Capítulo 38.
Rhett.
Cierro los ojos al notar cómo la aguja me penetra la piel constantemente.
La sensación no me asusta, ya la conozco.
Es como una mezcla de picor, quemazón y cosquilleo, todo al mismo tiempo.
No es algo que duela de verdad, pero tampoco es agradable.
Aun así, me gusta. Me recuerda que sigo aquí.
Me recuerda que cada tatuaje que tengo en la piel es parte de mi historia, de lo que he vivido, de lo que me importa.
Hoy me estoy haciendo dos.Uno con Mirella, “nosotros”, como una promesa silenciosa en nuestra piel.Y otro, aparte: un pajarito volando por un cielo.Libre.Lleno de vida.Como me siento desde que ella llegó a mi mundo.
Hay gente que se tatúa cosas por tatuarse, porque se ven bien o porque está de moda. Yo no. Yo sólo me tatúo lo que significa algo para mí. Lo que se queda. Y esto… esto es exactamente eso.
Porque mi vida era como un cielo nublado; no salía el sol y siempre había tormentas.
Todo era gris, apagado. Y cuando conocí a Mirella podría jurar que seguía igual.
No noté el cambio de golpe. Fue lento. Fue cuando ella empezó a dejarme entrar, cuando me miraba diferente, cuando reía conmigo, fue cuando me permitió conocerla, fue como si el sol hubiera salido alejando las nubes oscuras y las tormentas, mientras ella volaba a sus anchas por mi cielo llenándolo de luz y de color, de calma.
Lo llenó de ella.
Nunca pensé que alguien como yo pudiera tener algo así. Sentir algo así.Pero Mirella cambió todo.Y por eso no pienso dejarla ir. Ni, aunque el mundo entero me diga que no puedo estar con ella, porque por primera vez en mi vida, siento que soy merecedor de algo bueno.
Cuando el tatuador termina con el mío, estiro un poco el cuello para ver el de Mirella, que acaba de terminar también. Tiene la cara un poco tensa, pero no se ha quejado ni una vez. Me hace sonreír.
—¿Y bien? —Le digo, medio en broma mientras me limpio la piel—. ¿Cómo te sientes al tatuarte por primera vez? ¿Estás viva o tengo que buscarte un desfibrilador?
—¿Cómo me siento al tatuarme por primera vez? —Repite mi pregunta mientras mira el tatuaje recién hecho, con la piel aún enrojecida.—. Como si hubiera escrito en mi piel algo que no quiero que se borre nunca.
La miro a los ojos, y por un momento todo se queda en silencio entre nosotros, como si el mundo supiera que esto es importante.
—Así que sí, duele. Pero no me importa. Porque si me vas a doler, que sea así. Que sea contigo.
La miro. Porque no puedo hacer otra cosa. La miro como si fuera la única persona en la Tierra que me importa. Porque lo es.
—Joder… —susurro con la voz algo rota, pasándome la mano por la nuca—. ¿Cómo haces eso?
Frunzo un poco el ceño, entre frustrado y rendido. Porque no entiendo cómo puede decir algo tan sencillo y hacer que me tiemble todo por dentro.
—Me tienes de rodillas y ni siquiera lo sabes —añado más bajo, solo para ella.
Me acerco, pegando mi frente a la suya.
—Si vas a llevar un nosotros en la piel, yo me encargo de que ese “nosotros” siempre tenga sentido. Te lo juro.
Y lo digo en serio. Porque si Mirella lleva algo mío tatuado… no pienso permitir que un día se arrepienta.
Salimos del estudio de tatuajes de la mano, riendo como si el mundo fuera nuestro y no hubiera nada que pudiera arrebatárnoslo. Mirella está radiante, con la piel un poco enrojecida por el tatuaje, pero con los ojos más vivos que nunca. Me gusta verla así. Me gusta verla feliz.
Le abro la puerta del coche y ella entra sin soltarme la mirada. Cierro con cuidado y rodeo el capó, subiéndome yo también. Enciendo el motor, me pongo el cinturón y miro el retrovisor. Todo parece normal.
—¿Estás bien? —Le pregunto, mientras salimos del estacionamiento.
—Sí —responde sonriendo—. ¿Y tú?
—Conduzco con un brazo medio muerto, pero aparte de eso, estoy perfecto —bromeo.
Ella suelta una risa bajita, pero sé que sigue algo tensa por el tatuaje.
—No te burles, idiota. ¡Tú tienes práctica!
—Y tú ahora tienes un “Nosotros” en la piel. Oficialmente, ya no puedes deshacerte de mí.
—¿Quién ha dicho que quiera hacerlo?
Me giro un segundo para mirarla. Me lo dice seria, pero con una chispa en los ojos. Me hace sonreír. Pongo una canción cualquiera en la radio y seguimos avanzando. No hay mucho tráfico, pero mantengo la vista en la carretera. Una parte de mí siempre está alerta. Siempre.
—Oye —dice de repente, inclinándose hacia mí—. ¿Y si cuando se nos curen estos tatuajes nos hacemos otro?
—¿Otro? —Alzo una ceja—. ¿Ya estás enganchada?
—Un poco, sí.
Me río por lo bajo. Me encanta verla así. Y justo cuando voy a soltar otra broma, algo cambia. Siento que algo no va bien.
Hay un semáforo en ámbar. Piso el freno.
Nada.
Presiono más fuerte.
El pedal se hunde. Como si no existiera.
—¿Qué pasa? —Pregunta Mirella, mirándome.
—El coche no frena —digo sin pensar, bajando la música de golpe—. No está frenando.
—¿Qué? ¡Rhett!
Vuelvo a presionar el freno con fuerza. Piso más y más. Nada.
