Capítulo 42.
Rhett.
—¿Y entonces qué? ¿Van a desaparecer como fugitivos? —Zayden se ríe mientras abre una cerveza, apoyado en la encimera. Me lanza una mirada condescendiente, de esas que solo usan los amigos cuando saben que estás perdidamente enamorado por alguien.
—No es fuga si te vas con la persona que amas —respondo, encogiéndome de hombros.
—Mírate —se burla, aunque con cierto cariño—. ¿Desde cuándo tú, el cínico, el que no creía en nada, sueltas frases de película?
—Desde que ella me cambió la vida —respondo sin dudar.
Él me observa unos segundos. Asiente y se queda en silencio.
—¿Y tú qué tal con Ava? —Pregunto, como al pasar. Me extraña no haberla visto al entrar en la casa de Zayden.
Zayden baja la vista y deja la botella en la encimera.
—Ya no estamos juntos.
Lo dice sin rodeos. Como quien arranca una venda.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Me mintió. Y yo no puedo con eso.
Lo dice firme, pero hay algo en su voz que tiembla. Una grieta.
—¿Tan grave fue?
—Sí —responde, sin dar más detalles—. No importa cuánto te importe alguien... sí hay mentiras, no hay nada.
Y no me sorprende.
Conozco a Zayden desde que llegué a Sídney.
Sé que odia las mentiras, pero no por capricho.
Es porque, durante los años que vivió con su familia, en esa casa no existía otra cosa.
Mentiras graves. Ocultamientos. Manipulación.
Creció entre engaños, hasta que un día no pudo más y se fue.
Desde entonces, la verdad para él no es negociable. Es su límite, y Ava lo ha cruzado.
—Lo siento, tío —le digo, porque sé que le dolió más de lo que admite.
—Tranquilo. Mejor ahora que después.
Pero lo conozco y sé que está jodido.
Salimos los tres de la casa —Zayden, Mirella y yo—, listos para poner en marcha el plan. Mirella y yo vamos a dejarlo todo atrás en unas horas. Nerviosa, pero convencida.
Al pasar por la casa de Ava, el perro no deja de ladrar como un loco.
Zayden frunce el ceño.
—¿Ava? —Llama, avanzando rápido hacia la puerta.
—¿Todo bien? —Pregunta Mirella, tensa.
La puerta está entreabierta.
Zayden entra primero. Yo lo sigo.
Y entonces la vemos.
Ava está tirada en el suelo del salón, inconsciente. Tiene un hilo de sangre bajándole por la frente. El perro gime y ladra junto a ella, desesperado.
—¡Ava! —Zayden cae de rodillas junto a ella, pálido como un muerto—. ¡Eh! ¡Ava! ¡Mírame!
Ella apenas consigue abrir los ojos un segundo.
—Zay… —pierde el conocimiento.
—Ey, no, no, no. No me hagas esto, Ava. Vamos, despierta.
Intenta agarrarla, pero sus manos tiemblan demasiado.
—¡Despierta, maldita sea! —Le da unos golpecitos en la mejilla, sin hacerle daño. —¡Ava!
Llamamos a emergencias. Todo ocurre rápido. Sirenas. Ambulancia. Gente entrando y saliendo. Nos dejan acompañarla hasta el hospital. El conductor dice que su estado es grave.
Nos quedamos horas en la sala de espera. Mirella está al borde del colapso. Ella y Ava son como hermanas, y verla así... no hay palabras. Pero quien de verdad me parte el alma es Zayden.
No dice una sola palabra durante toda la espera. Tiene la mirada clavada en el suelo, las manos juntas, los codos apoyados en las rodillas. Como si rezara. Como si se odiara por no haber estado allí.
Cuando los médicos salen, por fin, y nos explican la situación, todo se vuelve real.
—Tiene varias costillas rotas y fue operada de urgencia por coágulos internos debido a los golpes. Estuvo en riesgo, pero ahora está estable. Tendrá que quedarse ingresada varios días. El estado es delicado, pero está viva.
—¿Golpes? —Pregunta Zayden, como si no entendiera lo que el médico ha dicho.
—La paciente ha sufrido una brutal paliza y perdió mucha sangre.
Zayden se queda inmóvil. No dice nada. Solo aprieta los puños, los labios. Todo. Como si le costara contener el grito que lleva por dentro.
Yo siento que me falta el aire. Mirella se lleva las manos a la boca, horrorizada. La madre de Ava rompe en llanto al escuchar al médico.
Pero Zayden... Zayden ni siquiera pestañea. Solo asiente, como si su mundo se hubiese desmoronado y aún no pudiera procesarlo. Y, sin embargo, no se mueve de allí.
Se queda en el hospital, junto a la madre de Ava, sin separarse un segundo. Como si no fuera capaz de irse sabiendo que ella sigue luchando por respirar.
Lo conozco demasiado. Sé que esa herida no va a cerrarse fácil. Y no sé en qué le mintió Ava, pero ahora me pregunto si tenía una razón. Porque nadie se merece acabar así.
