar esa puerta.
Me da miedo Ithan.
Ojalá pudiera quedarme en esta habitación con ella y esperar a todo se solucione, al menos para ella.
Alguien llama a la puerta y la abre con cuidado, es Roxxi, la madre de Ava.
—Hola —me levanto para abrazarla.
—Hola, cariño. ¿Cómo está? —Dice mirando a su hija mientras aguanta las ganas de no romperse ahí.
—Dormida—le paso la mano por la espalda mientras las dos miramos a Ava. —Tengo que salir porque no podemos estar dos en la habitación, pero mañana vendré a verla.
Roxxi asiente y le doy un beso para despedirme de ella.
—Hasta mañana, Ava. —Digo como si me oyera antes de salir por la puerta y encontrarme con Ithan.
—¿Sigues aquí? —Una parte de mí había creído que se había cansado de esperarme y se habría marchado, que me daría un respiro. Pero no.
Asiente con su metro setenta de altura y esa falsa elegancia con la que intenta disfrazar lo que es en realidad. Su aspecto es impecable, su cuerpo musculado, su rostro perfecto... y, sin embargo, todo en él me da asco.
Sus ojos azules son fríos, de esos que no miran: evalúan. Su sonrisa nunca llega a los ojos y su presencia se me clava en la piel como una advertencia.
Me despido rápido de Zayden y salgo con Ithan. No dice nada en el camino. No hace falta. Su silencio pesa más que cualquier amenaza.
Cuando llego a casa, me encierro en mi habitación. No quiero verlo más esta noche. Me cambio despacio, con la piel cansada y la mente vacía.
Me meto en la cama y coloco las almohadas a mi alrededor, como hago todas las noches desde que Rhett se fue. Una en el pecho, otra a la espalda, una rozando mis piernas. Simulan su cuerpo, su calor, su forma de abrazarme por detrás mientras yo me acurrucaba en él.
Cierro los ojos e intento recordarlo, sentirlo. Por un instante, parece que lo logro.
Hasta que alguien se mete en la cama conmigo.
Las almohadas se desplazan, una a una, como si una presencia ajena tomara el lugar que no le pertenece. Noto un cuerpo pegado al mío, y por un segundo mi corazón se acelera, confundido. Quiero creer que es Rhett. Que ha vuelto. Que vino a salvarme de esta pesadilla.
Pero no.
Ese cuerpo no pesa igual. No huele igual. No me envuelve igual.
Abro los ojos.
Ithan.
—¿Qué coño haces? —Me incorporo de golpe, empujando las sábanas y saliéndome de mi casa.
—Relájate —responde como si fuera lo más normal del mundo.
—Sal de mi cama. Ahora —digo con la voz temblorosa, mezcla de rabia, asco y miedo.
Él me sonríe, esa sonrisa suya que nunca llega a los ojos.
—Vamos, Mirella. No seas dramática.
—Te he dicho que salgas —repito, esta vez con más fuerza—. Jamás va a pasar nada entre nosotros. ¿Lo entiendes? Me das asco.
Y entonces cambia.
Su expresión se congela. Sus ojos brillan con otra cosa. Una oscuridad que no se esconde.
Sin previo aviso, se abalanza sobre mí. Me agarra del cuello y me empuja contra la pared. La presión de su mano me corta el aire, no llega a ahogarme, pero lo suficiente para paralizarme.
—¿Sabes cuánto me costaste? Treinta millones —escupe con voz baja, pero cargada de amenaza apretando más cuello, cortando el aire esta vez—. Así que deja de comportarte como una niñata. Porque te guste o no, un día vas a ser mía.
Me suelta de golpe y caigo de rodillas, tosiendo, con la mano en la garganta. Él me da la espalda como si no hubiera pasado nada. Como si yo no significara nada.