—¡Frena! —Grita Mirella, con los ojos abiertos como platos—. ¡Rhett, frena!
—¡Estoy intentándolo!
La calle empieza a curvarse. Delante hay una intersección y un coche cruzando. Giro el volante bruscamente para evitarlo. El coche se ladea. Mirella grita. El corazón me late en la garganta.
La velocidad no baja. No baja. ¡Joder, no baja!
—¡Salta al asiento de atrás si te digo, ¿me oyes?! —Le grito, sin apartar los ojos del camino.
—¡¿Qué?! ¡No! ¡Rhett!
—¡Hazme caso, Mirella!
Otro coche aparece de frente, bajando una calle. Giro con fuerza a la derecha, y las ruedas chillan como si el asfalto se rompiera bajo nosotros. La curva casi nos saca volando. El volante vibra en mis manos, pero sigo luchando por controlarlo.
Miro a Mirella. Ella está aterrada, los labios temblando. Me duele verla así. Me parte en dos.
—¡Agáchate! —Le digo de golpe, soltando el volante un segundo para empujarla hacia abajo—. ¡Agáchate, Mirella!
Ella obedece. Se encoge sobre el asiento justo cuando veo que vamos directos contra una señal y un bordillo.
Tomo el volante con la izquierda. Aprieto los dientes. No hay tiempo para más.
El coche se estrella contra el lateral de la acera.
Las ruedas saltan contra el borde con un chirrido seco antes de que la carrocería choque contra una farola cercana, haciendo que los airbags salten.
El impacto es brutal. El sonido del metal retorciéndose me perfora los oídos.
Siento el golpe en todo el cuerpo, pero me inclino, poniéndome delante de ella como escudo para que no le pase nada.
Mi hombro izquierdo choca contra la puerta. El dolor es insoportable.
Grito.
Todo queda en silencio.
Solo oigo a Mirella sollozar, sin moverse.
—¿Estás bien? —Pregunto con dificultad, jadeando—. Mirella… dime que estás bien.
Ella levanta la cabeza poco a poco. Me mira con los ojos llenos de lágrimas.
—Sí… sí… ¿y tú?
—Estoy bien. Solo… mierda, el hombro…
El izquierdo.
—¡Joder! —Murmuro, inclinándome hacia el volante.
Ella intenta moverse, pero la detengo.
—No te muevas aún, espera… vamos a salir de aquí, ¿vale?
———————————————————
La habitación huele a desinfectante. A ese maldito olor que te recuerda que estuviste demasiado cerca de algo que pudo acabar mal.
Mirella está en la camilla, sentada, con la mirada baja. No tiene heridas, no físicamente. Solo un poco de ansiedad, dijeron. Pero yo sé que por dentro está hecha mierda. Igual que yo.
Tengo el brazo izquierdo inmovilizado, vendado hasta arriba. Me late, me arde, pero no me quejo. Me importa más verla bien que cualquier dolor. Ella levanta la cabeza y me busca con los ojos. Me acerco, le acaricio el rostro con la mano buena.
—Estoy aquí —le susurro—. Estoy contigo.
Ella asiente con la cabeza y me aprieta los dedos, como si necesitara saber que de verdad sigo ahí.
Entonces la puerta se abre, entran Zayden y Ava.
—¿Estáis bien? —Pregunta Ava, mirando a Mirella con preocupación mientras se acerca a ella para darle un abrazo.
—Estamos vivos —respondo, sin más.
Zayden me clava la mirada. Sé que quiere hablar, lo veo venir en su cara. Empieza.
—¿Qué pasó exactamente, Rhett? ¿Cómo fue el accidente? ¿Ibas rápido?
Abro la boca para responder, pero sigue.
—¿El coche falló? ¿Notaste algo raro antes? ¿Frenaste con tiempo?
Me muerdo la lengua. Mirella me mira de reojo, ya nerviosa otra vez. Intento responder para que no empiece a ponerse igual de nerviosa que antes.
—Zayden…
—¿El volante respondió bien? ¿Viste algo en la carretera? ¿Perdiste el control?
Respiro hondo. Aguanto un segundo más, pero cuando va a soltar otra pregunta, exploto.
—¿Cómo coño quieres que te responda si no me dejas hablar? —espeto, levantando la voz sin querer.
Mirella se sobresalta y me arrepiento al instante, pero no me disculpo. Me levanto de la silla con esfuerzo, con el hombro doliendo como el infierno.
—Necesito un café —le digo a Zayden, conteniendo la rabia—. Acompáñame, ¿sí?
Zayden me sigue con la mirada entornando los ojos.
—Vamos. —Dice asintiendo con la cabeza.
Ava se queda junto a Mirella, hablándole en voz baja. Salimos al pasillo y el silencio entre nosotros es tenso.
—¿Un café? —Dice Zayden, alzando una ceja—. ¿En serio, Rhett?
Me detengo. Lo miro de frente, el rostro tenso, las manos hechas puños.
—Que café ni que hostias. Solo necesitaba sacarte de ahí.
—Vale, entonces habla. ¿Qué coño pasó?
—Ya te lo iba a decir, pero delante de Mirella no.
—¿Frenaste a tiempo o no?
—¡Joder, Zayden! —grito—. Iba bien. No soy un loco al volante. ¡No fue mi culpa!
Él se cruza de brazos.
—Entonces explícame cómo acabaste con el coche destrozado.
Me acerco, con los ojos encendidos.
—¿Quieres saber lo que pasó? Está bien. Fui a frenar… y el pedal no respondió. Lo pisé con fuerza. Nada. Lo volví a pisar. Nada.
Zayden se queda helado.
—¿Qué dices?
Me acerco más y hablo bajo, casi con rabia, para que nadie más escuche:
—Que a ese coche le han cortado los frenos.