Capítulo 37.
Mirella.
Bajo las escaleras con la mano de Rhett mientras reímos por alguna broma suya. Su risa todavía retumba en mi pecho, cálida, contagiosa. Me siento ligera. Pero somos interrumpidos por un carraspeo forzado, es mi padre y a su lado está Ithan.
—¿Vais a algún lado? —Pregunta mi padre, con voz neutra, fingiendo amabilidad. Pero lo conozco. Esa voz no tiene nada de inocente.
Ithan me mira como si tuviera derecho a hacerlo. Como si el hecho de estar ahí, fuera normal. Como si no me revolviera el estómago.
—Ithan ha venido —añade mi padre, como si su presencia fuera una bendición.
Siento que Rhett se tensa a mi lado, pero no suelta mi mano.
—Pues que os lo paséis bien —respondo sin pensar, con la voz más firme que puedo sacar—. Nosotros nos vamos.
Siento la mirada oscura de Ithan sobre mí y aprieto la mano de Rhett para que no me tiemble.
Me da miedo y me pregunto si mi padre sabe que por culpa de Ithan me rompí la mano, pero, por culpa de mi padre han intentado secuestrarme en varias ocasiones y si no fuera por Rhett, a saber dónde y cómo estaría yo.
Por eso ni loca pienso en dejar a Rhett, aunque por algún tiempo me haya ocultado que sabía por qué aquellos hombres querían secuestrarme, pero no lo hizo por salvar su pellejo, al revés, lo hizo para salvarme a mí.
Rhett es la primera persona qué piensa en mí por encima de él. Que arriesga su vida, su libertad y hasta su calma por mantenerme a salvo. No porque esté obligado, ni porque tenga que hacerlo… sino porque quiere. Porque, en su mundo, yo importo. Soy prioridad.
Soy prioridad en la vida de alguien que no es la mía.
Y eso vale más que cualquier promesa vacía, que cualquier riqueza, que cualquier apellido.
Él es mi refugio. Mi verdad. Y nadie me va a separar de él.
—¿Nos vamos? — Pegunta Rhett susurrando en mi oído.
Asiento sin apartar la mirada de Ithan y de mi padre para luego dar media vuelta e irme con Rhett.
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—¿No tenéis casa o qué? —Pregunta Zayden en cuanto abre la puerta, cruzado de brazos, fingiendo molestia. Pero el brillo en sus ojos lo delata.
—¿Y tú? —Responde Rhett de inmediato, sin soltar mi mano—. Siempre estás en la casa de tu novia, pareces un mueble más en el salón.
—Eso es porque me hace café con leche de verdad, no como tú, que solo sabes calentar agua —dispara Zayden, dejando escapar una sonrisa.
—Mentira. Le pongo cariño —replica Rhett, alzando las cejas—. Mucho más de lo que tú le pones a ese triste intento de barba que llevas.
Los dos se ríen. Ava aparece por detrás, sacudiendo la cabeza.
—¿Otra vez compitiendo a ver quién es más idiota?
—No es una competición si yo ya gané —dice Rhett, guiñándome un ojo.
—Claro que sí, campeón —resopla Zayden, haciéndose a un lado para dejarnos pasar—. Entrad antes de que los vecinos empiecen a pensar que vendemos drogas.
Nos reímos todos mientras entramos, pero algo en la mirada de Ava me hace fruncir el ceño. Está nerviosa. Y no sé por qué, pero tengo la sensación de que algo con ella no va bien.
Nada bien.
—¿Todo bien? —Pregunto cuando me acerco a ella para saludarla.
—Sí, claro.
Nos sentamos todos en la terraza. Zayden pone música suave de fondo, Rhett se recuesta en la hamaca con una cerveza en la mano y yo me dejo caer en uno de los sofás con Ava a mi lado.
Por unos minutos, todo parece normal. Risas, bromas, el calor del sol colándose por las rendijas de la sombrilla.
