UN LUGAR LLAMADO NOSOTROS Capítulo 33.
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Capítulo 33.

Mirella.

—Tienes que casarte con Ithan Vanderblit.

—No.

—Hija, por favor.

—¿Eres consciente de lo que me estás pidiendo?

—Lo sé, hija. Pero es la única salida. Si no te casas con él, los dos moriremos.

—Pero ¿qué has hecho?

—Hija...

—Creo que me merezco una explicación, ¿no?

—Me lo debes.

—¿Perdón?

—Si hubieras estado pendiente de mamá, esto no estaría pasando.

¿Me está culpando de lo que está pasando? Eso me enciende, la rabia empieza apoderarse de mí y el recuerdo de todo lo que pasó aquel día me nubla la mente.

Pero lo peor de todo no es lo que pasó ese día, sino lo que está pasando ahora.

Porque este no es mi padre, él no dice estas cosas estando sobrio.

O quizá solo ha estado fingiendo ser un buen padre sin estar bajo los efectos del alcohol.

Quizá esta sea su verdadera cara, no sé qué cojones está pasando.

No reconozco a este hombre que está golpeado en esta cama de hospital. Es como si fuera un desconocido.

Y por eso, la rabia habla por mí.

—¿Me estás culpando por la muerte de mamá? —Pregunto y él parpadea, como si se hubiera dado cuenta de que ha dicho la mayor estupidez, como si volviera a ser él.

—Lo siento.

—¿Otra vez?

Me sorprendo a mí misma porque esta vez, en vez de pensarlo, lo he dicho.

—¿Qué?

—Siempre es la misma historia contigo, papá. Me echas la culpa de que mamá esté muerta. Pero ¿dónde estabas tú cuando yo te llamaba esa noche?

—Sabes que estaba trabajando.

—Y una mierda.

Mis ojos se inundan de lágrimas porque ya no puedo soportarlo más.

—Sé perfectamente lo que estabas haciendo esa noche, papá. Mientras yo estaba en una sala de hospital llena de la sangre de mi madre, tú qué estabas haciendo, ¿eh?

—Para.

—Cuatro años, papá. Tenía ocho cuando empezó y doce cuando todo acabó.

—Cállate.

Pero no puedo callarme, no cuando llevo tanto guardado durante tantos años.

Lo siento, pero ya no puedo seguir callándome.

—Sabías perfectamente lo que pasaba con mamá y, aun así, decidiste refugiarte en el trabajo, viajando de un lado para otro mientras yo estaba en casa con mamá.

¿Te acuerdas de cuando le dije a mamá que quería ser veterinaria?

Seguro que también te acuerdas de cuando me compró ese kit a los siete años, que supuestamente era para que practicara para un futuro.

Para aprender a cerrarle las heridas a aquellos pequeños animalitos, ¿te acuerdas? Porque yo sí.

—Por favor, no sigas.

—Yo estaba feliz porque algún día iba a ser veterinaria, pero jamás pensé que me convertiría en una enfermera.

En la enfermera de mi madre. Un año después, empecé a coserle las heridas que se hacía y así durante cuatro años.

Así que no me eches la culpa de que mi madre esté muerta porque no la tengo, hice todo lo posible por mantenerla viva mientras tú estabas por ahí, haciendo Dios sabe qué.

—Eres igual de culpable, porque no me decías nada.

—¡Era una niña! Se supone que los adultos cuidan de los niños, no al revés. —Una lágrima se cae por mi mejilla. — Yo tan solo era una niña. Tenía ocho años cuando la curé por primera vez y doce cuando...

—No lo digas.

—Tenía doce años cuando abrí esa puerta y lo único que vi salir de esa bañera era sangre mezclada con toda esa agua. ¡Doce años, papá! ¿Dónde estabas tú? ¡¿eh?!

—Tienes razón, lo siento. Pero necesito que me ayudes.

Cierro los ojos por un momento mientras suelto un suspiro, porque lo único que le interesa es que yo me case con Ithan para que a él no le pase nada.

—¿Acaso has escuchado algo de lo que te acabo de decir?

—Claro que sí, pero ¿qué quieres que te diga? Ya te he dicho que lo siento. ¿Vas a ayudarme?

Lo miro incrédula, porque no le ha importado nada de lo que le he dicho. Es como si todas aquellas veces en que me hablaba de mi madre o me decía que trabajaba mucho por mí no le importara ahora.

Mentira. Todo en él es una mentira.

Es un egoísta de mierda y lo único que ha hecho estos años ha sido manipularme y lo ha conseguido, hasta ahora.

—No. No voy a casarme con Ithan.

Digo y sin pensarlo salgo de la habitación.

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—Cielo, debes llamar a tu padre —me dice una enfermera mientras me coge con delicadeza una mano para quitarme la sangre seca de mi mamá.

—¿Cómo está mi mamá?

—El médico la está atendiendo, pero debes llamar a tu papá.

Asiento y con manos temblorosas vuelvo a buscar en mis contactos el número de papá. Me llevo el teléfono al oído y espero un toque, dos, tres, cuatro, cinco, seis...

Esta vez ha contestado el teléfono, pero no escucho su voz, solo risitas de fondo y cuando voy a hablar escucho como alguien suelto un ruido raro, no sé qué es al principio... hasta que lo entiendo.

Son gemidos. Risitas. Y luego, el sonido del colchón crujiendo.

Mi estómago se encoje.

Papá no sabe que ha cogido la llamada sin querer. No sabe que yo estoy escuchando.

No está trabajando, ni tampoco en una reunión. Está con una mujer mientras yo estoy cubierta de sangre.

Y mi mamá... mi mamá está muerta.

Siento que se me cae el teléfono de las manos, pero lo atrapo antes de que toque el suelo.

Cuelgo sin decir una palabra.

Y esa fue la primera vez en que me di cuenta de que, en este mundo, la mayor parte del tiempo, estás sola. Incluso con tu propia sangre.

Pero entonces, lo noto.

Rhett se ha sentado a mi lado, y yo busco su mano y él la entrelaza enseguida para luego llevársela a sus labios y darle un beso.

Él ha venido, me ha buscado hasta encontrarme.

No dice nada, pero tampoco hace falta. Me aprieta la mano con fuerza, como si quisiera recordarme que no estoy sola, aunque no tiene ni idea de lo que está pasando, pero está aquí, conmigo.

Apoyo mi cabeza en su hombro, él me rodea con el brazo sin soltarme la mano y entonces, lo siento.

Estoy en mi sitio, estoy exactamente donde quiero estar.

Estoy en casa.

Estoy en el único lugar donde no me siento sola, pero a la vez, libre.

Estoy en nosotros.