Capítulo 43.
Mirella.
Cierro los ojos al notar cómo mi mano vibra por el teléfono y lo desbloqueo.
Y una foto mía bajando del coche donde se ve que a Rhett se le cae una lágrima y entonces me rompo, lloro y grito mientras estampo el teléfono contra el suelo provocando que se parta.
Todo se ha desmoronado, había dejado a Rhett para que no le pasara nada y lo peor de todo, tenía que casarme con Ithan para que todo fuera creíble y de paso, saldar la deuda de mi padre. Cosa que le viene como anillo al dedo.
Y Ava, en el hospital por una paliza, ¿qué cojones le había pasado para que terminara así?
Pensaba que, por primera vez en mi vida, había tomado el control de mi vida.
La puerta de mi jaula estaba abierta y estaba decidida a volar, pero justo cuando estaba en la puerta saboreando lo que estaba por venir, es como si una bocanada fuerte de aire hubiera pasado cerrándome la puerta de golpe sin darme tiempo a echar el vuelo.
Me había quedado encerrada, otra vez, pero esta vez con una herida enorme que me impedía mover, y en cierto modo así es. Porque desde que Rhett se ha marchado sigo aquí, de pie y no me doy cuenta hasta que escucho una voz detrás de mí.
Me doy la vuelta y es Ithan.
Genial.
—¿Qué haces en mi casa a estas horas?
—Estaba en una reunión con tu padre. —Dice para luego echar la vista a mi teléfono destrozado en el suelo, mientras se mete las manos en los bolsillos de su traje, seguramente hecho a medida.
—Vaya, no tiene pinta de que tenga arreglo.
Sí, no tiene pinta. Y no hablo precisamente de mi teléfono.
—Buenas noches, Ithan. —Me cruzo de brazos mientras paso por su lado para meterme en mi casa.
—Hasta mañana, Mirella.
Me detengo un momento para mirarlo con el ceño fruncido, pero él no se ha movido de su sitio, sigue recto con las manos metidas en los bolsillos y sacudo la cabeza.
Entro en casa dejándolo afuera y me meto en mi cama, intento quedarme dormida pero no lo consigo, me muevo hasta quedar boca arriba mirando el techo y de repente me encuentro llorando.
Lloro por todo, por Ava, por las amenazas, por mi padre, por tener que casarme con Ithan, pero lloro más por Rhett, por su voz rota, por haberlo dejado ir.
Me abrazo a la almohada, y entre sollozos, cuando ya el sueño me vence poco a poco, me vuelve un recuerdo, cuando tenía doce años.
Estoy sentada en el borde de la cama, con las piernas colgando mientras mamá me peina el pelo con suavidad, sus dedos huelen a lavanda.
—Mami, ¿puedo hacerte una pregunta?
—Claro que sí, cariño.
—¿Por qué lloras mucho cuando vemos una película de amor?
—Porque hay cosas que una no puede elegir, Mirella. Y cuando llega el momento de renunciar a quien amas... lo que se rompe ya no vuelve a pegarse del todo.
Y ahora lo entiendo todo.
Sollozo hasta quedarme dormida. Vacía. Rota. Sabiendo que Rhett se fue…y conmigo se llevó la única parte de mí que todavía sabía vivir.
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Siento como alguien acaricia mi espalda a posta para despertarme y sonrío porque pienso que veré a Rhett pero cuando abro los ojos, mi sonrisa desaparece.
Es mi padre.
—¿Qué pasa?
—Cariño, Ithan ya está aquí. Te esperamos abajo para hablar sobre vuestra boda. —Se levanta y se va, como si acabara de recordarme que tengo que bajar la basura.
Me quedo sentada en la cama, y resoplo me paso las manos por la cara.
¿Por qué será que, justo cuando menos ganas tengo de vivir… es cuando más cosas me exigen?
Me levanto de la cama como puedo y me visto para bajar al salón, y justo cuando piso el último escalón, Ithan se gira hacía mí, con una sonrisa medida. Fría.
—Me ha comentado tu padre que has accedido a casarte conmigo.
Lo miro con sorpresa, por su falta de filtro.
—Sí —respondo sin adornos.
—Me alegra. Pensé que esto se alargaría más.
—No lo hago por ti —aclaro, clavando la mirada en la suya—. Lo hago por mi padre.Y porque no quiero que nadie más salga herido.
Él ladea la cabeza, fingiendo inocencia.
—¿A qué te refieres?
—A Rhett. A las amenazas. A las fotos.
—No tengo ni idea de lo que estás insinuando —responde, sin perder la calma.
—Claro que no —digo sarcásticamente, manteniendo el tono firme—. Pero déjame que te deje clara una cosa: entre nosotros no va a pasar nada. Nunca. —Enfatizo la última palabra.
Él no responde. Solo se me queda mirando.
Da un paso más hacia mí, pero su sonrisa no se borra.
—Ya veremos —susurra, con una voz suave que me hiela la sangre—. Al final, lo importante es que estés aquí. Lo demás…vendrá. Por las buenas… o por las malas.
Sus palabras quedan flotando en el aire como veneno invisible.
—Quiero que la boda se celebre cuando Ava esté bien. Cuando le den el alta. No antes.
—¿Ava? —Pregunta, con falsa sorpresa—. ¿Qué le ha pasado?
—Está en el hospital. Le han dado una paliza. Pero claro, supongo que tú tampoco sabes nada de eso.
Ithan me observa en silencio y, en lugar de responder, al pasar por mi lado, roza su brazo con el mío.Apenas un segundo. Pero me deja la piel ardiendo de repulsión.
Y yo…yo me siento en el borde del sofá, deseando desaparecer.