Me obligo a disfrutar, a dejar atrás la imagen de Ithan en la entrada de mi casa, como una sombra que no se borra.
Pero no pasa mucho tiempo antes de que suene el teléfono de Ava.
Ella da un pequeño respingo. Mete la mano en el bolsillo de su pantalón, saca el móvil y, al ver la pantalla, se queda helada. Su rostro pierde el color por un segundo. Luego, sin decir nada, silencia la llamada y vuelve a guardarlo.
Intento no mirarla con demasiada intensidad, pero es imposible no notarlo.
—¿Todo bien? —Le pregunto en voz baja.
—Sí —dice sin mirarme—. Todo bien.
Zayden le lanza una mirada desde la barbacoa, ladeando la cabeza como si algo no le cuadrara. Pero Ava le sonríe. Una sonrisa rápida, falsa. Demasiado vacía.
Seguimos hablando, y justo cuando empezábamos a reírnos de una anécdota absurda de Rhett sobre cuando empezó a trabajar para Zayden, el móvil vuelve a sonar.
Otra vez.
Ava lo saca de nuevo. Esta vez no lo mira tanto. Solo lo apaga por completo y lo deja a un lado, con la pantalla hacia abajo. Pero sus manos siguen temblando.
Algo grave le pasa.
Zayden se acerca, le pasa un brazo por los hombros y le susurra algo que no alcanzo a oír. Ella asiente, pero se muerde el labio. No es por emoción. Es por miedo. Lo conozco porque he sentido lo mismo.
Unos minutos después, el teléfono vuelve a sonar. Aunque estaba apagado.
—¿Lo… has vuelto a encender? —Pregunta Zayden, frunciendo el ceño.
—No —responde Ava, en voz baja.
Nos miramos entre todos. Nadie dice nada, pero el silencio pesa más que cualquier palabra.
Rhett se pone de pie y da un vistazo al exterior desde el ventanal. Está en alerta. Siempre lo está. Y yo también empiezo a sentir ese nudo en el estómago. Esa intuición.
Zayden insiste en que salgamos al jardín y aprovechemos el sol. Y, aunque la tensión se puede cortar con un cuchillo, todos fingimos que no pasa nada.
Ava guarda el teléfono en un cajón, diciendo que ya basta, que no va a dejar que una tontería le arruine el día. Zayden le acaricia la espalda, y aunque ella sigue un poco pálida, poco a poco va soltando el aire, y sus labios vuelven a curvarse con sinceridad.
Rhett prepara unas bebidas. Bromea con Zayden mientras discuten sobre quién cocina mejor la carne, y cuando Rhett saca las nubes y empieza a quemarlas a propósito solo para molestarme, no puedo evitar reírme. Esa risa que sale sin permiso, la que no controlas, la que te sana un poquito.
—Eres un salvaje —me quejo, quitándole el palo con las nubecitas medio carbonizadas.
—Son gourmet, no sabes nada de arte culinario —responde con una sonrisa torcida.
El ambiente se aligera. Cantamos canciones horribles, desafinamos a propósito y hasta Ava se anima a bailar con Zayden. El brillo en sus ojos parece volver, aunque de vez en cuando se queda un segundo callada, como si su mente aún no terminara de desconectarse del todo.
Cuando el sol empieza a bajar, encendemos las luces del jardín y sacamos una manta grande para tirarnos en el césped.
Hablamos de tonterías, de sueños absurdos, de viajes que nunca hemos hecho.
Rhett me toma de la mano bajo la tela y me besa la palma con ternura, como si ese gesto fuera suficiente para hacerme sentir segura.
Y por un rato, lo es.
Por un rato, somos solo nosotros.
Sin Ithan.Sin mi padre.Sin miedos.Sin llamadas.
Solo un día bueno. Uno de esos que parece robado al destino, y que sabes que vas a guardar en la memoria, por si vienen días oscuros.