Nosotros regresamos a casa en silencio.
Mirella no dice nada en todo el camino. Lleva el móvil en la mano, el cual suena un par de veces, tiene la vista perdida por la ventanilla. Está como ida. Me duele verla así, tan apagada. Pienso que es por Ava. Y sí, en parte lo es. Pero ni me imagino lo que realmente está pasando.
Cuando llegamos, paro el coche frente a su casa.
—¿Lista para irnos, pajarito? —Pregunto, forzando una sonrisa mientras apago el motor.
Ella me mira y en sus ojos veo algo que no me gusta.
—No puedo, Rhett.
El mundo se me detiene.
—¿Qué?
—No puedo irme contigo.
—¿Qué estás diciendo? —Apoyo el codo en el reposabrazos para acercarme más a ella—. ¿Falta algo? ¿Te ayudo? Si es por Ava…
—No es eso —me interrumpe. Su voz tiembla—. No puedo irme a ningún lado contigo. No voy a irme.
—Mirella, no me jodas. —Mi voz suena baja, quebrada, pero firme. No voy a suplicar, aunque una parte de mí quiera arrodillarse—. No me hagas esto.
—Me voy a casar con Ithan. —Suelta sin pensarlo mirando al frente, incapaz de mirarme a la cara.
La frase me revienta el pecho como un disparo.Me quedo quieto. En blanco.Muerto por dentro.
—¿Qué...?
—Mi padre está hundido en deudas. Y si no lo ayudo, lo pierde todo.
—¿Y casarte con Ithan es ayudarte a ti o a él? Porque esto no tiene que ver contigo, y lo sabes.
Ella baja la mirada. No dice nada.Y en su silencio, entiendo más de lo que quisiera.
—¿Esto es lo que quieres de verdad? —Pregunto, con la voz hecha pedazos—. ¿Él? ¿Una vida con él?
—No —responde al fin. Apenas un susurro. Y le tiembla el labio. —Claro que no.
—Entonces vámonos. Ahora. Nos queda una vida entera por jodida que sea, pero será nuestra.
—No puedo —repite.
—¿Por qué?
Pero no responde. Se queda callada, con los ojos llenos de lágrimas que no derrama. Como si estuviera obligándose a ser fuerte para no desmoronarse. Para no aferrarse a mí.
—No te hagas esto, pajarito —susurro, rozando su mejilla con el dorso de mis dedos.
—¿El qué?
—¡Quedarte encerrada en esa maldita jaula mientras todo empieza a arder! —Le grito, alzando la voz sin querer—. ¡Vuela antes de que sea demasiado tarde o terminarás quemándote!
—Ya es tarde.
—No, escúchame —le digo, más bajo esta vez—. Yo te conozco. Yo te amo, joder, y sé que tú también me amas. Esto no es justo para ninguno de los dos.
—Rhett…
—No me mientas con esa cara, Mirella. No actúes como si no te doliera dejarme aquí tirado.
—Claro que me duele. —Responde al fin. Su voz se rompe—. No tienes ni idea de cuánto.
—Entonces no lo hagas.
Ella cierra los ojos, como si esa frase la partiera.Como si por un segundo estuviera a punto de abrazarme, de correr hacia el asiento del piloto y dejarlo todo atrás.Pero no lo hace.
—¿Sabes qué es lo que más me jode? —Susurro, con la voz hecha trizas, tragándome las putas ganas de llorar—.
Que yo no necesitaba nada más. No necesito lujos, nunca los he tenido, ni promesas, ni una vida perfecta.
Habría vivido contigo en un piso vacío, en un colchón tirado en el suelo, con la nevera medio vacía y el frío metido en los huesos.
Porque contigo, incluso la miseria habría tenido sentido.
—Te juro que me bastaba con eso. Con verte despertar a mi lado.
Con tu respiración tranquila, tus manos buscándome media dormida.
Con saber que, al menos una parte del día, éramos nosotros.
Sin más. Y ahora… ahora te vas. Y está bien, de verdad.
No te culpo. Solo… me duele. Porque yo me habría quedado.
Porque contigo, incluso lo poco era todo.
Ella niega con la cabeza, llorando en silencio.
—No te preocupes —le digo, con la voz áspera. —Soporté que mi madre eligiera las drogas antes que, a mí, ¿por qué no iba a soportar esto, eh? Estoy acostumbrado a que la gente que más quiero no me elija.
—Rhett…
—No se preocupe, señorita. De verdad le deseo todo lo mejor para su vida y que sea muy feliz en su matrimonio.
Se lo digo sin mirarla, tragando el nudo en mi garganta.
—Rhett…
—Bájate del coche —susurro, porque ya no puedo seguir viéndola ahí, al borde, dudando.
Ella tarda, pero finalmente abre la puerta, despacio, sin decir nada más y cuando cierra arranco el motor.
Y mientras me alejo, me doy cuenta de que ya no me queda nadie a quien mirar por el retrovisor.