Me levanto tambaleándome y salgo de la habitación. Camino casi a ciegas hasta la habitación donde antes dormía Rhett. Cuando cierro la puerta, le echo el seguro sin pensarlo. Me dejo caer al suelo, con la espalda pegada a la madera. Y entonces, la ansiedad me golpea.
Mi pecho se cierra. No puedo respirar. Siento que me falta el aire, que me voy a morir. El corazón me late tan fuerte que no lo escucho, lo siento.
En la cabeza, un zumbido. Las manos me tiemblan, me arden. No veo bien. Me mareo. Mi cuerpo entero entra en pánico. Mis pensamientos se enredan. Solo quiero escapar de mí. Salir corriendo. Desaparecer.
Me llevo las manos a la cabeza, intento calmarme, pero no puedo. Siento que me hundo en mí misma. Como si todo el peso del mundo se hubiera concentrado en mi pecho.
Con los dedos temblorosos, saco el móvil del bolsillo del pantalón del pijama.
Lo desbloqueo mal a la primera, y a la segunda intento abrir la galería.
Busco, desesperada, algún video de Rhett.
Su voz. Su risa. Cualquier cosa. Cualquier cosa que me recuerde que alguna vez fui feliz. Que alguna vez fui yo.
Abro la galería con los dedos torpes y me detengo frente a un video que reconozco por la miniatura. El sol, el mar, su camisa blanca agitándose con el viento. Es de cuando fuimos a la playa. Lo abro.
La imagen tiembla un poco. Estoy grabando desde la arena, medio oculta tras mis gafas de sol.
Rhett está de espaldas, caminando por la orilla.
Lleva la camisa abierta, descalzo, con los pantalones remangados hasta media pierna.
El sol le da en la espalda y brilla sobre su piel dorada.
Se gira hacia mí, con esa sonrisa perezosa que siempre me sacaba una risa, y levanta una ceja.
—Mirella… no sé qué estás grabando —dice mientras se rasca la nuca—, pero si es para recordarme, asegúrate de que el ángulo me favorezca.
Me río detrás de la cámara. Se escucha, baja, pero es mi risa. Feliz. Cálida. Real.
Él sonríe aún más. Se pasa la lengua por los labios, medio en broma, y lanza un beso hacia la cámara, antes de decir:
—Dame un motivo para quedarme aquí todo el día. Uno. Solo uno.
Y yo, desde fuera del plano, le contesto sin pensarlo:
—Yo.
Cierra los ojos. Asiente como si eso bastara. Y lo era. Para los dos, en ese momento, lo era.
El video termina, pero yo me quedo quieta, como si seguir mirando la pantalla pudiera traerlo de vuelta.
Deslizo hacia el siguiente.
Ahora estamos en la cocina. Él está cocinando sin camiseta. Tiene harina en la mejilla y no se ha dado cuenta. Está concentrado batiendo algo, con una mueca de concentración que me enternece y me hace reír al mismo tiempo.
—No vas a grabar esto, ¿verdad? —Pregunta sin girarse, pero ya sabe que lo estoy haciendo.
—Demasiado tarde —respondo yo, divertida.
Se da la vuelta de golpe y me lanza un poco de harina. Grito, se escucha cómo golpeo la encimera entre risas, y él también se ríe. La cámara se mueve mucho porque estoy intentando esquivarlo, y todo se vuelve un caos alegre y blanco.
—Estás muerto —le digo, entre carcajadas.
—Prometo morir feliz si es contigo —responde él, aún riéndose.
Es una escena tonta, cotidiana. Pero ahí estábamos los dos. Juntos. Sucios de harina, pero limpios de todo lo demás.
Paso al siguiente.
La imagen es borrosa. Estoy encima de él, grabando desde arriba. Estamos en la cama, enredados en las sábanas. La cámara lo enfoca a medias. Él está tumbado, con el torso desnudo, mirándome con esa mezcla entre ternura y deseo que me derretía.
—Di que me deseas —le digo con voz ronca, divertida.
