UN LUGAR LLAMADO NOSOTROS Capítulo 36.
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Capítulo 36.

Rhett.

Nunca me había dolido tanto querer a alguien.

Mirella es como esa canción que escuchas por primera vez y ya sabes que te va a doler para siempre. No porque no la merezca, sino porque no sé si el mundo me va a permitir conservarla.

La miro, y no entiendo cómo alguien como yo ha terminado con alguien como ella. Su risa me cura, pero también me rompe, porque siempre tengo miedo de que sea la última vez que la escuche. Porque ella es luz, y yo vengo de un sitio donde nunca sale el sol.

No soy un buen tipo. Lo sé. He hecho cosas que no me enorgullecen. He vivido con rabia, con culpa, con el corazón en carne viva. No aprendí a amar con suavidad, ni a cuidar lo que tengo sin destruirlo antes. Pero con ella… con ella todo es distinto.

Mirella no es solo una persona. Es un hogar.

Es el primer lugar en el que he sentido paz sin tener que ganármela a golpes.

Y eso me aterra. Me aterra tanto que, a veces, me encuentro alejándome en mi cabeza.

Porque pienso que, si no me quedo mucho, duele menos si se va.

Pero luego me mira. Me mira como si no le importara todo lo roto que llevo dentro.

Como si pudiera ver el corazón que me queda, y le bastara.

Y no lo entiendo. No entiendo cómo alguien tan herida puede seguir creyendo en el amor. ¿Cómo puede mirarme con tanta ternura cuando yo solo tengo cicatrices que ofrecerle?

A veces me pregunto si está loca. Si de verdad me elige conociendo lo que eso significa. Porque estar conmigo no es fácil. Es peligro. Es renunciar a una vida tranquila. Es meterse en el ojo del huracán sabiendo que puede salir arrasada.

Y, aun así, se queda.

Me toca y me desarma. Me habla y me reconstruye. Me llama “cielo” y sonríe como si yo fuera su debilidad, como si no supiera que ella es la mía. Que lo daría todo por verla feliz, aunque eso significara alejarme.

Pero no puedo hacerlo. No puedo soltarla.

Ella me ha enseñado lo que es amar sin condiciones. Me ha enseñado que hay abrazos que salvan más que cualquier medicina, que hay miradas que te curan el alma, aunque no digas una palabra. Que se puede empezar de cero, aunque uno venga del desastre.

Y yo… yo solo quiero hacerla feliz. Quiero proteger su risa con todo lo que tengo. Quiero que sepa que, aunque el mundo se caiga, yo voy a estar ahí. Que puede contar conmigo. Que puede romperse frente a mí sin miedo a que la deje.

Porque yo no me voy.

No me voy a ir, Mirella.

Puede que no tenga un futuro que ofrecerle. Puede que lo único que tenga para darle sea este corazón torpe, desgastado, pero sincero. Y si eso le basta, juro que voy a entregárselo cada maldito día de mi vida.

Voy a luchar por ella. Por nosotros.

Porque si hay algo que tengo claro, es esto: tú me salvaste, pajarito. Y ahora me toca a mí salvarte a ti.