Capítulo 41.
Mirella.
Los días pasan, pero el miedo no. Y las amenazas no paran de llegar.
El jardín está silencioso, como si incluso el viento supiera que algo se rompe dentro de mí. Me abrazo las piernas contra el pecho y escondo la cara. No sé cuánto tiempo llevo ahí. No sé cuántos mensajes más puedo recibir antes de colapsar.
—¿Puedo sentarme? —Escucho la voz de mi padre.
No respondo, pero lo hace igual.
Se sienta a mi lado, despacio, como si tuviera miedo de espantarme. Huele al mismo perfume que usaba cuando era niña y me abrazaba después de alguna pesadilla.
—He sido un desastre de padre —dice, con la voz rota—. Lo sé. Te fallé cuando más me necesitabas. No supe protegerte.
Mi respiración tiembla, pero no le miro.
—Y ahora, cuando por fin pensé que podía enmendar algo… veo cómo todo se va de las manos. Veo tu miedo. Tu ansiedad. Sé que estás recibiendo amenazas. Y me mata, Mirella. Me mata ver que estás sufriendo así.
Trago saliva con dificultad. Él se pasa las manos por la cara, como si intentara calmarse.
—Y Rhett… ese chico. No tengo nada en su contra. Se nota que te quiere, lo sé. Pero... —hace una pausa— hay personas que nunca van a dejarte ser feliz con él.
Levanto la cabeza, despacio. Lo miro por primera vez.
—¿Qué quieres decir? —Pregunto, con la voz apenas audible.
Él suspira.—Que él no va a morir por ti, Mirella… pero puede morir por tu culpa.
Mi corazón se detiene un segundo.
—No —susurro.
—No es justo, lo sé. Pero hay cosas que ya no puedes cambiar. Hay gente demasiado poderosa, demasiado empeñada en destruirte si no haces lo que quieren. Y Rhett… es solo un daño colateral. Tú no puedes permitir que lo maten por ti.
Las lágrimas me arden en los ojos.
—¿Qué tengo que hacer? —Pregunto, ahogada.
—Casarte con Ithan.
—Papá…
—Escúchame, hija, sé que todo esto es mi culpa, que te he metido en este lío, pero la única solución es esta.
Estoy agotada, a ojos de mi padre, Ithan es un ser bueno y poderoso que puede proteger todo, pero no lo es.
Vale, sí. Se podría bañar en billetes de quinientos euros hasta hacerse viejo, pero no es bueno.
Y probablemente mi padre me lo diga para salvarle de la deuda en la que está metido, pero no quiero eso, quiero a Rhett.
Aunque por otra parte no soportaría que a Rhett le pasara algo por mi culpa. Y en cierto modo, mi padre tiene razón, puede que sea la única solución a todo.
Él me mira. Y por primera vez en mucho tiempo, su expresión parece sinceramente triste.
—Solo piénsalo —dice, en voz baja—. A veces, alejarse es la única forma de proteger a los que queremos.
Hace una pausa larga. Cruza los dedos y mira al suelo antes de seguir.
—Ithan puede protegerte. Tiene poder, contactos… Y esa gente que te amenaza… obedecerá si te casas con él.
—¿Casarme con Ithan? —Repito, como si no pudiera entender las palabras.
—Solo así dejarán a Rhett.
Y ahí estoy. En medio de un jardín en silencio, con la vida destrozándoseme entre los dedos y un padre que por primera vez en años parece estar de mi lado… aunque no lo está.No lo sé.Pero ya es tarde.
Asiento, muy despacio. Las lágrimas caen sin freno.Y, por dentro, algo en mí empieza a apagarse.
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Rhett sale del baño con el pelo mojado, la toalla baja envuelta en sus caderas y gotas deslizándose por su piel, lo miro desde la cama, desnuda, con el corazón latiéndome en la garganta, sé que es la última vez, que después de esto todo cambiará, así que me levanto sin decir una palabra y lo abrazo por detrás, pego mi cuerpo al suyo hundiendo el rostro en su espalda caliente, su respiración se acelera, se gira lentamente y me clava los ojos, esos ojos que lo dicen todo sin hablar.
Me besa, primero suave, luego con más hambre, nuestras bocas se funden, nuestras lenguas se buscan, nuestras respiraciones se mezclan, lo empujo contra la pared, le arranco la toalla de un tirón y bajo la mano por su abdomen hasta agarrar su miembro, duro, palpitante, lo acaricio con movimientos lentos, saboreando cada reacción suya mientras él jadea en mi oído y me muerde el cuello.
—Hazme el amor como si fuera la última vez —le susurro, sin apartar los ojos de los suyos.
