Capítulo 39.
Mirella.
—¿Estás bien? ¿Te hiciste daño? —Pregunta Ava, preocupada.
—Sí, no te preocupes solo fue un susto. Aunque Rhett sí se hizo daño.
—¿Cómo fue?
—Se puso delante de mí para que yo no me llevara ningún golpe.
Ava no dice nada, solo se sienta en el borde de la cama, buscando mi mano temblorosa por la ansiedad para ayudarme a intentar calmarme y en cierto modo lo hace.
A veces puede ser una loca y coqueta pero también es tremendamente atenta con la gente a la que quiere. Es sin duda, la mejor persona y amiga que he conocido en toda mi vida.
Cuando la ansiedad llegó a mi vida, ella no se fue, al revés, se sentó a mi lado y me agarró de la mano justo como lo está haciendo ahora.
—No lo digo mucho, pero te quiero, Ava.
—Y yo a ti. Aunque tú seas la dramática y yo la cuerda.
—¿La cuerda? —Alzo una ceja, soltando una risita.
—Vale… cuerda no, pero al menos soy la divertida.
—Eso sí es verdad —admito, dejando escapar una sonrisa que me sorprende a mí misma.
Ava se pone una mano en el pecho, teatral.
—¿Una sonrisa? ¿Me estás regalando una sonrisa? ¡Milagro!
—Cállate, idiota —le digo, sin poder evitar reír más fuerte.
—Me encanta que me insultes, significa que estás viva.
—Lo que tú digas…
—¿Ves? Esa ya es tu cara de “me estás sacando de quicio” y la echaba de menos.
Me río más fuerte y, sin darme cuenta, el nudo de ansiedad empieza a aflojar. Ava no lo fuerza, no me da discursos de autoayuda. Solo hace que me ría. Me habla como siempre. Me trata como siempre. Y eso… me devuelve el control.
—¿Crees que Rhett se ha calmado ya?
—Zayden lo conoce. Seguro que sí. Aunque si te digo la verdad, espero que estén los dos chillando en un callejón y luego vuelvan como si nada —dice Ava encogiéndose de hombros—. Zayden y sus dramas silenciosos...
—¿Te peleaste con él?
—No, pero si no me contesta en menos de diez minutos, le retiro el saludo —se cruza de brazos.
—Lo odias.
—Mucho. Lo odio tanto que, si se olvida de decirme buenos días, me paso todo el día pensando que me ha dejado. ¿Eso es amor o enfermedad?
—Una mezcla de ambas.
—Perfecto, entonces estamos igual —dice con una sonrisa.
Volvemos a reír. Ese tipo de carcajadas que no son fuertes ni escandalosas, pero que duelen un poquito en el pecho de lo reales que son.
El móvil vibra a mi lado. Lo agarro distraída, esperando que sea un mensaje de Rhett.
Pero no es de él. Es de un número oculto.
No entiendo el mensaje hasta que me llega la foto del coche destrozado.