—Te deseo —responde, con una sonrisa tranquila.
—No, dilo bien —insisto, acercando más la cámara.
—Te deseo, Mirella —dice, y esta vez su voz baja de tono. Es más intensa. Más íntima.
Tira de mí, la cámara cae sobre las sábanas, la imagen se oscurece un poco, pero se escucha claramente. Mi risa. Su jadeo. Su voz susurrando:
—Me vuelves loco.
Cierro los ojos mientras escucho el final. El sonido de nuestras respiraciones mezcladas. Lo real. Lo nuestro. Lo que ya no está.
Sigo deslizando con el dedo, sin saber muy bien qué busco, pero sabiendo que necesito algo más. Algo que me ancle. Que me saque del agujero.
Encuentro un video sin nombre, guardado entre favoritos. Solo tiene fecha. No lo recuerdo, pero lo abro.
La pantalla se ilumina.
Aparece Rhett, tumbado en el sofá, con una manta enredada en las piernas y el pelo revuelto. Tiene el móvil en una mano y me está grabando sin que yo me dé cuenta, o al menos eso parece.
—Son las tres de la madrugada —dice en voz baja, hablando como si fuera una confesión—, y Mirella está convencida de que los cereales saben mejor si se comen directamente del envase.
Gira la cámara y ahora se me ve a mí, en pijama, sentada en la encimera de la cocina, con una caja de cereales en las manos y la boca llena. Me doy cuenta de que estoy masticando mientras sonrío como una niña. Levanto un dedo hacia la cámara, señalándolo.
—¡No me grabes, Rhett! —Digo entre risas—. ¡Te juro que, si me veo fea, te mato!
Él se ríe, esa risa suya tan fácil, tan limpia.
—También ha decretado que dormir está sobrevalorado y que ver memes juntos cuenta como terapia de pareja —continúa, con tono burlón.
—Es verdad —le respondo desde fuera de la cámara, y entonces se me oye arrastrar los pies para acercarme—. ¿Te estás quejando de mis métodos curativos?
—Jamás —responde Rhett—. Solo estoy dejando constancia para la posteridad.
La imagen vuelve a él. Está recostado ahora, con el móvil más cerca de su cara. Se le nota cansado, pero feliz. Tiene esa expresión suya, tan poco común, donde no finge nada. Donde solo está. Donde solo me ama.
—Estoy enamorado de una loca —dice mirando a la cámara, pero sus ojos están fijos como si me mirara directamente a mí—. Y sí, la adoro. Incluso con los pies fríos en mi espalda. Incluso cuando me roba las sábanas. Incluso cuando se ríe a carcajadas y hace que todo lo malo se calle.
Hay un silencio. Yo me acurruco a su lado en la imagen, aunque no se me ve del todo. Solo un mechón de mi pelo y mi voz, bajita.
—¿De verdad me quieres así? —Le pregunto.
—Sí —susurra—. Porque cuando me abrazas, Mirella, se me olvida todo lo malo.
Vuelve a quedarse callado. La cámara sigue grabando. Por un momento, parece que va a cortar. Pero no lo hace.
Respira hondo y, con una mirada que parece acariciar la pantalla, murmura:
—No te vayas nunca, pajarito.
El vÍdeo termina ahí. Y yo me quedo quieta, con la respiración contenida, como si el más mínimo movimiento pudiera romper ese momento.
Sigo agarrando el móvil entre las manos, notando que el temblor se ha calmado.
Que mi pecho ya no se siente como una trampa de aire.
Que mi corazón, aunque sigue doliendo, late con menos violencia.
Porque, aunque Rhett no está aquí… aunque ahora lo único que tengo de él sean retazos de videos y recuerdos, su voz sigue haciéndome sentir como antes.
Segura. Amada. Viva.
La voz de Rhett reduce mi ansiedad.
Y aunque el mundo se esté cayendo, en este instante, me mantiene de pie.