Él no responde, pero me alza en brazos con fuerza, mis piernas se enredan en su cintura, me lleva a la cama y me deja caer con cuidado, como si temiera romperme, se pone encima y me mira como si quisiera memorizarme, como si tuviera miedo de olvidarme, sus manos recorren mi cuerpo con desesperación, con ternura, con deseo puro, me desnuda lentamente, sin prisa, como si cada segundo fuera sagrado, sus labios bajan por mi cuello, mis pechos, mi vientre, su lengua me recorre entera y cuando llega a mi centro, jadeo fuerte y me arqueo.
—Estás tan mojada para mí… —susurra, y me abre las piernas con firmeza mientras su boca se hunde en mí.
Su lengua se mueve con maestría, en círculos, con presión, succiona mi clítoris y mete los dedos dentro con un ritmo perfecto, me agarra con fuerza de las caderas y me devora como si no hubiera un mañana, como si necesitara saborearme entera antes de perderme.
Jadeo, grito, me retuerzo, el placer me consume y exploto entre sus labios, temblando como nunca.
—Así me gusta, pajarito, deshaciéndote para mí, gritando mi nombre, empapando mi lengua —me dice con voz ronca mientras sube por mi cuerpo, me besa y me deja probarme en su boca, nuestras lenguas se enredan con desesperación y luego, sin aviso, me penetra con fuerza, hondo, lento, caliente.
Gimo contra sus labios, mi cuerpo se adapta al suyo como si estuviéramos hechos para esto, sus caderas se mueven con un ritmo delicioso, cada embestida más profunda, más intensa, sus manos me agarran de las muñecas y me las sube por encima de la cabeza, me inmoviliza mientras me folla con una mezcla de ternura salvaje y necesidad rota.
—Eres mía —gruñe en mi oído—. Solo mía. Para siempre.
—Soy tuya —jadeo, con lágrimas corriéndome por las mejillas—. Siempre tuya, Rhett…
Me libera las manos y yo le agarro el pelo, lo acerco más, quiero sentirlo entero, dentro, encima, alrededor, me aprieta los pechos con fuerza, me muerde el cuello, me folla como si el mundo fuera a terminar en ese momento, cada golpe de cadera me arranca un gemido, mis piernas le rodean la cintura, él acelera, jadea, suda, me toma con todo lo que es, y yo me dejo llevar, porque no hay nada más real que esto.
—Fóllame como si no hubiera mañana —le susurro con voz temblorosa, y sus ojos se oscurecen.
—Te voy a follar como si fuera lo último que hiciera en esta vida —responde, y lo cumple.
Me cambia de posición, me pone a cuatro patas y me agarra de las caderas, entra de nuevo, más hondo, más bruto, y yo grito su nombre sin pudor, siento su mano en mi espalda, su cuerpo caliente cubriéndome por completo, su respiración descontrolada en mi oído, sus dedos enredados en mi pelo mientras me empuja sin parar, mi cuerpo choca contra el suyo y el sonido de nuestra piel llenando la habitación me excita aún más.
—Dime que me amas —le pido entre gemidos.
—Te amo con toda mi puta alma —me responde, sin dejar de moverse—. Y te voy a amar aunque me arranquen el corazón.
Su mano baja a mi clítoris y me toca con fuerza, con precisión, me tiene entera, me está rompiendo, y yo no puedo más, me corro con un grito ahogado, me derrumbo en sus brazos, él me abraza fuerte, se entierra hasta el fondo y se corre dentro de mí con un gemido ronco, temblando, dejándome sentirlo completo, derramando todo lo que es y lo que siente en mi interior.
Se queda encima de mí, jadeando, su frente en mi cuello, sus brazos envolviéndome, nuestros cuerpos pegados, sudados, agotados, pero aún así, no quiero que se aparte, no quiero que termine, porque sé que no habrá otra vez.
Lo abrazo fuerte, cierro los ojos y me grabo ese momento en la piel, porque sé que después de esto, nada volverá a ser igual.
—Te amo, pajarito.
—Y yo a ti, cielo. —Se acomoda a mi lado y me acurruco contra él. —No sabes cuánto. —Susurro antes de quedarme dormida entre sus brazos.
—Estás aquí —lo oigo detrás de mí mientras bebo un poco de agua.
—He venido a por un poco de agua.
—¿Vamos a dormir?
—Voy a empezar a pensar que no sabes vivir sin mí, cielo.
—Yo empecé a vivir cuando tú llegaste a mi vida, pajarito.
No digo nada. Subimos en silencio y, al acostarnos, me acurruco a su lado, entre sus brazos, deseando con todas mis fuerzas congelar este instante, quedarme en él para siempre, respirar su calor y su paz como si fueran oxígeno.
Pero, como en todo momento de la vida, nada es eterno. Y hasta lo más hermoso… también se acaba.