Capítulo 40.
Rhett.
—Déjame ayudarte.
—Rhett, la que debería ayudarte soy yo, eres tú quien se hizo daño hace dos días en el accidente.
—Rhett O´ Connor suelta eso ahora mismo—me regaña Zayden arrebatándome los platos de la mano para llevárselos a la cocina.
Resoplo molesto porque desde el accidente no me dejan hacer nada cuando venimos a casa de Ava o de Zayden y en la casa de Mirella es imposible estar más de tres horas seguidas sin que haya voces de Elian, y para colmo casi siempre está Ithan.
Desde el accidente pasan cosas extrañas, siento como si me vigilaran y el teléfono de Mirella no para de sonar y la mayor parte del tiempo está nerviosa, asustándose por cualquier cosa. Como lo está Ava también, ¿será que se han metido en algún lío y no nos lo quieren contar?
Observo cómo Zayden entra en la cocina con los platos y niego con la cabeza.—Estoy perfectamente, maldita sea. Solo fue el hombro —murmuro para mí mismo.Pero es mentira. No estoy perfectamente. No desde aquella noche.
Desde el accidente, hay algo que no encaja.
Las luces del pasillo de casa parpadean sin razón, el coche de siempre ya no aparca frente al edificio y Mirella…
Mirella apenas duerme. Cuando cree que no me doy cuenta, se encierra en el baño con el móvil y sale con la mirada perdida.
No quiere preocuparme, lo sé. Pero me preocupa igual o incluso más.
Me dirijo al salón, donde ella está sentada con Ava, revisando algunos papeles del trabajo de Ava. Se ríe, pero no es una risa real. No llega a los ojos.Algo le pesa.Algo que no me ha contado.
—¿Qué miras tanto, Rhett? —Pregunta Ava con una media sonrisa, alzando una ceja.—A mi chica, que últimamente actúa como si fuera actriz de una mala película de espías —respondo, sin quitarle los ojos de encima a Mirella.
Ella se remueve, incómoda, bajando la vista.—No digas tonterías —dice, forzando una sonrisa que me rompe por dentro.
Me acerco y me siento a su lado.—Mire, si hay algo que me estás ocultando… sea lo que sea, tienes que confiar en mí.—No pasa nada, Rhett —susurra.—Entonces mírame a los ojos y repítelo.
Ella lo intenta. Lo juro que lo intenta. Pero su mirada se desvía a la pantalla de su móvil, como si esperara algo. O temiera algo.
Y ahí lo sé.
No es paranoia y no me estoy imaginando nada. Algo grave está pasando.—¿Podéis dejar de miraros como si estuvierais en medio de una telenovela? —Interrumpe Ava con tono burlón, rompiendo la tensión en el aire—. Que me está entrando vergüenza ajena.
—¿Tú siempre hablas así cuando los demás intentan tener un momento serio? —Respondo con una sonrisa ladeada.
—Exacto. Es mi forma de aportar equilibrio emocional —contesta con una reverencia exagerada—. Además, a Mirella le sienta mejor la risa que el drama.
Zayden aparece de nuevo en el umbral de la puerta, limpiándose las manos con un trapo de cocina.—¿Qué pasa? ¿Estáis organizando una intervención o una cena? Porque yo he puesto el horno.
—Una intervención por los excesos de Ava con el sarcasmo —responde Rhett, alzando una ceja.
—Y por tu obsesión de padre protector —añade Zayden mientras se deja caer en el sofá—. Vamos, tío, relájate. Si pasara algo raro, lo sabríamos.
Me río con sinceridad. Por un momento, todo se siente como antes. Las bromas, las miradas cómplices, el ambiente ligero. Mirella incluso vuelve a reír de verdad, con esa risa suya que siempre me ha encantado y que últimamente escucho tan poco.
Jugamos a un par de juegos tontos, Ava intenta adivinar canciones desafinando con entusiasmo, y Zayden cocina una pasta horrible, pero nadie se queja. Por un rato, el mundo parece volver a su sitio.
Pero mientras todos bromean, yo no dejo de mirar el teléfono de Mirella, que permanece boca abajo en la mesa.Ella lo mira de reojo, como si temiera que en cualquier momento vuelva a vibrar.
Y entonces lo hace. Vibra. Solo una vez.Ella lo coge tan rápido que apenas lo vemos. Se levanta con una sonrisa falsa y dice:
—Voy al baño.
Nadie dice nada. Fingimos que no hemos notado nada extraño. Pero Zayden y yo nos cruzamos una mirada y Ava desvía la mirada mientras se arrasca la nuca nerviosa.
Yo solo me quedo ahí, en silencio, observando cómo desaparece por el pasillo.
Y no digo nada, pero pienso demasiado.